Dice Lucinda que hay que apoyar a este tío. Va a sacar un disco que se llama Dear Lover.Parece que está dispuesto a tocar en el salón de la casa del que se lo pida.
Podéis informaros aqui:
http://www.reverbnation.com/controller/fan_reach/pt?eid=2570500_2263149&url=dearfuturecollective@gmail.com
Pruebo a poner un player con sus canciones por si os interesa. Buscadlo por ahí.
Aquí seguimos. Cuidaos.
viernes, 25 de septiembre de 2009
jueves, 10 de septiembre de 2009
HOJAS DISPERSAS III
Seguimos encontrando hojas en cajones. El sentido de estas a veces son un poco incomprensibles pero no sé porque esta historieta me recuerda a algo. Por eso la foto no puede ser otra que un recuerdo para el Hombre Líquido. De todas formas lo que me gustaría es oír esto recitado por Ricardo Costa; si es que este es real.
Carl Linneo caminaba por la calle agarrando un maletín y un ramo de flores. Acudía a visitar al subsecretario con el único fin de chantajearle ya que había descubierto unos documentos muy comprometedores con los que esperaba sacar un buen dinero. El ramo de flores era una cortesía obligada cuando se visitaba a un subsecretario.
Era la hora en la que la ciudad daba una tregua a sus ciudadanos; la hora en la que los coches desaparecen porque el asfalto se licua y los engulle y la gente huye a sus casas porque es la hora del viento y la lluvia amarilla. Pero a Carl no le importaba y mientras cruzaba el río, una ráfaga de viento se llevó su sombrero arrastrando la tapa de sus sesos con él. Es una pena que este momento no pudiera ser visto por nadie puesto que los colores del cerebro de Carl ofrecían un espectáculo extraordinario; además sus ondas cerebrales iluminaban la calle con tonos amarillos a juego con la lluvia.
Y así llegó al Ministerio creando el estupor entre los guardas apostados en la entrada que le conocían y sabían que su presencia no podía traer nada bueno. Se apartaron todos a su paso y pudo llegar sin obstáculos al despacho que buscaba. El subsecretario le recibió en la postura establecida en el Código de Protocolo de los Subsecretarios: la pierna derecha enroscada alrededor del cuello y la pierna izquierda apuntando al sur suroeste al tiempo que canta el himno de los subsecretarios. En seguida le indicó que se sentara en el sillón de cuero que tenía frente a su mesa.
Carl se sentó y le tendió los documentos y el subsecretario los miró atentamente.
Al cabo de un segundo el Subsecretario expresó su sorpresa con giros alternativos de sus globos oculares y dijo:
“Debe ser una broma, aquí no hay nada.”
Al comprobar los documentos Carl comprobó que efectivamente, en los doscientos folios con membrete del Ministerio no estaba la información comprometida que él había leído y con la que pensaba vencer la voluntad del Subsecretario. En aquellos folios sólo se podía leer una frase repetida hasta el infinito:
“Subsubidú”
Avergonzado, la cara de Carl se puso de un color rojo luminoso y empezó a mover sus orejas de tal forma que se puso a levitar a dos metros del suelo.
Pero no todo fue vergüenza para Carl. Su demostración de vuelo y los reflejos irisados de su cráneo abierto habían tocado el corazón del Subsecretario que, henchido de amor comenzó a besarle el cuello.
Y así nació una maravillosa historia de amor y burocracia.
sábado, 11 de julio de 2009
La Información de Martín Amis, decepciones placenteras
Con Martín Amis sucede una cosa extraña, todos sabemos que es capaz de llegar a la excelencia, desgraciadamente, también hemos descubierto que no siempre lo consigue; y entonces, nuestro animo se enturbia, extrañado, algo desilusionado aunque no del todo ofendido; pues los libros del ingles siempre son libros inteligentes e irónicos, por desgracia solo a veces son magníficos.
En este caso, Amis vuelve a ese Londres anárquico y violento que en todo momento parece a punto de convertirse en el centro del Apocalipsis, para contarnos la historia de un fracasado, incapaz hacer realidad sus sueños literarios, obligado a malvivir con criticas y reseñas mediocres; angustiado por el dolor que le produce el éxito ajeno, que le corroe y le lleva a planear una venganza. Este es el inicio del libro, y también el final. Ya esta, se lo he contado todo.
La decepción llega cuando te vas dando cuenta de que la historia no avanza, no va más allá. Claro esta, durante el trayecto el autor ingles va desgranando teorías muy irónicas sobre la literatura, las mujeres, el lloriqueo nocturno de los hombres, etc. Parece que la idea era buenísima, una gran ocurrencia con un brillante decorado. Unos personajes torturados que conviven intentando infligirse mas daño del que ya soportan, sus corazones se retuercen en lo vació de la existencia, revueltos en los convencionalismos que les dan el status necesario para ser infelices pero con la cabeza bien alta. Orgullosos de su sufrimiento.
Uno de los problemas del libro es que no encuentra esa universalidad que el propio Amis cacarea debe ser el fin de la literatura; de la de verdad, no de la comercial destinada a producir una satisfacción inmediata e inane. En ningún momento siento que ese dolor es el mío, ni el de los que viven a mi alrededor, algo que si sufrí con “Tren Nocturno”, la obra maestra, mi estomago comparte esta opinión, del autor ingles.
