El frío me azota, entra por los resquicios, helando mi cuerpo; el día es triste, los vientos estropean los andares de las gentes, que se refugian en el primer lugar que sus derivas se encuentran. Se percibe un momento de cansancio generalizado, hartos del invierno, las calles se han vaciado, como si los ciudadanos se manifestaran, quedándose en casa como una muestra de una actitud beligerante. Calles vacías, coches invisibles, taxistas que buscan un cliente que les caliente la cartera, autobuses, vacíos de personas, que se mueven por la ciudad discretamente, en silencio, manejando sus pasos sin querer molestar, evitando posibles disturbios.
He salido del metro, voy a disfrutar del concierto de un amigo, pero mis bolsillos necesitan renovarse; así que busco un cajero. Esos hieráticos lugares donde el capitalismo ha impreso su triunfo, donde queda bien claro que el consumismo es nuestro nuevo Dios, dinero fresco, momentáneo, que se evapora enseguida, obligándonos a regresar a las malditas maquinas; prisioneros de nuestros vicios, de nuestras manías, nos empeñamos en volver a lo mismo y les damos, a ellos, a los que lo controlan todo, a los señores del oro verde, el poder de manejar nuestras desdichas, nuestros placeres, nuestras angustias y nuestros anhelos. Estoy a disgusto, incomodo, tengo frío y es de noche y mi cabeza se llena de incomodidades que, ahora mismo, se presentan como definitivas; han centrado la tarde, me he centrado en ellas, todo ello lo he vivido con disgusto, físicamente hablando he sentido cada incomodidad entrar y quedarse allí, golpeando; mi cuerpo no se acostumbra al frío y desea un lugar donde despojarse de la cazadora, anhela sentarse con un cigarro y una cerveza a escuchar música en directo, es lo que mueve mi cabeza, mis movimientos sólo se dirigen buscando conseguir ese objetivo, llegar al local y saborear la calefacción y a la banda manipulando sus instrumentos; poemas del viento que nos llenan de olvido y nos traen momentos felices, vividos o por vivir, inventados o sufridos. La música, en general, me hace viajar a lugares utópicos, a felicidades por descubrir, donde mi imaginación, desbordada, ya no tiene que luchar, sino dejarse llevar y disfrutar del placer que provocan esas notas a mi aterido cerebro.
Pienso en todo ello mientras busco un cajero. Mi amo personal tiene como símbolo un oso verde. Legañas heladas, motoristas ocultos bajo cascos imposibles respirando bocanadas que el frío retiene, coches con los cristales taponados por el calor del interior, manos embozadas en bolsillos salvadores. Encuentro un lugar donde poder recoger mi paga diaria, dirijo mis pies hacia allí. Solo puedo pensar en lugares calientes, cómodos, lugares donde se pueden ver pantuflas, chimeneas, calefacciones a plena potencia; mi vida, ahora mismo, se centra en el local de música, en conseguir llegar allí, así que entro en el cajero sin ver nada de lo que se mueve a mi alrededor, con una idea fija: sacar dinero y largarme de allí. Alejarme de todo, mover mi cuerpo a lugares despejados, secos, donde las lagrimas no se congelen antes de llorarlas.
Estoy sacando el dinero de un cajero que sale de una pared que esconde una oficina donde unos señores guardan dinero, y lo prestan, y con ese dinero otra gente se compra casas y coches y vacaciones al Caribe y se hipotecan y luego están todos los meses preocupados con eso y con el Euribor y otros enigmas parecidos y sus vidas discurren entre intereses y pagos adelantados, cancelados, suprimidos, beneficios fiscales y otros dolores de cabeza.
He marcado mi numero secreto, ese que me permite sentirme parte de este mundo, cuando escucho un murmullo a mis pies, una imprecación; primero me asalta un miedo poco cívico, un miedo que nos sale del fondo más atávico que hay en nuestro corazón, un miedo innato en los hombres que están sacando dinero de un cajero a las 22:00 en una calle oscura. ¿Me estarán robando?, me pregunto. Antes de mirar hacia abajo, agarro mi dinero y lo meto en mi bolsillo, saco las llaves y las meto dentro del puño.
