miércoles, 30 de mayo de 2007

MISTERIO




Debemos agradecer ahora a todos los amigos que nos han citado en sus páginas y que recomiendan por doquier estas lecturas. Lucinda ha puesto las páginas de sus amigos en el lado izquierdo de este espacio.

¿Quién es Lucinda?. Esta pregunta que todos nos hacen seguirá siendo un misterio.

miércoles, 23 de mayo de 2007

UNA HORCHATA BIEN FRESQUITA

Aguanta los ojos cerrados unos segundos mas .Consciente de que las imágenes comienzan a disiparse definitivamente, intenta amarrar el tiempo desde el estomago; quiere ubicar ese vacío que acaba de llenarle hasta rebosar, para introducirse en él y dejarse ir, solo unos segundos más. Fuerza los parpados y, durante un instante, deja de respirar. Ese último esfuerzo le agota. Deja ir su espalda contra el respaldo de la silla. Que se mueve hacia atrás y araña el suelo de la caravana. El chirrido le arrastra a la realidad. Abre los ojos.

Y de nuevo pesa 130 kilos, y el calor se le pega a su corpachón que suda como se desbordan los ríos. Y de nuevo vive en una caravana en el Camping de su hermana y su cuñado, y de nuevo es Agosto. Aunque podía ser Enero u Octubre. De nuevo esta soltero y es mecánico, fontanero, chico de los recados a los treinta y seis años; de nuevo, tiene unas bragas pringosas en la mano. En su mejor momento debieron de tener un tono verdoso, delicado, casi transparentes; pero ahora, después de haber trascurrido una semana desde la sustracción, no son mas que un amasijo de tela verde entre unos dedazos que la manosean con total impunidad.
Se sube los pantalones. Descalzo, busca las chanclas con la vista. La caravana esta impoluta, así que no le resulta complicado localizarlas junto a la cama. Antes de salir, echa las bragas al cubo de la basura; que las recibe con un sonido sordo y bastante discreto.
Ha decidido dar un paseo, tal vez acercarse a la heladería y tomarse una horchata sentado al sol, y contemplar como el día agota sus últimos residuos.
Camina entre los veraneantes con pesadez, cansado antes de empezar el recorrido, su paso es lento. No como si no tuviera prisa, sino como si no pudiera ir a más velocidad; como si ese fuera su tope. En cuanto el camino se empina un poco, necesita parar y tomarse un descaso.
A unos 50 metros, esta su hermana hablando con un chico de no mas de dieciocho años. Parece indicarle donde puede acampar. Mientras observa a ambos gesticular, se enciende un cigarro. La primera calada le colapsa los pulmones y comienza a toser de forma violenta. A pesar de las convulsiones no suelta el cigarro, al que da otra calada mientras tose; tuerce la espalda hacia adelante y deja al humo invadir sus pulmones. La nicotina coloniza su sangre. Mientras, ha enderezado la espalda y ha reiniciado el camino. Pasa junto a su hermana, a la que saluda con la cabeza, pero ante la que no se detiene; el chico, que por fin ha entendido las indicaciones, se dirige hacia la zona de árboles de donde él ha salido. Allí todavía hay sitio de sobra, pero a este ritmo deberá olvidarse de sus paseos nocturnos en busca de sedosos tesoros. Esta idea le agobia. Baja la cabeza, murmullando, haciendo sonoros sus rencores.
La heladería no esta lejos. Al llegar a la entrada, tuerce a la derecha Camina paralelo a la valla exterior mirando las familias de turistas que se apelmazan entre caravanas y tiendas de campaña; ruidosos, agotados del trabajo de todo un año, buscan en las vacaciones un momento de relax, sin taquillas, ni fichas de entrada, sin ordenes ni pedidos. Buscan un gran silencio comunal que les libere y les de un respiro; pero han traído consigo sus frustraciones, sus kilos de mas y sus caracteres avinagrados por el maldito paso del tiempo. Y a sus maridos, sus hermanos y a las suegras. No es más que falta de costumbre Así que lo que encuentran es el mismo estruendo sin fondo, el mismo ruido vacío de siempre; la palabra no es soledad, pero se le acerca mucho.
Él, les entiende. También se siente cómodo con el ruido.
La primera horchata se la toma sentado en una mesa, que él convierte en ridícula con sus 130 sólidos kilos. Esta fría. Siente como se va depositando sobre su estomago, tras limpiar sus tuberías intestinales. El efecto es el de una refrescante pulcritud. Su cuerpo responde también, relajándose, provocando una modorra que adorna con otro cigarrillo. Al instante, el humo atraviesa su cuerpo, recién pulido por la horchata bien fresquita. Uno de los mejores pitillos del día.
Deposita la colilla en el cenicero y se levanta. Ha recuperado cierta agilidad que le permite acercarse rápidamente al mostrador. Esta de buen humor, decide pedirse otra horchata. Se encamina hacia el camping, donde algunos campistas ultiman sus refugios nocturnos mientras otros pasean en familia antes de la cena.
Su caravana esta bajo un gran árbol que le protege y arropa casi por entero. Dentro no hace demasiado calor. Apoyado en la cama, enciende la tele y Comienza a beber. Pero ya no es como antes. Sus dedos han calentado el vaso durante el trayecto, y la horchata esta caliente, ha perdido su poder salvador. La tira a la basura, junto a las bragas. Durante un rato, observa un anodino programa de televisión que le sacia
Saca una silla y se sienta. Vuelve a estar cansado.. Saca el paquete de tabaco y se enciende uno. Levanta la cabeza.
Enfrente, justo delante de su caravana, esta el chaval que antes había visto junto a su hermana. Le acompañan otro chico y dos jovencitas con atuendo casi idéntico. Ambas llevan unos shorts verdes y unas camisetas varias tallas menor de las que deberían. Una amarilla, la otra verde llena de estampados.
Están montando una tienda. Parecen nuevos en esto y dan vueltas alrededor de una hoja de instrucciones con las varillas en la mano. Golpean y trajinan, sin conseguir mucho más que varios palos doblados y algún rasgón de la tienda que padecerán el día que la lluvia se decida a aparecer. Derrotados por la mecánica, parece que han decidido descansar y retomar fuerzas.
Entonces, los chicos se sientan directamente en el suelo y ese momento es revelador. O eso le parece a él. Al agacharse, el pantalón de la chica con la camiseta amarilla ha revelado una mínima porción de su ropa interior. Más que suficiente. Sus ojos se petrifican sobre esa tela roja que apenas percibe. Unas gotas de sudor le resbalan por las mejillas. No tiene calor, es mas, siente frió en su cuerpo. La mirada no se desvía ni un milímetro y comienza a frotarse las manos, fofas e impacientes.
Los chicos hablan entre ellos, parecen buscar algo entre sus maletas. Entre risas, las chicas señalan con el dedo hacia el parking público.
Sus manos no aceptan su control, y no paran de abrir y cerrar el mechero, de atusarse el pelo; saca unas monedas del bolsillo y las cuenta. El sudor le resbala por las muñecas. Sus ojos consiguen centrarse en las evidentes braguitas rojas y en el chaval que habló con su hermana. Este se ha levantado y se dirige hacia él. Puede que tenga que pelearse y no le apetece, puede que haya vuelto a ser demasiado evidente, que haya dejado ver sus intenciones o sus posibles preferencias; así que se levanta y se dirige hacia la caravana.

