Dedicado a todos los conductores de autobuses rojos
Me llamo Joe y conduzco un autobús rojo. Me gusta lo que hago y a menudo me digo que fue una lástima que no me dejaran conducirlo cuando era menor de edad. Por entonces vivía con mi madre al otro lado del río, antes de que construyeran la otra parte de la ciudad.
Los domingos me gusta pasear por los barrios antiguos recogiendo en una grabadora todos los ruidos que ese artefacto es capaz de almacenar antes de que se quede sin pilas. Lo escondo bajo la ropa y voy buscando las congregaciones a la salida de las iglesias o en los puestos ambulantes del mercado antiguo. Me introduzco en medio de los corrillos y finjo observar distraído su alrededor. Entorno los ojos con estudiada impostura y muchos creen que estoy perdido y asustado y me preguntan si necesito ayuda. Pero lo que más me gusta es probar suerte en el Circular, un autobús de dos pisos que da la vuelta entera a la ciudad. A veces tengo suerte y en un par de vueltas consigo atrapar conversaciones fugaces sobre vidas que van y vienen, asuntos y peripecias que luego me gusta imaginar en casa. Escojo aquellas conversaciones que más me interesa conservar, eliminando de las cintas las cosas que dicen aquellos que no tienen nada que decir. Me gusta conservar lo que cuentan del mar, porque nunca he estado delante de él, aunque me puedo hacer una idea por la pantalla de la televisión; es oscuro y tiene aristas que se mueven sin cesar, balanceándose sin ningún sentido. También apunto lo que dicen los pasajeros de lo que ocurre más allá del muro que nos separa de la parte moderna de la ciudad. Nunca la he conocido. Me gustaría que padre me contara cómo es la vida allí. Sé que en el fondo no hago más que buscarlo por todas partes y no comprendo por qué él no aparece y nos cuenta a mi hermana Catia y a mí cómo le va, y se preocupa por nosotros. La última vez que lo vi llegaba sudoroso de la fábrica de zapatos y en la puerta de la cocina tuvo unas palabras con mi madre, apenas fueron un susurro, o eso me pareció, pero las recuerdo perfectamente porque en ese momento no pasaba ningún coche por la calle y los Medina por una vez habían dejado de gritarse.
- Sabes que puedo hacerlo, María, no me costará nada y en la otra parte se paga mucho mejor que en la fábrica, en un día puedo ganar lo que en la fábrica un año. Podremos ayudar a Joe y es posible que nos podamos juntar todos en la costa.
No sé a qué clase de ayuda se refería mi padre. Conduzco mi autobús rojo y me gano bien la vida. Lo único raro es que estoy solo, todos los de mi edad ya están casados y tienen varios hijos. Las mujeres me gustan pero nunca he tenido el arrojo suficiente para enfrentarme a ellas y decirles que les puedo llegar a querer. Sería duro no ser correspondido…
- Pero tardaremos en verte, Catia todavía es una niña que necesita un padre y yo…David, yo también necesito un marido que esté a mi lado… - Mi madre bajó un poco la cabeza y mi padre la cogió entre sus manos como si fuera un pequeño melón. Me pareció que la acariciaba. Esa fue la última vez que estuve con mi padre, aunque esa misma noche me dio un beso en la duermevela del sueño. Catia también lo sintió y nos lo contamos a la mañana siguiente, mientras desayunábamos galletas con miel.
Por aquel tiempo muchos militares se hacían notar en todos los rincones de la ciudad. Mi madre dice que ellos fueron los que convencieron a mi padre para que probara suerte. Mi tío Alfredo, un antiguo policía de Distrito Federal, nos decía en las comidas de los domingos que tipos como papá son los que hacen falta al otro lado del muro. En el autobús que conduzco apenas se habla de esa otra parte, del más allá, como algunos de mis pasajeros dicen, porque nadie que haya ido allí ha vuelto jamás para contarlo. Mis pasajeros suelen ir cabizbajos y silenciosos. Al principio pensaba que podía estar conduciendo mal o con demasiadas brusquedades, pero pronto me di cuenta de que yo no tenía la culpa y que simplemente iban pensando en sus cosas, disparando su melancolía. Quizá también andaban buscando a sus padres.
