Este es un mensaje de servicio público.
Estimados lectores, parte del grupo de redacción de ARMAD A LOS ARTISTAS queremos hacer publica nuestra adhesión a la denuncia que se ha presentado estos días contra el señor Pio Moa. Lo hacemos desde un sentimiento de ofensa personal e histórica, que se une a una sensación de impunidad como mínimo desagradable. En otros países, hacer apología del nazismo es delito y el que lo comete debe verse las caras frente a los tribunales; en este país nuestro hacer apología del terrorismo de ETA es un acto condenable (hecho que nos parece magnífico) por todo ello pensamos que decir cosas como “Franco no liquido a los rojos, solo los escarmentó” no puede, ni debe, quedar impune. Buscando un sentimiento de higiene social porque pensamos que esta sociedad nuestra se merece una derecha inteligente que contribuya al desarrollo de la democracia y no al empecinamiento, al insulto y a la crispación; porque pensamos que se puede opinar libremente sin menoscabar las libertades de nadie; porque pensamos que la historia debe hacerla gente objetiva y no personajes que solo saben odiar e insultar; y porque pensamos que estos últimos deben tener un límite, un límite que se basa en el respeto al dolor de los demás, al respeto al contrincante y al odio como forma política; por todo ello desde aquí queremos apoyar esta denuncia como un acto de higiene democrática de una sociedad que debe encaminarse al futuro desde la discrepancia enriquecedora de sus ciudadanos, pero alejándose del odio y la crispación política, social e histórica que algunos nos quieren hacer sentir hacia los “otros”. Además, nos rebelamos ante los que quieren ocultarnos que este “historiador” que con tanta libertad califica a los demás de criminales, fue terrorista del GRAPO, grupo que ustedes recordarán supongo. La tomadura de pelo de la extrema derecha mediática tendrá que acabar alguna vez, y eso sólo se consigue aferrándose a la verdad.
El link con el manifiesto es el siguiente.
Enlaces
Texto de la denuncia: http://www.tercerainformacion.es/3i/article2756.html
Manifiesto en apoyo a la denuncia: http://tercerainformacion.es/3i/article2726.html
Firmas del manifiesto: http://tercerainformacion.es/3i/firmapiomoa.php
Denuncia individual ante la Fiscalía:
http://blogs.tercerainformacion.es/iiirepublica/2007/11/01/denuncia-a-pio-moa/
Noticia en Público objeto de la denuncia:
http://www.publico.es/espana/politica/011392/piomoa/franciscofranco/dictadura/frentepopular/leydelamemoriahistorica/represion
martes, 27 de noviembre de 2007
viernes, 16 de noviembre de 2007
ADOLFITO APROBÓ
Esto no nació para ser publicado. Era un juego, una forma de tonta y utópica de hacer justicia, como si fuera tan fácil. Después he pensado, ¿porqué no?, y aquí está.
Adolfito aprobó el examen. Por eso ese fin de semana era tan feliz, lleno de celebraciones. Carlos se tomó libres los dos días y no pasó por el cuartel. El sábado fueron a comer al restaurante más caro de la ciudad. Carlos estaba muy contento, orgulloso de su hijo y seguro de que con chicos como Adolfito la patria estaría a salvo. El chico reía y reía, sabía que al final de la comida le esperaba un regalo, todavía no sabía que el regalo era un nuevo computador, último modelo. Carlos creía que Adolfito debía estar a la última si iba a ser un líder el día de mañana. Carmen sonreía un poco absorta, le gustaba ver a su familia feliz y daba gracias a Dios por tener una familia normal y un marido ejemplar; sabía que por eso luchaba Carlos cada día, para que la gente decente y normal pudiera vivir a salvo y en paz. Hasta Benito había dejado sus celos fraternales y disfrutaba del día y de la comida y bromeaba alegre con su hermano. Días así hacían que la familia se uniera más si cabe.
Y después de comer, cine. Pero no una de esas películas yanquis con sus degradantes desviaciones, no. Irían a ver una película nacional, de esas que exaltan los valores de lso héroes de la patria; una buena formación para los chicos.
Así terminó el día, con Carlos Güelfo satisfecho esa noche sentado en su sofá fumando un cigarro del país viendo en la televisión con Carmen la última telenovela; un poco frívola para su gusto pero entretenida. Mañana irán a misa y mientras su mujer y los chicos participen en las actividades de la parroquia él aprovechará para visitar la Casa, eso será un buen remate para este fin de semana tan feliz.