Tengo la sensación de que Martín Amis necesita que su recorrido no sea demasiado extenso para encontrar la excelencia.; en sus relatos cortos parece encontrar el camino, el mecanismo para hacernos participes de ese Apocalipsis en el que viven sus personajes. Cuando sus libros se extienden varios cientos de páginas aparece el desorden, el descontrol o, al menos, la sensación del mismo. Vale que es un desorden atrayente, lleno de ideas enriquecedoras, con una ironía aplastante que no hace prisioneros ni esconde nada, todo esto, en cualquier otro autor serviría para proclamarlo como un gran autor. No sucede en este caso, donde uno siente una cierta decepción melancólica, provocado por los buenos recuerdos de otras lecturas. Puede ser injusto, pero es inevitable.
Tengo la sensación de que a Martín Amis le encantaría pertenecer a ese grupo de escritores que yo defino como cirujanos; gentes capaces de abrir el alma humana y diseccionarla milímetro a milímetro, descubrir sus secretos y sus miedos escondidos de una forma clínica, quirúrgica, aséptica, donde el mundo no es mas que parte de la tramoya. Pero el ingles es un terrorista literario, un grupo de gentes exaltados, ofendidos con lo que ven a su alrededor y, por lo tanto, dispuestos a crear bombas que despierten conciencias o, al menos, que se sientan incómodos con lo que denuncian: sociedades ciegas ante la miseria, solo interesados en el beneficio personal, destinados a la nada. Al Apocalipsis. Tampoco esta mal, creo yo.
En este caso, Amis vuelve a ese Londres anárquico y violento que en todo momento parece a punto de convertirse en el centro del Apocalipsis, para contarnos la historia de un fracasado, incapaz hacer realidad sus sueños literarios, obligado a malvivir con criticas y reseñas mediocres; angustiado por el dolor que le produce el éxito ajeno, que le corroe y le lleva a planear una venganza. Este es el inicio del libro, y también el final. Ya esta, se lo he contado todo.
La decepción llega cuando te vas dando cuenta de que la historia no avanza, no va más allá. Claro esta, durante el trayecto el autor ingles va desgranando teorías muy irónicas sobre la literatura, las mujeres, el lloriqueo nocturno de los hombres, etc. Parece que la idea era buenísima, una gran ocurrencia con un brillante decorado. Unos personajes torturados que conviven intentando infligirse mas daño del que ya soportan, sus corazones se retuercen en lo vació de la existencia, revueltos en los convencionalismos que les dan el status necesario para ser infelices pero con la cabeza bien alta. Orgullosos de su sufrimiento.
Uno de los problemas del libro es que no encuentra esa universalidad que el propio Amis cacarea debe ser el fin de la literatura; de la de verdad, no de la comercial destinada a producir una satisfacción inmediata e inane. En ningún momento siento que ese dolor es el mío, ni el de los que viven a mi alrededor, algo que si sufrí con “Tren Nocturno”, la obra maestra, mi estomago comparte esta opinión, del autor ingles.
Tengo la sensación de que Martín Amis necesita que su recorrido no sea demasiado extenso para encontrar la excelencia.; en sus relatos cortos parece encontrar el camino, el mecanismo para hacernos participes de ese Apocalipsis en el que viven sus personajes. Cuando sus libros se extienden varios cientos de páginas aparece el desorden, el descontrol o, al menos, la sensación del mismo. Vale que es un desorden atrayente, lleno de ideas enriquecedoras, con una ironía aplastante que no hace prisioneros ni esconde nada, todo esto, en cualquier otro autor serviría para proclamarlo como un gran autor. No sucede en este caso, donde uno siente una cierta decepción melancólica, provocado por los buenos recuerdos de otras lecturas. Puede ser injusto, pero es inevitable.
Tengo la sensación de que a Martín Amis le encantaría pertenecer a ese grupo de escritores que yo defino como cirujanos; gentes capaces de abrir el alma humana y diseccionarla milímetro a milímetro, descubrir sus secretos y sus miedos escondidos de una forma clínica, quirúrgica, aséptica, donde el mundo no es mas que parte de la tramoya. Pero el ingles es un terrorista literario, un grupo de gentes exaltados, ofendidos con lo que ven a su alrededor y, por lo tanto, dispuestos a crear bombas que despierten conciencias o, al menos, que se sientan incómodos con lo que denuncian: sociedades ciegas ante la miseria, solo interesados en el beneficio personal, destinados a la nada. Al Apocalipsis. Tampoco esta mal, creo yo.
jueves, 25 de junio de 2009
TARDE AUTOMOVILÍSTICA
Ya eran las doce. Estaba intentando comprar un coche en alguna página de gangas en Internet. La ecuación era sencilla; el coche que fuera a cambio de la poca pasta que tenía para gastar. No era fácil. Un poco desesperado encendí un cigarro y me quedé pensativo mirando el humo.
Entonces, llamaron a la puerta. No eran horas para que alguien llamara a la puerta así que me alarmé. Fui hasta la puerta y miré por la mirilla, al otro lado había un señor bajito con un extraño bigote. Me hablo con una voz levemente gangosa y dijo mi nombre; tenía una urgencia que no precisó. Abrí la puerta y nada más hacerlo me roció con un spray que me dejó paralizado, pero consciente por lo que pude ver perfectamente que el hombrecillo cargaba conmigo con una facilidad pasmosa para su tamaño. Bajó las escaleras conmigo al hombro y salió a la calle y dobló hacía el callejón que discurre detrás de mi casa. Entonces se introdujo por una puerta que yo no había visto nunca y ante mis ojos apareció lo que parecía un salón de baile. Había un trono y en el sentado otro personaje bajito y calvo pero con evidentes injertos en el pelo. Todo el salón estaba lleno de muchachas que bailaban desnudas y complacían de muy diversas formas a los hombres que allí había. Sin duda esos hombres habían sido secuestrados como yo. Imagine que en cuanto recobrara la movilidad de mi cuerpo alguna de esas muchachas se dedicaría a proporcionarme placer a mi también. Y entonces olvidé que necesitaba un coche.
