viernes, 5 de octubre de 2007

INSERT COINS




Trabajo en una oficina. Es algo bastante común, de hecho conozco bastante gente que hace lo mismo. Alrededor de mi edificio hay unos cuantos edificios de oficinas más donde trabajan varios cientos de personas. Trabajo en un espacio bastante confortable, en un recodo junto a una ventana en el que no tengo excesivo contacto con le gente pero si la luz suficiente para poder leer sin luz artificial. Tengo cerca a mis compañeros de departamento, pero ellos no son para mí más que una presencia amable. Trabajo con números y este trabajo me sumerge en una blanda indiferencia, que surge de mi convencimiento de que la vida real es la que se desarrolla al otro lado de los cristales de la oficina.

Jorge no sentía lo mismo. El vivía intensamente lo que sentía como un fracaso; el ser tan sólo un administrativo, su divorcio, el frío, el calor, todo hacía que su carácter se hundiera en una amargura sin asidero ni esperanza. Así, Jorge ahogaba su amargura en los prostíbulos que también rodeaban la oficina, en lugares de tenues luces rojas y denso humo. Allí nunca hacía uso de los servicios que ofrecían las mujeres, él se limitaba a sentarse y ahogarse en güisqui y nicotina. Todo esto lo se porque me lo contó él mismo tomando café en el cuartucho que tenemos en la oficina asignado a ese uso. Mientras me lo contaba se echó a llorar, creo que avergonzado, aunque yo nunca me habría permitido juzgarle y le respetaba más de lo que él imaginaba.

Ese cuarto del café aunque angosto daba cabida a una cafetera y una cochambrosa máquina de bebidas que funcionaba a su libre albedrío suministrando las más de las veces, cosas no solicitadas; a veces no suministraba nada por mucho que la golpearas. Poco después de esa conversación la vida útil de la máquina llegó a su fin, la dirección decidió cambiarla por una máquina nueva, reluciente, que era capaz de proveer comida y bebida surtida y que era una maravilla de la técnica. La trajeron unos operarios una mañana de octubre.

La presencia de la nueva máquina causó un gran revuelo en la oficina. Todo el mundo pasó por el cuarto del café para verla y probar como funcionaba. Los primeros días el cuartucho no daba abasto para acoger tantos visitantes. A mi no llegó a interesarme todo aquel revuelo y apenas me asomé para echar un vistazo, pero Jorge se mostró muy interesado desde el primer momento y llegué a ver un brillo en sus ojos que revelaba su alegría. De tal forma le afectó la novedad que, entre las pausas para el cigarrillo y las visitas a la máquina cada vez resultaba más difícil encontrarle en su puesto. Yo estaba un poco asombrado, pero suponía que estaba intentando canalizar su amargura tomando aquella máquina como un flotador en su negro mar.

El fervor de los primeros días se fue apagando y la gente retornó a su rutina indiferente, dejando de lado el protagonismo de la máquina. El fervor de Jorge no se apagó, seguía ausentándose para acudir a la máquina y adquirir una chocolatina o una bebida refrescante de extractos. Cada vez nos resultaba más difícil cubrir sus ausencias y creo que los jefes empezaron a sospechar. Un día, buscándole llegué hasta el cuarto del café y le encontré plantado ante la máquina, observándola extasiado, inmóvil, sin echar monedas ni recibir nada a cambio, sólo observando. No se dio cuenta de que yo estaba allí así que sin hacer ruido salí de allí y volví a mi sitio. No sabía que podía estar ocurriendo, pero estaba decidido a dejar que Jorge hiciera lo que le viniera en gana si eso le servía para escapar de su alma oscura. Igual esto le sirve como terapia, pensaba yo. Por eso yo había aleccionado a mis compañeros para que le cubrieran y no hicieran preguntas, pero sus ausencias eran cada vez más notorias; además los jefes le veían demasiadas veces en el cuarto y pocas veces en su puesto, y eso hacía que cada vez sospecharan más de él, y supongo que empezaron a vigilarle más intensamente.

Y con la obsesión que siempre han tenido con la disciplina y resueltos a demostrar que eran ellos los que mandaban en la oficina y no iban a permitir la presencia de vagos y escaqueados, un día a la hora de la comida llamaron a Jorge al despacho del director de administración. Cuando vinieron a buscarle no estaba y tuve que ir yo a buscarle al cuarto y fui con él hasta el despacho, en el que entró solo y salió a los diez minutos y sin expresión alguna en su rostro me dijo que le habían despedido y siguió caminando hacía la calle dejándome paralizado en aquel pasillo enmoquetado en gris.

Pase aquella tarde incomodo, con una sensación de desasosiego que me impedía sentarme, pensar, trabajar e incluso hablar. Fui al cuarto del café y contemplé la maquina largo rato tratando de descubrir qué había atrapado a Jorge de esa forma. Esa noche no dormí bien, estaba agitado, inquieto; toda esta historia me superaba y me asfixiaba.

Al llegar a la oficina al día siguiente mi angustia se tornó en sorpresa porque el lío que se había organizado allí era extraordinario. Al llegar me contaron con palabras presurosas lo que ocurría, Jorge se había encerrado en el cuarto del café, con su máquina y había amenazado con volar la oficina. Me contaron que había montado una bomba casera, creían que siguiendo a una web islámica. Por supuesto todo esto me parecía un disparate tal que ya no sabía si reír, llorar o largarme de allí. Vencido por las circunstancias corrí a mi sitio pasando entre los policías antidisturbios que ya tomaban la oficina. En aquel momento mi mesa me parecía un buen refugio para evadirme de lo que ocurría.

A media mañana vino a buscarme un inspector de policía, un tal Honch, y me dijo que Jorge quería hablar conmigo. Me dio unas indicaciones que dan siempre en estos casos y me acompañó hasta el fondo. Llegué hasta la puerta del cuarto y me dirigí a Jorge:

“¿Qué te ha pasado?, Jorge, vaya lío.”
“No sé, ella es la única que me da siempre lo que necesito, es cálida, me acoge y ese ruidillo. No sé chico, soy feliz cuando estoy aquí.”
“Pero Jorge, es una máquina, esto es una oficina y tú estas aquí con una bomba…”
“Si, ya sé que se han liado un poco las cosas pero no estaba dispuesto a separarme de ella; ya no imagino la vida sin ella…”
“Jorge, tienes que dejar esto, de verdad, esto no va a acabar bien.”
“Se que se han puesto las cosas chungas, pero no te preocupes, lo tengo todo controlado. Ahora vete, ya nos veremos…”

No le he vuelto a ver. En apenas un par de horas se rindió y se lo llevaron. Acabó en una institución psiquiátrica. Creo que está mejor. Un abogado presentó una demanda contra la empresa y consiguió que le readmitieran así que cuando tenga el alta volverá a la oficina.

Yo sigo aquí, en mi puesto, con mis números y mi rutina. Eso si, la máquina ahora es sólo mía.

2 comentarios:

santipita dijo...

Acaban de introducir las Panteras Rosas en la oferta de la máquina de mi oficina... Cada vez paso más tiempo a su lado.

Anónimo dijo...

Ya decia yo que te notaba distinto ultimamente, santi.
Debe ser que te estas sonrosando poco a poco....pasate a las conchas e chocolate..por si crias

Lucindo