miércoles, 31 de octubre de 2007

BITTER SILENCE




Agrio es tu silencio, señora mía. Agrio y espeso, tan espeso que convierte la vida que recorre mis venas en plomo fundido que se desplaza lentamente por todos los poros de mi espíritu. Agrio es tu silencio, y punzante como miles de astillas clavadas en mi piel que me recuerdan la nada de tu silencio, la nada de mis aullidos.
Busco sin esperanza, y no te encuentro. Hace tiempo que te fuiste, sin haber llegado nunca del todo. Y yo, comprendiendo que la desesperación es una excusa; una excusa que se convierte en páramo donde descansar y quejarme de tu silencio, de tu nada. Tus ojos limpios y puros se evadieron de mi, y yo intento encontrarlos para decirles que me hablen, que acaben con este vacío que me desgarra pero ellos no están; y yo sigo hablando solo, imaginando locuras maravillosas, creando fantasías en mi cabeza, lugares líricos donde nos perdemos para susurrarnos palabras viejas, palabras históricas que nos aprisionan juntos; apretado el uno contra el otro. Haciendo de lo efímero eternidad, porque, junto a tus ojos, mis segundos duran años, mis minutos decenios, mis horas son inmortales
Agrio es tu silencio, que apelmaza mis músculos y los vacía y los lleva a la extenuación; hoy me he despertado cansado de esperarte, cansado de saber que no vendrás. Hoy me levanté sabiendo que no venías y la mañana se levantó fría y el sol se ennegreció y las sombras se apartaban a mi paso y yo miraba junto a mi, y tú no estabas y el hueco se agrandaba cada vez más, arrastrando consigo mis ilusiones, mis ganas de dar una paso más, mis ganas de seguir soñando.
Mi señora nunca llegó y mi soledad jamás se disolvió, y el dolor persiste porque nada ha cambiado. Y ese vacío se clava dentro y se agranda y lo invade todo y el café esta agrio y espeso, y el humo del cigarro es insípido y la comida no sabe a nada, porque nada palpita bajo mi piel, nada respira sino lo necesario para que los ojos no se cierren camino a la oscuridad. Negro es mi horizonte, hoy solo veo sombras oscuras que me hablan, que se dirigen a mi mediante murmullos que no me dicen nada; hablamos otro idioma, el suyo esta lleno de cotidianidad, de palabras sin pasión, sentimientos escondidos en lugares donde el dolor no llega; mi jerga, en cambio, se restringe a nuestro mundo, a nuestro espacio, que compartimos; a ese lugar donde tu no estás y yo te espero, deleitándome en ese dolor que lo es todo para mi, porque es lo único tuyo que poseo. Se que algún día mirarás mis ojos y verás lealtad, veras que mi sinceridad y mi alma son todos tuyos; mi única esperanza es esa, que algún día sepas que lo que dicen mis labios, solo es un trasunto de lo que chilla mi corazón

lunes, 22 de octubre de 2007

ZOO



Ahora si puedo contarlo todo. Es el momento, ya no importa, así que lo declaro por escrito, nada puedo temer. Al declarar sólo contaré lo que atañe a la comprensión de esta historia y no contaré aquello que debe permanecer en secreto por muchas razones.

Para comprender todos los hechos conocidos por todos ustedes hay que retroceder en el tiempo a una época en la que yo era apenas un adolescente y vivía en mi pueblo, donde nací, un pequeño pueblo en el campo encuadrado por un pinar y el meandro de un río. Allí empezó esta historia que termina como han conocido. Allí ella y yo jugábamos como tantos niños en tantos pueblos y pasábamos juntos las horas que no estábamos en la escuela jugando junto al río o en el pinar, siempre juntos. No puedo recordar con detalle el desarrollo gradual de los acontecimientos pero no olvido ese día en el pinar en el que tras rodar por el suelo riendo y peleando por una piña empezamos a besarnos y a lamernos y acabé penetrándola con aquel pene estrecho y pequeño que yo aún no sentía como parte de mí. Este primer encuentro encendió la mecha de una relación prolongada en el tiempo a la vez que crecíamos nos entregábamos a una unión bestial, llena de gruñidos, mordiscos y arañazos, más parecida al apareamiento animal que a esas relaciones humanas en ocasiones tan artificiosas. Muchas veces he pensado si aquello era amor, pero no, nunca lo he llamado amor; no he conocido el amor ni entonces ni nunca. Si he conocido varias relaciones con mujeres de diversas razas y nacionalidades, en muchos países pero nuestros encuentros siempre han estado en los márgenes de lo que me atrevo a llamar el sexo humano, nunca he llegado a los extremos de animalidad que llegué con ella en aquellas batallas de sexo en aquel pinar.

Fue el tiempo cruel que con todo acaba el que terminó con aquellos encuentros. Ella era la hija del alcalde y sus padres no habían planificado para ella más que un matrimonio con un señor bien de la capital y no la coyunda desaforada con un patán sin oficio ni beneficio y que aprobaba a duras penas las materias en la escuela del pueblo. Ella se fue, a la capital, a aprender corte y confección o algo semejante, y ser un proyecto de esposa.

No la volví a ver. Y yo, pobre desgraciado y patán sin salida, por una de esas jugadas del destino acabé rodando por el mundo. Mi padre me recomendó a un amigo suyo que se había convertido en industrial de caramelos y chocolates y este amigo me concedió una visita. Pero este amigo de mi padre no era realmente industrial, ni de caramelos ni de nada y fue él el que, digámoslo así, me alistó, me enroló, o mejor me convirtió en lo que ahora soy. Él es aún mi jefe y el único al que puedo llamar amigo. Gracias a él recorrí el mundo de punta a rabo y viví peripecias que no vienen al caso pues, como ya dije, pertenecen al espacio del secreto, y además no son relevantes para entender lo que ustedes quieren entender.

Vuelvo a mi historia aproximadamente hace un año. Yo había pedido traslado, a una tranquila ciudad a la orilla del mar, para buscar un poco de paz tras una época demasiado movida. El aire salado de esta ciudad me permitía olvidar episodios recientes que me sobresaltaban el ánimo y curaba las heridas de mi alma. Paseaba mucho, sin rumbo definido, y fue precisamente en uno de esos paseos cuando una voz de mujer me llamó por mi nombre, mi nombre original. Así me encontré cara a cara con ella de nuevo. Vivía en la ciudad con su millonario marido y ociosa dedicaba su tiempo al puro disfrute superficial. No hubo que hablar mucho porque la pasión animal volvió a prender y empezamos a ocupar su adinerado ocio revolcándonos en nuestro sudor y fluidos como en aquel pinar de antaño.