Entonces, llamaron a la puerta. No eran horas para que alguien llamara a la puerta así que me alarmé. Fui hasta la puerta y miré por la mirilla, al otro lado había un señor bajito con un extraño bigote. Me hablo con una voz levemente gangosa y dijo mi nombre; tenía una urgencia que no precisó. Abrí la puerta y nada más hacerlo me roció con un spray que me dejó paralizado, pero consciente por lo que pude ver perfectamente que el hombrecillo cargaba conmigo con una facilidad pasmosa para su tamaño. Bajó las escaleras conmigo al hombro y salió a la calle y dobló hacía el callejón que discurre detrás de mi casa. Entonces se introdujo por una puerta que yo no había visto nunca y ante mis ojos apareció lo que parecía un salón de baile. Había un trono y en el sentado otro personaje bajito y calvo pero con evidentes injertos en el pelo. Todo el salón estaba lleno de muchachas que bailaban desnudas y complacían de muy diversas formas a los hombres que allí había. Sin duda esos hombres habían sido secuestrados como yo. Imagine que en cuanto recobrara la movilidad de mi cuerpo alguna de esas muchachas se dedicaría a proporcionarme placer a mi también. Y entonces olvidé que necesitaba un coche.
viernes, 19 de junio de 2009
IZZO O MARSELLA VISTA POR UN IDEALISTA ALGO TRISTE
Cuando un escritor decide que la ciudad en la que suceden los acontecimientos de su novela se convierta en protagonista de la misma, esta asumiendo un riesgo, uno muy grande. La cosa puede acabar siendo una simple y aburrida hagiografía
incapaz de despertar el interés de ningún lector con un mínimo de sensibilidad.
Evidentemente, Izzo tuvo con Marsella una relación intima en intensa; por fortuna para nosotros, el escritor consigue hacernos sentir sus emociones al recorrer cada rincón y callejuela de su ciudad; convirtiendo el libro en un regalo gratificante.
No nos confundamos, al leer el libro me pregunté varias veces como es posible que lo narrado me atrajera con tanta intensidad; ¿por qué sigue uno leyendo un libro en el que un ángel acaba de fenecer entre moscas y desechos físicos?. No es este un libro feliz y, sin embargo, resulta complicado abandonar la historia del policía que solo encuentra sentido a la vida cuando pierde a un par de amigos y se debe de enfrentar a la posibilidad de ser el tercero. La mierda de Marsella al descubierto, la mierda del escritor, por tanto, nos envuelve por todas partes.; y así respondemos a la pregunta anterior. No dejamos de leer, aunque estemos asqueados ante las moscas y la herrumbre humana, porque el autor consigue que la sintamos como nuestra. Izzo lleva a sus personajes al límite, sin contemplaciones, sin medias tintas, presentando sus vidas desgraciadas con tal verosimilitud que uno acaba por entender cada paso, cada mirada, cada acto de las gentes que pululan por Total Kheops. Encontramos a las gentes desnudas, sin protección ante un mundo que no regala nada a nadie y que, en cambio, te devorara las entrañas a la mínima posibilidad; Izzo consigue así que nos impliquemos con ellos, que les sintamos un poco parte de nuestro mundo, cercanos a ellos hasta atraparnos sin remedio.
La Marsella que aquí vemos esta lleno de mafiosos, policías corruptos, mercenarios nazis, quinquis, chorizos, putas, inmigrante. Todo el orbe típico de una novela negra, personajes decadentes que envuelven unos crímenes horrendos. No creo en los géneros, me da igual que una novela sea histórica, negra, rosa, para mujeres o para chavales de 15 años; busco que me emocionen, que me sorprendan, que la historia narrada encuentre descanso en mis vísceras. Las novelas son buenas o no. Esta lo es.
Izzo es un idealista que no encuentra demasiadas razones para seguir siéndolo; vuelve su mirada a su entorno y decide escribir una historia desgarradora porque no puede hacerlo de otra forma. Seria una traición obviar el dolor, la tragedia que le envuelve, la vida, en definitiva. No es posible. Nos muestra el lado oscuro sin evitarnos detalles porque están ahí. La vida sale a borbotones y él es su testaferro. Pero seria un error pensar que solo hay tragedias. También hay mujeres maravillosas que harían enloquecer a cualquier hombre en su sano juicio y la poesía de una ciudad que resplandece en cada pagina; paginas donde el mestizaje se reivindica como solución y no como problema, mostrándonos que hasta ahora no hemos hecho bien las cosas. Lo ideal seria la concordia. Izzo sabe que el camino elegido no es el correcto. Las gentes de este libro, consiguen, en medio de la miseria, sonreír y amar y gozarse unos a otros. Izzo es un idealista, pero no se engaña, sabe que para ellos ya solo queda la tristeza y un vaso de Lagavullin, acompañados por unos pimientos rellenos. Lo demás duele, siempre.
incapaz de despertar el interés de ningún lector con un mínimo de sensibilidad.
Evidentemente, Izzo tuvo con Marsella una relación intima en intensa; por fortuna para nosotros, el escritor consigue hacernos sentir sus emociones al recorrer cada rincón y callejuela de su ciudad; convirtiendo el libro en un regalo gratificante.
