Con Martín Amis sucede una cosa extraña, todos sabemos que es capaz de llegar a la excelencia, desgraciadamente, también hemos descubierto que no siempre lo consigue; y entonces, nuestro animo se enturbia, extrañado, algo desilusionado aunque no del todo ofendido; pues los libros del ingles siempre son libros inteligentes e irónicos, por desgracia solo a veces son magníficos.
En este caso, Amis vuelve a ese Londres anárquico y violento que en todo momento parece a punto de convertirse en el centro del Apocalipsis, para contarnos la historia de un fracasado, incapaz hacer realidad sus sueños literarios, obligado a malvivir con criticas y reseñas mediocres; angustiado por el dolor que le produce el éxito ajeno, que le corroe y le lleva a planear una venganza. Este es el inicio del libro, y también el final. Ya esta, se lo he contado todo.
La decepción llega cuando te vas dando cuenta de que la historia no avanza, no va más allá. Claro esta, durante el trayecto el autor ingles va desgranando teorías muy irónicas sobre la literatura, las mujeres, el lloriqueo nocturno de los hombres, etc. Parece que la idea era buenísima, una gran ocurrencia con un brillante decorado. Unos personajes torturados que conviven intentando infligirse mas daño del que ya soportan, sus corazones se retuercen en lo vació de la existencia, revueltos en los convencionalismos que les dan el status necesario para ser infelices pero con la cabeza bien alta. Orgullosos de su sufrimiento.
Uno de los problemas del libro es que no encuentra esa universalidad que el propio Amis cacarea debe ser el fin de la literatura; de la de verdad, no de la comercial destinada a producir una satisfacción inmediata e inane. En ningún momento siento que ese dolor es el mío, ni el de los que viven a mi alrededor, algo que si sufrí con “Tren Nocturno”, la obra maestra, mi estomago comparte esta opinión, del autor ingles.
Tengo la sensación de que Martín Amis necesita que su recorrido no sea demasiado extenso para encontrar la excelencia.; en sus relatos cortos parece encontrar el camino, el mecanismo para hacernos participes de ese Apocalipsis en el que viven sus personajes. Cuando sus libros se extienden varios cientos de páginas aparece el desorden, el descontrol o, al menos, la sensación del mismo. Vale que es un desorden atrayente, lleno de ideas enriquecedoras, con una ironía aplastante que no hace prisioneros ni esconde nada, todo esto, en cualquier otro autor serviría para proclamarlo como un gran autor. No sucede en este caso, donde uno siente una cierta decepción melancólica, provocado por los buenos recuerdos de otras lecturas. Puede ser injusto, pero es inevitable.
Tengo la sensación de que a Martín Amis le encantaría pertenecer a ese grupo de escritores que yo defino como cirujanos; gentes capaces de abrir el alma humana y diseccionarla milímetro a milímetro, descubrir sus secretos y sus miedos escondidos de una forma clínica, quirúrgica, aséptica, donde el mundo no es mas que parte de la tramoya. Pero el ingles es un terrorista literario, un grupo de gentes exaltados, ofendidos con lo que ven a su alrededor y, por lo tanto, dispuestos a crear bombas que despierten conciencias o, al menos, que se sientan incómodos con lo que denuncian: sociedades ciegas ante la miseria, solo interesados en el beneficio personal, destinados a la nada. Al Apocalipsis. Tampoco esta mal, creo yo.
sábado, 11 de julio de 2009
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