Desde el despacho de Secundino las vistas son maravillosas, relajantes, sin edificios alrededor; se pueden contemplar los espacios abiertos de uno de los mayores parques de la ciudad, coronado por un cielo refulgente, enorme e inabarcable; además, el sol entra a raudales, iluminándolo todo con una luz soberbia, llena de vida, capaz de alegrar el corazón más triste, de infundir ánimo al alma mas deprimida. En los quince años que Secundino lleva ocupando ese despacho, jamás ha mirado por la ventana. El primer día, colocó su mesa de tal forma que las vistas no le impidieran cumplir con sus deberes laborales; luego, llamo a los chicos de mantenimiento y les encargó unas cortinas que lo cegaran todo
Desde el principio, Secundino se mostró como un contable excepcional, famoso por su celo profesional y su estricto sentido de la moral; a tal punto llega su encumbramiento que cada primavera se concentran ante la puerta de su despacho las fuerzas vivas de la empresa, desde el administrativo menos trascendente hasta el jefe de zona más poderoso, todos ellos con el sobre de la declaración de la renta bajo el brazo, buscando que el genio de los números les revise su vida. Y, a ser posible, se la mejore.
De toda esa gente que pasa por su puerta, nadie, en todo ese tiempo, se atrevió a invitarle a una comida o a un cumpleaños, o a cualquier otra actividad fuera del mundo laboral. Pronto les quedó claro que esa era una idea inútil, pues Secundino jamás dejó que la familiaridad pudiera acabar en semejante dislate, manteniendo una distancia higiénica con todo aquel que se le acercara.
Secundino se considera un hombre de Dios, a pesar de ello, evita poner su fuerza de voluntad a prueba, protegiéndose de cualquier aberración social, pues las tentaciones son muchas y él jamás se consideró un héroe, sino un pobre seguidor de la fe cristiana. Nunca se sabe donde puede estar la perdición, por donde puede asomar la bicha.
Secundino vive con su madre; señora de orden, convertida en viuda del ejército a los tres meses de su boda como consecuencia de un escarceo entre una bandera de la Legión y los dueños de una casa de lenocinio en Ceuta, la pobre mujer nunca olvidó a su marido; el buen hombre, Capitán de artillería, dejó a su mujer como herencia una casita de dos plantas en un buen barrio de la ciudad, así como una cruz al mérito militar por muerte en acto de servicio; condecoración acompañada por una pensión de viudedad lo suficientemente amplia como para otorgarle una soledad relajada, y sin preocupaciones pecuniarias.
Mientras Dios no decida lo contrario y la lleve consigo, la señora ocupa su tiempo en cuidar a su retoño, que la llena de orgullo y satisfacción, y en no permitir que el tiempo se lleve consigo la memoria de su marido; la buena mujer ha reducido su vida social a recibir los martes a otras viudas de guerra, con las que comparte penas entre té y té, y a la visita a la casa del señor los domingos, acompañada de su hijo, claro está, donde ambos ponen al corriente al pater de sus pecadillos mundanos y cumplen con sus otras obligaciones para con el Señor.
Queda claro, pues, que la vida de Secundino transcurre apaciblemente, sin disturbios ni alteraciones profundas, entre sus obligaciones laborales y su ordenada vida casera, vida compartida con su madre. Madruga a las seis de la mañana, tras tomar un desayuno que podríamos llamar somero, Secundino sale de casa y coge el tranvía, que le deja frente a su lugar de trabajo justo para fichar a las siete de la mañana; a las catorce horas deja sus cuentas y se encamina a su casa a comer, cogiendo el mismo tranvía; que le deja a las catorce veinte en la parada que esta a unos diez metros de su casa. La misma operación se repite tras terminar su comida, que su madre le tiene preparada a la hora exacta en que él entra por la puerta. Todas estas entradas y salidas llevan años repitiéndose sin ninguna variación, con una similitud imperturbable. Así es la vida de este hombre comprometido con la memoria de su padre, el amor a su madre y los principios que Dios nos dictó a todos los hombres de bien. Dispuesto a dar su vida por estos tres principios, lo que él no lo sabe todavía, es que se acercan momentos en los que Dios comprobará si su rectitud le permite formar parte de esos que algunos llaman, “hombres buenos”. Dios prueba a los suyos, y nadie esta a salvo de la voluntad del Señor.
