miércoles, 27 de junio de 2007

MAL





Para Cañi

Siempre había tenido ese don, al menos a él así le parecía. Realmente había descubierto su habilidad con catorce años, hace ya veinte y desde entonces había ido desarrollándola con el tiempo. Al principio sólo conseguía vencer las voluntades de aquellas personas que tenía cerca, y sólo cuando estaban cerca, pero el radio de alcance se amplió muy rápidamente y hará ya unos diecinueve años que las vidas de todo el barrio se movían a su antojo, las vidas y por supuesto, las muertes. Como si fuera un niño jugando con figurillas de plomo movía los personajes de su entorno en el tablero del barrio como un perfecto demiurgo. Nadie podría decir porque poseía ese don, porqué ocurría ese fenómeno, nadie había sospechado nunca nada; sin voluntad no hay vía para la sospecha. Durante todo este tiempo había manejado las mentes y los cuerpos de sus vecinos y de todos los que a lo largo de los años habían venido a instalarse al barrio; ha decidido quien enfermaba y quien no, quien sobrevivía y quien moría, quien se casaba o se divorciaba e incluso quien tenía hijos y quien permanecía estéril.

Eso si, nunca había extendido sus redes más allá del barrio y por tanto nunca se había atrevido a salir de allí. Para evitar problemas sentimentales había sometido la voluntad de sus padres y hermana y desde hace ya más de quince años vivían, no ya en otro barrio, sino en otra ciudad. Y de esta forma había conseguido que ese barrio se convirtiera en su reino, en su creación, su juguete a escala real.

Nunca había trabajado pues la voluntad de sus súbditos le proporcionaba cuantiosos ingresos; era el más rico del barrio y como tal gustaba de una cierta ostentación. En un barrio como aquel, de clase media, se paseaba en un gran coche con chofer, estaba siempre rodeado de personas de servicio, criados y criadas o diversos mayordomos y por supuesto había hecho que le construyeran una gran casa. No tenía que temer a la envidia y si que disfrutaba permitiendo a sus criaturas sentir admiración hacía él.

Pero desde hace seis meses una inquietud se había instalado en su interior, en la boca de su estómago. Esa inquietud tenía la forma de un chico de veinte años del barrio al que deseaba pero por alguna razón parecía ser inmune a su poder. Bien es verdad que a el esa posibilidad de resistencia le gustaba y por las noches esa inquietud se tornaba excitación y humedad entre las sabanas. Él había mantenido relaciones con hombres y mujeres con bastante asiduidad pero desde hace seis meses había cedido para centrarse en esta nueva obsesión. Por un lado se sentía tentado a mantener esta angustia por un tiempo indefinido, pero por otra deseaba dirigirse al chico para someter su voluntad por fin y poseer ese nuevo juguete.

Finalmente una noche decidió que el día había llegado, a la mañana siguiente le hablaría y probaría si realmente el chico era capaz de resistirse. Esa noche se confesó a si mismo que creía que se había enamorado.

Y así fue, le abordó en plena calle y como esperaba, el chico accedió a acompañarle y acudió a cenar a la mansión. Él lo había preparado todo y había ordenado al servicio que se tomaran el día libre, la casa estaba vacía preparada para el gran encuentro. No podía disimular su nerviosismo, se sentía como un chiquillo, sentía cosas que nunca había sentido. Y le costó esperar al final de la cena pues su inquietud corría tras las agujas del reloj. Nada más terminar la cena se abalanzó sobre el chico y este respondió dejándose hacer e incluso tomando parte activa en la agitada velada que siguió.

A la mañana siguiente al despertarse, el chico todavía dormía. Se levantó lentamente y observó al chico con ojos que dejaban ver un cierto poso de ternura y con una sonrisa se dirigió a la ventana desde donde se veía como el sol comenzaba a iluminar el jardín trasero.
Entonces vio el reflejo en el cristal, y cuando dio media vuelta la cuchilla ya había cruzado su cuello y mientras caía oyó al chico decir:
-“ Cabrón, esto sólo lo he hecho por tu dinero”.