Domingo, un día luminoso y tibio en la ciudad. Un día perfecto para honrar a Dios. Toda la familia unida acude a la Iglesia con fe y fervor. Carlos, Carmen y los niños se sientan en primera fila y participan con entusiasmo de los cánticos y ritos. Carlos asiste perfectamente uniformado, por supuesto y atrae las miradas de reojo de todos los feligreses que admiran el porte marcial de ese héroe que les protege; todos le temen y respetan.
Termina la misa y Carmen y los niños se mezclan con el resto de los fieles. Hoy hay actividades de catequesis y oración. Carlos deja el grupo y se dirige a la Casa. Como ya esperan su llegada, Aurora misma le abre la puerta. Como de costumbre allí se encuentra con varios conocidos; el periodista al que le gusta vestirse de mujer, que le orinen encima para después recibir tratamiento anal con vibradores y enemas; el ideólogo charlatán al que le gusta ponerse correajes de cuero y que le azoten. También está el ministro coprófago. Carlos como siempre no les hace mucho caso y se encierra con Aurora en la habitación de arriba. A Carlos, por deformación profesional, le gustan las descargas eléctricas de baja intensidad y el ritual es siempre el mismo. Aurora le ata a la cama, le enchufa los cables del artilugio y cuando la corriente empieza a pasar ella comienza a lamer su miembro.
Ese domingo justo cuando Carlos derramaba la información genética que engendró a Adolfito sobre la cara de Aurora, la Democracia se le cayó encima.
Un grupo de soldados entró súbitamente en la habitación. Les mandaba un comandante que ya no reconocía las ordenes de Carlos. Una parte del ejército harta de los excesos del Régimen había tomado el poder con la intención de que hubiera elecciones y un futuro democrático.
Y, a Carlos Güelfo, atado en aquella cama, le adelantó la Historia.
Adolfito aprobó el examen. Por eso ese fin de semana era tan feliz, lleno de celebraciones. Carlos se tomó libres los dos días y no pasó por el cuartel. El sábado fueron a comer al restaurante más caro de la ciudad. Carlos estaba muy contento, orgulloso de su hijo y seguro de que con chicos como Adolfito la patria estaría a salvo. El chico reía y reía, sabía que al final de la comida le esperaba un regalo, todavía no sabía que el regalo era un nuevo computador, último modelo. Carlos creía que Adolfito debía estar a la última si iba a ser un líder el día de mañana. Carmen sonreía un poco absorta, le gustaba ver a su familia feliz y daba gracias a Dios por tener una familia normal y un marido ejemplar; sabía que por eso luchaba Carlos cada día, para que la gente decente y normal pudiera vivir a salvo y en paz. Hasta Benito había dejado sus celos fraternales y disfrutaba del día y de la comida y bromeaba alegre con su hermano. Días así hacían que la familia se uniera más si cabe.
Y después de comer, cine. Pero no una de esas películas yanquis con sus degradantes desviaciones, no. Irían a ver una película nacional, de esas que exaltan los valores de lso héroes de la patria; una buena formación para los chicos.
Así terminó el día, con Carlos Güelfo satisfecho esa noche sentado en su sofá fumando un cigarro del país viendo en la televisión con Carmen la última telenovela; un poco frívola para su gusto pero entretenida. Mañana irán a misa y mientras su mujer y los chicos participen en las actividades de la parroquia él aprovechará para visitar la Casa, eso será un buen remate para este fin de semana tan feliz.
Domingo, un día luminoso y tibio en la ciudad. Un día perfecto para honrar a Dios. Toda la familia unida acude a la Iglesia con fe y fervor. Carlos, Carmen y los niños se sientan en primera fila y participan con entusiasmo de los cánticos y ritos. Carlos asiste perfectamente uniformado, por supuesto y atrae las miradas de reojo de todos los feligreses que admiran el porte marcial de ese héroe que les protege; todos le temen y respetan.