Me gusta bajarme del autobús y cerrar manualmente las puertas cuando el último pasajero camina por la calle y se convierte en un bulto entre la niebla. Pienso que hago algo importante y algún día seré reconocido por ello. A veces veo en el periódico a algunos a quienes el alcalde pone medallas en el pecho. A uno de ellos lo conozco, es mi vecino Humberto. Apagó un fuego que un contrabandista de madera había provocado en un monte lejano. Se veían las lenguas de fuego desde el barrio de San Telmo y los vecinos, durante aquellas noches, no encendían las luces pues las habitaciones se coloreaban como si estallaran entre sus muros fuegos artificiales. No me parece que lo que hizo él no lo pueda hacer yo. Lo veo muchas veces entrar en el portal y me parece que puedo estar a su altura. A veces viene tambaleante, huele a tequila y me saluda como si fuera una persona más mayor de lo que soy.
Una vez le pregunté a mi madre si mi padre iba a regresar. Había llegado a casa desde el autobús rojo y no había comido nada durante todo el día. Estaba desfallecido y tal vez por eso me atreví a preguntar algo importante, ahorrándome comentarios más banales, como si sólo me quedaran energías para hacer esa pregunta. Mi madre me contestó que lo vería pronto, pero que antes debía prepararme para una misión. Estuve varios días esperando a que mi madre me explicara de qué misión se trataba. A veces la veía discutir con mi tío Alfredo en el balcón, por encima de la algarabía de los malabaristas que preparaban sus números para las fiestas del barrio. Recuerdo que una maza se nos coló por la ventana y mi madre me dejó que se la bajara al payaso que con ansia la reclamaba desde la calle. Tenía una voz grave y chillona y comprendí que había elegido ser payaso para hacer gestos y no tener que hablar. No mucho después mi madre me mandó sentarme en una silla de la cocina y me dijo que escuchara con atención. Me explicó que debía transportar un paquete todos los miércoles a un piso de la calle del Vigón. Debía preguntar por el señor Chinarro, y además tenía que aprenderme que cuando desde el otro lado de la puerta indagaran, debía responder “el matacuellos del cura”
- Y eso hará que padre vuelva pronto.- dije aliviado a mi madre.
Mi madre suspiró
- Eso espero hijo. Seguro que sí.
- Y podré seguir conduciendo mi autobús
- Desde luego que sí, hijo mío.
Mi madre apretó los labios y su cara se arrugó. Se tapó con el delantal y salió de la cocina sin mirarme. Mi tío y ella habían decidido que haría aquel trabajo, sería mi misión, tal y como me lo había anunciado mi madre días atrás. Estuve toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en el trabajo que tendría pronto entre manos. Sin embargo pasaron los días y nada parecía alterarse en casa. Mi madre insistía en que debía seguir esperando un poco más de tiempo. Un lunes plomizo, mientras acompañábamos a Catia a la parada del autobús, mi madre me detuvo en la calle y confió a mi hermana a Clara, que iba unos metros por detrás de nosotros. Clara es una vecina que no hace más que meterse el dedo en la nariz y que tiene un hijo pecoso y sediento a todas horas.
- Joe, no será este miércoles, será hoy, ahora mismo. Toma esto – Mi madre metió las manos en el bolsillo y extrajo un paquete envuelto en una tela arrugada, sujeta por el hilo grueso que utilizamos en casa para atar las patas de los pollos y gallinas. – No debes mostrar esto a nadie, ni hables con extraños, y tampoco lo lleves en el autobús rojo. Lo podrías perder y las cosas no serían nada fáciles
Quedé pensativo en mitad de la calle. A lo lejos Catia montaba en el autobús ayudada de la mano de Clara. En su afán por subir empujaba a otro niño que se revolvió molesto.
No estaba contento. Para empezar aquel día tenía ruta prevista con el autobús rojo, pero sobre todo no estaba preparado para hacer eso en aquel momento, porque mi ánimo emocionado se había acomodado para un miércoles y estábamos a lunes. Al instante me pareció que había sido engañado y que todo el tiempo de feliz espera que culminaría en un miércoles se había visto súbitamente recortado, sin recuperación posible. Cogí el paquete, como si su tacto me fuera a ayudar en mi desasosiego. No pesaba, apenas lo notaba en la palma de mi mano.
- ¿Podrás hacer hoy mi ruta, mamá? Sabes que no puedo faltar. - dije, sin dejar de mirar la caja como si fuera un pájaro que fuera a escaparse.
- Claro que sí hijo mío, hoy haré tu ruta, pero prométeme que irás a esa calle. Mi madre se había arrodillado y me hablaba a mi misma altura. A pesar de mi edad soy bajito, mis huesos no se alargaron lo suficiente y se quedaron así, encogiditos en mi cuerpo. Para mi madre era importante que lo hubiera comprendido todo. Me volvió a decir el nombre de la calle, me hizo deletrear el nombre de Chinarro y repetí dos veces la contraseña convenida.