Me quedé sorprendido pues recordando aquellos años, sin tomar precauciones ella nunca quedó embarazada y esta vez en apenas un mes ella ya esperaba un hijo.
No sé si esto despertó las sospechas del millonario, que seguramente hacía años que no la tocaba, pero según me enteré más tarde el susodicho contrato a un detective para seguir a su señora. Este detective hizo fotos e incluso un video, según me dijeron y el cornudo se plantó ante ella reclamando airadamente una explicación. Ella dijo que yo era un conocido de la infancia y que por rememorar viejos tiempos había tenido un desliz, pero que había sido una cosa pasajera y que ya había acabado; ella por supuesto no estaba dispuesta a perder su ocio pagado y lujo por nada del mundo. Hace un par de semanas aún sudando sexo bajo las sábanas ella me dijo que no podíamos vernos más.
Hasta aquí llega mi conocimiento de los hechos. Puedo imaginar que el cornudo no quedó satisfecho con la explicación y comido por los celos o el hastío me abordó hace ya una semana y me disparó, muy torpemente, hiriéndome en el hombro. Yo no puse empeño en reaccionar y por supuesto no conté a la policía más que vaguedades de manual. Este incidente es el que ustedes conocen porque lo leyeron en los periódicos. Ahora saben el porqué de aquellos disparos sin culpable conocido que nadie parecía achacar a causa alguna.

Hoy es jueves diecisiete de octubre, hace una hora me he acercado al cornudo en plena calle y le he disparado en la cabeza, sus sesos decoran ahora los adoquines de la calle Mayor. Al guardaespaldas no tenía intención de matarlo pero se puso en medio y un profesional de mi oficio no admite intromisiones ni deja cuentas sin saldar.

Esta es mi declaración para su conocimiento. Ahora desapareceré y tengan claro que ninguno de ustedes podrá impedirlo.

miércoles, 17 de octubre de 2007

P.M.