Termina la misa y Carmen y los niños se mezclan con el resto de los fieles. Hoy hay actividades de catequesis y oración. Carlos deja el grupo y se dirige a la Casa. Como ya esperan su llegada, Aurora misma le abre la puerta. Como de costumbre allí se encuentra con varios conocidos; el periodista al que le gusta vestirse de mujer, que le orinen encima para después recibir tratamiento anal con vibradores y enemas; el ideólogo charlatán al que le gusta ponerse correajes de cuero y que le azoten. También está el ministro coprófago. Carlos como siempre no les hace mucho caso y se encierra con Aurora en la habitación de arriba. A Carlos, por deformación profesional, le gustan las descargas eléctricas de baja intensidad y el ritual es siempre el mismo. Aurora le ata a la cama, le enchufa los cables del artilugio y cuando la corriente empieza a pasar ella comienza a lamer su miembro.
Ese domingo justo cuando Carlos derramaba la información genética que engendró a Adolfito sobre la cara de Aurora, la Democracia se le cayó encima.
Un grupo de soldados entró súbitamente en la habitación. Les mandaba un comandante que ya no reconocía las ordenes de Carlos. Una parte del ejército harta de los excesos del Régimen había tomado el poder con la intención de que hubiera elecciones y un futuro democrático.
Y, a Carlos Güelfo, atado en aquella cama, le adelantó la Historia.
jueves, 8 de noviembre de 2007
UN BUEN CHICO
Carlos Güelfo se levanta a las 5:30 a.m. Despacio, cuidando de no despertar a Carmen, se coloca las pantuflas y se dirige al baño. Allí lleva a cabo sus abluciones diarias con una parsimonia aprendida a lo largo de los años; recorre su cuerpo limpiándolo con esmero, recorriendo sus recovecos, deleitándose en el proceso. Luego, se coloca ropa de deporte y se va a hacer 30 minutos de jogging. Llueva, nieve o luzca un sol rotundo, este en casa o destinado fuera de la ciudad, Carlos Güelfo siempre sale a correr por las mañanas. Nada mas volver, se sienta a desayunar con sus hijos, de cinco y seis años, y con su mujer. Este proceso es invariable desde hace mucho tiempo y le proporcionan la energía necesaria para afrontar el día. La convivencia con sus hijos, hablar con ellos, comentar lo que paso el día anterior y como afrontan un nuevo día en el colegio, así recarga sus pilas y le confiere un aura de padre comprometido. Y de marido amantísimo, pues raro es el día en que Carmen no encuentra junto a su taza un florido regalo que su marido ha traído de su ejercicio mañanero.
Hoy, al hijo menor, Adolfo, se le ve preocupado y tenso. Tiene el primer examen de su vida. Estuvo junto al padre haciendo cuentas todo la tarde de ayer, aún así no confía demasiado en sus posibilidades y esta inseguridad se refleja en una inquietante falta de apetito y una incapacidad de comunicarse que envuelve a sus progenitores y los enternece. Saben que el chiquillo es brillante a sus 5 años y que no tendrá ningún problema. Intentan calmar al niño y no le presionan, dejándole que abandone la casa sin acabar su desayuno. El otro hermano, Benito, se queja de los privilegios paternos aunque sabe que él también conseguirá beneficios de todo ello, pues sus padres no permiten desigualdades e injusticias caseras.
Cuando salen, el día ya esta en plena ebullición. El cielo azul trasmite una paz universal envidiable y la temperatura, para ser otoño, es perfecta para pasar en el día en el parque.
Carlos Güelfo piensa en llevarse a toda la familia al parque, llamar al trabajo y decir que hoy no puede ir, que tiene pensado pasar el día con sus vástagos, pero luego recuerda el examen de Adolfito y se resigna. Despide a sus hijos, que le responden el saludo desde la ventana del autobús escolar. Este se aleja despacio hasta convertirse en un objeto que solo existe en su memoria, aún así, él sigue con la mano levantada despidiendo a los niños. Unos minutos después, suspira mientras se va acercando a su casa. Ultima el café mientras se pone al día con Carmen. Posibles compras, la visita de su suegra y la cena del viernes son los temas de la mañana. Quedan en que Carlos intentará estar en casa un poco antes para poder ir a comprar, que su suegra siempre es bien recibida y, por ultimo, se decide aceptar la invitación de las fuerzas vivas de la ciudad para asistir a la cena del viernes. Lo que lleva a un nuevo tema: Carmen tendrá que comprarse un vestido. Carlos asiente. Le gusta darle a su mujer esos caprichos; actos así le otorgan una seguridad plena en su matrimonio. Sabe que su mujer no tiene queja alguna y su intención es persistir para que todo continúe de la misma manera.