- Y por qué no vas tú, mamá.
- Oh… porque los niños nunca se equivocan, son infalibles. - No comprendí bien la palabra infalible, aunque recuerdo que en el Circular un señor lleno de barajas y cuerdas que hacía magia en las paradas dijo esa palabra: “infalible”. Cuando volviera de mi misión la miraría en el diccionario que llevaba conmigo en el autobús rojo. Se me olvidó decir que también me gusta coleccionar palabras que me suenan bien. Cuando las oigo las apunto y miro su significado. Así he aprendido muchas palabras y creo modestamente que me expreso mejor en mi escritura. El viejo Leopoldo, mi maestro, siempre me lo decía, y a veces me escribía palabras raras para que buscara; recuerdo patilargo, rocambolesco y beduino, pero muchas otras ya se me han olvidado. Le he escrito para que me siga mandando palabras pero él no me contesta. Tendré que volver al colegio un día de estos a visitarlo.
Mi madre me vio cruzar la calle y alejarme en busca de la calle del Vigón, pero una vez que dejó de vigilarme volví sobre mis pasos y me dirigí al parque Wex en busca de mi autobús rojo. No tenía prisa, disponía de todo el día para completar mi misión. Primero tenía que hacerme cargo de la ruta de mi autobús porque no esperaba que mi madre lo hiciera y además, como ya he dicho, quería hacer algunas averiguaciones delante del diccionario, luego ya iría a ver al señor Chinarro. Atravesé el obelisco de la Biblioteca Nacional y me adentré hacia el bulevar de la Victoria. En uno de sus recodos había un roto en la valla por donde me solía meter en el parque. Si no lo hacía de esa manera tenía que caminar un kilómetro hasta la puerta principal. Además aquella entrada semiescondida quedaba justo a mano de mi autobús. La hice yo con unos alicates de mi padre una noche de luna llena. Esperaba encontrarlo sin pasajeros, pero cuando llegué a la hondonada en la que estaba aparcado observé que había una señora en el mismo puesto que yo debía ocupar. Me asusté, y pensé que alguien sin ningún derecho me había arrebatado mi empleo, pero después, cuando poco a poco fui dando la vuelta al columpio, me di cuenta de que la señora que estaba en lo alto era mi madre. Estaba sentada en un asiento de plástico que había en una torreta, como si fuera un trono. Estaba resoplando. Reconozco que se había dado prisa en llegar y en trepar hasta allí arriba. La entreveía entre los túmulos, barras y cuerdas rojas por los que debías escalar hasta alcanzar el punto más peligroso de la construcción, el que ahora mismo ocupaba ella. Me pregunté cómo había podido llegar hasta allí, sola, sin ninguna ayuda, escalando con un abrigo de paño largo apretado contra el cuerpo y con zapatos de tacón medio. No quería que me viera, y aunque podía estar contento de verdad porque mi madre había hecho lo que yo le había pedido, resultaba extraño que permaneciera allí arriba, pues nunca había mostrado interés por el autobús rojo. Quise saber lo que estaba haciendo, qué cara tendría allí arriba. Dos niños vinieron y se quedaron plantados delante de ella. Uno de ellos la señalaba. Yo me mantuve a la espalda de mi madre para que no me viera. Hice una seña a uno de los niños para que diera la vuelta al columpio y llegara hasta mí. Lo reconocí como uno de mis pasajeros habituales. Se llamaba Donovan y tendría unos doce años.
- Que hace esa señora ahí arriba, Donovan
- Mira a lo lejos y parece despistada, ¿sabes quién es? - preguntó
- No.
Quise que Donovan no continuara hablando porque de repente descubrí que lo que estaba haciendo mi madre no era normal y tuve miedo de que Donovan dijera algo que no me iba a gustar, así que le miré a los ojos en silencio durante unos segundos. Él frunció el ceño y se fue dando traspiés por el sendero que conducía a la puerta principal del parque Wex.
No iba a subir a mi autobús pero al menos pensé en coger el diccionario para mirar el significado de aquella palabra, infalible, pero era una jugada demasiado arriesgada. Tendría que colocarme a la vista de mi madre, pues lo tenía escondido en un matorral que quedaba en una isleta de hierba, justo delante del motor del autobús. Quise quedarme para ver cómo bajaba de mi autobús, preocupado por ver si tropezaba, pero recordé al instante que tenía una misión que cumplir.