Joder, que puta obsesión. No me saco a la tía de la cabeza, no sale de ahí, y se que hasta que no la vea desnuda la cosa no se va a relajar. Mierda. Soy consciente de que todo esto me disminuye, que no me convierte en mejor persona ni en mas brillante ni mas sabio, pero quién cojones es capaz de racionalizar una obsesión. No se trata de ser listo o tonto. Luchar, levantarte del sofá o cambiar de cadena. Pero no puede ser. En cuanto me quedo solo en la habitación, cambio de cadena y la busco entre las demás putillas. Y cuando aparece, el cuerpo se me altera, lleno de nervios y con las venas hinchadas, la mandíbula se me ahueca y ya estoy otra vez inmerso en la locura. Mi alma se tambalea. Allí esta ella. Con sus ojos claros y esa sonrisa que todavía mantiene un toque adolescente pero que ya esta claramente manchada por los intereses, los beneficios, las ganancias y toda esa porquería. Mueve su cuerpo; cuerpo tapado por un jersey de cuello alto y una faldita que le llega a las rodillas. Ojos claros. No es muy alta, uno sesenta como mucho. Y esta llenita, y no baila como la Ginger aquella. Pero da igual. Las obsesiones no son racionales. Y la mayoría de nosotros nos casamos con gente con la cual, racionalmente, nadie querría compartir habitación mas de una semana seguida. Racionalizar nuestros odios, nuestros amores, nuestras locuras, es algo inhumano, irreal; somos mortales porque no tenemos explicación, si no fuera así, seriamos piedras o árboles o ríos que pasan siempre por el mismo cauce.
Así que las asumimos y sufrimos y vivimos con ellas, a pesar de que sabemos que aquello no es bueno. Para nadie.
No es sano, amigo. Lo sé, pero, ¿Qué puedo hacer?. Apaga la televisión, levántate y vete. Mi cuerpo se queda pegado al sofá y lo único que es capaz de hacer es fumar un cigarro tras otro, de forma compulsiva. Pajillero¡¡¡. Ojalá fuera eso; si me masturbara la cosa seria sencilla; un ratito y ale, a dormir junto a mi mujer. No, es peor; se ha metido en mi cabeza, no en mi polla. De mi polla la podría sacar fácilmente. En cambio de la cabeza no es tan fácil sacar las obsesiones, de la polla no salen pensamientos colega. Sácala de ahí, amigo, sácala de ahí. Lo intento, pero no sale, la zorra no sale.
Lo peor, evidentemente, no es cuando sale ella y se pone a bailar y a remover su cuerpo. Peor es cuando el director del programa la ha colocado en una franja horaria vetada para mi; no verla, no saber si ya ha salido o si saldrá por la noche es una tortura demasiado exigente para un pusilánime como yo. Me mosqueo y me enfado y entro en unas fases depresivas que me alteran aún más. Mi mujer me pregunta que me pasa. El trabajo cariño; y así hasta que ella aparece de nuevo y entonces volvemos a empezar.
Llevo varios días sin follarme a mi mujer. ¿Para qué? Si en la que pienso es en la tía que sale en el maldito programa. Si la que me obsesiona cada día es ella; mis erecciones se han quedado en el camino y si reaparecen de nuevo no tendrán dueña, y si la tienen no será mi mujer. La cosa va ya para varios meses. Ella se queja, yo me disculpo; que voy a hacer, solo puedo disculparme. Lo demás es inimaginable.
Al contratar la televisión digital pensábamos en mi hijo y en sus tardes y en sus mañanas mirando programas vacíos y sucios que inundan mentes y sentimiento de más suciedad y más vacuidad; una vez y otra y otra.
Continuamos con nuestras vidas durante un tiempo, ajenos al futuro que se abalanzaba sobre nosotros; vivimos en un pisito de clase media, en un barrio mediano de una ciudad enorme. Nuestras vidas no son demasiado grises, pero tampoco un cúmulo de aventuras apasionantes, nos queremos y nos amamos; pero no siempre nos compartimos. Imagino que como todo el mundo, tenemos momentos buenos o malos, altibajos y maravillosas reconciliaciones.
Un fin semana de agosto me quedé solo en casa. Mi mujer se llevó al niño con sus padres y se quedó allí hasta el lunes, disfrutando de la playa. Alejarse a veces es bueno; otras veces es imposible. Aprovechando esos días de soledad, quedé con unos amigos para dar una vuelta. Evidentemente, bebí como si volviera a tener 20 años. La cosa no resultó. Regresé a casa mareado y lleno de dolores. El malestar me salía por las narices, por los ojos, mi piel se retorcía de odio por mi estúpida intención de rememorar lo que ya había muerto.
Apabullado, no podía dormir. Me levanté y, con el paquete de tabaco en la mano, me senté frente a la tele. Las cadenas analógicas son horribles por lo general, pero a las 4 de la mañana son infumables. Así que me puse a zapear en la televisión digital. Un canal, y otro, y otro paseaban sus miserias frente a mis mugrientos ojos. Nada parecía contener lo mas mínimo o yo no conectaba con nada de lo que se presentaba ante mi.
Pronto llegué a los diales extranjeros, pero la cosa no variaba demasiado. Es evidente que la mediocridad no es un derecho de nuestra patria, sino más bien un deber extendido a las televisiones mundiales.
Cuando ya estaba a punto de desistir- cuánto hubiera pagado por haberlo hecho- mi mano dejó de moverse; el mando no buscó más. Ya habíamos llegado.
En la televisión unas señoritas se paseaban en ropa interior dentro de un plató lleno de sofás, y cojines y colchones tapados con exuberantes sabanas. Pronto pude percibir que aquello no era porno; las chicas hablaban por unos auriculares con gentes que habían llamado al teléfono que aparecía en pantalla. Era una televisión alemana, pero daba igual, de fondo había música, música contemporánea; grandes éxitos comerciales que eran bailados por las muchachas de forma rudimentaria, casi diría que de forma burocrática. No se podía decir que estuvieran disfrutando, aunque sonrieran de forma perceptible.. Mi mente se colocó frente a aquel espectáculo hambrienta, sedienta de nuevas vidas, de nuevos futuros, de nuevos viajes. Estuve toda la noche sentado allí, sin hacer nada. Ella estaba en primera fila, y no paraba de moverse. Pero no se desnudaba. Las demás lo hacían de forma discreta, pero enseñaban sus dulces cuerpos jugando con el tipo con el que hablaban, enseñando un poco de aquello, mostrando un poco de esto. Pero ello no se desnudaba, solo se movía y sonreía con una sonrisa que era capaz de vaciar tu alma; por esa sonrisa yo sería capaz de matar, por esos labios moriría, por esa niña degollaría y torturaría; dios, por ella sería capaz de dejar de respirar, si así pudiera conseguirla.
Esa era su juego, porque era evidente que la que más llamadas recibía era ella. Durante horas se estuvo paseando por aquel decorado tonteando con las demás chicas, levantándose la falda lo mínimo para que pudiéramos percibir que el color de su ropa interior era el negro. De pronto, las chicas desaparecieron y en su lugar surgieron unos anuncios estridentes que no pararon de restallar en mi cabeza durante diez minutos. Cuando las chicas volvieron, las chicas eran otras, las chicas ya no me obsesionaban y yo ya podía descansar. O eso creía. Por supuesto, si se hubiera desnudado mi chica ese día no estaríamos donde estamos. Si nos hubiera dado todo el primer día no nos hubiéramos enganchado ni yo ni los cientos de personas que la llamaban cada vez que salía frente al televisor. Pero de eso se trataba naturalmente; ellos sabían lo que se traían entre manos, nosotros no. Estaba claro que nos habían ganado por la mano.
Aquel fin de semana, cuando mi mujer apareció, yo ya tenía ojeras y no había comido y bendije el momento en que ella entró por la puerta, pues me vi obligado a cambiar de canal, y a despertar, a salir de allí. Pero la simiente ya había sido implantada. Obsesión. Y crecía, como crecen las semillas mágicas, como crecen las pesadillas. Y ahí estamos. Sigo esperando que ella se desnude, que nos muestre sus secretos y todo se acabe. Todo acabará cuando ella se desnude. Maldita sea, zorra, desnúdate de una puta vez¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Y así estamos, así estamos ahora, desde hace unos meses.
¿Dónde estas? , miserable. ¿Ahora? Pues en el salón, comiendo, porque ahora como en casa; a diferencia de mi mujer y mi hijo que comen fuera. Estoy aquí, mirando miserablemente a mi chica, que sigue ahí, bailando, contoneándose, riéndose de mi, de ellos, que se muestra, que se distrae, que me enseña su hombro, que me enseña su sujetador…que me enseña su estomago...que me da el ombligo…que me muestra sus piernas…que se baja la cremallera de la falda y me da las rodillas…que me da sus bragas…que me otorga sus pechos…y se desnuda, otorgándomelo todo, dándome la eternidad y la muerte en el mismo momento, ahora, ella se mueve despacio como si me esperara, y yo sorprendido, he tirado el cigarrillo sobre el sofá, que se chamusca, me he bajado los pantalones y he comenzado a terminar con mi obsesión. Ahora mi mente esta libre y algo triste. Mi polla en cambio, ay amigos, que bien le sienta todo esto a mi polla. A mi gris, triste y casada polla.
Entonces, justo cuando parece que todo ha terminado, abro los ojos, despierto de este dulce sueño para comprobar que mi princesa sigue bailando, y sigue vestida y yo sigo con el pantalón subido y llego tarde al trabajo. Pero da igual, me quedo un poco más, adormilado, esperando que ella me dé su bendición y me deje seguir viviendo. Ese sueño me envilece un poco más, maldita sea, mi solución no es más que una tía en bolas; ¿y si nunca se desnuda? Y ¿si desaparece de la pantalla y no la volvemos a ver?
Me bajo los pantalones, examino el miembro estéril que ya sé en mi mano. No hay fuerza en su corazón. Y su vitalidad, antaño vigorosa, ahora se adormece ante la imagen de unas señoritas medio desnudas que se pavonean y contonean frente a unos cuantos perdedores incapaces de amar a la carne, a los huesos, a los jadeos de verdad.
Y entonces, sin que yo sea capaz de escuchar nada más que la música hortera que borbotea la televisión, sucede lo inevitable, lo único que podía dar un giro a todo esto. La puerta de la calle se ha abierto y mi mujer, antes de entrar en el salón, me llama y me busca y cuando me encuentra se le caen de las manos las bolsas con la comida que había comprado y que eran parte de la sorpresa que me tenía preparada para el día de hoy y se queda paralizada contemplando mi miembro, que sigue en mi mano, y me mira a mi, que no he hecho intención de esconderme, y luego a la televisión, donde las niñas enseñan unos pezones blancos, puros, limpísimos; y entonces mi mujer recoge las bolsas y se va y me deja ahí, solo, sin ser capaz de levantarme, ni de dejar de mirar la pantalla.
Eres un indeseable. Lo sé. Y estás haciendo daño a tu gente. Lo sé, es lo que tienen las obsesiones; no son sanas, pero eso ya lo he dicho. Pero deberías dejar de hacerlo, huir, deberías hacer algo con tu vida. Ya lo hago. ¿Qué haces? ¿Qué que hago ahora?
Pues ahora, entre cuatro paredes blancas, sin nada que las embellezca, hablo con el responsable de una tienda para ver cuando pueden venir a instalar el canal digital a mi nueva casa, hablo con mi ex, para ver cuando puedo ver a mi hijo y hablo con un amigo, a ver cuando puedo ir a hacer una entrevista para un curro nuevo. Y, lo más importante, voy a comprarme un video, para poder grabar el programa las 24 h del día, sin necesidad de estar despierto a todas horas y poder descansar, porque llevo unos meses cansado, apático, sin ganas de nada, aparte de ver la tele y fumar; fumar despacio, saboreando, esperando que salga mi princesa y me deje rendirle pleitesía, que me deje adorarla, buscarla, amarla. Jodida obsesión, que dulce sensación me provoca cada vez que la veo, es como si el mundo no fuera más que su baile y mi cigarro encendido, consumiéndose, muy despacio, pero de forma inexorable, trágica, obsesiva.

lunes, 15 de octubre de 2007

A.M.