-Perdone, tiene un cigarrito? Es que nos los hemos dejado en el coche.
Claro que si; todos los que quieran, a él le encanta compartir sus pertenencias. Y encima les echara una mano con la tienda de campaña, solicito, les indicara donde están los mejores lugares para tomarse unas cañas y los mejores sitios para conseguir un buen canuto; por donde pasear en grupo o en pareja. El les cuidará y les acogerá; y esta noche, o mañana cuando estén en la piscina les hará otra visita de mantenimiento. Ellos aun no lo saben, pero tienen un vecino que no les quitara el ojo de encima durante todas sus maravillosas y relajantes vacaciones.

jueves, 17 de mayo de 2007

ARMAS


Como cada mañana, enfundado en su traje oscuro baja ligero las escaleras del bloque donde vive. Al abrir la puerta de la calle se da cuenta de que hay niebla en la ciudad.

-El invierno se está alargando mucho este año- piensa.

Enfila la acera calle abajo y el muchacho, su vecino, llega corriendo a su altura. Él le mira sobresaltado. El muchacho tiene catorce años y un carácter alegre y charlatán, y con voz apresurada le dice:

-¿Tienes un arma? ¡Rápido, debemos defendernos!

-Nunca he tenido un arma, además, ¿para que la necesito?

-¡Date prisa, vienen a por nosotros!

-¿Quiénes? ¿Por qué? ¿Qué ocurre?

-Ellos. Quieren acabar con lo que somos. ¡Ya se ha organizado la defensa!

Quiere preguntar qué es lo que son, qué es eso que supuestamente les hace ser diferentes y quiénes son ellos, pero el muchacho no le da tiempo.

-¡Rápido, corre a las barricadas, allí te darán un arma!

Entonces se da cuenta de que la niebla no es tal sino el humo procedente de unas barricadas que se asientan al final de su calle, también se percata de la algarabía que hay a su alrededor, no se había dado cuenta de que la calle bullía. El muchacho señala hacía el fondo con grandes aspavientos. Espoleado por el muchacho, la inquietud y el miedo, corre hacía las barricadas. Nada más llegar alguien pone un arma en sus manos, es un viejo fusil de asalto muy pesado y puede ver que tiene algún rastro de óxido. Está cargado. Agarrándolo firmemente trepa a lo alto de la barricada. Cuando llega arriba ya sabe que el mundo va a cambiar.


