miércoles, 17 de octubre de 2007

P.M.




Joder, que puta obsesión. No me saco a la tía de la cabeza, no sale de ahí, y se que hasta que no la vea desnuda la cosa no se va a relajar. Mierda. Soy consciente de que todo esto me disminuye, que no me convierte en mejor persona ni en mas brillante ni mas sabio, pero quién cojones es capaz de racionalizar una obsesión. No se trata de ser listo o tonto. Luchar, levantarte del sofá o cambiar de cadena. Pero no puede ser. En cuanto me quedo solo en la habitación, cambio de cadena y la busco entre las demás putillas. Y cuando aparece, el cuerpo se me altera, lleno de nervios y con las venas hinchadas, la mandíbula se me ahueca y ya estoy otra vez inmerso en la locura. Mi alma se tambalea. Allí esta ella. Con sus ojos claros y esa sonrisa que todavía mantiene un toque adolescente pero que ya esta claramente manchada por los intereses, los beneficios, las ganancias y toda esa porquería. Mueve su cuerpo; cuerpo tapado por un jersey de cuello alto y una faldita que le llega a las rodillas. Ojos claros. No es muy alta, uno sesenta como mucho. Y esta llenita, y no baila como la Ginger aquella. Pero da igual. Las obsesiones no son racionales. Y la mayoría de nosotros nos casamos con gente con la cual, racionalmente, nadie querría compartir habitación mas de una semana seguida. Racionalizar nuestros odios, nuestros amores, nuestras locuras, es algo inhumano, irreal; somos mortales porque no tenemos explicación, si no fuera así, seriamos piedras o árboles o ríos que pasan siempre por el mismo cauce.
Así que las asumimos y sufrimos y vivimos con ellas, a pesar de que sabemos que aquello no es bueno. Para nadie.
No es sano, amigo. Lo sé, pero, ¿Qué puedo hacer?. Apaga la televisión, levántate y vete. Mi cuerpo se queda pegado al sofá y lo único que es capaz de hacer es fumar un cigarro tras otro, de forma compulsiva. Pajillero¡¡¡. Ojalá fuera eso; si me masturbara la cosa seria sencilla; un ratito y ale, a dormir junto a mi mujer. No, es peor; se ha metido en mi cabeza, no en mi polla. De mi polla la podría sacar fácilmente. En cambio de la cabeza no es tan fácil sacar las obsesiones, de la polla no salen pensamientos colega. Sácala de ahí, amigo, sácala de ahí. Lo intento, pero no sale, la zorra no sale.
Lo peor, evidentemente, no es cuando sale ella y se pone a bailar y a remover su cuerpo. Peor es cuando el director del programa la ha colocado en una franja horaria vetada para mi; no verla, no saber si ya ha salido o si saldrá por la noche es una tortura demasiado exigente para un pusilánime como yo. Me mosqueo y me enfado y entro en unas fases depresivas que me alteran aún más. Mi mujer me pregunta que me pasa. El trabajo cariño; y así hasta que ella aparece de nuevo y entonces volvemos a empezar.
Llevo varios días sin follarme a mi mujer. ¿Para qué? Si en la que pienso es en la tía que sale en el maldito programa. Si la que me obsesiona cada día es ella; mis erecciones se han quedado en el camino y si reaparecen de nuevo no tendrán dueña, y si la tienen no será mi mujer. La cosa va ya para varios meses. Ella se queja, yo me disculpo; que voy a hacer, solo puedo disculparme. Lo demás es inimaginable.
Al contratar la televisión digital pensábamos en mi hijo y en sus tardes y en sus mañanas mirando programas vacíos y sucios que inundan mentes y sentimiento de más suciedad y más vacuidad; una vez y otra y otra.
Continuamos con nuestras vidas durante un tiempo, ajenos al futuro que se abalanzaba sobre nosotros; vivimos en un pisito de clase media, en un barrio mediano de una ciudad enorme. Nuestras vidas no son demasiado grises, pero tampoco un cúmulo de aventuras apasionantes, nos queremos y nos amamos; pero no siempre nos compartimos. Imagino que como todo el mundo, tenemos momentos buenos o malos, altibajos y maravillosas reconciliaciones.