No nos confundamos, al leer el libro me pregunté varias veces como es posible que lo narrado me atrajera con tanta intensidad; ¿por qué sigue uno leyendo un libro en el que un ángel acaba de fenecer entre moscas y desechos físicos?. No es este un libro feliz y, sin embargo, resulta complicado abandonar la historia del policía que solo encuentra sentido a la vida cuando pierde a un par de amigos y se debe de enfrentar a la posibilidad de ser el tercero. La mierda de Marsella al descubierto, la mierda del escritor, por tanto, nos envuelve por todas partes.; y así respondemos a la pregunta anterior. No dejamos de leer, aunque estemos asqueados ante las moscas y la herrumbre humana, porque el autor consigue que la sintamos como nuestra. Izzo lleva a sus personajes al límite, sin contemplaciones, sin medias tintas, presentando sus vidas desgraciadas con tal verosimilitud que uno acaba por entender cada paso, cada mirada, cada acto de las gentes que pululan por Total Kheops. Encontramos a las gentes desnudas, sin protección ante un mundo que no regala nada a nadie y que, en cambio, te devorara las entrañas a la mínima posibilidad; Izzo consigue así que nos impliquemos con ellos, que les sintamos un poco parte de nuestro mundo, cercanos a ellos hasta atraparnos sin remedio.
La Marsella que aquí vemos esta lleno de mafiosos, policías corruptos, mercenarios nazis, quinquis, chorizos, putas, inmigrante. Todo el orbe típico de una novela negra, personajes decadentes que envuelven unos crímenes horrendos. No creo en los géneros, me da igual que una novela sea histórica, negra, rosa, para mujeres o para chavales de 15 años; busco que me emocionen, que me sorprendan, que la historia narrada encuentre descanso en mis vísceras. Las novelas son buenas o no. Esta lo es.
Izzo es un idealista que no encuentra demasiadas razones para seguir siéndolo; vuelve su mirada a su entorno y decide escribir una historia desgarradora porque no puede hacerlo de otra forma. Seria una traición obviar el dolor, la tragedia que le envuelve, la vida, en definitiva. No es posible. Nos muestra el lado oscuro sin evitarnos detalles porque están ahí. La vida sale a borbotones y él es su testaferro. Pero seria un error pensar que solo hay tragedias. También hay mujeres maravillosas que harían enloquecer a cualquier hombre en su sano juicio y la poesía de una ciudad que resplandece en cada pagina; paginas donde el mestizaje se reivindica como solución y no como problema, mostrándonos que hasta ahora no hemos hecho bien las cosas. Lo ideal seria la concordia. Izzo sabe que el camino elegido no es el correcto. Las gentes de este libro, consiguen, en medio de la miseria, sonreír y amar y gozarse unos a otros. Izzo es un idealista, pero no se engaña, sabe que para ellos ya solo queda la tristeza y un vaso de Lagavullin, acompañados por unos pimientos rellenos. Lo demás duele, siempre.
lunes, 4 de mayo de 2009
LENGUAS DE FUEGO SOBRE EL CAPÓ
Con una mirada les indica que se sienten en la barra. A estas horas las mesas todavía no están listas, les dice con una sonrisa amplia, honesta, que parece estar dispuesta a entregar sin reparos a todo el que cruza la puerta de la cafetería. David, mientras devuelve los amables gestos, empuja a su hermano, adormilado aun por el viaje, hacia unas sillas de patas estiradas, donde ambos se sientan, quedando sus piernas colgando en la nada. Poco a poco, el calor va entrando en unos huesos que han sufrido el golpear del viento gélido de la mañana, una incomodidad que se les ha instalado en los pocos metros de distancia entre su furgoneta y el local. Ahora se cabrea por los minutos perdidos contemplando el único coche con el que comparten espacio en el parking. Habían tuneado unas lenguas de fuego sobre el capó y los laterales del vehiculo vecino. Un trabajo de primera, comentaba el chico mientras, temblando de frío, daba por inspeccionaba la obra de arte de cuatro ruedas y se maldecía por no haber traído la cámara. A él, a pesar de ser un neófito, también le habían gustado aquellas lenguas rojas y naranjas que se abrían sobre un fondo negro que recibía, con agrado y violencia al mismo tiempo, el calor del fuego pintado.
Al retomar el control de sus sentidos, David comprueba que la camarera no solo es amable; su pelo rubio, sus inabarcables piernas que se mueven con rapidez pero sin perder cierto encanto, sus ojos verdes que sonríen a la par que la boca, sus pechos que, ocultos bajo una blusa negra y una rebeca sin abotonar del mismo color, parecen querer salir del escondrijo y contemplar el mundo exterior, todo ello hacia que resultara muy atractiva; embobado, no puede dejar de observar a aquella mujer inquieta, de bella sonrisa y atractivos movimientos.
“Piensa en Marga”, le dice su hermano, que también admira a la chica desde que han cruzado la puerta, y deja los dulces a los solteros, ambos se ríen de forma lasciva, aunque inocente; no entran en sus planes más intenciones que la de disfrutar del espectáculo con el primer café de la mañana. Así que sigue recorriendo unas formas bien delineadas, que acaban en una sonrisa que cada vez le parece más sana y abierta.
Le saca del ensimismamiento una voz grave, profunda; una ronquera de fumador con años de experiencia; su hermano también se ha vuelto hacia el extraño, que les ha sacado a los dos del sopor en el que se habían dejado reposar.