miércoles, 16 de mayo de 2007

SANGRE A BORBOTONES


SINOPSIS

Carlos Clot es un detective privado cuarentón, divorciado y con una hija disminuida psíquica que trabaja en un Madrid sin petróleo, inundado por un gran canal, e invadido por los estadounidenses tras la victoria del PCE.
Carlos Clot tiene tres clientes al mismo tiempo: Un padre que busca a su hija, un marido que cree que su mujer le engaña y un escritor de novelas del Oeste que ha perdido ha uno de sus personajes femeninos. La primera, Lovaina Leontieff aparece muerta tras haberla encontrado Clot y avisado a su padre. A la segunda, Carolina Carvajal, la graba mientras le pone los cuernos al marido con el butanero. A la tercera, Mabel Martínez, no la encuentra pero empieza a recibir presiones para que deje de buscarla. Estas presiones vienen de unos matones de Max Chopeitia, gran capo de la mafia local. Poco después, Carvajal aparece muerta, después de que Carlos Clot la volviera a grabar con el butanero; pero esta vez el butanero es un aliado de Chopeitia: un empleado de Telefónica de alto rango. Estas dos grandes empresas estarían haciendo experimentos con humanos, experimentos genéticos, fuera de la legalidad y los casos que Clot investiga interfieren en los intereses de las dos empresas
Tras conocer al gran capo mafioso y recibir serias amenazas, el detective se dirige al entierro de Carolina Carvajal; después del entierro, y en casa de la difunta, descubre que esta es amiga de Mabel Martínez así como las pruebas de la relación ilegal de las dos empresas: un informe interno llamado Protocolo 47.
Pero entonces la hija del detective sufre un accidente y acaba en coma. Este momento es aprovechado por Max Chopeitia para chantajearle. El puede salvar a su hija, devolverla a la vida, incluso otorgarle una vida mejor; a cambio quiere el Protocolo 47. Clot cede.
Aun así, Chopeitia manda a su mejor esbirro a matar a Clot. Cuando esta a punto de morir bajo los pechos de Dee Dee Reeves, esbirro de Chopeitia que se folla a sus victimas antes de matarles, aparece Spark Caín, héroe de los libros de vaqueros de su cliente y mata a la esbirro. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan, la hija del detective se recupera, Caín le conduce con Mabel Martínez y Clot se enamora de Alejandra después de recuperar su cabeza tras una persecución por todo Madrid.
Finalmente, y para que Mabel Martínez y Caín pudieran regresar a sus vidas, el detective tiene que acabar la novela de vaqueros que no pudo acabar su cliente. Ellos regresan a sus vidas y Clot consigue una existencia feliz y, parece, bastante plena.


VALORACION LITERARIA

Sangre a borbotones es una novela de detectives, en un mundo futurista y con inmersiones en la meta literatura. Todo a la vez. Por lo tanto, es una novela original y compleja. Difícil de escribir, pues la propuesta obliga a una gran imaginación así como a un control riguroso de la propia historia. El riesgo de excederse y perder la verosimilitud es real. En este sentido, el autor tiene el primer acierto al colocar la historia en un mundo paralelo al nuestro; esta decisión le otorga una libertad de movimientos enorme y coloca al lector en una oposición ideal para asumir tanta originalidad y situaciones extrañas, a veces tan sorprendentes como que los versos reptan por las paredes. El autor aprovecha este escenario para hilar una historia de detectives al mas puro estilo clásico. El protagonista es un detective lleno de ironía, pasado de vueltas, que recuerda muchas veces a Marlowe, y que mantiene el peso de la historia. Esta relectura de la novela clásica negra funciona, aunque el mundo sea futurista; el personaje tiene todas las características del genero: bebedor de whiskey, conocedor de los bajos fondos, ex-policía, busca la verdad aunque sea contra los poderosos y que usa un lenguaje que vuelve a recordar a Marlowe “Eran cinco de los grandes” . Aparecen otros personajes estereotipados de la novela negra, como el malo-poderoso (Chopeitia) que pretende, y consigue, estar por encima del bien y del mal; o sus esbirros y lacayos; o el amigo policía del detective así como un sin fin de mujeres fatal, llenas de secretos y de mentiras. Lo nuevo, lo que se consideraría una relectura del genero es que estos personajes se mezclan con unos vaqueros que se han escapado de una novela inacabada, con una hija disminuida psíquica del detective, persecuciones en bici, etc. Y todo ello en un Madrid inundado por los americanos que nos han invadido, escenario que se convierte en parte básica de la novela, no para hacer avanzar la intriga pero si para dotarla de unos fondos nuevos, divertidos, irónicos y bastante impactantes. Aunque la ciudad es la de siempre: el sur sigue siendo la zona oprimida y en el Norte los poderosos se saltan las reglas y se sirven de su poder para salir indemnes y las fronteras no son más que una forma de dejar a los oprimidos aparte. El entorno, aunque distinto, sigue siendo el mismo.