Mi madre había subido a mi autobús porque sabía que yo vendría a conducirlo antes de emplearme en la misión. Me lo dijo aquella misma noche. Por lo menos no había cogido a nadie sin billete. Me extrañó porque suele pasar a diario, con casi todos los pasajeros, y se pasa un mal rato porque uno tiene que multarles y entonces no quieren saber nada de ti.
La mañana había avanzado hacia un tono ocre. Eso significaba que las fábricas del distrito catorce se habían puesto en funcionamiento porque pequeños grumos de celulosa flotaban encima de nuestro barrio como si fueran estrellas de papel. Dejé atrás el bulevar y me fui adentrando por las grandes avenidas. Caminé con decisión, sintiendo a mi paso que el momento de la verdad se acercaba. A los protagonistas de las películas les suele pasar este tipo de cosas, al fin les llega su momento, pues bien, yo iba caminado por la calle con la cara de ese momento en que no puedes fallar, y sentí que estaba saliendo en la tele y que nada podía salir mal. Mi corazón se aceleró y lo sentí retumbar en mi pecho. Antes de llegar hasta la parte de la ciudad que se levanta hacia las montañas, ya cerca de mi destino, encontré de súbito un control. Unos hombres vestidos de oscuro, con gorras, tirantes y bandoleras que sujetaban perros de pelo negro y lenguas rojas y carnosas, pedían documentos a las personas que querían seguir circulando. Me mantuve en una fila a la espera de mi turno. La mayoría de ellos eran comerciantes que habían vendido sus sacos de arroz y legumbres en el Mercado Central y que ahora volvían a sus casas. Algunos llevaban colgados a sus bebés a la espalda. Me toqué el bulto que formaba la caja en el pantalón. Por nada en el mundo lo sacaría, me dije, y me lo repetí muchas veces en voz alta para convencerme de que así sería. Cuando llegó mi turno un policía de ojos oscuros me preguntó mi destino. Dije la calle y cuando iba a decir el resto me dijo que me sacara todo lo que llevaba en los bolsillos. Tardé unos segundos en reaccionar a su solicitud. Entonces noté una humedad que fue bajando por una de mis piernas sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Miré abajo y vi la mancha oscura en mi pantalón de pana. Cuando quise sacar la caja no pude porque mis manos temblaban demasiado y el policía tuvo que hacerlo por mí. Me dio vergüenza que supiera que me había orinado, pero fue cortés y no dijo nada de eso.
- Qué te pasa, de qué tienes miedo – me preguntó, cuando comprobó que dentro de la caja no había nada y que no tenía nada más en mis bolsillos, salvo un billete de cien pesos que mi madre me había dado por si tenía algún problema.
- En qué trabajas
- Soy conductor de autobuses. En el parque de Wex. – Y era verdad, eso sí que lo sabía y se lo podía demostrar al señor. .
- ¿Y qué conduces, un autobús de esos para chiquitos?
Seguía sin decir nada
- No contestas. ¿Y qué vas a hacer en la calle del Vigón.? – preguntó el policía – ¿ Por qué repites el nombre de esa calle tantas veces ?, ¿ Quieres reírte de mí o qué ?
- Voy para poder ver a mi padre, señor.
Otro policía a su lado, que en esos momentos se fumaba un cigarro sin atender a nadie de los de la cola, con un pie apoyado en el parachoques del coche patrulla, le dijo que no merecía la pena. Luego añadió que yo tenía algo raro, y dijo que era un anormal. Nunca me habían nombrado así, y sería la segunda palabra, junto a infalible, que miraría en el diccionario cuando volviera a casa.
- Anda, muévete, vamos – me dijo el policía, devolviéndome mis cosas.
Cuando ascendía hacia la calle del Vigón me escocía la entrepierna terriblemente y tuve que caminar con las piernas un poco separadas hasta llegar al portal del señor Chinarro. Se trataba de una calle en cuesta, que serpenteaba y que a lo lejos se metía en la montaña. Unos niños jugaban a la pelota y un autobús anunció su presencia con un formidable rugido del motor. Todos los que andábamos por ahí nos tuvimos que subir a la acera porque la calle era estrecha y hasta un viejo perdió el bastón asustado cuando lo vio aparecer. Había rodado hasta desaparecer debajo de las ruedas. Los niños se lo dieron, una vez que también recuperaron la pelota, que también salió milagrosamente redonda. El viejo jadeaba y hasta que esos muchachos se lo alcanzaron sus manos temblaban sin parar. Cuando el autobús se fue dejando sus humos en el ambiente, el viejo y yo nos sentamos en el portal del señor Chinarro. Quería esperar a que la mancha del pantalón despareciera pero fue en vano; seguía allí, una nube oscura que me recordaba lo que me había pasado.