viernes, 22 de junio de 2007

A MARÍA LE GUSTA COMER POLLAS


A Quím. Monzó y a Mónica Lewinsky

A María le gusta comer pollas; es una comepollas. Por suerte, a su novio Joaquín la situación no le molesta en absoluto. Mientras se dedique a su polla, claro esta. Le ha dicho muchas veces que no se trata de si es sexo o no; se trata de fidelidad a unas formas, a unas maneras. María al principio intentaba convencer a Joaquín de que la única polla que le follaba era la suya, que lo otro no eran mas que ejercicios viciados por la costumbre. Pero, claro, a Joaquín todo aquello no le convenció, así que María tuvo que dejar de comer pollas ajenas. Al principio la relación no se resintió. Maria parecía contenta con la polla de su chico, la disfrutaba como nunca había disfrutado con otras vergas; comenzó a conocerla, a reconocer sus movimientos, sus apetencias y sus cansancios; no había detalle que no le resultara interesante y al que no se lanzara hambrienta de estudio durante el tiempo necesario. Durante horas, tenía esa polla entre sus manos, que la amasaban y la mimaban con delectación, quería introducirse en sus secretos, en sus verdades. Joaquín se dejaba hacer, relajado, pues veía como su chica se empeñaba en encontrar las bondades de la monogamia oral.
Pero María era una comepollas sentimental, lo suyo no era consecuencia de una deducción mental; lo que la empujaba a comer rabos era su instinto, una fuerza interior, inevitable, contra la que luchar era una utopía estúpida. Durante años, desde que tenía memoria sexual, le había gustado disfrutar de más de una polla; se aburría con una sola, aunque fuera la de su chico. Pronto, empezó a plantearse que Joaquín no tendría porque saberlo. Ella le quería. No era el amor lo que estaba en cuestión. Se hablaba de falos y de chuparlos. Empezaron a obsesionarle las mamadas que no había podido realizar durante esos meses, los lugares que no había visitado, los huevos que no había acariciado, los sabores que la vida en pareja le había robado. Se trataba de llegar a controlar ese arte hasta el paroxismo, de controlar las corridas durante horas, de conocer todas y cada una de las pollas con las que se cruzaba en esta vida: de tener el poder, de saberse la mejor mamadora del mundo entero; los hombres poderosos le pagarían por tener el privilegio de que ella se comiera sus pollas, los reyes vaciarían los harenes solo para ella; los pobres matarían por tener el privilegio de sus favores. Empezó a sentirse triste, a moverse por la casa nerviosa, buscando algo que hacer. Lo limpió, lo volvió a limpiar y a lo reluciente le sacaba brillo. Cocinaba sin parar. Nada servía. Joaquín la encontraba en el sofá, suspirando, con la mente puesta en lugares lejanos, en sitios donde él jamás estaba, donde no se podían encontrar seres humanos. Solo falos. Ella, en cuanto le veía entrar por la puerta, sonreía y se le echaba encima. Segundos después, le estaba comiendo la polla. Agotado, muchos días retrasaba su llegada a casa. Daba igual, al llegar ella estaba en el sofá esperándole para iniciar su gimnasia del rabo.
La compulsión que sentía era tan grande que decidió probar con consoladores; y así, intentar conseguir esa sensación de fuga física, de descanso espiritual, de húmedo descanso. Pero el sabor a plástico le repugnaba, no había sudor, ni quejidos, ni agradecimientos, no era lo mismo. Le gustaba escuchar al varón, notar como respondía a su trabajo, a sus maneras, el plástico era impersonal. ¿Y Joaquín? Joaquín no tendría porque enterarse, ella solo quería descansar, aplacar su instinto. Instinto que había crecido durante su época de fidelidad oral. Ella lo que quería, en resumen, era comer muchas pollas. Cada vez más, ya no quería otra polla. Ahora quería OTRAS.

La oportunidad apareció cuando a Joaquín le dijeron en el trabajo que tenia que irse unos días a poner orden en la delegación provincial. Aquello no duraría menos de un par días, aunque podía alargarse otros 2 días más. Cuando María se entero de la noticia hizo algo que Joaquín jamás la había visto hacer. Se echó un cigarrillo, y luego otro, y otro. Se fumo el paquete entero en diez minutos. Y el viaje era dentro de una semana, pensó Joaquín.
¡De 2 a 4 días sin comer pollas! pensó María. Ninguna polla. Esa semana las mamadas se alargaban hasta lo insufrible. Joaquín tenia un profundo dolor de huevos que jamás compartió con su chica; ella, nerviosa y excitada, había redoblado sus esfuerzos y sus actos mamarios. Parecía hambrienta, desasosegada. Comer pollas le alimentaba el alma, y pensar que no habría polla que llevarse a la boca le retorcía sus instintos, sus pensamientos se enturbiaban, despedazados por el miedo a la soledad de su boca.