Otro de los cambios básicos es la vida privada del personaje; esa intrahistoria que va ayudando a delimitar a Carlos Clot y que al final se relaciona con el argumento principal a través de la ex-mujer del detective y sus relaciones con el poder. Esta novedad ayuda a entender al personaje y, aunque a veces pueda parecer que ralentice el ritmo, ayuda a darle a la historia un toque humano, una nueva lectura al detective privado irónico, melancólico, clásico de toda la vida
A pesar de tanto cambio y novedades, la novela de detectives funciona, si exceptuamos un final algo farragoso, consecuencia de la excesiva originalidad del autor, que no estropea el resto de la historia. Incluso algún fanático del género se mostraría sorprendido de que el detective se enamore y tengo un final feliz.
Tanta imaginación desbordante a veces es un problema, sobre todo al principio es difícil acostumbrarse a los innumerables personajes con nombres compuestos que no paran de aparecer; tal vez seria bueno referirse a ellos por sus trabajos u ocupaciones, lo que ayudaría al lector a introducirse mas fácilmente en la historia. Cuesta entrar, pero una vez dentro el ritmo no baja y la historia avanza con cierta regularidad
Pero no solo hay novela negra mezclado con un mundo nuevo y futurista, en Sangre a Borbotones también hay meta literatura. El autor aprovecha para homenajear a Marlowe, pero también a Unamuno y su Abel Sánchez o para opinar sobre los críticos literarios en particular y a las gentes que pretenden decidir que es buena literatura y que no, en general. Esta confusión de género a veces es poco verosímil; como cuando Clot mantiene una conversación sobre Unamuno y las nivolas con la Amante del escritor de novelas del Oeste. Podría presentarse este cambio en el típico personaje femenino como una revolución, y es posible, pero es que en este caso la conversación es poco verosímil. En cambio, funcionan perfectamente los versos reptando por las paredes, imagen poderosa y muy divertida, así como el mundo de los g.puntos, con los que el autor no tiene ninguna piedad y en los que personifica una visión maniquea de la literatura; esta visión que solo se fija en las portadas y en los títulos de las historias y no en las historias en si mismo. Aprovecha así el autor para, en boca de sus personajes, dejar claro su postura. La novela de géneros es tan valiosa como cualquier otra; no es más que una cuestión de gustos.