Hoy, miércoles dieciséis de abril, hace un día extraordinario, el sol reluce y trasmite su fuerza a cada individuo, animal u objeto con el que se topa; todo reluce y las gentes parecen contagiarse de esa fuerza, de esa alegría; las calles están llenas de personas sonrientes, deseosas de recibir esa energía extra que les proporciona el astro rey. Y luego esta Secundino, con su traje negro, su corbata del mismo color y su camisa blanca y almidonada, quejándose del calor, sudando copiosamente y sufriendo un precolapso cada cinco segundos; todo ello debido a que con su uniforme, así lo llamamos pues es lo que viste todos los días desde hace años, el cuerpo no traspira y se acogota; además, el cuello de la camisa le oprime tanto que impide al aire fluir, concentrándose en su pecho, agarrotándolo.
Invadido por el mal humor por haber tenido que abandonar su puesto de trabajo antes de tiempo, un incidente informático le habían dicho, no ve en ese sol una fuerza que disfrutar, sino un enemigo más que superar, una adversidad más que vencer.
Así que ahí va Secundino, con el horario perturbado, con el cuerpo extrañado, camino de la parada del tranvía, rodeado de gentes sonrientes con un helado en la mano, o de parejas relajadas en un banco compartiendo la luz del día, mientras él no encuentra motivos para disfrutar de todo aquello.
Creía que la cosa no podía ser peor, pero el destino, y quien lo maneja, le tenían preparadas varias sorpresas para el día de hoy. Y la siguiente tampoco es agradable. Al acercarse a la parada del tranvía comprueba que esta se ve invadida por una turba de jóvenes, procedentes del instituto que hay frente a sus oficinas, jugando chillando saltando riendo, jóvenes que no paran de decirse procacidades, y todo ello vestidos como si aquello fuera una fiesta pre-nudista. Normalmente no hay porque aguantar a estos salvajes, pues, a su hora “normal”, estos ya han desaparecido, pero hoy campean frente a sus hoscas narices, lo cual aumenta la perturbación de Secundino que se detiene y mira su reloj. Incomodo, su contacto con el resto de los seres humanos, sin contar a su madre, siempre ha estado prefijado por jerarquías que todo el mundo daba por hecho, que nadie se cuestionaba; pero aquellos seres escapaban a cualquier control. Aun queda media hora para las catorce horas y el sofocante calor le castiga, aumentando sus calores corporales a niveles muy conflictivos; así que Secundino decide encaminar sus pasos hacia el hogar, aunque tenga que compartir espacio con aquella turba de chicos y chicas asilvestrados.
Cuando llega el tranvía, Secundino sube el primero y se coloca en una esquina; pretende el buen señor escapar del contacto con los estudiantes. Poco a poco el espacio se va limitando, los viajeros no dejan de subir, y de subir, como si fuera el último tranvía de su vida. Secundino ve, desde su rincón, como le empiezan a rodear cuerpos jóvenes, lustrosos, que no hacen más que acercarse. No le gusta aquello, su cuerpo experimenta variaciones desagradables, incontroladas; el sudor le resbala por su espalda hasta encharcarle la rabadilla, otorgándole unas sensaciones desconocidas e inquietantes; no es que le guste, debería repugnarle, claro esta, pero no puede asegurarlo, duda, pues aquello es nuevo. El acertijo habrá de llegar a su punto culminante al iniciar el tranvía el viaje. Nunca se vio un espacio tan bien aprovechado, todos esos cuerpos apretados, compartiendo lo que no debería ser posible compartir. En ese momento, Secundino esta viviendo una experiencia terrorífica. Contra él se agolpan varias señoritas que no paran de reír entre ellas, juegan y charlotean de forma animada, soltándose de las barras y comprobando como en aquella turba es imposible caerse; sus cuerpos rozan a Secundino, que siente como el calor de su cuerpo aumenta de forma desconsiderada, empujándolo hacia atrás, golpeándole, perdón, señor, una y otra vez. La más cercana, una morenita que viste desvergonzadamente, ha colocado, Secundino espera que sea sin querer, aunque no lo podría confirmar, sus nalgas muy cerca de la entrepierna de Secundino, que es aplastada cada vez que las chiquillas tontean y se ríen. El calor del cuerpo del contable es abrumador, su cara se ha encendido y las manos se agarran a los apoyos de forma violenta. Aquellas carnes prietas están llevándole a la locura, suda nuestro héroe, viviendo momentos jamás vividos, y se le enciende el alma. Cuando la respiración se empieza a entrecortar, Secundino busca refugio en sus oraciones, y reza mientras se ahoga, pues el aire ha dejado de entrar en sus pulmones; así que empieza a resoplar, su cara se enciende como una tormenta, y los ojos vuelan a lugares cerrados para los demás mortales, buscando aire, buscando una salida, buscando el camino del señor. Y entonces, y justo entonces, cuando su cerebro empezaba a llevarle a espacios ocultos para sus sensaciones, cuando sus neuronas se centraban en aquello que experimentaban por primera vez en su vida, justo entonces, el tranvía frena en seco. Y la morenita, que estaba comprobando una vez mas como era imposible caerse, y que aquello no era peligroso, se le vino encima, golpeando con sus nalgas en las partes pudendas con cierta violencia, no excesiva, incluso se podría decir que de forma sugestiva; tras las nalgas, vino el cuerpo joven y sugestivo, y todo ello se abalanzo sobre el hombre de negro, acalorado y maldito hombre de negro.