Joaquín regreso 2 días después. La cosa no había sido para tanto y se había arreglado con un poco de tacto y alguna bronca a tiempo. Tardo un rato en aparcar, parecía que hubiera mas coches que nunca, como si hubiera en el barrio una convención o una reunión de antiguos alumnos. Desde el aparcamiento a casa, ando unos 15 minutos, con la maleta a cuestas y cagandose en todo; estaba enfadado, tenía prisa por ver a María. Al irse, la preocupación aumentó de forma geométrica, cada segundo parecía una hora; mientras estaba en la delegación, no paraba de recordar que su mujer, la come pollas, estaba en casa, sola y hambrienta y él estaba a 2.000 Km. Sabia que ella le quería, pero que su compulsión era otra cosa. Tenía prisa, tenía mucha prisa. Además, le picaban los huevos.
Al subir la escalera se cruzo con dos tipos; los dos bajaban sonriendo de forma ostensible, dándose palmadas y comentando la jugada. No le gusto nada y aceleró el paso. Antes de llegar a su casa ya se percibía la jarana. La puerta estaba entreabierta y se escuchaba música. Al entrar Joaquín vio a una turba de tíos en su salón; vio tíos en bolas que andaban por la casa, riéndose y bebiendo; otros , todavía vestidos, se encaminaban hacia su cuarto. Joaquín, estupefacto, pensó en echarlos de allí, pero eran demasiados y no parecían proclives al final de la fiesta. Consciente de lo que pasaba, se dirigió a su cuarto. A medida que se acercaba el numero de tíos vestidos disminuía; aquí y allá aparecían montones de ropa, esparcidos sin orden, anárquicamente. Al llegar, se encontró con un montón de tíos desnudos; todos estaban en pelotas, algunos sólo estaban tumbados en el suelo esperando su turno, otros hacían cola mientras bebían y señalaban su cama. El tálamo nupcial no se distinguía, tapado por hombres desnudos que la rodeaban y chillaban, animando a Maria con gritos favorables a su actitud y aptitud. La música casi ni se escuchaba por los gritos de ánimo.
Joaquín se paro un momento. Miro a los tíos que esperaban su turno, habría unos 15 maromos con los rabos listos para una buena mamada. Todos parecían expectantes. Algunos, los que habían acabado, se vestían y se dirigían al salón; donde comentaban la jugada entre palmoteos machistas y comentarios subidos de tono.
Joaquín se volvió hacia el salón. Cerró la puerta. Subió la música y se dirigió a la cocina. Allí también había gente reunida.
Buenas tardes, buenas tardes.
Se puso una copa y se sentó en la cocina. Su cara estaba blanca y sudaba, parecía agotado, superado por la situación. Uno de los tíos se dirigió a él.
Qué amigo, recién llegado. Si, acabo de llegar si. Bonita fiesta verdad. Si, muy bonita. Y la chica, impresionante. Si, impresionante. Aquí los amigos estábamos comentando que es un ejemplar único de comepollas, lleva dos días comiendo pollas y no se agota, es insaciable. Estamos pensando en llamar a un amigo periodista para que la haga un articulo, triunfa seguro. Si, seguro.
Joaquín, se levanta, se pone otra copa y se sienta a beber. Solo, pensativo, y con un profundo dolor de huevos. Cuando termine la copa, se pondrá otra, y luego otra, y otra; hasta que el cuerpo se derrumbe y los huevos dejen de dolerle. Agotado. Beberá sin parar hasta que los huevos dejen de dolerle o hasta que le llegue su turno. Su maldito y placentero turno.