viernes, 11 de mayo de 2007

Dedicado a todos los conductores de autobuses rojos
Me llamo Joe y conduzco un autobús rojo. Me gusta lo que hago y a menudo me digo que fue una lástima que no me dejaran conducirlo cuando era menor de edad. Por entonces vivía con mi madre al otro lado del río, antes de que construyeran la otra parte de la ciudad.
Los domingos me gusta pasear por los barrios antiguos recogiendo en una grabadora todos los ruidos que ese artefacto es capaz de almacenar antes de que se quede sin pilas. Lo escondo bajo la ropa y voy buscando las congregaciones a la salida de las iglesias o en los puestos ambulantes del mercado antiguo. Me introduzco en medio de los corrillos y finjo observar distraído su alrededor. Entorno los ojos con estudiada impostura y muchos creen que estoy perdido y asustado y me preguntan si necesito ayuda. Pero lo que más me gusta es probar suerte en el Circular, un autobús de dos pisos que da la vuelta entera a la ciudad. A veces tengo suerte y en un par de vueltas consigo atrapar conversaciones fugaces sobre vidas que van y vienen, asuntos y peripecias que luego me gusta imaginar en casa. Escojo aquellas conversaciones que más me interesa conservar, eliminando de las cintas las cosas que dicen aquellos que no tienen nada que decir. Me gusta conservar lo que cuentan del mar, porque nunca he estado delante de él, aunque me puedo hacer una idea por la pantalla de la televisión; es oscuro y tiene aristas que se mueven sin cesar, balanceándose sin ningún sentido. También apunto lo que dicen los pasajeros de lo que ocurre más allá del muro que nos separa de la parte moderna de la ciudad. Nunca la he conocido. Me gustaría que padre me contara cómo es la vida allí. Sé que en el fondo no hago más que buscarlo por todas partes y no comprendo por qué él no aparece y nos cuenta a mi hermana Catia y a mí cómo le va, y se preocupa por nosotros. La última vez que lo vi llegaba sudoroso de la fábrica de zapatos y en la puerta de la cocina tuvo unas palabras con mi madre, apenas fueron un susurro, o eso me pareció, pero las recuerdo perfectamente porque en ese momento no pasaba ningún coche por la calle y los Medina por una vez habían dejado de gritarse.
- Sabes que puedo hacerlo, María, no me costará nada y en la otra parte se paga mucho mejor que en la fábrica, en un día puedo ganar lo que en la fábrica un año. Podremos ayudar a Joe y es posible que nos podamos juntar todos en la costa.
No sé a qué clase de ayuda se refería mi padre. Conduzco mi autobús rojo y me gano bien la vida. Lo único raro es que estoy solo, todos los de mi edad ya están casados y tienen varios hijos. Las mujeres me gustan pero nunca he tenido el arrojo suficiente para enfrentarme a ellas y decirles que les puedo llegar a querer. Sería duro no ser correspondido…
- Pero tardaremos en verte, Catia todavía es una niña que necesita un padre y yo…David, yo también necesito un marido que esté a mi lado… - Mi madre bajó un poco la cabeza y mi padre la cogió entre sus manos como si fuera un pequeño melón. Me pareció que la acariciaba. Esa fue la última vez que estuve con mi padre, aunque esa misma noche me dio un beso en la duermevela del sueño. Catia también lo sintió y nos lo contamos a la mañana siguiente, mientras desayunábamos galletas con miel.
Por aquel tiempo muchos militares se hacían notar en todos los rincones de la ciudad. Mi madre dice que ellos fueron los que convencieron a mi padre para que probara suerte. Mi tío Alfredo, un antiguo policía de Distrito Federal, nos decía en las comidas de los domingos que tipos como papá son los que hacen falta al otro lado del muro. En el autobús que conduzco apenas se habla de esa otra parte, del más allá, como algunos de mis pasajeros dicen, porque nadie que haya ido allí ha vuelto jamás para contarlo. Mis pasajeros suelen ir cabizbajos y silenciosos. Al principio pensaba que podía estar conduciendo mal o con demasiadas brusquedades, pero pronto me di cuenta de que yo no tenía la culpa y que simplemente iban pensando en sus cosas, disparando su melancolía. Quizá también andaban buscando a sus padres.
Me gusta bajarme del autobús y cerrar manualmente las puertas cuando el último pasajero camina por la calle y se convierte en un bulto entre la niebla. Pienso que hago algo importante y algún día seré reconocido por ello. A veces veo en el periódico a algunos a quienes el alcalde pone medallas en el pecho. A uno de ellos lo conozco, es mi vecino Humberto. Apagó un fuego que un contrabandista de madera había provocado en un monte lejano. Se veían las lenguas de fuego desde el barrio de San Telmo y los vecinos, durante aquellas noches, no encendían las luces pues las habitaciones se coloreaban como si estallaran entre sus muros fuegos artificiales. No me parece que lo que hizo él no lo pueda hacer yo. Lo veo muchas veces entrar en el portal y me parece que puedo estar a su altura. A veces viene tambaleante, huele a tequila y me saluda como si fuera una persona más mayor de lo que soy.
Una vez le pregunté a mi madre si mi padre iba a regresar. Había llegado a casa desde el autobús rojo y no había comido nada durante todo el día. Estaba desfallecido y tal vez por eso me atreví a preguntar algo importante, ahorrándome comentarios más banales, como si sólo me quedaran energías para hacer esa pregunta. Mi madre me contestó que lo vería pronto, pero que antes debía prepararme para una misión. Estuve varios días esperando a que mi madre me explicara de qué misión se trataba. A veces la veía discutir con mi tío Alfredo en el balcón, por encima de la algarabía de los malabaristas que preparaban sus números para las fiestas del barrio. Recuerdo que una maza se nos coló por la ventana y mi madre me dejó que se la bajara al payaso que con ansia la reclamaba desde la calle. Tenía una voz grave y chillona y comprendí que había elegido ser payaso para hacer gestos y no tener que hablar. No mucho después mi madre me mandó sentarme en una silla de la cocina y me dijo que escuchara con atención. Me explicó que debía transportar un paquete todos los miércoles a un piso de la calle del Vigón. Debía preguntar por el señor Chinarro, y además tenía que aprenderme que cuando desde el otro lado de la puerta indagaran, debía responder “el matacuellos del cura”
- Y eso hará que padre vuelva pronto.- dije aliviado a mi madre.
Mi madre suspiró
- Eso espero hijo. Seguro que sí.
- Y podré seguir conduciendo mi autobús
- Desde luego que sí, hijo mío.
Mi madre apretó los labios y su cara se arrugó. Se tapó con el delantal y salió de la cocina sin mirarme. Mi tío y ella habían decidido que haría aquel trabajo, sería mi misión, tal y como me lo había anunciado mi madre días atrás. Estuve toda la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en el trabajo que tendría pronto entre manos. Sin embargo pasaron los días y nada parecía alterarse en casa. Mi madre insistía en que debía seguir esperando un poco más de tiempo. Un lunes plomizo, mientras acompañábamos a Catia a la parada del autobús, mi madre me detuvo en la calle y confió a mi hermana a Clara, que iba unos metros por detrás de nosotros. Clara es una vecina que no hace más que meterse el dedo en la nariz y que tiene un hijo pecoso y sediento a todas horas.
