lunes, 22 de octubre de 2007

ZOO



Ahora si puedo contarlo todo. Es el momento, ya no importa, así que lo declaro por escrito, nada puedo temer. Al declarar sólo contaré lo que atañe a la comprensión de esta historia y no contaré aquello que debe permanecer en secreto por muchas razones.

Para comprender todos los hechos conocidos por todos ustedes hay que retroceder en el tiempo a una época en la que yo era apenas un adolescente y vivía en mi pueblo, donde nací, un pequeño pueblo en el campo encuadrado por un pinar y el meandro de un río. Allí empezó esta historia que termina como han conocido. Allí ella y yo jugábamos como tantos niños en tantos pueblos y pasábamos juntos las horas que no estábamos en la escuela jugando junto al río o en el pinar, siempre juntos. No puedo recordar con detalle el desarrollo gradual de los acontecimientos pero no olvido ese día en el pinar en el que tras rodar por el suelo riendo y peleando por una piña empezamos a besarnos y a lamernos y acabé penetrándola con aquel pene estrecho y pequeño que yo aún no sentía como parte de mí. Este primer encuentro encendió la mecha de una relación prolongada en el tiempo a la vez que crecíamos nos entregábamos a una unión bestial, llena de gruñidos, mordiscos y arañazos, más parecida al apareamiento animal que a esas relaciones humanas en ocasiones tan artificiosas. Muchas veces he pensado si aquello era amor, pero no, nunca lo he llamado amor; no he conocido el amor ni entonces ni nunca. Si he conocido varias relaciones con mujeres de diversas razas y nacionalidades, en muchos países pero nuestros encuentros siempre han estado en los márgenes de lo que me atrevo a llamar el sexo humano, nunca he llegado a los extremos de animalidad que llegué con ella en aquellas batallas de sexo en aquel pinar.

Fue el tiempo cruel que con todo acaba el que terminó con aquellos encuentros. Ella era la hija del alcalde y sus padres no habían planificado para ella más que un matrimonio con un señor bien de la capital y no la coyunda desaforada con un patán sin oficio ni beneficio y que aprobaba a duras penas las materias en la escuela del pueblo. Ella se fue, a la capital, a aprender corte y confección o algo semejante, y ser un proyecto de esposa.

No la volví a ver. Y yo, pobre desgraciado y patán sin salida, por una de esas jugadas del destino acabé rodando por el mundo. Mi padre me recomendó a un amigo suyo que se había convertido en industrial de caramelos y chocolates y este amigo me concedió una visita. Pero este amigo de mi padre no era realmente industrial, ni de caramelos ni de nada y fue él el que, digámoslo así, me alistó, me enroló, o mejor me convirtió en lo que ahora soy. Él es aún mi jefe y el único al que puedo llamar amigo. Gracias a él recorrí el mundo de punta a rabo y viví peripecias que no vienen al caso pues, como ya dije, pertenecen al espacio del secreto, y además no son relevantes para entender lo que ustedes quieren entender.

Vuelvo a mi historia aproximadamente hace un año. Yo había pedido traslado, a una tranquila ciudad a la orilla del mar, para buscar un poco de paz tras una época demasiado movida. El aire salado de esta ciudad me permitía olvidar episodios recientes que me sobresaltaban el ánimo y curaba las heridas de mi alma. Paseaba mucho, sin rumbo definido, y fue precisamente en uno de esos paseos cuando una voz de mujer me llamó por mi nombre, mi nombre original. Así me encontré cara a cara con ella de nuevo. Vivía en la ciudad con su millonario marido y ociosa dedicaba su tiempo al puro disfrute superficial. No hubo que hablar mucho porque la pasión animal volvió a prender y empezamos a ocupar su adinerado ocio revolcándonos en nuestro sudor y fluidos como en aquel pinar de antaño.

Me quedé sorprendido pues recordando aquellos años, sin tomar precauciones ella nunca quedó embarazada y esta vez en apenas un mes ella ya esperaba un hijo.
No sé si esto despertó las sospechas del millonario, que seguramente hacía años que no la tocaba, pero según me enteré más tarde el susodicho contrato a un detective para seguir a su señora. Este detective hizo fotos e incluso un video, según me dijeron y el cornudo se plantó ante ella reclamando airadamente una explicación. Ella dijo que yo era un conocido de la infancia y que por rememorar viejos tiempos había tenido un desliz, pero que había sido una cosa pasajera y que ya había acabado; ella por supuesto no estaba dispuesta a perder su ocio pagado y lujo por nada del mundo. Hace un par de semanas aún sudando sexo bajo las sábanas ella me dijo que no podíamos vernos más.
Hasta aquí llega mi conocimiento de los hechos. Puedo imaginar que el cornudo no quedó satisfecho con la explicación y comido por los celos o el hastío me abordó hace ya una semana y me disparó, muy torpemente, hiriéndome en el hombro. Yo no puse empeño en reaccionar y por supuesto no conté a la policía más que vaguedades de manual. Este incidente es el que ustedes conocen porque lo leyeron en los periódicos. Ahora saben el porqué de aquellos disparos sin culpable conocido que nadie parecía achacar a causa alguna.

Hoy es jueves diecisiete de octubre, hace una hora me he acercado al cornudo en plena calle y le he disparado en la cabeza, sus sesos decoran ahora los adoquines de la calle Mayor. Al guardaespaldas no tenía intención de matarlo pero se puso en medio y un profesional de mi oficio no admite intromisiones ni deja cuentas sin saldar.

Esta es mi declaración para su conocimiento. Ahora desapareceré y tengan claro que ninguno de ustedes podrá impedirlo.

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