Se coloca el uniforme y sale de casa, no sin antes darle un beso en la mejilla a Carmen. En ese mismo momento aparece el coche oficial, que para delante de su casa. Del asiento del conductor sale un muchacho uniformado, que abre la puerta de atrás y se queda allí de pie, haciendo el saludo militar al paso de Carlos.
Este sonríe, pues el chico lleva un botón desabrochado. Le indica con la mano, y el chico enseguida se percata de su error lo corrige y se disculpa. Carlos Güelfo hace un gesto con la mano buscando la despreocupación del joven y le indica que hoy tiene prisa. Ya dentro del coche oficial, saca de su cartera un cuaderno y apunta que debe hablar con el sargento de guardia para informarle de la desconsideración de su chofer hacia las normas. Escribe en su cuaderno con mano firme una letra limpia, sin matices, todas las letras parecen hermanas gemelas; sus palabras se estiran en un cuadro perfecto, sin necesidad de margen.
Introduce el cuaderno en la cartera; en ese mismo instante le viene el primer recuerdo de su hijo pequeño. Está nervioso y hasta que no llegue a casa esa noche no podrá respirar tranquilo; es un día importante para la familia, todos están implicados en ese examen y esperan que el resultado les de la razón. Ambos padres están de acuerdo en que su hijo tiene un futuro prometedor y llega el momento en que esas aspiraciones se conviertan en realidad.
El coche oficial recorre las calles tranquilas de la capital. El sol ilumina el bienestar que les rodea. Las gentes se dirigen a sus quehaceres tranquilos, sabedores de que todo esta bien, que todo esta controlado. Carlos Güelfo admira el paisaje. Los jóvenes, obedientes, encaminan sus pasos al colegio, donde admirables profesores les darán a conocer las buenas nuevas y les llevarán por el recto camino. Mientras, las amas de casa realizan su trabajo diario en un mundo sencillo para ellas, sin complicaciones pues, como tiene que ser, los hombres están ya trabajando, levantando la moral del país, contribuyendo a la economía del gran estado que todos aman. Con devoción.
Atraviesan la puerta del cuartel. La guardia se cuadra y saluda al comandante de la fuerza especial. Todos le conocen, saben cual es su trabajo, y le respetan con admiración.
Dejan el coche en su parking privado. El chofer baja y le abre la puerta. Carlos Güelfo sale y de nuevo el sol le atraviesa el cuerpo. Se para un segundo. Un instante para asumir esa fuerza que nos concede dios. Paladea cada rayo que le toca, disfruta esa energía. Instantes después reinicia su marcha. Entra en su barracón. Los soldados y suboficiales se cuadran. Dentro la luz es tenue y los murmullos resuenan en el vació constante. Recorre los 20 metros de pasillo hasta llegar a las escaleras. Baja los peldaños. A medida que va bajando la oscuridad es mayor y los murmullos se acrecientan hasta convertirse en chillidos. Dolor y pánico.
Nada más bajar se encuentra con una mesa donde hay dos soldados apuntando nombres de una lista que un teniente les esta recitando. Los 3 miran a Carlos Güelfo y le saludan con familiaridad, sin cuadrarse. Allí abajo no hay jefes, sino leales compañeros de un trabajo arduo que hacen por el bien del país, por el bien los individuos buenos, por el bien de la gente decente. Ellos lo saben, y están orgullosos de ello.
Pregunta que tiene para hoy. Y le dan una hoja con 6 femeninos y 7 masculinos. Pregunta por las mujeres, los compañeros, entre risotadas le comentan que deje a la 5 para el final, que vale la pena. Carlos Güelfo asiente mientras se agarra los huevos con fuerza y grita “Señor, si señor”, lo que provoca otro ataque de risas entre los presentes. A ambos lados hay celdas de donde salen ruidos que parecen humanos. Carlos Güelfo se dirige a la celda numero ocho. Toca con los nudillos la celda, enseguida la abre un soldado con todos los botones desabrochados y con un cigarro en la mano. Saluda al recién llegado y le muestra el interior. En un camastro de hierro se puede ver a un hombre medio desnudo, famélico, atado de pies y manos a la estructura metálica; junto a él otro soldado le esta aplicando descargas eléctricas con unas pinzas de batería de coche conectadas a un generador controlado por otro soldado.