- Joe, no será este miércoles, será hoy, ahora mismo. Toma esto – Mi madre metió las manos en el bolsillo y extrajo un paquete envuelto en una tela arrugada, sujeta por el hilo grueso que utilizamos en casa para atar las patas de los pollos y gallinas. – No debes mostrar esto a nadie, ni hables con extraños, y tampoco lo lleves en el autobús rojo. Lo podrías perder y las cosas no serían nada fáciles
Quedé pensativo en mitad de la calle. A lo lejos Catia montaba en el autobús ayudada de la mano de Clara. En su afán por subir empujaba a otro niño que se revolvió molesto.
No estaba contento. Para empezar aquel día tenía ruta prevista con el autobús rojo, pero sobre todo no estaba preparado para hacer eso en aquel momento, porque mi ánimo emocionado se había acomodado para un miércoles y estábamos a lunes. Al instante me pareció que había sido engañado y que todo el tiempo de feliz espera que culminaría en un miércoles se había visto súbitamente recortado, sin recuperación posible. Cogí el paquete, como si su tacto me fuera a ayudar en mi desasosiego. No pesaba, apenas lo notaba en la palma de mi mano.
- ¿Podrás hacer hoy mi ruta, mamá? Sabes que no puedo faltar. - dije, sin dejar de mirar la caja como si fuera un pájaro que fuera a escaparse.
- Claro que sí hijo mío, hoy haré tu ruta, pero prométeme que irás a esa calle. Mi madre se había arrodillado y me hablaba a mi misma altura. A pesar de mi edad soy bajito, mis huesos no se alargaron lo suficiente y se quedaron así, encogiditos en mi cuerpo. Para mi madre era importante que lo hubiera comprendido todo. Me volvió a decir el nombre de la calle, me hizo deletrear el nombre de Chinarro y repetí dos veces la contraseña convenida.
- Y por qué no vas tú, mamá.
- Oh… porque los niños nunca se equivocan, son infalibles. - No comprendí bien la palabra infalible, aunque recuerdo que en el Circular un señor lleno de barajas y cuerdas que hacía magia en las paradas dijo esa palabra: “infalible”. Cuando volviera de mi misión la miraría en el diccionario que llevaba conmigo en el autobús rojo. Se me olvidó decir que también me gusta coleccionar palabras que me suenan bien. Cuando las oigo las apunto y miro su significado. Así he aprendido muchas palabras y creo modestamente que me expreso mejor en mi escritura. El viejo Leopoldo, mi maestro, siempre me lo decía, y a veces me escribía palabras raras para que buscara; recuerdo patilargo, rocambolesco y beduino, pero muchas otras ya se me han olvidado. Le he escrito para que me siga mandando palabras pero él no me contesta. Tendré que volver al colegio un día de estos a visitarlo.
Mi madre me vio cruzar la calle y alejarme en busca de la calle del Vigón, pero una vez que dejó de vigilarme volví sobre mis pasos y me dirigí al parque Wex en busca de mi autobús rojo. No tenía prisa, disponía de todo el día para completar mi misión. Primero tenía que hacerme cargo de la ruta de mi autobús porque no esperaba que mi madre lo hiciera y además, como ya he dicho, quería hacer algunas averiguaciones delante del diccionario, luego ya iría a ver al señor Chinarro. Atravesé el obelisco de la Biblioteca Nacional y me adentré hacia el bulevar de la Victoria. En uno de sus recodos había un roto en la valla por donde me solía meter en el parque. Si no lo hacía de esa manera tenía que caminar un kilómetro hasta la puerta principal. Además aquella entrada semiescondida quedaba justo a mano de mi autobús. La hice yo con unos alicates de mi padre una noche de luna llena. Esperaba encontrarlo sin pasajeros, pero cuando llegué a la hondonada en la que estaba aparcado observé que había una señora en el mismo puesto que yo debía ocupar. Me asusté, y pensé que alguien sin ningún derecho me había arrebatado mi empleo, pero después, cuando poco a poco fui dando la vuelta al columpio, me di cuenta de que la señora que estaba en lo alto era mi madre. Estaba sentada en un asiento de plástico que había en una torreta, como si fuera un trono. Estaba resoplando. Reconozco que se había dado prisa en llegar y en trepar hasta allí arriba. La entreveía entre los túmulos, barras y cuerdas rojas por los que debías escalar hasta alcanzar el punto más peligroso de la construcción, el que ahora mismo ocupaba ella. Me pregunté cómo había podido llegar hasta allí, sola, sin ninguna ayuda, escalando con un abrigo de paño largo apretado contra el cuerpo y con zapatos de tacón medio. No quería que me viera, y aunque podía estar contento de verdad porque mi madre había hecho lo que yo le había pedido, resultaba extraño que permaneciera allí arriba, pues nunca había mostrado interés por el autobús rojo. Quise saber lo que estaba haciendo, qué cara tendría allí arriba. Dos niños vinieron y se quedaron plantados delante de ella. Uno de ellos la señalaba. Yo me mantuve a la espalda de mi madre para que no me viera. Hice una seña a uno de los niños para que diera la vuelta al columpio y llegara hasta mí. Lo reconocí como uno de mis pasajeros habituales. Se llamaba Donovan y tendría unos doce años.
- Que hace esa señora ahí arriba, Donovan
- Mira a lo lejos y parece despistada, ¿sabes quién es? - preguntó
- No.
Quise que Donovan no continuara hablando porque de repente descubrí que lo que estaba haciendo mi madre no era normal y tuve miedo de que Donovan dijera algo que no me iba a gustar, así que le miré a los ojos en silencio durante unos segundos. Él frunció el ceño y se fue dando traspiés por el sendero que conducía a la puerta principal del parque Wex.
No iba a subir a mi autobús pero al menos pensé en coger el diccionario para mirar el significado de aquella palabra, infalible, pero era una jugada demasiado arriesgada. Tendría que colocarme a la vista de mi madre, pues lo tenía escondido en un matorral que quedaba en una isleta de hierba, justo delante del motor del autobús. Quise quedarme para ver cómo bajaba de mi autobús, preocupado por ver si tropezaba, pero recordé al instante que tenía una misión que cumplir.
Mi madre había subido a mi autobús porque sabía que yo vendría a conducirlo antes de emplearme en la misión. Me lo dijo aquella misma noche. Por lo menos no había cogido a nadie sin billete. Me extrañó porque suele pasar a diario, con casi todos los pasajeros, y se pasa un mal rato porque uno tiene que multarles y entonces no quieren saber nada de ti.