Y entonces, me doy cuenta que el que ha hecho esos ruidos es el dueño de aquel espacio, un tipo cubiertos por mantas desechas, bolsas llenas de desperdicios, restos de los que alguna vez alguien consumió y tiró a la basura, lo que nadie desea, lo que ya no sirve a los civilizados, a los hipotecados; nada mas verlo, el frío entra en mi cerebro y se queda allí fijo, como una objeción de conciencia. El miedo que acabo de sentir se convierte en vergüenza; vergüenza por haber tenido miedo, vergüenza por haberme metido en su espacio, vergüenza por no haberlo visto, vergüenza por sentirme incomodo, por querer salir de allí corriendo, por el calor que me sosegará en cuanto entre en la sala de música.
Invadimos su espacio, y él se queja. Si alguien entrara en mi casa y pisara mis mantas, hiciera ruido y me despertara para volver a sentir un frío que yo pensaba había dejado para la mañana siguiente, entonces también me quejaría, mucho mas violentamente, desaforado, mis pupilas se habrían llenado de odio y habría atacado al atacador. El hombre, en cambio, solo se ha movido, mostrando su enfado y, al mismo tiempo, mostrándome que yo estaba ciego, que no veía hasta entonces. Me ha mostrado su presencia y yo, necio, he necesitado que me la mostrara, porque en mi mundo a las gentes como él no las vemos, y si lo hacemos las evitamos; igual que yo le hubiera evitado si llego a verle antes de meterme en su cubil.
Despacio, sin querer pisar ni molestar, me alejo de allí, pensando que ese hombre esta durmiendo en una esquina de la calle, tapado por dos mantas que se caerían a trozos si no tuvieran que cuidarle, rodeado de las inmundicias que le echamos, de pronto, no tengo frío, no tengo derecho a tener frío, ni tengo derecho a estar agobiado por mi alquiler; él dormía tranquilo, rodeado de gentes tapadas por lanas, bufandas, jerséis, que se meten en portales por no aguantar esa ola de frío durante 10 minutos mas de lo necesario. Yo volveré esta noche a mi casa, y encenderé un calefactor, y me arrullare en mis propias mantas, nuevas, calientes, mientras este hombre sigue sobreviviendo, molestado por los tipos que entran en su cajero a sacar dinero. Que derecho tengo a volver a tener frío en mi vida, que derecho tengo a sentir que mi cama es incomoda o que el desayuno esta poco hecho, que derecho tengo a quejarme de las aglomeraciones camino del trabajo. El calor azota mi cuerpo, las manos abren la cremallera de la chaqueta…me detengo un segundo, me doy la vuelta, miro al hombre, convertido en bulto, y cada poro de mi alma se llena de agradecimiento, y de pena. Malditas beneficios, malditos intereses y prestamos hipotecarios, malditos bancos, malditas empresas, maldita economía, ningún hombre debería vivir así, ningún hombre debería meterse en una esquina como esa y tomarla, poseerla; maldita sea la sociedad que permita algo así, porque se estará maldiciendo a sí misma, porque estará escribiendo su propia perdición. Siento que formo parte de esa sociedad podrida que permite que uno de sus ciudadanos se tenga que rodear de esas bolsas inmundas para sentirse propietario de algo.
Mientras me dirijo a escuchar a mi amigo, pienso que desde hoy, cada vez que sienta en mi espalda, en mi estomago, el chorro de agua caliente de la ducha, recordare que soy un maldito privilegiado, que las cosas pueden ir peor, y que lo único que diferencia a ese hombre tapado con esas mantas y a mí, es un giro, es un centímetro mas o menos, es una maldita casualidad. Hoy sé que no escuchare música de más calidad, ni disfrutare de cerveza más sabrosa que la que esta noche el destino, maldito sea, me ponga delante. No somos dueños de nada, no tenemos propiedad alguna que valga un solo dolor de cabeza. Ligeros, dando bandazos, nos movemos entre las sombras, buscando una luz que nos ilumine cuando lo único que tenemos que hacer es mirar para adentro y descubrir el fuego que nos quema el alma. Y alimentarlo, porque estamos dejando que se apague, inundándolo de miedos, fríos y demás insensateces. Avivemos ese fuego, y veremos a los hombres que nos avisan de que algo anda mal, algo no funciona, algo se pudre. Y nosotros, hombres civilizados, parece que hemos perdido la capacidad de olerlo, de verlo, de sentirlo, de comprenderlo. De vivirlo.