Vale. Una mañana cualquiera. Suena el despertador, y te sobresaltas, indignado por la interrupción, y te acuerdas de la decisión de ver la película hasta el fin y lo lamentas con rencor; estúpido, te dices, mientras tus ojos sufren el despegarse de las legañas al despegarse los ojos; ojos que siguen entumecidos por el sueño y el cansancio que no recuperas, noche tras noche acumulándose en algún lugar, en alguna esquina de tus huesos, entre los constreñidos músculos. De ahí no se va a mover; y lo sabes.
Tu primer pensamiento fluye y maldices al despertador por sacarte del sueño justo cuando ibas a meter ese gol soñado en maracaná, o ibas a meterle otra cosa a esa rubia impresionante con la que te cruzas solo en sueños, jamás llegara a tocarte ese premio especial que te aleje de las madrugadas. Pides, una vez más, 5 minutos extras para acabar de saborear la felicidad del éxito supremo. En sueños, claro. Porque nunca son concedidos; las concesiones se terminaron anoche, con la infecta peli yanki de cada día...
Regresas a la noche anterior y te prometes a ti mismo que hoy te acostaras temprano, que no habrá película que lo evite; aunque salga la rubia despampanante de los sueños y te reclame tu atención, aunque la tía lleve a su prima, y a una amiga de su prima y a la vecina de ambas; aunque todas ellas se deleitaran con tu nombre, te prometes acostarte a tu hora y descansar. Decentemente.
Te estiras con violencia, descoyuntando tus miembros y aparcando el dolor que salen de ellos, pones los pies en el suelo, sobre la alfombra que has colocado para evitar que el frío del parquet te amargue un poco más la mañana; es lo bueno de todo esto, uno va aprendiendo poco a poco a llevar las cosas. No hay mas solución; porque la primitiva siempre le toca a un tío de Manresa que era un vecino estupendo pero que ha desaparecido camino de Rió de Janeiro en cuanto se ha enterado de la noticia.
Mientras te afeitas vuelves a redactar mentalmente lo que harías si te tocaran los 24 millones de euros del premio. Viajarías, follarías, comerías, dormirías; te pondrías al día con todos los lugares del mundo que no conoces, irías a esos restaurantes de los que tanto has escuchado hablar, donde los camareros van con librea y el tío de la entrada te llama señor y te da la mejor mesa solo porque eres tú, un lugar donde saben quien eres y no preguntas cuantos sois, siempre sois dos: tú y una rubia. Te acompañan hasta la mesa y no te atiende un camarero tuerto y con mala hostia, tan cabreado como tú, con el olor de la fritanga incorporado a su alma; no, de eso nada, te atiende el propio chef y te explica que vas a comer y mientras lo haces tú puedes empezar a saborear las maravillas que solo están reservadas para gente como tú. Deleitas el poder olvidarte de la hipoteca, no pensar en facturas, ni en pagos atrasados ni en el limite de la Visa.
Te vistes, con lo primero que tus manos descubren en el armario. Coges una magdalena, la engulles en las escaleras, y sales a la calle, masticando, tragándote la mañana. Saboreas el aire que te golpea la cara. Cuanta esperanza hay en este momento, cuanta capacidad de creer en los milagros, cuanto amor expectante por descubrir una cara a la que entregarse. Te golpea las mejillas el frío madrugador de los días recién paridos y lo agradeces, porque por fin consigues despertarte una hora después de haberte levantado y lo haces con animo, con ganas de seguir adelante, de ver que pasa hoy a tu alrededor. Un nuevo día, una nueva oportunidad en tus manos. Te prometes no desaprovecharlo, no dejarlo ir como tantas veces. Vamos para allá, farfullas. Y encaras tus pasos hacia el metro. Tu camino se une al de otros mañaneros que han vaciado sus caras de legañas y entran en el suburbano, despacio, sabedores de lo inevitable de su destino. Compartes espacios con extraños que con el paso de los meses han dejado de serlo; reconoces s muchos de ellos y eso te gusta, te proporciona una familiaridad que disfrutas. Viajas con tus gentes, personas con las que te identificas, no estas solo. Y eso te reconforta. El vagón os lleva como siempre. O sea, con incidencias. Para, inicia el camino otra vez vuelve a detenerse, renueva su andadura.
Sin información que explique tanto movimiento, la sensación de no poseer control sobre tus tiempos, te incomoda; respiras y llevas tus ideas lejos, sabedor de que solo se puede esperar, de que mientras sigas respirando cada mañana en un vagón del metro solo queda eso.
Algunos, los más impacientes, los que no se acostumbran, los que aun creen que la rebeldía es algo útil, relamen su enfado, que al mismo tiempo rezuma sueño y cansancio. Ellos también odian al puñetero despertador. Se les ve en las caras, preferirían no estar ahí, sueñan con otros lugares, otros vecinos, otras miradas.
Si hay que estar, pues se esta, pero que encima otros decidan ordenar el uso de tu tiempo, eso les altera. Los veteranos, porque eso es lo que eres, conocéis la verdad; tener razón, saber que se esta cometiendo una tropelía no importa. Cada segundo del viaje es especial, único, pues después, durante todo el día, ya no serás el propietario de los segundos, ni de los minutos. Enfadarte no lleva a ningún lugar Ahora es cuando puedes manejar tu mente, vivir tus sueños, controlar tus miedos. Luego, el propietario de todo esto es otro; el que te paga, compra tu tiempo, tus esfuerzos, tus deficiencias y tus temores; pensar que solo paga tu esfuerzo laboral es demasiado sencillo e inocente. Así que te esfuerzas por no perder ese tiempo que todavía te pertenece, aunque sean las 7 de la mañana, y te concentras en esos momentos, que no volverás a poseer hasta dentro de 10 horas. 10 horas vacías, lo sabes, lo recuerdas. Ya has estado ahí.
Cuando llegas a tu destino te arrimas a la puerta. La impaciencia por salir de allí se agolpa sobre esos entes arrimados uno sobre el otro. Nada mas abrirse las puertas, los cuerpos saltan al andén, como si dieran un premio a los ganadores y los últimos fueran a recibir un castigo, una pena, humillándoles.
Distraídamente, tu mente busca, nada en concreto, solo ordena a tus ojos que se muevan, que se despeguen del suelo y se abran ante el espectáculo que surge ante ellos. Esconderse no sirve más que para seguir recordando que existe el despertador, y la noche anterior y la posterior, y que todavía es martes. Y así no se puede. Así que mueves la vista y descubres tesoros por descubrir, y rubias que no te miran, y morenas que se alejan y señores acorbatados con alma de corbata y anuncios positivos y tristes, y otros vacíos; buscas señales que te orienten, que te indiquen tu camino, pero no hay nada, así que deduces que no hay nada que señalar. Tu camino es el mismo, día tras día, esa es la única señal que descubres; mañana tras mañana.
Sales del metro. Y entonces te das cuenta de que en esta ciudad también hay gente que va en coche y que son muchos y que tampoco les gusta estar ahí, pues hacen sonar sus claxon, ruidos enfadados, humos ofendidos y que ofenden y se empujan como si fueran en el metro. Las gentes que van dentro de esas maquinas de acero tienen la misma cara de cansancio que los seres con los que acabas de agolparte bajo tierra, sus ojos se salen de sus órbitas igual que el resto, sus caras, tan pálidas, tan dormidas, también son una mascara que ocultan vidas, penas, alegrías, lagrimas y recuerdos olvidados.
Pasas frente al kiosco y no te detienes, sigues recto, saludando al vendedor de refilón. Has decidido que las maldades del mundo no se pueden digerir si no te tomas antes un café cargadito. Y todavía no es el momento. Así que enfilas hacia una puerta acristalada coronada por el nombre de tu empresa. Un nombre brillante, casi refulgente. Es un brillo lleno de nada más que de dinero, beneficios, regalos de empresa y vacaciones pagadas, un brillo nada brillante, un resplandor oscuro, una limpieza manchada.
Subes en el ascensor con una sensación de soledad profunda, la vida se te escapa a medida que la maquina asciende pisos. En ese momento no eres dueño de nada, todo esta en venta y todo ha sido alquilado. Tu conciencia se difumina, realizando un acto de autodefensa importante. Empiezas a darte razones que justifiquen tu estancia, un día mas, en ese lugar que no te dice nada; solo habla de costumbres aprendidas, de movimientos mecánicos, de palabras conciliadoras con lo oculto. Lo demás lo metes en lugar muy dentro, casi a oscuras, apartado de la realidad. Tan real.
No penetrar en esas sensaciones es algo que te permite respirar, andar, vivir esas diez horas.
Y cuando ya has vuelto a revivir cada una de estas verdades, coges una ficha con tu nombre, con tus horarios, con tu libertad encerrada y la introduces en una maquina. Una maquina que marca el inicio de una nueva aventura. 10 horas. Nada más que 10 horas. Y volverás a sentirte lleno, ansioso, abarrotado de vida. Y el mundo volverá a brillar, y las nubes te parecerán hermosas, y el ruido será música y los gritos cánticos, los empujones caricias que te trasladan a lugares nuevos, sin conquistar. Sin colonizar. Sin inventar.