Secundino no tenia manos para sujetar a la jovenzuela que se disculpaba, perdón, señor, mientras sus amigas les miraban riéndose, coquetas ellas, pues aquel señor había tocado, claramente, a su amiga. Viejo verde. No soltaba el viejo verde a la jovencita, pues la turba hacia fuerza, comprimiéndole cada vez más, forzándole a llegar adonde jamás quiso llegar y haciendo que todo aquello empeorara, hasta que, segundos después, la cosa se fue como vino, entre resoplidos y calores, entre dolores de alma que quemaban como si estuviera en el infierno; todo parecía haber terminado, su cuerpo respondía de nuevo a sus ordenes, seguía acalorado aunque, extrañamente, sentía cierto descanso, cierto relax que empezaba a llenar sus articulaciones. Asustado de todo aquello, que empezaba a complacerle, decidió que hasta ahí había llegado
Entonces, movido por una furia salida de las entrañas, de lo mas profundo de su estomago, ha empezado a empujar todos los cuerpos que se encuentra a su paso, moviendo energías que no había conocido hasta entonces, buscando un solo objetivo. Quiere salir de aquel tranvía, instrumento del diablo, del mal.
Salta del mismo, golpeándose las rodillas al caer, arañándose la cara del golpetazo. Todo es dolor en su cuerpo, todo es energía perdida. Perdón, señor, perdón. Gritaba su alma. Azorado, se echa sobre un banco y se lleva las manos a la cabeza. Perdón, señor, chillan sus culpas; perdón señor, gritan sus pantalones, oh señor, exclaman sus manos, sus piernas, su boca, seca y húmeda, nerviosa y descansada como nunca.
Lentamente, Secundino alza la cabeza, sorprendiéndose del primer regalo que Dios le ha concedido en todo el día. Enfrente estaba su casa, su paraiso, su escondite para el resto de su vida. La culpa ha iniciado su trabajo y ahora Secundino ya no siente sino vergüenza; vuelve la cara, mientras cruza la calle, comprobando que nadie le ha observado, que nadie le mira. Esta convencido que sus pecados se pueden leer en su cara, que está es el espejo donde se muestra el mal que le carcome el corazón. Todo el que le mire sabrá de sus traiciones divinas. Acelera el paso, llega hasta la entrada de la casita, abre la puerta y, sorprendentemente, no se detiene, como hace siempre desde hace años, ante el retrato de su padre que gobierna el hall, sino que pasa de largo llegando al salón. Donde se encuentra a su madre conversando con una joven
-Secundino, cariño, que sorpresa. Mira, que bien, así puedo presentarte a María. Veras, cariño, es hija de Onofre, el ayudante de tu padre, y viene a quedarse con nosotros un tiempo, para echarnos una mano.
Secundino mira a las dos mujeres y se pregunta, aterrado, que mas sorpresas tendrá el señor para comprobar su debilidad, que mas puede sucederle. Que será de él, nos preguntamos, que será del pobre Secundino y de sus pruebas divinas.