En ese instante Carlos Güelfo mira el reloj. Justo a esa hora su hijo Adolfito está empezando el primer examen que va a realizar en su vida. El padre esta nervioso. Inquieto. Cuanto antes acabe, antes podrá irse a casa y saber de boca de su propio vástago los resultados obtenidos. Se dirige al camastro y pregunta. Un subversivo, es la respuesta a su pregunta. Piensa que antes de irse a casa, pasará por el obrador y comprará unos pasteles; tan seguro está de su hijo y de sus capacidades, como buen padre, que da por hecho que habrá algo que celebrar. Sonríe y piensa que no debe olvidar llevarle algo también a su hijo mayor, no vaya a sentirse discrimando. Con cierto distanciamiento, pues no puede dejar de pensar en sus niños, Carlos le pide las pinzas al soldado que esta junto al camastro mientras se dirige al que controla el generador diciéndole:
-Un poco mas de fuerza, por favor.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Y LOS PERROS MUERDEN
Concha había pillado a Benito esa misma tarde. No resultó complicado localizar a un yonki amante de las putas con dinero fresco; iba dejando un rastro tan claro que hasta un niño de teta le habría encontrado. Con un par de llamadas la búsqueda había terminado.
Así que ahí tenía al perro faldero de Jaime, atado a una silla, amordazado y llorando sin parar. Concha piensa que debería callarse, debería saber que llorar no le esta ayudando. El aspecto del chico empieza a ser lamentable; la entrevista se había iniciado sin prisas, pero después de un rato los resultados ya eran evidentes. El ojo derecho esta cerrado y sangra copiosamente, manchando la camisa floreada del pobre Benito, las cejas han sido arrancadas y una de sus orejas se bambolea como si estuviera cogiendo carrerilla para saltar al vació. Los labios del chaval han sido claramente golpeados y comunicarse le cuesta; habla con balbuceos, llenos de saliva y sangre mezclados con el miedo.
-Benito, como me manches me cabreo.
Al escuchar esas palabras, reinicia el lloriqueo. Casi puede verse como le sale el pánico por los poros. Concha sabe que Benito la teme y usa esa baza para localizar al verdadero objetivo; Jaime. Este mindundi no es más que un intermediario, no tiene ninguna importancia. Manolo no le ha puesto límites, así que Concha esta haciendo el trabajo sin ninguna consideración, no va a imponerse límites que nadie le obliga a tener. Sus jefes saben que ella conseguirá toda la información que aquella fuente pueda aportar; lo saben ellos y lo sabe ella, y la fuente empieza a entenderlo.
- Vamos a seguir 10 minutos más. Y luego voy a hacerte un par de preguntas. Si las respuestas no son satisfactorias, reiniciaremos el juego. ¿De acuerdo?
El chaval quiere hablar, eso está claro. Nada más escuchar las últimas palabras ha empezado a agitarse, de su boca sale un murmullo difuminado por las heridas y la mordaza. Si le soltara, cantaría como un tenor, sin parar. Pero aun es pronto, debe estar segura de que el chaval tiene claro a qué se arriesga si la cabrea más de la cuenta.
Concha hace un gesto, de las sombras salen dos cuerpos enormes que hasta ese momento solo habían sido puñetazos y patadas para Benito. Son los ayudantes de Concha; muy buenos en su trabajo, obedientes y eficaces. Concha esta encantada con ellos.
-Dadle un poco más, pero que luego pueda decirme lo que quiero escuchar.
Concha se queda pensativa durante unos instantes.
-Trabajadle las rodillas.
Benito solloza, gimotea, mientras los esbirros le golpean las rodillas con unas barras de hierro, primero se mueve con violencia, lucha con las ataduras, sus labios quieren sacarse la mordaza pero, a medida que las bestias hacen su trabajo, se va quedando paralizado, limitando sus movimientos a un estertor doloroso. Cada golpe saca un pequeño ruido de su boca. Una disculpa brilla en sus ojos, sabe lo que hay, empieza a saberlo claramente.