viernes, 5 de octubre de 2007

INSERT COINS




Trabajo en una oficina. Es algo bastante común, de hecho conozco bastante gente que hace lo mismo. Alrededor de mi edificio hay unos cuantos edificios de oficinas más donde trabajan varios cientos de personas. Trabajo en un espacio bastante confortable, en un recodo junto a una ventana en el que no tengo excesivo contacto con le gente pero si la luz suficiente para poder leer sin luz artificial. Tengo cerca a mis compañeros de departamento, pero ellos no son para mí más que una presencia amable. Trabajo con números y este trabajo me sumerge en una blanda indiferencia, que surge de mi convencimiento de que la vida real es la que se desarrolla al otro lado de los cristales de la oficina.

Jorge no sentía lo mismo. El vivía intensamente lo que sentía como un fracaso; el ser tan sólo un administrativo, su divorcio, el frío, el calor, todo hacía que su carácter se hundiera en una amargura sin asidero ni esperanza. Así, Jorge ahogaba su amargura en los prostíbulos que también rodeaban la oficina, en lugares de tenues luces rojas y denso humo. Allí nunca hacía uso de los servicios que ofrecían las mujeres, él se limitaba a sentarse y ahogarse en güisqui y nicotina. Todo esto lo se porque me lo contó él mismo tomando café en el cuartucho que tenemos en la oficina asignado a ese uso. Mientras me lo contaba se echó a llorar, creo que avergonzado, aunque yo nunca me habría permitido juzgarle y le respetaba más de lo que él imaginaba.

Ese cuarto del café aunque angosto daba cabida a una cafetera y una cochambrosa máquina de bebidas que funcionaba a su libre albedrío suministrando las más de las veces, cosas no solicitadas; a veces no suministraba nada por mucho que la golpearas. Poco después de esa conversación la vida útil de la máquina llegó a su fin, la dirección decidió cambiarla por una máquina nueva, reluciente, que era capaz de proveer comida y bebida surtida y que era una maravilla de la técnica. La trajeron unos operarios una mañana de octubre.

La presencia de la nueva máquina causó un gran revuelo en la oficina. Todo el mundo pasó por el cuarto del café para verla y probar como funcionaba. Los primeros días el cuartucho no daba abasto para acoger tantos visitantes. A mi no llegó a interesarme todo aquel revuelo y apenas me asomé para echar un vistazo, pero Jorge se mostró muy interesado desde el primer momento y llegué a ver un brillo en sus ojos que revelaba su alegría. De tal forma le afectó la novedad que, entre las pausas para el cigarrillo y las visitas a la máquina cada vez resultaba más difícil encontrarle en su puesto. Yo estaba un poco asombrado, pero suponía que estaba intentando canalizar su amargura tomando aquella máquina como un flotador en su negro mar.

El fervor de los primeros días se fue apagando y la gente retornó a su rutina indiferente, dejando de lado el protagonismo de la máquina. El fervor de Jorge no se apagó, seguía ausentándose para acudir a la máquina y adquirir una chocolatina o una bebida refrescante de extractos. Cada vez nos resultaba más difícil cubrir sus ausencias y creo que los jefes empezaron a sospechar. Un día, buscándole llegué hasta el cuarto del café y le encontré plantado ante la máquina, observándola extasiado, inmóvil, sin echar monedas ni recibir nada a cambio, sólo observando. No se dio cuenta de que yo estaba allí así que sin hacer ruido salí de allí y volví a mi sitio. No sabía que podía estar ocurriendo, pero estaba decidido a dejar que Jorge hiciera lo que le viniera en gana si eso le servía para escapar de su alma oscura. Igual esto le sirve como terapia, pensaba yo. Por eso yo había aleccionado a mis compañeros para que le cubrieran y no hicieran preguntas, pero sus ausencias eran cada vez más notorias; además los jefes le veían demasiadas veces en el cuarto y pocas veces en su puesto, y eso hacía que cada vez sospecharan más de él, y supongo que empezaron a vigilarle más intensamente.