La mañana había avanzado hacia un tono ocre. Eso significaba que las fábricas del distrito catorce se habían puesto en funcionamiento porque pequeños grumos de celulosa flotaban encima de nuestro barrio como si fueran estrellas de papel. Dejé atrás el bulevar y me fui adentrando por las grandes avenidas. Caminé con decisión, sintiendo a mi paso que el momento de la verdad se acercaba. A los protagonistas de las películas les suele pasar este tipo de cosas, al fin les llega su momento, pues bien, yo iba caminado por la calle con la cara de ese momento en que no puedes fallar, y sentí que estaba saliendo en la tele y que nada podía salir mal. Mi corazón se aceleró y lo sentí retumbar en mi pecho. Antes de llegar hasta la parte de la ciudad que se levanta hacia las montañas, ya cerca de mi destino, encontré de súbito un control. Unos hombres vestidos de oscuro, con gorras, tirantes y bandoleras que sujetaban perros de pelo negro y lenguas rojas y carnosas, pedían documentos a las personas que querían seguir circulando. Me mantuve en una fila a la espera de mi turno. La mayoría de ellos eran comerciantes que habían vendido sus sacos de arroz y legumbres en el Mercado Central y que ahora volvían a sus casas. Algunos llevaban colgados a sus bebés a la espalda. Me toqué el bulto que formaba la caja en el pantalón. Por nada en el mundo lo sacaría, me dije, y me lo repetí muchas veces en voz alta para convencerme de que así sería. Cuando llegó mi turno un policía de ojos oscuros me preguntó mi destino. Dije la calle y cuando iba a decir el resto me dijo que me sacara todo lo que llevaba en los bolsillos. Tardé unos segundos en reaccionar a su solicitud. Entonces noté una humedad que fue bajando por una de mis piernas sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Miré abajo y vi la mancha oscura en mi pantalón de pana. Cuando quise sacar la caja no pude porque mis manos temblaban demasiado y el policía tuvo que hacerlo por mí. Me dio vergüenza que supiera que me había orinado, pero fue cortés y no dijo nada de eso.
- Qué te pasa, de qué tienes miedo – me preguntó, cuando comprobó que dentro de la caja no había nada y que no tenía nada más en mis bolsillos, salvo un billete de cien pesos que mi madre me había dado por si tenía algún problema.
- En qué trabajas
- Soy conductor de autobuses. En el parque de Wex. – Y era verdad, eso sí que lo sabía y se lo podía demostrar al señor. .
- ¿Y qué conduces, un autobús de esos para chiquitos?
Seguía sin decir nada
- No contestas. ¿Y qué vas a hacer en la calle del Vigón.? – preguntó el policía – ¿ Por qué repites el nombre de esa calle tantas veces ?, ¿ Quieres reírte de mí o qué ?
- Voy para poder ver a mi padre, señor.
Otro policía a su lado, que en esos momentos se fumaba un cigarro sin atender a nadie de los de la cola, con un pie apoyado en el parachoques del coche patrulla, le dijo que no merecía la pena. Luego añadió que yo tenía algo raro, y dijo que era un anormal. Nunca me habían nombrado así, y sería la segunda palabra, junto a infalible, que miraría en el diccionario cuando volviera a casa.
- Anda, muévete, vamos – me dijo el policía, devolviéndome mis cosas.
Cuando ascendía hacia la calle del Vigón me escocía la entrepierna terriblemente y tuve que caminar con las piernas un poco separadas hasta llegar al portal del señor Chinarro. Se trataba de una calle en cuesta, que serpenteaba y que a lo lejos se metía en la montaña. Unos niños jugaban a la pelota y un autobús anunció su presencia con un formidable rugido del motor. Todos los que andábamos por ahí nos tuvimos que subir a la acera porque la calle era estrecha y hasta un viejo perdió el bastón asustado cuando lo vio aparecer. Había rodado hasta desaparecer debajo de las ruedas. Los niños se lo dieron, una vez que también recuperaron la pelota, que también salió milagrosamente redonda. El viejo jadeaba y hasta que esos muchachos se lo alcanzaron sus manos temblaban sin parar. Cuando el autobús se fue dejando sus humos en el ambiente, el viejo y yo nos sentamos en el portal del señor Chinarro. Quería esperar a que la mancha del pantalón despareciera pero fue en vano; seguía allí, una nube oscura que me recordaba lo que me había pasado.
Le dije al viejo que yo conducía un autobús como el que había atrapado su bastón, y que no entendía cómo pasaban por calles tan estrechas, pero al hablarle noté que yo también tenía la voz rara, apenas me salía y era muy bajita y monótona. No me miró, y continuó respirando con sonoridad. Parecía concentrado en olvidar lo que le había pasado para volver a su estado anterior, el que fuera, probablemente estar paseando sin ninguna preocupación. Estaba a punto de decirle que yo estaba muerto de miedo porque no sabía cómo sería el señor Chinarro, pero él se incorporó y desapareció como una nube en los días de viento. Me pregunté por qué aquel señor taciturno necesitaba un bastón.
(Taciturno es otra palabra que me enseñó Leopoldo y que utilicé para llamar a mi perro durante doce años, justo el tiempo que estuvo con nosotros, antes de que muriera aplastado por un tranvía, a la entrada de la otra parte de la ciudad. Taciturno era demasiado lento y no pudo esquivarlo.)
El interior del portal estaba oscuro, y sólo cuando abrí la puerta se iluminó con la entrada de la luz. Subí por una escalera de madera hasta el tercer piso. Un ascensor de hierro estaba parado y tenía las puertas abiertas y desplegadas hacia fuera, como si fuera un gran pájaro que te invitara a volar. Me quedé un rato delante de la puerta del señor Chinarro. Tenía la caja en mi mano y sudaba por todo mi cuerpo. Golpeé la madera y los golpes retumbaron en toda la escalera. Me alegré haber dejado la puerta del portal entornada porque me llegaba una tenue luz que me podía guiar si tenía que salir corriendo escaleras abajo.
- ¿Quién va? – Preguntó una voz enérgica
- Soy, er… - Atemorizado, me olvidé por un momento de lo que había venido a hacer hasta que el sonido que produjo algún vecino hizo que recobrara el sentido de mi visita.
- El matacuellos del cura – Y lo tuve que repetir hasta tres veces porque me seguía saliendo una voz infantil y disminuida.
Se abrió la puerta y al mirarnos a la cara descubrí que se trataba del señor que me había inspeccionado la caja en el control. Todavía llevaba el uniforme de policía, pero ahora tenía desabrochados casi todos los botones de la chaqueta.
- ¿Es reglamentario? Le tiré de la camisa porque si el señor Chinarro era de verdad policía no tenía nada que temer
- Muchacho, eso ahora no importa. Sígueme. Sé que has traído lo convenido.
- Sí, es esto, ¿verdad? – Le mostré la caja vacía y él me hizo un gesto para que se la diera.
Llegamos hasta una habitación con una ventana abierta. Me hizo sentarme en una silla al lado de una pared repleta de fotografías de mujeres desnudas. El calor del sol me llegaba de lleno a mi rostro. Se quitó el cinturón y la pistola se balanceó como si fuera una serpiente peligrosa. Abrió la caja, rascó en su interior y para mi sorpresa extrajo un papel blanco. Cuando lo miró no lo consiguió entender y me lo tendió.
-Muchacho, hazme el favor de decirme qué es lo que pone aquí.
Al momento reconocí la letra de mi padre: “Una cinta de de 24 cartuchos para Beretta del 9. Te quiero”
- Vale muchacho, eso último sobraba. Yo me encargo de lo primero. Vamos a ver si lo tenemos y puedes salir de aquí chingando
Rebuscó en un armario y cuando se dio la vuelta llevaba en su mano una cinta repleta de balas doradas y relucientes.
- Muchacho, supongo que estarás orgulloso de tu padre – me dijo, mientras terminaba de encajar las balas en la caja.
- Sí…, usted no sabrá nada de él, ¿verdad?
- Su obligación es liquidar a la gentuza del gobierno. Me consta que no falla.
Cuando me dio la caja pesaba tanto que al meterla en el bolsillo las costuras de los bordes se desgarraron como si fueran de papel, pero yo sólo pensaba en lo que me había dicho el policía, y en lo que me dijeron los vecinos días después, cuando se enteraron que había cumplido con éxito mi primera misión en la calle del Vigón. Se acercaban a mí a escondidas para confesarme aquel secreto: Joe, tu papá es un asesino a sueldo.