Le dije al viejo que yo conducía un autobús como el que había atrapado su bastón, y que no entendía cómo pasaban por calles tan estrechas, pero al hablarle noté que yo también tenía la voz rara, apenas me salía y era muy bajita y monótona. No me miró, y continuó respirando con sonoridad. Parecía concentrado en olvidar lo que le había pasado para volver a su estado anterior, el que fuera, probablemente estar paseando sin ninguna preocupación. Estaba a punto de decirle que yo estaba muerto de miedo porque no sabía cómo sería el señor Chinarro, pero él se incorporó y desapareció como una nube en los días de viento. Me pregunté por qué aquel señor taciturno necesitaba un bastón.
(Taciturno es otra palabra que me enseñó Leopoldo y que utilicé para llamar a mi perro durante doce años, justo el tiempo que estuvo con nosotros, antes de que muriera aplastado por un tranvía, a la entrada de la otra parte de la ciudad. Taciturno era demasiado lento y no pudo esquivarlo.)
El interior del portal estaba oscuro, y sólo cuando abrí la puerta se iluminó con la entrada de la luz. Subí por una escalera de madera hasta el tercer piso. Un ascensor de hierro estaba parado y tenía las puertas abiertas y desplegadas hacia fuera, como si fuera un gran pájaro que te invitara a volar. Me quedé un rato delante de la puerta del señor Chinarro. Tenía la caja en mi mano y sudaba por todo mi cuerpo. Golpeé la madera y los golpes retumbaron en toda la escalera. Me alegré haber dejado la puerta del portal entornada porque me llegaba una tenue luz que me podía guiar si tenía que salir corriendo escaleras abajo.
- ¿Quién va? – Preguntó una voz enérgica
- Soy, er… - Atemorizado, me olvidé por un momento de lo que había venido a hacer hasta que el sonido que produjo algún vecino hizo que recobrara el sentido de mi visita.
- El matacuellos del cura – Y lo tuve que repetir hasta tres veces porque me seguía saliendo una voz infantil y disminuida.
Se abrió la puerta y al mirarnos a la cara descubrí que se trataba del señor que me había inspeccionado la caja en el control. Todavía llevaba el uniforme de policía, pero ahora tenía desabrochados casi todos los botones de la chaqueta.
- ¿Es reglamentario? Le tiré de la camisa porque si el señor Chinarro era de verdad policía no tenía nada que temer
- Muchacho, eso ahora no importa. Sígueme. Sé que has traído lo convenido.
- Sí, es esto, ¿verdad? – Le mostré la caja vacía y él me hizo un gesto para que se la diera.
Llegamos hasta una habitación con una ventana abierta. Me hizo sentarme en una silla al lado de una pared repleta de fotografías de mujeres desnudas. El calor del sol me llegaba de lleno a mi rostro. Se quitó el cinturón y la pistola se balanceó como si fuera una serpiente peligrosa. Abrió la caja, rascó en su interior y para mi sorpresa extrajo un papel blanco. Cuando lo miró no lo consiguió entender y me lo tendió.
-Muchacho, hazme el favor de decirme qué es lo que pone aquí.
Al momento reconocí la letra de mi padre: “Una cinta de de 24 cartuchos para Beretta del 9. Te quiero”
- Vale muchacho, eso último sobraba. Yo me encargo de lo primero. Vamos a ver si lo tenemos y puedes salir de aquí chingando
Rebuscó en un armario y cuando se dio la vuelta llevaba en su mano una cinta repleta de balas doradas y relucientes.
- Muchacho, supongo que estarás orgulloso de tu padre – me dijo, mientras terminaba de encajar las balas en la caja.
- Sí…, usted no sabrá nada de él, ¿verdad?
- Su obligación es liquidar a la gentuza del gobierno. Me consta que no falla.
Cuando me dio la caja pesaba tanto que al meterla en el bolsillo las costuras de los bordes se desgarraron como si fueran de papel, pero yo sólo pensaba en lo que me había dicho el policía, y en lo que me dijeron los vecinos días después, cuando se enteraron que había cumplido con éxito mi primera misión en la calle del Vigón. Se acercaban a mí a escondidas para confesarme aquel secreto: Joe, tu papá es un asesino a sueldo.