jueves, 21 de junio de 2007

HOLA GUAPA


-“Hola guapa, ¿puedo invitarte a una copa?”.
-“Como no, a todas las que quieras”.
El anzuelo y el pez. Ahí está él, blando y sonriente, con ese tono de piel marrón verdoso, con esa voz silbante que se aloja en el fondo de los tímpanos. Y ahí está ella, alta y rubia, con esa mirada vacía y cruel de siempre. Siempre vestida como una vulgar furcia, pero alerta bajo esa fachada estucada.
Sabe bien lo que debe hacer, es la costumbre. El método es siempre el mismo. Puede aguantar horas y beber hasta reventar sin dejar de estar alerta, sin perder el control. Juega con ventaja.
Ya no podrá escapar, la red ya está tendida. Unas copas y habrá que irse; ya queda menos.
Risas, copas y baile. Que más da, es lo de siempre, el territorio tantas veces recorrido.
Él mete su mano bajo la falda mientras derrama palabras en su oreja. Él habla muy alto y su cháchara resulta incoherente. Habla de su familia; su mujer, sus hijos y su dinero mientras con el dedo índice toca sus labios bajo la falda. Ella no siente nada, ni siquiera asco. Y sigue babeando y bebiendo.
Van al baño, cocaína, espejos y lametazos. Él baja su bragueta y saca su pene apenas morcillón; ella lo agarra y lo sacude, le pega dos lametones y lo engulle prácticamente entero; no pasan diez segundos y un chorro golpea su garganta, se incorpora, escupe en el suelo y saca un cigarrillo. Él parece un poco azorado, balbucea excusas, dice que a él nunca le pasan esas cosas. Ella no le escucha, no le interesa, no siente nada, ni siquiera asco. Ella va hacia la puerta
El tiempo se derrama , más copas, más música y baile. La conversación continúa por senderos de estulticia. Él ha olvidado ya su vergüenza y la agarra por la cintura mientras la frota obscenamente. Ella no siente nada, ni siquiera asco.
Se acabó, no aguanta más su mano amasando su culo todo este tiempo; no aguanta más ese discurso babeante y bobalicón.
-“Cariño, vámonos ya, llévame a casa. Vamos a pasarlo bien”.
El callejón está bien iluminado, eso podría ser un inconveniente, pero no, un par de golpes secos y sordos y acaba. El sonido de unos tacones y el chasquido de un mechero son los sonidos que quedan flotando en el aire.
-“Toda la vida haciendo lo mismo, no es difícil. Podría decir que no se hacer otra cosa, podría inventar que vengo de un entorno familiar difícil, una infancia desgraciada; pero no es cierto, lo cierto es que esto se me da bien y me gusta. Los que pagan son los que mandan. Yo sólo cumplo sus deseos a cambio de dinero, sólo soy su instrumento. Me resulta indiferente si hay algo detrás, no me interesan los motivos, no me importa si son nobles o innobles, no es asunto mío”.
La puerta se abre a una sala de reuniones con una gran mesa. Todo está decorado con un estilo moderno y minimalista. Ella entra vestida entera de negro, con unas gafas de sol opacas y se planta ante los que allí se reúnen y sin sentarse enciende un cigarrillo.
-“El trabajo está hecho”.
Uno de los reunidos empuja un maletín en su dirección, ella lo recoge lentamente y dando media vuelta se dirige a la puerta.
-“Muchas gracias por todo, señorita…”
-“Killer, Anita Killer. Ha sido un placer”.

miércoles, 6 de junio de 2007

POR FIN LO HABÍAMOS CONSEGUIDO

Por fin lo habíamos conseguido. Llevábamos meses esperando desde la primera señal. Hace ya dos meses nos confirmaron la venida. No puedo ser más feliz. Estos dos meses han sido un calvario, a pesar de que la serenidad es una de las enseñanzas supremas, la espera se hacía agotadora. El momento ya ha llegado. Ellos están aquí, han venido a buscarnos. Ya veo las luces; esas luces, son preciosas. Ahora estoy en paz, en paz con todos. Las luces se acercan, son las luces más bonitas que he visto nunca, me llaman; cada vez están más cerca. Desnudos debemos recibir a nuestros hermanos que por fin vienen a buscarnos, no necesitamos nada material. Nos llevaran a casa, a nuestra verdadera casa. Las luces ya están aquí, voy hacía ellas. “Hermanos aquí estamos, vamos con vosotros”. Llego hasta las luces. Si, me reciben con su calor y una sensación de paz, de vacío, de éxtasis; pero a la vez siento dolor, creo que es como el dolor del nuevo nacimiento, es necesario. “Si, ya estoy con vosotros hermanos, ¡qué paz!...