Y con la obsesión que siempre han tenido con la disciplina y resueltos a demostrar que eran ellos los que mandaban en la oficina y no iban a permitir la presencia de vagos y escaqueados, un día a la hora de la comida llamaron a Jorge al despacho del director de administración. Cuando vinieron a buscarle no estaba y tuve que ir yo a buscarle al cuarto y fui con él hasta el despacho, en el que entró solo y salió a los diez minutos y sin expresión alguna en su rostro me dijo que le habían despedido y siguió caminando hacía la calle dejándome paralizado en aquel pasillo enmoquetado en gris.

Pase aquella tarde incomodo, con una sensación de desasosiego que me impedía sentarme, pensar, trabajar e incluso hablar. Fui al cuarto del café y contemplé la maquina largo rato tratando de descubrir qué había atrapado a Jorge de esa forma. Esa noche no dormí bien, estaba agitado, inquieto; toda esta historia me superaba y me asfixiaba.

Al llegar a la oficina al día siguiente mi angustia se tornó en sorpresa porque el lío que se había organizado allí era extraordinario. Al llegar me contaron con palabras presurosas lo que ocurría, Jorge se había encerrado en el cuarto del café, con su máquina y había amenazado con volar la oficina. Me contaron que había montado una bomba casera, creían que siguiendo a una web islámica. Por supuesto todo esto me parecía un disparate tal que ya no sabía si reír, llorar o largarme de allí. Vencido por las circunstancias corrí a mi sitio pasando entre los policías antidisturbios que ya tomaban la oficina. En aquel momento mi mesa me parecía un buen refugio para evadirme de lo que ocurría.

A media mañana vino a buscarme un inspector de policía, un tal Honch, y me dijo que Jorge quería hablar conmigo. Me dio unas indicaciones que dan siempre en estos casos y me acompañó hasta el fondo. Llegué hasta la puerta del cuarto y me dirigí a Jorge:

“¿Qué te ha pasado?, Jorge, vaya lío.”
“No sé, ella es la única que me da siempre lo que necesito, es cálida, me acoge y ese ruidillo. No sé chico, soy feliz cuando estoy aquí.”
“Pero Jorge, es una máquina, esto es una oficina y tú estas aquí con una bomba…”
“Si, ya sé que se han liado un poco las cosas pero no estaba dispuesto a separarme de ella; ya no imagino la vida sin ella…”
“Jorge, tienes que dejar esto, de verdad, esto no va a acabar bien.”
“Se que se han puesto las cosas chungas, pero no te preocupes, lo tengo todo controlado. Ahora vete, ya nos veremos…”

No le he vuelto a ver. En apenas un par de horas se rindió y se lo llevaron. Acabó en una institución psiquiátrica. Creo que está mejor. Un abogado presentó una demanda contra la empresa y consiguió que le readmitieran así que cuando tenga el alta volverá a la oficina.

Yo sigo aquí, en mi puesto, con mis números y mi rutina. Eso si, la máquina ahora es sólo mía.

martes, 2 de octubre de 2007

… Y PERROS

A Iñigo para que vea que sabemos destrozar sus historias tan bien como las nuestras.



La vuelta a casa, a la ciudad, fue como una mañana de resaca, de hecho me sentía como si hubiera bebido un bar entero y después me hubiera atropellado un camión, o dos. Llegué a casa sintiéndome como un imbécil, casi me había metido en un lío fenomenal. Pensar que Jaime podría haberme descubierto, o el empleado de la gasolinera hubiera podido arrancarme la cabeza. Por no hablar de Concha, algo tendré que explicarle, pero ahora necesito dormir.

Después de dormir catorce horas Lucas se despierta. Necesita un café, así que se dirige a la cocina y se prepara uno. Ahora está más recuperado y mordisquea distraídamente unas galletas; el hambre le empieza a retorcer el estómago. Cuando el café está, se sienta en la mesa de la cocina y piensa en todo lo que ha pasado. Ya no está tan avergonzado, todo le aparece ahora como envuelto en una cortina de gasa que atenúa los perfiles de los recuerdos del día anterior. No consigue matar el hambre con las galletas y el café así que abre la nevera en busca de algo comestible.
“Pizza, será pizza” murmura mientras toma el teléfono y llama al número de la pizzería que está sujeto por un imán en la puerta de la nevera. Enciende el televisor y piensa que quizá en las noticias digan algo de los perros, o de Jaime. Pasa un rato viendo el informativo hasta que suena el timbre; es la pizza.

Comiendo sigue pensando en Jaime, y en los perros. Y su curiosidad va creciendo a medida que el horror se diluye entre la mozzarella y la cerveza. Con el último pedazo de pizza ya ha decidido seguir con la investigación. No puede dejar esta historia inacabada, debe averiguar porqué Jaime hace lo que hace.

Está decidido a vigilar todos los movimientos de Jaime a partir de ahora. Pero necesitará un vehículo discreto para seguirle si vuelve a la sierra. La solución puede ser la moto de Félix. Lucas le llama para pedírsela con la excusa de que quiere ir de excursión ahora que está de vacaciones. No hay problema, Félix le presta la moto y además quedan el sábado para tomar unas cervezas, Lucas está deseando contarle todo lo que ha pasdo con Jaime el misterioso. Eso sí, Félix le va a traer las llaves él mismo, esta tarde, está muy ocupado y le pilla de paso su casa.

A media tarde Félix llama a la puerta y prácticamente sin cruzar palabra le deja las llaves de la moto que ha aparcado abajo. Así empieza la vigilancia. Lucas se planta frente al edificio donde vive Jaime dispuesto a pegarse a él como si fuera su sombra. Pero esa primera tarde no resulta muy fructífera y no consigue ver a Jaime ni siquiera asomarse a las ventanas; la casa permanece cerrada, quieta, y nadie podría adivinar si Jaime está en casa o no.

Al día siguiente la rutina vuelve a empezar y una vez más sin resultado. Al menos hace calor y no resulta duro estar todo el día en la calle. Además Lucas se sienta en un banco sombrío y aprovecha para avanzar en sus lecturas; ahora está con Mailer. Tampoco es tan mala forma de pasar las vacaciones, al aire libre, con lectura y algo en que pensar que no sea el maldito divorcio. Lucas vuelve a casa otra vez sin resultado y con poco esfuerzo esta noche cae rendido.

En sueños visita la gasolinera de la sierra, ve perros ardiendo, a Jaime y la cara de Concha con el ceño fruncido. No tiene un despertar muy plácido.
Todavía con el regusto amargo de los sueños sale a la calle para seguir adelante con su misión. Hace mucho calor y parece que el sol se ha propuesto derretir toda la ciudad. Así va creciendo la temperatura y mientras Lucas se refugia en su banco a la sombra, el cielo se va nublando y con unas violentas sacudidas se abre de repente y empieza a lanzar agua sobre la ciudad que arde. Lucas tiene que meterse en un portal junto al banco y aún así se cala.

