domingo, 26 de abril de 2009

HOJAS DISPERSAS II


Seguimos con los papeles encontrados. La selección de este fragmento se debe a que es extraño y roza lo incomprensible. No tiene título.

No puede recordar la primera vez en la que, paseando por la calle oyó un fuerte clang. Tras unos segundos se dio cuenta de que era su cabeza que había caído al suelo y reposaba bajo una triste acacia. ¿Porqué nadie le había dicho que su cabeza era de hierro y que podía soltarse y caer en cualquier momento?...

Pues por que en este mundo nadie te avisa de esas cosas, por que si lo hubiera sabido probablemente no hubiera sonado clang, sino clin o plín, algo mucho más delicado y sutil, y jamás hubiera rodado bajo una acacia, sino de un ciprés o de una centenaria encina; si tan sólo le hubieran dejado elegir. Encima todo el mundo le miraba. Todas sus cabezas de esponjoso algodón, o de bayeta, o carísima seda parecían tan ligeras que la suya parecía mucho más pesada ahí, bajo la acacia. Así que además de tener una cabeza de hierro, resulta que era inestable, de mala calidad y tomaba sus propias decisiones. Cada vez que volvía a ocurrirle volvía a preguntarse porqué nadie le había advertido nunca que su cabeza era de hierro y podía caerse en cualquier momento. No, no en cualquier momento; en los momentos más inoportunos, nunca estando solo, sino siempre en lugares públicos y muy frecuentados. Siempre ante las chicas más guapas.
A la quinta ocasión empezó a dejar atrás la búsqueda de los porqués y su pensamiento sólo le hablaba de condena y pensó estar condenado para siempre.
Por eso cuando apareció Marta en su vida sólo oscilaba de lado a lado peligrosamente, chiii… chirriaba; nada que no pudiera arreglarse con unas gotitas de aceite, gotitas que se fueron convirtiendo en litros. Pero con Sandra ocurrió lo inevitable y lo que aún hoy le hacía evocar una sensación de ridícula sorpresa. Debió de ser por su chal, o mejor dicho, la repentina ausencia del chal, y su carne y piel, la visión de ese cuerpo, ahí en pleno restaurante, la cabeza bañada en la sopera. La vergüenza absoluta; como explicar: sopa de cabeza de hierro y almejas a las finas hierbas.
Con Montse ocurrió en un parque acuático, en pleno tobogán. Fue ese bañador blanco con una alarmante ausencia de forro. Y la cabeza llegó sola a la piscina. Cinco socorristas salidos de una serie de televisión se lanzaban a la piscina a rescatar la cabeza y a Montse que casi se ahogó presa de un ataque de pánico. No hubo segunda cita.
Con Mayte quería que fuera diferente. Mayte, cabeza de algodón y seda bellísima, podría darle la serenidad suficiente para no hacer saltar el resorte de su férrea cabezota. Logró sobreponerse a la primera cita, aguanto cada peligrosa gota de sudor mientras trataba de no fijarse en su escote y mirarla sólo a los ojos, logró salir de allí a trompicones tras un inolvidable beso con sabor textil. Y tras esa despedida, sentado bajo una acacia revisaba el mecanismo de enganche de su cabeza pero no lograba dar con la solución para que resistiera el próximo beso, si este duraba demasiado; tampoco sabía como explicar lo que le ocurría, esta condena de la cabeza de hierro a punto de desengancharse en cuanto la temperatura del cuerpo subía espoleada por al visión de tantos bañadores blancos, tantas chicas y escotes. ¿Qué pasaría si un día se cae delante de Mayte?: Mayte, no se si sabrás pero tengo la cabeza de hierro y el soporte tiende a soltarse cuando me excito. Mayte no lo entendería.
Condena, condenado, siempre. Seguía dando vueltas a estas palabras y esa noche la cabeza parecía pesarle más de lo habitual.
Y en la segunda cita con Mayte, resuelto a mantener la serenidad y la sangre fría para que no volviera a caer cerró los ojos como si concentrarse pudiera servirle de pegamento extra- fuerte para su cabeza. Se dijo que esta vez todo iría bien y juro por todo en lo que creía que lo iba a conseguir. Incluso al cerrar los ojos llegó a pensar que su cabeza era de algodón y no de hierro. Mentalizado, abrió los ojos.
¿Porqué voló el chal de esa chica justo al pasar por delante del bar, junto a la acacia? ¿Porqué llevaba un bañador blanco, minifalda y ese escote? ¿Casualidad o destino?.
Clang, clang, clang…
“ ¡No ! ¡Mayte! “

lunes, 6 de abril de 2009

HOJAS DISPERSAS



Esto fue escrito por Lucinda hace al menos quince años y ha permanecido olvidado en una cuartilla, dentro de un cuaderno y en una estantería que, con el paso del tiempo, fue recogiendo libros y cosas hasta que el cuaderno desapareció de la vista.
Una limpieza general devolvió hace unos días el cuaderno a las manos de Lucinda. Lucinda piensa si valdría la pena publicar en la página algo que no pertenece a este momento; algo que no es de Lucinda, sino de Lucinda hace quince años.
Y aquí está sin cortes ni enmiendas; copiado del manuscrito hecho a lápiz. Se incluye incluso la cita de Verlaine.
Tiene una cosa buena: si os parece abominable al menos es breve. Lucinda no os obliga a un sufrimiento prolongado.


"Dans le vieux parc solitaire et glacé
Deux formes ont tout à l’heure passe”

Verlaine.


El poeta que ha perdido su inspiración vaga y corretea en su busca por las calles siempre oscuras y vacías. Busca y rebusca entre la basura, en las cloacas y en las copas de los árboles; en estancos y tiendas.
Vaga, y en su camino encuentra algún amigo al que pregunta: ¿has visto tú a mi inspiración? Y no obtiene respuesta.
Confunde a las bellas colegialas con su musa, pero estas huyen de él, porque un poeta sin inspiración es un ser sucio y desastrado, que da miedo y asco.
Vaga sin cesar y en su vagar recorre la ciudad entera. Al final del día desesperanzado bebe hasta emborracharse para olvidar la traición: “Se habrá ido con otro”. No encuentra respuesta. Duerme, al final, en un banco donde la escarcha le cala hasta los huesos. Despertará al día siguiente con dolor de cabeza y de huesos; lo mismo el día siguiente, el siguiente y el siguiente, y así desde siempre y para siempre.
Nadie comprende a un poeta que ha perdido la inspiración, sólo otro poeta en su mismo caso. Por eso se reúnen todos los poetas que han perdido su inspiración; el día de San Damián en un lugar secreto, buscando consuelo con sus semejantes. Pero nunca encuentran consuelo, y no se sabe de ninguno que haya recuperado su inspiración.