Bueno, realmente nosotros recibimos unas veinte llamadas pero nos personamos inmediatamente, no creo que pasaran cinco minutos desde la primera. Lo que allí encontramos fue una muchedumbre, unas cien personas, en un estado de gran agitación, casi todos gritaban algo sobre un “escándalo”. Al acercarnos a la zona donde se produjeron los hechos vimos al sujeto. Si le digo la verdad nunca había visto nada semejante.
¿Qué que ocurrió?.
Pues bien, conoce usted esa atracción que instalan todas las navidades en el centro, la del centro comercial. Pues según la reconstrucción basada en los testimonios, el sujeto se abalanzó hacia la atracción y comenzó a trepar, pero cuando llegó a una altura de unos cuatro metros y se encaramaba a un reno; este cedió y el sujeto se precipitó al suelo. Ahí se produjo la rotura del brazo, las costillas y perdió el conocimiento. Y así le encontramos, inconsciente, desnudo y agarrado a un reno de plástico con la nariz iluminada; curiosamente llevaba una corona de marihuana en la cabeza.

lunes, 4 de junio de 2007

RETAGUARDIA


Los muchachos habíamos estado limpiando la zona.

¿Limpiando?

Si, hombre. El general no deja de avanzar y avanzar, rompiendo líneas y dándoles en los morros; sus columnas tienen orden de no mirar atrás, jamás se detienen a ver que han dejado a sus espaldas. Para eso ya estamos nosotros, limpiamos lo que ellos han ensuciado; nos encargamos de no dejar ninguna molestia a su espalda. Ya sabe, los hospitales y las cárceles pueden ser un incordio. Así que nosotros seguimos al gran soldado y recogemos sus restos para que las fotografías salgan claras y diáfanas.

¿Fotografías?

Claro, para que si no íbamos a limpiar; se quita lo sucio para que las visitas no estén incomodas ni nadie les moleste. El servicio de marketing del puesto de mando se ocupa de que siempre haya una cámara en el lugar preciso; por supuesto, también de que nunca las haya cuando nosotros andamos por los alrededores. Nada puede estropear una buena instantánea. Y menos un tipo implorando piedad mientras otro, vestido con el mismo uniforme que el general, le mete una bayoneta hasta destrozarle el alma.

El alma es inmortal. Nada puede con ella. Nuestro señor dijo….

Perdón que le interrumpa, vera, yo no se como será aquí en la retaguardia, pero en donde yo trabajo se aprende enseguida que el alma es lo primero que muere.; lo primero que se pierde, la única forma de ser inmortal es dejarte el alma en casa o llevarla escondida al fondo del macuto, bien mullidita con los calcetines y la ropa interior usada Mas te vale metértelo en la cabeza y no olvidarlo. Las balas y los cuchillos no creen en ningún Dios.

Esto, perdón señor,¿hay algún problema? Sucede algo que yo deba saber.

Alrededor del muchacho un gran chorro de luz lo inunda todo; es una luz que no molesta a los ojos, opaca, sin principio ni fin. El orden parece manejar cada rincón de aquel lugar, no hay nada fuera de su sitio, y la sensación que se trasmite es que nada puede estar fuera de su sitio .Desde el principio siente esa luz de una forma aséptica, lejana Como si fuera algo impensable; en realidad, si lo miras bien, no hay nada. No hay paredes, ni ventanas, ni escaleras ni puertas. Y, a pesar de eso, él siente que esta allí esperando; que ese espacio es la antesala de algo y que antes de seguir alguien ha de darle permiso. Nadie se lo ha contado, es algo que sabe de pronto, como un susurro que le llega a los oídos, como si la luz le susurrara secretos.

Bien, sigamos. Ya se le informara cuando sea preciso. No se preocupe, ellos no tienen prisa. Ahora necesito que me cuente todo lo que recuerde. Tranquilo, no se ponga nervioso. Seria importante que se centrara. ¿Recuerda qué pasó el viernes?

El viernes. Bueno, llevábamos toda la semana limpiando la zona norte. La sexta había pasado por allí dirección a la capital. Se estaba preparando el gran ataque y los chicos tenían prisa por cumplir con las órdenes. Se notaba porque no se anduvieron con chiquitas, ¿sabe a lo que me refiero?

Explíquemelo

Qué tipo de oficial era aquel. Y desde cuando un oficial iba con traje oscuro y camisa blanca. Desde cuando un oficial le pedía explicaciones a un soldado. Podía ser un oficial medico. Pero, entonces, eso era un hospital. ¿Y las enfermeras? ¿Y los demás heridos? ¿Estaba él herido? Su mente tenía zonas oscuras donde no podía penetrar. Se palpo el cuerpo con disimulo. No le dolía nada; es mas, se sentía bien, sin dolores, pleno y completo.