Y es justo en ese momento, cuando más agua cae, cuando Jaime sale de su casa. Lucas le ve aparecer medio oculto por la manta de lluvia y sin pensarlo corre hacía la moto y arranca para seguirle, porque Jaime ya enfila calle abajo con su Renault.

No es fácil conducir una moto con lluvia, Lucas lo va comprendiendo a medida que trata de seguir al coche blanco por la ciudad buceando en el aguacero. Jaime se dirige a un barrio conocido y cuando por fin se detiene Lucas se da cuenta que están frente a la casa donde vive Concha ahora. Jaime llama al portero automático y la puerta se abre. Lucas se acerca al portal pero le resulta imposible saber si Jaime ha llamado al piso de Concha o a cualquier otro. Nota un calambre de celos por encima del estomago. ¿Y si además Jaime está liado con Concha?; era lo que faltaba. Al menos había dejado de llover lo que hace que Lucas pueda tranquilizarse un poco aunque ya está empapado.

Pasa media hora y Jaime sale por el portal y arranca de nuevo tomando el camino de la sierra. Lucas no pierde de vista la trasera del coche, ahora puede conducir un poco mejor aunque el suelo sigue mojado y debe tener cuidado. Jaime sigue hasta el desvío de Cercedilla y una vez en el pueblo dobla por un camino de tierra junto a la vía del tren y se detiene ante una cabaña prefabricada de madera. Esta vez no hay perros a la vista y Jaime no vuelve a salir hasta bien entrada la tarde cuando ya el cielo empezaba a tomar un color rojo y morado sobre el gris de la tarde. Jaime vuelve directamente a su casa, y Lucas decide volver a la suya porque está agotado y harto de tanta agua.

Por la mañana bien temprano Lucas se va estornudando a su puesto de guardia con apenas un café en el cuerpo. Y hoy acierta, pasa un cuarto de hora y Jaime se pone en marcha y vuelve a coger su coche. Lucas le sigue y esta vez ve que el destino va a ser la cabaña de Cercedilla sin paradas previas. Y así es, le sigue hasta que el Renault blanco entra en el camino de tierra, Lucas decide parar al lado de la vía del tren, esconder la moto y acercarse andando hasta la cabaña ocultándose entre los arbustos intentando no ser visto.

En la cabaña Jaime teclea frente a un ordenador y un hombre menudo y de tez morena vestido con un mono de trabajo entra por una puerta trasera y se dirige a él.

“Jefe, ya está ahí el bobo de su amigo”.
“No es mi amigo… encárgate de él”.

Lucas no puede oír esta conversación y cuando oye un chasquido a su espalda sólo alcanza a dar media vuelta para ver como el gasolinero de la otra noche le golpea. Entonces cae inconsciente.

Una visión borrosa ante él; una figura que se va fijando en su retina trazando los rasgos de Jaime que le observa plantado delante de él.
“¿Dónde estoy?” pregunta Lucas.
“Estás donde estabas, no te has movido”.
“Jaime, ¿de qué coño va todo esto?, ¿qué jueguecito te traes con los perros?

Jaime enciende un cigarro y soltando el humo hacía el techo empieza a hablar.

“No espero que lo entiendas pero te lo diré. Nosotros somos cazadores, cazamos seres, como te diría… diferentes, no son humanos, no tienen cuerpo. Tres de ellos se han refugiado aquí en la sierra; son muy peligrosos. Como saben que les seguimos se han refugiado dentro de los perros. Ya hemos cazado a uno, pero hasta que no arden no sabemos si hay uno de ellos dentro del cuerpo.”
“Y, ¿de dónde han venido?
“Eso que importa, el caso es que están aquí.
“Y tú, ¿que ganas con todo esto?
“Somos soldados. Nosotros garantizamos la supervivencia de la raza humana. Si no estuviéramos aquí ya habríais desaparecido. No tenéis ni idea de lo que hay ahí fuera.”
“¿Y Concha”, pregunta al azar.
“Concha forma parte de un comando de apoyo. Ella no caza pero se encarga de ayudarnos en la misión.”
Lucas intenta incorporarse.
“Ayúdame, me largo de aquí. Sabes que estas chalao. No… ahí te quedas con tus perros y tus chorradas.
Jaime avanza y le hace caer de nuevo al suelo.
“Lo siento Lucas pero ahora que sabes la verdad debes morir”.

- Diga
- Hola. Soy Jaime. Oye, me han dicho que te llame. Verás, tenías razón, el idiota de tu ex me vigilaba.
- ¿Dónde esta?
- Le tengo aquí, sentadito a mis pies, atado, amordazado y acojonadito, no para de temblar y sudar como un perro. Ja, ja como un perro mas.
- ¿Qué le has contado? Que sabe??
- Nada. La tontería esa de los seres de otro mundo y que éramos unos agentes encubiertos; el tío se lo ha tragado. Menudo científico esta hecho. En realidad no sabe nada; pero ya conoces las normas. Si se acercan demasiado son un problema.
- Ya, ya. Y los problemas los soluciono yo.
- Exacto. Sabes que yo lo haría, pero Manolo me lo tiene prohibido. Dice que no conozco los limites.
- Joder, Jaime, al ultimo casi le arrancas la cabeza antes de pegarle un tiro. Tuvimos que buscar las orejas durante diez minutos, y algún dedo sigue perdido por la cabaña, no sabíamos si aquello era humano o que.
- Ya, ya. Pues eso. Que tires para acá.
- Voy. Dame una hora. Dale de comer algo al bobo. No me gusta que tengan el estomago vacío. Están inquietos y se mueven mas, y no tengo ganas de correr.