Cariño, ponme otro anisete. Al fondo de la barra un hombre, rechoncho, de una obesidad molesta, se inclina sobre la barra mientras juguetea con una copa de licor vacía. A David, desde el principio, su aspecto le perturba: su cara sin afeitar, con marcas de viruela, coronada por unos ojos que miran atravesados, de perfil, le incomodan; no le gusta ese hombre pero no puede dejar de mirarle, de fijarse en sus extrañas carnes que redondean su figura y la deforman de manera abrupta, irregular, incomodo de observar pero con cierta atracción justamente por esa misma incomodidad. Advierte que su rechazo nace de algún lugar oscuro de su estomago, un lugar que no conoce muy bien, pero del que es consciente poco a poco y que ese hombre ha despertado. Decide que el cansancio del viaje y el estrés por llegar a casa cuanto antes son responsables de ese desprecio En ese momento de angustia, decide concentrarse en la camarera que les esta poniendo el café a ellos antes de rellenar el vaso del hombre. La camarera les pregunta si quieren algo de comer, Yo una tostada, ambos esperan la respuesta del menor de los dos hermanos, pero el chico no se ha enterado de la pregunta: sus sentidos están fijos en el mechero del hombre: un zippo decorado con unas lenguas de fuego anaranjadas iguales al del coche de fuera. Eh, chaval, que te están hablando. Sonriente, la camarera le pregunta de nuevo...
Joder, cuantas veces te lo tengo que pedir. Otra vez esa voz que parece salida de algún pozo oscuro y profundo, esa incomodidad en el estomago, esa violencia nacida no sabe de donde, ese disgusto por saber que de nuevo tendrá que escucharla, no quiere oírla mas, le molesta, hace que su vida sea peor... David mira hacia el fondo de la barra, el tío del zippo ha encendido el cigarro y ha depositado el encendedor junto a los restos del desayuno. Ya voy, ya voy, la chica, ágil, agarra la botella del mono y llena el vaso hasta que una parte del liquido se desborda y cae sobre las mangas del hombre, este gruñe y le lanza una mirada aviesa, maligna. a David el estomago vuelve a molestarle... el otro bebe con delectación, eructa y se acaba los restos del licor mientras aspira de su cigarro. el hermano de David, algo cortado por la actuación del ogro, no aparta los ojos del zippo... el otro, que se ha vuelto un instante, sorprende la mira del chico y se guarda el zippo en el bolsillo... por si acaso dice... incomodo, el hermano de David se levanta... voy a mear... bajando las escaleras a la derecha cariño... gracias... y baja las escaleras... el tipo del zippo mira a la chica, que le esta regañando con la mirada por haberse guardado el zippo... qué, dice el otro, con estos jóvenes nunca se sabe... y entonces David comprende que su estomago ya no aguanta mas y que la violencia que ha germinado va a dar unos frutos violentos, irracionales, primitivos, y que no a va a poder sujetar ese sentimiento, nacido de no sabe dónde pero muy real, tanto que casi puede palparlo, sentirlo respirar, echando bocanadas de odio. Y entonces, su conciencia asume que esa mañana le perseguirá el resto de su existencia, y que será un recuerdo sangriento, desgarrador, inexplicable.
Insensible a lo racional que le chilla, que le pide por favor, que se arrodilla, David se levanta y coge lo primero que su mano encuentra. La camarera ha depositado una cafetera de metal sobre la barra mientras limpiaba unos platos en la pila. El siente el metal caliente en su mano, salta de la silla y, sin emitir sonido alguno durante el proceso, comienza a golpear la cabeza del hombre del fondo de la barra. Una vez, y otra, y otra, solo busca aplacar a su estomago, pero este no deja de pedir mas y más, y de nuevo la mano de David golpea. Su ritmo es firme, continuo, cada movimiento es igual al anterior y la única muestra interior de cansancio que se permite son unas gotas de sudor que resbalan y caen sobre el cuerpo del tipo del zippo. Este hace rato que esta en el suelo, aunque eso no impide que siga golpeándole. Poco a poco, el estomago parece relajarse, la violencia ha fluido a lo largo del brazo y ahora descansa sobre un cuerpo inerme, irreconocible, sangrante, sus sensaciones se aplacan y el cerebro toma el control de nuevo, recuperando la serenidad y el calculo.
Nadie ha emitido un solo sonido, ni siquiera el muerto, que se ha ido en silencio, rompe la armonía que, en ese instante, David se refugia. Cierra los ojos, esta cansado, sus músculos, tensos hasta hace un momento, se han distendido, vacíos de furia, David saborea el instante, se regocija en el silencio...
¿David?...¿David, que has hecho?...sus ojos se vuelven hacia las palabras, y detecta la congoja en la cara de su hermano que, pálido, le mira desde las escaleras. Esta aparición hace que David regrese al mundo, a lo físico, a lo temporal que le rodea y, entonces, recuerda a la camarera.
La chica se mantiene en silencio, sus ojos van del cuerpo del gordo a las manos de David, que todavía no ha soltado el arma criminal; la cara expresa pánico, terror... despacio, mira al chico... Ayúdame, le dice.
El chaval no parece saber que hacer, mira a su hermano como si esperase que aquello resultara ser una broma cruel. David se ha vuelto hacia la chica. Recorre el cuerpo que antes ha disfrutado, va desde los pies, despacio, hasta los pechos, y luego se para en los ojos. En ese momento, entiende que el segundo crimen no nacerá del estomago, sino del miedo a perder su vida, su futuro, su familia, del calculo que su cerebro ha efectuado, y sabe que su conciencia será honesta y que de este crimen jamás podrá prescindir. Ahora sabe que este segundo crimen le perseguirá, pues de este segundo crimen no podrá responsabilizar a su estomago, ni a la violencia irracional del momento, de este solo él será responsable. También sabe que no puede prescindir de él, de la misma manera que no puede prescindir del aire que respira, pues ambos son necesarios para que continue con su vida, con su otra vida, esa en la que no hay hombres moribundos por sus manos, ni chicas asustadas que le miran como si tuviera en su presencia al mal, al miedo personificado, como si fuera el monstruo que nunca fue.