- Mira chico, vamos a dejar las cosas claras. Para Manolo no eres nada. El busca a Jaime, y tú eres una de las formas de encontrarlo. Cuando yo le llame y le diga lo que me tu me vas a contar, Manolo se pondrá en marcha. Si no hay resultados, me llamará muy enfadado y me dirá que has pasado de ser una fuente de información a ser un mentiroso, y a partir de ahí yo tendré vía libre para trabajar. Si, hombre si, no creas que hasta ahora la cosa ha ido mal. ¿ Como se os ocurre robarle a Manolo? Y, sobre todo, como se os ocurre robarle y luego no largaros al puto culo del mundo y quedaros ahí escondidos, bien calentitos bajo una piedra. Como las putas lagartijas.
Concha no suele decir palabras soeces, pero este idiota la impacienta. De todos modos, parece que ha dado en el clavo, pues Benito nada mas escuchar la última parte de la frase ha abierto los ojos con violencia y de su mordaza salen ruidos sacados del estomago, del instinto de supervivencia más atávico que posee el ser humano.
Concha percibe enseguida lo que Benito quiere.
- Benito, me estas diciendo que Jaime esta fuera de la ciudad. Porque si es así tienes un problema muy gordo.
Benito asiente con la cabeza, el estomago, el alma. A un gesto suyo, los ayudantes le quitan la mordaza.
- Dime, Benito, ¿Dónde esta Jaime?
Mientras le dice estas cosas se va acercando a una mesa, sobre la que hay una maleta enorme, negra.
- Espero de verdad no tener que abrir la maleta Benito. Yo me voy a cansar mucho, y tú no volverás a cansarte nunca.
Benito asiente, despacio, con el pánico supurándole la mirada
- Concha, por favor, te lo prometo. Jaime coge un vuelo a las 20:00 destino Cancún.
Alza su muñeca izquierda, las 17:50. Todavía hay tiempo.
- Y porque he de creerte. Benito?
- Mira en mi chaqueta, yo me iba con él.
Un esbirro saca de la chaqueta un billete de avión. Destino: Cancún. Hora de salida: 21:55
Concha saca su móvil. Lo abre y marca.
-¿Manolo? Si, apunta. La T-4, a las 21:55. Si, los idiotas se iban a Cancún. Si, si, este tenía un billete para ese mismo vuelo. No lo sé. Hombre, no han demostrado ser muy listos, pero de Jaime me puedo esperar cualquier cosa. Si quieres le pregunto más, pero este no creo que nos sirva para mucho. Es una fuente extinguida. Si, vale, espero.
Diez minutos después su móvil irrumpe el silencio. Benito da un respingo, sabe que esa llamada es importante. Muy importante.
-Hola, jefe. Aja, si. ¿Peluca? Si, idiota, idiota. Bueno, tu dirás. Te espero, vale. Y con Benito, ¿Qué?
Benito respira profusamente, la baba y la sangre, resecas, han formado una costra sobre la mordaza que se extiende por toda la cara; donde antes había cejas, ahora hay un reguero rojo que le oculta parte de los ojos, sus orejas han empezado a tomar un color violáceo extraño. Mueve los ojos de un lado para el otro de la habitación, implorando piedad, perdón, compasión.
Concha abre la maleta, saca una pistola, coloca el silenciador y le pega un tiro entre ceja y ceja. Lo hace suavemente, con cuidado de estropearse la manicura; le encantaba su nueva manicura. El cuerpo cae junto a la silla, provocando un ruido sordo, de fardo en un muelle.
-Quitadme eso de en medio, limpiadlo todo. Manolo estará aquí en 20 minutos. Me ha dicho que se encargara personalmente de sacarle a Jaime donde esta su dinero. Joder, que cabreo tenía. Vamos chicos, no juguemos son fuego, limpiemos esto.
Todo lo que Concha sabia lo había aprendido de Manolo. Así que sabia perfectamente lo que le esperaba a Jaime. Además, Concha jamás había metido sus asuntos personales en el trabajo; pero a Manolo le habían robado su dinero y eso era un tema personal y eso ponía a Jaime en una situación peligrosa.
Cuando aparecieron, Jaime ya iba calentito. Su jefe estaba enfadado, muy enfadado y eso era evidente. Para todos. Tres maromos llevaban al ladrón cogido de los brazos y los pies arrastrando por el suelo, de su cara ya salían regueros de sangre y las rodillas estaban claramente golpeadas, además, varios dedos tenían una dirección poco natural y le faltaban varias uñas en ambas manos.