Pues que habían dejado un montón de bultos a sus espaldas, civiles y de los otros. Todos mezclados, habían entrado a cañonazos y habían salido igual, sin preguntar si aquello era una bandera blanca o un tío con un fusil apuntando a sus cabezas. Si el general dice que hay que estar en un punto de encuentro a las 16:00 p.m., mas te vale estar a las 15:55 p.m.

Vera, en el primer pueblo por el que pasamos nos recibieron con un jaleo tremendo.

Allí cayeron un par de los nuestros, hasta que el sargento decidió que usar los lanzallamas era lo más limpio. Esos cabrones se escondían en los sótanos y nos daban cera desde los bajos cuando pasábamos de largo; mezclados con los pocos civiles que quedaban en pie no había forma de acabar con ellos y nos estaban jodiendo. Hasta que el sargento le ordeno a los chicos de las cerillas que se adelantaran. Había que verlo.

Chillaban como cerdos. Salían de sus agujeros implorando que les apagáramos, alguno gritaba pidiendo que le pegáramos un tiro. Otros, simplemente aparecían de pronto, daban un par de vueltas y caían al rato. Plof

¿Y ustedes que hacían?

Vamos señor, no se gastan balas en un tipo que ya esta muerto. Aunque pataleé y chille como los gorrinos.

Va a tener que hacer un esfuerzo muchacho, así no conseguimos nada

Ahora se da cuenta de que esta apuntando sus respuestas. Aquel hombre esta en un escritorio blanco, sentado en un gran butacón del mismo color escribiendo cada vez que él habla. Es un examen, alguien les investigan. Pero no puede ser, no habían hecho nada que no se hiciera antes. Nada nuevo. El sargento les tenía prohibido tocar a las mujeres. Nada de mezclarse. No sentía dolor, pero la cabeza retenía información. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Dónde estaba? ¿Que había sucedido con su columna?

No entiendo señor que pretendemos conseguir. Si me lo explicara tal vez le podría ayudar mejor.

Por ejemplo, me ha dicho usted que había civiles.

Si. No muchos claro. Pero salen de las madrigueras, hambrientos, enfermos y muertos de miedo. Nos piden comida, nos imploran que les demos algo que llevarse a la boca. Es bestial, les he visto comerse un mendrugo de pan verde como si fuera una verdadera exquisitez. Les he visto trocear un caballo mientras este aun respiraba, un horror señor. Pero ya se sabe, es la guerra. No podemos hacer más

Ya, ya. Pero me refería, ha dicho usted que los otros se mezclaban con los civiles…

Ah, bueno, en ese caso no se puede hacer mucho. Se les avisa, se les dice que se quiten de en medio, se cuenta hasta diez y luego….luego la barbacoa. Por supuesto, una vez que la cosa ha empezado no se sabe si lo que chilla iba armado o no. Repito, no se puede hacer más.

El oficial cabecea, niega ostensiblemente con la cabeza y apunta, no para de escribir en su carpeta. No esta enfadado…su rostro no dibuja ira, ni odio. Si fuera un oficial del enemigo podría deducir que ha sido hecho prisionero. Pero no, esos ojos describen…pena, tristeza. Aquel hombre estaba llorando.

Y la piedad, muchacho, ¿Dónde queda la piedad?

La piedad señor? No entiendo la pregunta, si no lo hacemos nosotros lo hacen ellos. Aquí nadie pregunta, no hay tiempo. Ellos ya lo hicieron antes. Nosotros no lo hacemos por placer, mi sargento me dice ve y yo voy. Si él me dice quieto, no tires. Pues me siento, enciendo un cigarro y espero que acabe el espectáculo.

Ya, bueno, siga.

Continuamos nuestro camino. Nos montamos en el transporte y tiramos hacia el siguiente punto de limpieza. Los chicos de los pájaros nos marcan los lugares y nosotros no hacemos más que ir allí y asegurarnos de que no hay nadie con ganas de incordiar.

Nada mas llegar, el transporte de cabeza voló por los aires al asomar el morro por la primera esquina del pueblo. Yo estaba hablando con el sargento y de pronto, bum, una bola de fuego se comió a los 10 chicos que iban allí dentro. Conocía a varios, buena gente. Ya no iban a ir a casa por Navidad, ni volverían a poder pasear con sus chicas por los parking de noche, ni tomarse un buen chuletón. Maldita guerra señor. Ningún hombre debería morir con el estomago vacio… Si señor, ya sigo.