Decidido, se vuelve de nuevo a su hermano...Ve a la furgoneta, tráeme el bidón de gasolina y espérame... oyes, espérame con el coche arrancado.
El chico obedece. Los dos se quedan solos, victima y verdugo, tan conscientes ambos de su papel que no hay nada mas que decir, nada que explicar, nada que implorar.
Instantes después, los dos hermanos salen del parking en una furgoneta con una cafetera en el asiento trasero mientras que unas llamas reales, de un color anarajando y violento, se reflejan en el capó del único coche que queda en el parking de la cafetería.
domingo, 26 de abril de 2009
HOJAS DISPERSAS II
Seguimos con los papeles encontrados. La selección de este fragmento se debe a que es extraño y roza lo incomprensible. No tiene título.
No puede recordar la primera vez en la que, paseando por la calle oyó un fuerte clang. Tras unos segundos se dio cuenta de que era su cabeza que había caído al suelo y reposaba bajo una triste acacia. ¿Porqué nadie le había dicho que su cabeza era de hierro y que podía soltarse y caer en cualquier momento?...
Pues por que en este mundo nadie te avisa de esas cosas, por que si lo hubiera sabido probablemente no hubiera sonado clang, sino clin o plín, algo mucho más delicado y sutil, y jamás hubiera rodado bajo una acacia, sino de un ciprés o de una centenaria encina; si tan sólo le hubieran dejado elegir. Encima todo el mundo le miraba. Todas sus cabezas de esponjoso algodón, o de bayeta, o carísima seda parecían tan ligeras que la suya parecía mucho más pesada ahí, bajo la acacia. Así que además de tener una cabeza de hierro, resulta que era inestable, de mala calidad y tomaba sus propias decisiones. Cada vez que volvía a ocurrirle volvía a preguntarse porqué nadie le había advertido nunca que su cabeza era de hierro y podía caerse en cualquier momento. No, no en cualquier momento; en los momentos más inoportunos, nunca estando solo, sino siempre en lugares públicos y muy frecuentados. Siempre ante las chicas más guapas.
A la quinta ocasión empezó a dejar atrás la búsqueda de los porqués y su pensamiento sólo le hablaba de condena y pensó estar condenado para siempre.
Por eso cuando apareció Marta en su vida sólo oscilaba de lado a lado peligrosamente, chiii… chirriaba; nada que no pudiera arreglarse con unas gotitas de aceite, gotitas que se fueron convirtiendo en litros. Pero con Sandra ocurrió lo inevitable y lo que aún hoy le hacía evocar una sensación de ridícula sorpresa. Debió de ser por su chal, o mejor dicho, la repentina ausencia del chal, y su carne y piel, la visión de ese cuerpo, ahí en pleno restaurante, la cabeza bañada en la sopera. La vergüenza absoluta; como explicar: sopa de cabeza de hierro y almejas a las finas hierbas.
Con Montse ocurrió en un parque acuático, en pleno tobogán. Fue ese bañador blanco con una alarmante ausencia de forro. Y la cabeza llegó sola a la piscina. Cinco socorristas salidos de una serie de televisión se lanzaban a la piscina a rescatar la cabeza y a Montse que casi se ahogó presa de un ataque de pánico. No hubo segunda cita.
Con Mayte quería que fuera diferente. Mayte, cabeza de algodón y seda bellísima, podría darle la serenidad suficiente para no hacer saltar el resorte de su férrea cabezota. Logró sobreponerse a la primera cita, aguanto cada peligrosa gota de sudor mientras trataba de no fijarse en su escote y mirarla sólo a los ojos, logró salir de allí a trompicones tras un inolvidable beso con sabor textil. Y tras esa despedida, sentado bajo una acacia revisaba el mecanismo de enganche de su cabeza pero no lograba dar con la solución para que resistiera el próximo beso, si este duraba demasiado; tampoco sabía como explicar lo que le ocurría, esta condena de la cabeza de hierro a punto de desengancharse en cuanto la temperatura del cuerpo subía espoleada por al visión de tantos bañadores blancos, tantas chicas y escotes. ¿Qué pasaría si un día se cae delante de Mayte?: Mayte, no se si sabrás pero tengo la cabeza de hierro y el soporte tiende a soltarse cuando me excito. Mayte no lo entendería.
Condena, condenado, siempre. Seguía dando vueltas a estas palabras y esa noche la cabeza parecía pesarle más de lo habitual.
Y en la segunda cita con Mayte, resuelto a mantener la serenidad y la sangre fría para que no volviera a caer cerró los ojos como si concentrarse pudiera servirle de pegamento extra- fuerte para su cabeza. Se dijo que esta vez todo iría bien y juro por todo en lo que creía que lo iba a conseguir. Incluso al cerrar los ojos llegó a pensar que su cabeza era de algodón y no de hierro. Mentalizado, abrió los ojos.
¿Porqué voló el chal de esa chica justo al pasar por delante del bar, junto a la acacia? ¿Porqué llevaba un bañador blanco, minifalda y ese escote? ¿Casualidad o destino?.