- Hola Concha. ¿Donde le ponemos?
Concha señaló la silla recién lavada por sus chicos. Nadie diría que hace un momento Benito aposentaba su culo en esa silla
- Huele fuerte Concha, ¿a que huele?
- Creo que es miedo, jefe, uno de los olores más intensos que puede emitir el ser humano.
Manolo la mira. Sabe que su empleada tuvo ciertas relaciones de amistad con Jaime, jamás supo hasta donde llegaban, pero si que las había habido. También sabía que eso no sería impedimento para que hiciera su trabajo, hasta las últimas consecuencias.
- Colocad ahí el paquete. Dejadle bien atadito y largaos chicos, esto es personal.
Los maromos de Manolo atan a Jaime y salen de la estancia; Concha hace un gesto a sus chicos, que también salen.
- Me parece Jaimito que esta vez la jodiste. Concha, díselo tu. Dile hasta donde la ha cagado.
- Jaime, la has cagado mucho; lo tienes mal amigo mió, lo tienes muy mal.
Jaime no hizo ningún gesto que demostrara haber escuchado esas palabras. Había sido su amigo, su compañero de trabajo, un colega que le caía simpático aunque hacia tiempo que percibía que se estaba alejando de la realidad; que todo aquello le había sobrepasado. Robarle al jefe la recaudación de una semana fue la gota que colmo el vaso. Jaime había pasado la raya tanto que ya ni la veia. Por desgracia, pronto descubriría que la muerte no es lo peor que le puede pasar a un hombre.
- Concha, imagino que has traído tu maleta.
Ella le señala la mesa. Su jefe se dirige hacia allí, abre la maleta y saca unas tenazas negras, de un tamaño mediano; en ese contexto, las herramientas tenían un significado terrorífico. Aunque Jaime seguía sin inmutarse, Concha era consciente de que sabia perfectamente por donde iban a empezar.
- Bien chico, quiero mi dinero, y lo quiero ahora. No mañana, ni esta noche, ahora. Como no sé si lo entiendes bien, voy a repetírtelo durante un rato, después dejaré que me respondas. Para que no te confundas, Jaimito y vayas a pensar que tienes alguna oportunidad, te lo voy a decir muy clarito: estas muerto, y bien muerto; lo que estamos decidiendo es cuando te mueres, cómo te mueres y cuantas partes de tu cuerpo habrá que juntar para el entierro. Quiero saber que me has entendido. ¿Me has entendido, Jaimito?
Jaime no mueve ni un milímetro de su cara; los ojos se han posado en el suelo desde que llegó y de ahí no se han movido. Sus ojos se han vaciado, perdidos en la nada, en lo que podía haber sido y en lo que nunca tuvo que ser.
-Muy bien, por las malas.
Manolo, da la vuelta y coloca la herramienta metálica sobre uno de los dedos de Jaime. Cuando aprieta las tenazas, este suelta un chillido estridente. La mordaza no es nada mas que un atenuante, nada capaz de frenar el dolor que sale de esa garganta, un sonido que desgarraría los tímpanos de cualquier humano que hubiera cerca., aquello no era un grito, aquello era un adiós, una despedida, un hasta siempre.
Concha, sentada sobre la mesa, junto a su maleta de trabajo, coge el paquete de tabaco. Se dispone a fumarse un cigarro, cuando Manolo, que la ha visto de reojo, le dice.
- Concha, por favor, si vas a fumar, sal. Lo estoy dejando y no quiero ver fumar a nadie.
Concha admite con la mirada y sale de la sala. Pobre Jaime, ni un último cigarro va a tener.
Fuera, el sol ilumina el mundo con esa fuerza positiva, alimentadora de ilusiones y sueños que tanto le gustaba a Concha. A escasos metros están sus chicos conversando con los maromos de Manolo. Se dirige a ellos con el cigarro entre los dientes. Se ha olvidado el mechero. No le gusta depender de los demás, pero a veces es imprescindible pedir ayuda. Por suerte, no es lo normal. Sino, aquel trabajo seria inaguantable. Y ella tendría que buscarse otra salida profesional, y a estas alturas, ¿Quién tiene ganas de dejar un trabajo tan divertido, tan pleno, tan sencillo?
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