En Japón está prohibido fumar en la calle. Sólo puedes parar en un punto de fumadores como ese que se ve en las fotos donde hay un cenicero y unos cuantos sujetos echandose un pitillo. Lo curioso es que el punto de fumadores está tan al aire libre como el resto de la calle; y más curioso aún resulta que en cambio se puede fumar en todos los locales cerrados; en bares, restaurantes o cafeterías se puede fumar sin problema.
La primera impresión que uno tiene al llegar es que todo está perfectamente ordenado, todos son muy amables y correctos, todo funciona al milímetro. Pero poco a poco uno va viendo una cara de la moneda que no es la de la disciplina y la perfección sino la de los Pachinkos, el porno manga, las colegialas que al final te hacen dudar si son de verdad o personajes de tebeo, los kimonos con calaveras y los grupos de punk y hardcore.
Cada una de las pequeñas calles de cualquier ciudad ofrece un montón de pequeños detalles de ese mundo perverso escondido tras el orden y la tecnología.
¿Y los pachinkos?. Es concebible que un tipo con traje y corbata salga de su trabajo a las once de la mañana y se largue a una sala de maquinas recreativas a echar unas partidas; en Japón si, y además están llenas a cualquier hora.
Otra peculiaridad regional es lo que podriamos llamar el agradecimiento eterno. Cuando te vas de un restaurante o de una tienda tú, educado, das las gracias, el que atiende el local te da las gracias e inclina la cabeza, a ti te da por inclinar la cabeza también y el te da las gracias más, y tú no vas a ser menos, y así entras en un bucle que te puede llevar a no poder salir del local y, a base de "Arigato Daimas" quedar atrapado. Así que cuidado con los agradecimientos; como ejemplo, un chico que atendía un Family Mart, una tienda de esas de 24 horas, daba tales cabezazos que temimos que se dislocara alguna vertebra.
Y así entre cabezazos y pachinkos pasamos la semana y vuelta al caos de Shanghai. Ese caos tan familiar que a mi personalmente me encanta.
Y a los pocos días, triste, tengo que volver a Madrid y decidido a hacer caso a los "hintelectuales" y consciente del peligro que nos acecha, me decido a estudiar chino. Además ahora ya tengo nombre chino; aunque esa es otra historia.
También me entero de que ha muerto Sergio Algora y sólo puedo decir que a mi siempre me ha gustado más que desayunar olerte, olerte sin nariz.