Clang, clang, clang…
“ ¡No ! ¡Mayte! “
lunes, 6 de abril de 2009
HOJAS DISPERSAS
Esto fue escrito por Lucinda hace al menos quince años y ha permanecido olvidado en una cuartilla, dentro de un cuaderno y en una estantería que, con el paso del tiempo, fue recogiendo libros y cosas hasta que el cuaderno desapareció de la vista.
Una limpieza general devolvió hace unos días el cuaderno a las manos de Lucinda. Lucinda piensa si valdría la pena publicar en la página algo que no pertenece a este momento; algo que no es de Lucinda, sino de Lucinda hace quince años.
Y aquí está sin cortes ni enmiendas; copiado del manuscrito hecho a lápiz. Se incluye incluso la cita de Verlaine.
Tiene una cosa buena: si os parece abominable al menos es breve. Lucinda no os obliga a un sufrimiento prolongado.
"Dans le vieux parc solitaire et glacé
Deux formes ont tout à l’heure passe”
Verlaine.
El poeta que ha perdido su inspiración vaga y corretea en su busca por las calles siempre oscuras y vacías. Busca y rebusca entre la basura, en las cloacas y en las copas de los árboles; en estancos y tiendas.
Vaga, y en su camino encuentra algún amigo al que pregunta: ¿has visto tú a mi inspiración? Y no obtiene respuesta.
Confunde a las bellas colegialas con su musa, pero estas huyen de él, porque un poeta sin inspiración es un ser sucio y desastrado, que da miedo y asco.
Vaga sin cesar y en su vagar recorre la ciudad entera. Al final del día desesperanzado bebe hasta emborracharse para olvidar la traición: “Se habrá ido con otro”. No encuentra respuesta. Duerme, al final, en un banco donde la escarcha le cala hasta los huesos. Despertará al día siguiente con dolor de cabeza y de huesos; lo mismo el día siguiente, el siguiente y el siguiente, y así desde siempre y para siempre.
Nadie comprende a un poeta que ha perdido la inspiración, sólo otro poeta en su mismo caso. Por eso se reúnen todos los poetas que han perdido su inspiración; el día de San Damián en un lugar secreto, buscando consuelo con sus semejantes. Pero nunca encuentran consuelo, y no se sabe de ninguno que haya recuperado su inspiración.
lunes, 23 de marzo de 2009
LA AMBULANCIA Y EL PUÑO
Soy el primero de los personajes que intervienen en este relato, pero mi papel, lejos de ser el principal, se reduce al de vocero. Testigo accidental de una historia que creo merece ser contada. ¿Tan insólita es?, preguntaran los escépticos La verdad, todavía hoy no entiendo muy bien que paso dentro de aquella ambulancia, ni comprendo del todo las fuerzas que lo motivaron, es mas, creo que la razón de hacer publica esta historia es mi imperiosa necesidad de reconocer que aquello fue algo mas que un grotesco sueño. Situémonos, pues, y empecemos con el tratamiento...
Agosto de 2008, unas semanas antes me había operado la rodilla por unas complicaciones severas; así que ahí iba yo, con mis muletas, trotando por los pasillos del H. Ramón y Cajal, después de una sesión en las adorables manos de mis crueles fisios. Justo al final del camino me espera Antonio, un señor importante en esta historia, pues es el que adjudica los sitios en las ambulancias que nos llevan a casa tras nuestros tratamientos de recuperación. Antonio reina en sus territorios con decencia y pulcritud, otorgando a los más débiles y a sus amiguetes sitios con la misma paciencia y rapidez. Aquel día, junto a la mesa donde se despacha el destino de los tullidos sin trasporte propio, estaba mi futuro conductor, un muchachote en todos los sentidos. Un tipo grande, cercano a los dos metros, tan orondo como jovial y divertido. Nada mas verme se inicio el ritual de las bromas y chascarrillos al que yo me uní enseguida; es fácil entender que, cuando uno anda lisiado, lo que menos se necesita son caras tristes y discursos grises. Estos profesionales lo habían entendido a la perfección y bromeaban con el primero que se presentaba. Ya fueran mancos, cojos, ictus cerebrales o viudas recientes. Sin límites.
La rutina exigía que Antonio llamara a la central y diera los nombres de las personas que estaban a punto de salir. Ese día solo dio dos. El mío y el de la madame de nuestra historia. Nuestro personaje principal hace su aparición bajo los calores de Agosto: es una cuarentona, embutida en una camiseta de manga larga negra de algodón, unos pantalones del mismo color y unas botas militares enormes. De talla baja, esta sensación de acrecentaba al bambolearse bajo unas muletas sobaqueras que parecían agigantarse junto a ella- tristemente, mas tarde supe que la artrosis la corroe despacio pero con firmeza desde hace unos años. Por ultimo, en su espalda coronaba una mochila oscura en la que brillaban dos chapas importantes en todo esto. Pues eran dos chapas de AC/DC.
Los que me conocen saben que tengo varios defectos en mi personalidad; pero también que poseo excelentes virtudes. Una de ellas es mi gusto por la música del grupo australiano (; otra es mi curiosidad verborreica. Es fácil deducir, pues, mis próximos movimientos. Sabiendo que al conductor le gustaba la música bacalao, inicie una conversación uniéndome a la madame cuya intención era atacar los gustos musicales de nuestro chofer. Ella empezó enseguida a cooperar en mis ataques musicales, lanzando chanzas contra el techno y su mundo. Pero, aunque el ambiente era risueño, yo notaba en las palabras de mi compañera cierta condescendencia hacia los que no opinaban como ella, una brusquedad que no venia a cuento. Ahora entiendo que, cuando se vive en ciertos mundos, es normal sentirse atacado por la presencia de los “otros”, sobre todo cuando estos no son tan sublimes en sus percepciones. Personalmente, no se quien son los “otros”, pero ella parecía tenerlo clarísimo.