Estaba claro quien había hecho eso. Un tío con un lanzacohetes y otro que le ayuda a recargar. Nos bajamos y nos dividimos. Buscar y limpiar. Ese es nuestro trabajo, y somos bueno en eso señor. Les localizamos a unos 100 metros, entre unas ruinas que los muchachos habían organizado en la entrada del pueblo. Los boquetes eran enormes, pero nadie había entrado ahí dentro a ver si respiraban mas de lo debido.

Vamos bien de tiempo, siga muchacho siga recordando.

Tiempo, tiempo para qué. Y quien tenia tiempo. La luz intensificaba su belleza, su neutralidad le envuelve y le relaja; pero en su mente aun hay lugares donde no puede entrar, que hacia allí y como había llegado. Solo se acordaba de aquel pueblo, de aquel maldito pueblo.

Nos dividimos. Mientras unos tiran, otros dan la vuelta y les silencian. Todo empieza a estar confuso, creo que fui de los que se acercaron señor. Bayoneta calada y ni un soplido de mas. Los cabrones no tenían lugar a donde huir, ni esperanzas de salir de allí.

¿Y la piedad?

Habían podido salir y rendirse; les hubiéramos dado de comer y les habría visitado un medico. Saldrían de allí desinfectados, limpitos. En vez de eso, mataron a 10 de los nuestros. La piedad, señor, perdóneme, pero la piedad es cosa de Dios, no es cosa mía.

Cuidado chico. Vaya con cuidado.

Si señor, no quería ofender a nadie. Vera señor, creo que fui de los que saltaron allí primero. No lo recuerdo muy bien. Ya le digo que no recuerdo muy bien toda esa parte. Esta confusa, como si no pudiera llegar a esos recuerdos.

Su mente se cierra, se cierra del todo. Recuerda los paseos en barco con su padre los fines de semana, recuerda su colegio y sus amigos. A su madre haciendo pasteles por su décimo cumpleaños y a su abuelo regalándole su primera bicicleta. Sabe quien su chica y lo que le gustaría estar con ella en ese momento, sabe que se alisto para terminar una guerra que no empezó. Pero aquel momento, aquel momento se le ha ido de la cabeza. Su dolor se intensifica, le duele el costado, el pecho.

Siga chico, siga. Estamos llegando

A donde señor, no entiendo señor. Me duele el pecho…

No pare, no pare ahora.

Saltamos allí dentro, eso creo, y…bueno, los cabrones nos esperaban. Al cabo, al cabo que venia conmigo le clavaron una bayoneta en el cuello….y a mi…a mi, creo, no lo se señor, pero…mierda, creo que me dispararon….Si, me dispararon en el costado nada mas caer en su agujero. Podíamos haber tirado de cerilla pero estábamos hartos de tanto grito y quisimos hacerlo mas….agfgg me dispararon, y nosotros no teníamos que estar ahí, maldito agujero

En el costado le surge una gran mancha de sangre. Duele, duele mucho. No gotea, no fluye. Es una gran mancha de sangre reseca. Su mente se abre, se abre a la luz, que la acoge y le habla. Son palabras relajantes, como un masaje que alguien le diera en el cerebro.

Palabras de Dios.

Y que, muchacho, dígamelo. Si quiere seguir me lo tiene que decir…

No lo se, pero, creo que

Si, muchacho, dígalo

Mierda señor, estoy muerto.

Desfallecido, respira, el cansancio que siente no es agotador, al contrario, renueva cada poro de su cuerpo.

Y entonces, aquel hombre se levanta. Abre un cajón, del que saca una cajita mitad blanca, mitad negra. La abre. Dentro hay un tampón, también negro y blanco. Sella los papeles donde había estado apuntando su historia.

Toma muchacho, entrega esto cuando te llamen. Suerte.

Se los da y le señala una puerta que ha aparecido de la nada; en la puerta puede ver, en relieve, una balanza, un platillo es negro y el otro blanco. Las hojas de la puerta se van abriendo. El muchacho se levanta y se dirige hacia ella; que se cierra tras él con cuidado, sin prisas, con todo el tiempo del mundo.