Un fin semana de agosto me quedé solo en casa. Mi mujer se llevó al niño con sus padres y se quedó allí hasta el lunes, disfrutando de la playa. Alejarse a veces es bueno; otras veces es imposible. Aprovechando esos días de soledad, quedé con unos amigos para dar una vuelta. Evidentemente, bebí como si volviera a tener 20 años. La cosa no resultó. Regresé a casa mareado y lleno de dolores. El malestar me salía por las narices, por los ojos, mi piel se retorcía de odio por mi estúpida intención de rememorar lo que ya había muerto.
Apabullado, no podía dormir. Me levanté y, con el paquete de tabaco en la mano, me senté frente a la tele. Las cadenas analógicas son horribles por lo general, pero a las 4 de la mañana son infumables. Así que me puse a zapear en la televisión digital. Un canal, y otro, y otro paseaban sus miserias frente a mis mugrientos ojos. Nada parecía contener lo mas mínimo o yo no conectaba con nada de lo que se presentaba ante mi.
Pronto llegué a los diales extranjeros, pero la cosa no variaba demasiado. Es evidente que la mediocridad no es un derecho de nuestra patria, sino más bien un deber extendido a las televisiones mundiales.
Cuando ya estaba a punto de desistir- cuánto hubiera pagado por haberlo hecho- mi mano dejó de moverse; el mando no buscó más. Ya habíamos llegado.
En la televisión unas señoritas se paseaban en ropa interior dentro de un plató lleno de sofás, y cojines y colchones tapados con exuberantes sabanas. Pronto pude percibir que aquello no era porno; las chicas hablaban por unos auriculares con gentes que habían llamado al teléfono que aparecía en pantalla. Era una televisión alemana, pero daba igual, de fondo había música, música contemporánea; grandes éxitos comerciales que eran bailados por las muchachas de forma rudimentaria, casi diría que de forma burocrática. No se podía decir que estuvieran disfrutando, aunque sonrieran de forma perceptible.. Mi mente se colocó frente a aquel espectáculo hambrienta, sedienta de nuevas vidas, de nuevos futuros, de nuevos viajes. Estuve toda la noche sentado allí, sin hacer nada. Ella estaba en primera fila, y no paraba de moverse. Pero no se desnudaba. Las demás lo hacían de forma discreta, pero enseñaban sus dulces cuerpos jugando con el tipo con el que hablaban, enseñando un poco de aquello, mostrando un poco de esto. Pero ello no se desnudaba, solo se movía y sonreía con una sonrisa que era capaz de vaciar tu alma; por esa sonrisa yo sería capaz de matar, por esos labios moriría, por esa niña degollaría y torturaría; dios, por ella sería capaz de dejar de respirar, si así pudiera conseguirla.
Esa era su juego, porque era evidente que la que más llamadas recibía era ella. Durante horas se estuvo paseando por aquel decorado tonteando con las demás chicas, levantándose la falda lo mínimo para que pudiéramos percibir que el color de su ropa interior era el negro. De pronto, las chicas desaparecieron y en su lugar surgieron unos anuncios estridentes que no pararon de restallar en mi cabeza durante diez minutos. Cuando las chicas volvieron, las chicas eran otras, las chicas ya no me obsesionaban y yo ya podía descansar. O eso creía. Por supuesto, si se hubiera desnudado mi chica ese día no estaríamos donde estamos. Si nos hubiera dado todo el primer día no nos hubiéramos enganchado ni yo ni los cientos de personas que la llamaban cada vez que salía frente al televisor. Pero de eso se trataba naturalmente; ellos sabían lo que se traían entre manos, nosotros no. Estaba claro que nos habían ganado por la mano.
Aquel fin de semana, cuando mi mujer apareció, yo ya tenía ojeras y no había comido y bendije el momento en que ella entró por la puerta, pues me vi obligado a cambiar de canal, y a despertar, a salir de allí. Pero la simiente ya había sido implantada. Obsesión. Y crecía, como crecen las semillas mágicas, como crecen las pesadillas. Y ahí estamos. Sigo esperando que ella se desnude, que nos muestre sus secretos y todo se acabe. Todo acabará cuando ella se desnude. Maldita sea, zorra, desnúdate de una puta vez¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Y así estamos, así estamos ahora, desde hace unos meses.