Lo que me provoca cierta inquietud es que, durante unos instantes, ella creyó que yo podría estar interesado. Y eso no ayuda a mi estabilidad emocional, sino todo lo contrario. ¿Qué mensajes mandan mi lenguaje corporal y lingüístico para que alguien pueda creerme interesado en semejante barbaridad? La respuesta es inquietante.
A esas alturas la conversación empezaba a girar claramente sobre la lucha del mundo undreground por no acabar sepultado bajo loa bota de lo mediocre, representado por las radios formulas y demás pastiches del marketing. Recuerdo que lo convencional fue tachado de hipocresía típica de los cobardes en varias ocasiones. A nosotros nos costaba seguir en todo aquello, e intentábamos volver a lo jocoso, pero la madame, sin romper de todo el ambiente, lo enrarecía con su postura beligerante. Tampoco pensamos que la situación fuera mucho más allá así que la seguimos el juego como dos conejitos inocentes que no saben que están en la cazuela hasta que la cosa empieza a hervir. Nadie podría esperarse que algo tan inocente escondiera una realidad tan…oscura.
Pues yo tengo una pagina en Internet
Anda coño, yo también. ¿De que va la tuya?
No te va a gustar, es un poco fuerte. Déjalo.
Bueno, no será para tanto. La mía no es más que una tontería donde escribimos paridas y risotadas A ver ¿Qué es?, ¿gatos?, ¿música hardcore? ¿Trans filipinos?
Algo así
Joder, ¿como algo así??
Es una página de dominación. Yo es que antes de estar enferma era una madame.
¿Una madame?
Si, una domina. Con esclavos sexuales y esas cosas.
A través del retrovisor pude comprobar que mi escepticismo era compartido en la cabina de delante. En ese momento no nos creímos nada, era imposible que esa mujercita, de aspecto tan enfermizo e inofensivo, fuera una señora de la noche, una reina de lo prohibido. Nuestros egos saltaron e hicieron sonar todas las alarmas. Aquella mentira era inadmisible.
Dos enloquecidos cerebros masculinos exigieron una prueba o una disculpa. Ahora puedo decir que he aprendido la lección. Cada uno de nosotros es un secreto para el resto de la Humanidad.
Muy bien. Tengo fotos en mi móvil.
Juro que en ese mismo instante, la ambulancia paró. Estábamos frente al portal de nuestra madame. Mi enorme socio bajo por su puerta al grito de “Hemos llegado” y abrió la portezuela lateral por donde, normalmente, nos deslizamos al exterior los clientes de la sanidad publica. Cuando lo hizo, nos miramos. Empezábamos a entender que habíamos perdido.
Este es mi puño dentro de, bueno, ya sabes…y él es mi esclavo…esta es una fiesta privada en la que me hicieron un homenaje…fue especial porque libere a mis esclavos….ellos a cambio hicieron todo esto para mi…como regalo de despedida…mira…esto es un gallo….se cogen pinzas de colores y se van acoplando a los testículos….un día os venís…os va a encantar
No iré más allá. Eso queda para los dos tontos que se encogían junto a la madame, acojonados ante lo que veían sus mediocres ojos. Él empezó a decir que eso eran guarradas, unas cerdadas insoportables mientras ella se reía y le decía que probara con su chica, que se liberara. Yo, mas pedante, empecé a decir que cada uno era libre y que, claro, aunque a mi no me gustaba, creía en la libertad, bla bla bla. Realmente, estaba anonadado.
Sorpresa, descubrí que mi moral tenia algo de puritana; como novedad, no era agradable de experimentar; de pronto, se me mostraba un escondrijo con él que no contabas; descubrir nuestros limites escuece. Ayyy
Mientras veía las fotos una poderosa fuerza interior me impelía a denunciar esas grotescas actitudes. No lo hice, conserve el recato, pero perdí algo de amor propio al tomar ese camino.
Antes de bajarse. La madame nos miro y nos pidió discreción. Ambos le dijimos que tranquila, que no se preocupara. Que éramos dos tumbas. Ella se alejo, bamboleante, poderosa en su nulidad mientras nosotros iniciábamos el camino hacia mi casa.
Al principio, era evidente que estábamos coartados por lo que acabábamos de contemplar. Ninguno había sido testigo de algo así; por mucho que uno navegue por la red, siempre se evita llegar a ciertos lugares. Enseguida nos topamos con mi destino. Repetimos la operación en silencio: él bajo y me abrió la puerta. Yo me erguí despacio y pegue un brinco. Aterrice a la perfección, cogí mis muletas y me dispuse a largarme cuando el me paro con el brazo. Su cara brillaba, era como si hubiese descubierto el sentido de la vida. El secreto de la felicidad iluminaba sus fauces.
¿Ha dicho discreción?
Si, lo ha dicho. D-I-S-C-R-E-C-C-I-Ó-N
No se si podré.
Si, realmente creo que va a ser complicado ser discreto en este caso. Muy complicado.
martes, 27 de enero de 2009
LUCINDA Y EL MISTERIO
Lucinda está muy atareada con sus vicisitudes personales; siendo tricéfala es normal. Aún así no quiere abandonar este rincón.
Os dejo un avance de la siguiente entrega en forma de foto. Así caviláis que puede pintar una ambulancia en todo esto. La otra foto es una casa que he encontrado por ahí. Se os ocurre que puede hacer el Profesor M que vive en el 3D.
Si tenéis alguna sugerencia...
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