Concha se dirige a su mesilla. Saca un estuche negro, descorre la cremallera y abre en dos el estuche. Dentro se puede ver una pistola, varios cartuchos y un silenciador. Comprobados todos los elementos de su trabajo, a sus jefes le gusta lo escrupulosa que es, sin excesos como los de Jaime, agarra el bolso y se dirige al garaje.
Mientras conduce camino a la gasolinera piensa en Lucas. Cuando le conoció pensó que seria una buena idea; un maridito, una vida ideal y perfecta para continuar con su trabajo. El escaparate perfecto: una mujercita de un catedrático, con sus idas y venidas, con sus congresos y sus congresos. A sus jefes la idea les encanto y Jaime se mostró muy positivo, compartir escondrijos le hacia sentirse mas cerca de Concha. Desde el principio le echó una mano y le daba información sobre su futuro marido. Todo parecía justo como ella lo necesitaba; pero se aburría, demasiadas charlas sobre gatitos perdidos, alces asesinados y larvas vomitadas
Según Jaime, Lucas iba de listo, pero en el fondo no se enteraba de lo que pasaba mas allá de sus narices. Joder, se había tragado el cuento de los perros y los extraterrestres. Concha sonríe.
Ella se invento esa historia. En realidad, los perros eran pruebas de un asunto un tanto sucio. Jaime y su ayudante, ¿cómo se llamaba ese chico?, siempre con el mono azul detrás de Jaime, ¿Cómo narices se llamaba ese tío?; bueno, ambos habían recibido un castigo de Manolo por el desastre de tío, el de las orejas. Llevaban varios meses encargados de eliminar elementos que era mejor que nadie encontrara; esta semana eran los perros de un mafioso. En teoría había salido con ellos a pasear y no había vuelto. No era buena idea que los perros aparecieran. Así todo funcionada mejor, con misterio y sin respuestas.
En realidad, cuando algún cotilla preguntaba mas de lo debido, les contaban esas historias para divertirse, daba igual, no lo compartirían con nadie y la verdad era mucho mas aburrida.
Parada en un semáforo, saca el móvil de su bolso. Marca el numero de su jefe.

- Hola, soy yo.
- Hola. Imagino que ya has hablado con Jaime.
- Si señor. Pero quería hablar con usted antes de llegar. Por si quería algo especial.
- Nada, mujer. Una cosa normalita. Que esos dos tontos lo hagan desaparecer cuando termines.
Por otra parte, ya sabes que lo siento por ti; se que le tenias cariño.
- La verdad es que hace tiempo que me había aburrido de él. Nos estábamos divorciando.
- Pobre diablo. Vive contigo y no se entera. Os vais a divorciar y se empeña en tocarle los huevos a Jaime.
- Le agradezco que me lo deje a mi. Esos dos bestias no habrían sido muy compasivos con mi ex.
- Bueno, lo se y me pareció justo. El tío nos ha venido muy los últimos años. De todos modos, prefiero que tu te encargues de estas cosas. Es posible que mas adelante hablemos de esos dos energúmenos. Ahora déjales. Diles que cuando acaben pueden dejarlo por hoy; pero adviérteles que si se van de putas no quiero que nadie acabe en el hospital sangrando y todo eso

Concha y su jefe mantienen el silencio durante unos segundos.

- Pero mas adelante Concha. Cuando todos estemos mas tranquilos. ¿De acuerdo?
- Tranquilo, jefe.

Jaime y su cachorrito sin nombre tenían una predilección por la gente apaleada. Putas incluidas. Y a Concha eso le repugnaba; esto era un trabajo, nada personal, nada emocional. Ella misma había metido su trabajo en su vida, es cierto; pero no era mas que una tapadera. Su vida con Lucas nunca había sido sincera. Ni siquiera en la cama. Concha había conocido a gente mucho mas activa que Lucas; pero este le hacia gracia y el muchacho ponía ganas e intenciones. Lo malo era tener que soportar esas charlas post coito sobre membranas, y animales salvajes y animales en cautividad y toda la retahíla. Hasta que se canso de tanta tontería. Además, ya estaba establecida en la ciudad, no necesitaba ninguna coartada; Lucas le había introducido en un ambiente agradable, donde nadie podía sospechar que convivía con una profesional; no una normal, sino una de las mas reputadas en su campo. Era perfecto. Bueno, ahora tendría que soportar preguntas por la desaparición de su ex. La depresión era la respuesta mas evidente y ella incidiría en ella en cuanto el primer policía la visitara.
Cuando llega a la gasolinera, lo primero que ve es al perro privado de Jaime. Baja del coche y pasa de largo. Ni ella le saluda, ni él lo espera. En su actitud hay respeto a una persona con un cargo por encima suya, pero también miedo a una mujer de la que ha escuchado muchas historias; no amables precisamente. Concha sabe lo que se dice por ahí de ella; lo sabe y le gusta.. Paladea el miedo en los ojos de estos mindundis, que van de duros pero que cuando se cruzan con ellas bajan los ojos, asustados e impresionados por la tranquilidad de la señora.
Junto a la caseta esta Jaime. Este mira el reloj y la sonríe.

- Barbaridad. Ni una hora. Eso es puntualidad.
- Hola Jaimito.

Él frunce el ceño. Ella sabe que no le gusta que le llamen así. Pero también sabe que él se callara y no dirá ni mu; Concha es intocable, al menos para él.

- ¿ Donde me lo has dejado?
- Esta ahí dentro. Puedes sola o te echo una mano??.
- Jaime. No me toques las narices. Toma sujeta esto.

Concha le da el bolso. Abre el estuche negro. Saca la pistola y le coloca el silenciador, la carga y entra en la cabaña. Jaime deja el bolso en el suelo y saca un paquete de tabaco del bolsillo de la camisa. Coge un cigarro y lo enciende con un encendedor que también se encontraba dentro del paquete. Lo guarda todo y fuma despacio.
Cuando no había dado mas de tres caladas al cigarro, se abre la puerta.
Concha sale, su aspecto físico es el mismo, pero su cara esta blanca, casi pálida.

- El jefe dice que cuando acabéis os podéis ir para casa tu y…joder, ¿Cómo se llama tu perro faldero?
- Benito, se llama Benito.
- Pues eso. Cuando terminéis con Lucas lo podéis dejar. Escucha bien Jaime, Manolo me ha recordado que te diga que os podéis ir a uno de esos locales que tanto os gusta. Pero que nada de hospitales, ni paquetes en urgencias y coches derrapando. ¿Entendido?
- Si, coño. Aquello fue un accidente.
- Ya. Como siempre.

Concha se da la vuelta y se aleja sin despedirse. Ambos saben que ella será la encargada de hacer el trabajo si no obedecen; así que Jaime decide portarse bien. Llama a benito y le manda a por un par de latas de gasolina, apaga el cigarro, se sube las mangas de la camisa y entra en la cabaña, donde le espera Lucas; siempre fue paciente, el tal Lucas..

Concha conduce hacia la ciudad, pisa el acelerador y la aguja del velocímetro orbita hacia la derecha rápidamente. Benito, piensa Concha, el perro se llama Benito. Sabe que antes o después recibirá un encargo con su nombre. Lo sabe, pero se olvida de él pronto. Aun es pronto. Todo llegara, se dice Concha, mientras piensa en la ducha que se va a dar nada mas llegar a casa, con el agua hirviendo y el móvil apagado. Por hoy ha terminado. Se lo dice mientras saca el móvil del bolso y lo apaga. Su mente, inquieta en un día normal, se vacía; nada de recuerdos, ni debilidades. Solo ella, ducha de agua caliente y la nada. Una profunda, silenciosa y relajante nada.