¿Dónde estas? , miserable. ¿Ahora? Pues en el salón, comiendo, porque ahora como en casa; a diferencia de mi mujer y mi hijo que comen fuera. Estoy aquí, mirando miserablemente a mi chica, que sigue ahí, bailando, contoneándose, riéndose de mi, de ellos, que se muestra, que se distrae, que me enseña su hombro, que me enseña su sujetador…que me enseña su estomago...que me da el ombligo…que me muestra sus piernas…que se baja la cremallera de la falda y me da las rodillas…que me da sus bragas…que me otorga sus pechos…y se desnuda, otorgándomelo todo, dándome la eternidad y la muerte en el mismo momento, ahora, ella se mueve despacio como si me esperara, y yo sorprendido, he tirado el cigarrillo sobre el sofá, que se chamusca, me he bajado los pantalones y he comenzado a terminar con mi obsesión. Ahora mi mente esta libre y algo triste. Mi polla en cambio, ay amigos, que bien le sienta todo esto a mi polla. A mi gris, triste y casada polla.
Entonces, justo cuando parece que todo ha terminado, abro los ojos, despierto de este dulce sueño para comprobar que mi princesa sigue bailando, y sigue vestida y yo sigo con el pantalón subido y llego tarde al trabajo. Pero da igual, me quedo un poco más, adormilado, esperando que ella me dé su bendición y me deje seguir viviendo. Ese sueño me envilece un poco más, maldita sea, mi solución no es más que una tía en bolas; ¿y si nunca se desnuda? Y ¿si desaparece de la pantalla y no la volvemos a ver?
Me bajo los pantalones, examino el miembro estéril que ya sé en mi mano. No hay fuerza en su corazón. Y su vitalidad, antaño vigorosa, ahora se adormece ante la imagen de unas señoritas medio desnudas que se pavonean y contonean frente a unos cuantos perdedores incapaces de amar a la carne, a los huesos, a los jadeos de verdad.
Y entonces, sin que yo sea capaz de escuchar nada más que la música hortera que borbotea la televisión, sucede lo inevitable, lo único que podía dar un giro a todo esto. La puerta de la calle se ha abierto y mi mujer, antes de entrar en el salón, me llama y me busca y cuando me encuentra se le caen de las manos las bolsas con la comida que había comprado y que eran parte de la sorpresa que me tenía preparada para el día de hoy y se queda paralizada contemplando mi miembro, que sigue en mi mano, y me mira a mi, que no he hecho intención de esconderme, y luego a la televisión, donde las niñas enseñan unos pezones blancos, puros, limpísimos; y entonces mi mujer recoge las bolsas y se va y me deja ahí, solo, sin ser capaz de levantarme, ni de dejar de mirar la pantalla.
Eres un indeseable. Lo sé. Y estás haciendo daño a tu gente. Lo sé, es lo que tienen las obsesiones; no son sanas, pero eso ya lo he dicho. Pero deberías dejar de hacerlo, huir, deberías hacer algo con tu vida. Ya lo hago. ¿Qué haces? ¿Qué que hago ahora?
Pues ahora, entre cuatro paredes blancas, sin nada que las embellezca, hablo con el responsable de una tienda para ver cuando pueden venir a instalar el canal digital a mi nueva casa, hablo con mi ex, para ver cuando puedo ver a mi hijo y hablo con un amigo, a ver cuando puedo ir a hacer una entrevista para un curro nuevo. Y, lo más importante, voy a comprarme un video, para poder grabar el programa las 24 h del día, sin necesidad de estar despierto a todas horas y poder descansar, porque llevo unos meses cansado, apático, sin ganas de nada, aparte de ver la tele y fumar; fumar despacio, saboreando, esperando que salga mi princesa y me deje rendirle pleitesía, que me deje adorarla, buscarla, amarla. Jodida obsesión, que dulce sensación me provoca cada vez que la veo, es como si el mundo no fuera más que su baile y mi cigarro encendido, consumiéndose, muy despacio, pero de forma inexorable, trágica, obsesiva.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Que esposa más poco comprensiva! Podría haber ayudado a relajar tensiones al personaje...

Escrigna

Anónimo dijo...

Me temo, estimado escrigna, que la cosa no se relajaba sola (ni acompañada de milagros)
Gracias por leernos