jueves, 10 de mayo de 2007

Viaje de ida y vuelta.

El humo de los autobuses de mi ciudad huele a tallarines fritos con brotes de soja.

Un hombre avanza lentamente por la estación arrastrando un carrito maletero donde reposa un fregadero mostrando impúdicamente su blanca loza.

Plaza 8 A, una muchacha envuelta en colores acude ilusionada al encuentro de un muchacho al que todavía no conoce; su maleta rosa chicle baña todo el vagón de color.

Plaza 8 B, un hombre aparentemente normal combina la lectura de “Camino, surco y fragua” con una novelilla supuestamente histórica para apaciguar tanta convulsión moral; su maleta negra baña todo el vagón de abismo.

La gente bien de provincias puebla el pasillo central, tienen bolsos de Gucci pero muy escaso interés sociológico, ni tan siquiera patológico. La señora bien mira por encima del hombro al resto de los viajeros y se refugia en su bolso que la absorbe con un sonido neumático.

Vuelvo a mi ciudad y el humo de los autobuses sigue oliendo a tallarines fritos con brotes de soja. ¡Benditos autobuses nutritivos!.

jueves, 3 de mayo de 2007

PETER KRAMER, PIONERO DEL PROZAC; PSIQUIATRA
"Feliz sólo se es en el recuerdo"

Tengo 57 años, pero a los 20 ya paseaba entre tumbas arrepentido de lo poco que había conseguido en la vida. Nací en Manhattan. Soy profesor de Psiquiatría en la Universidad de Brown. Tengo tres hijos: soy tan feliz como el menos desgraciado de mis hijos. Tras el Prozac, hoy lucho contra la depresión por un mundo nuevo: la sociedad posmelancólica.
El hombre es un enano cuando se contempla el ombligo y un gigante cuando mira a las estrellas. En alguna estatura intermedia se encuentra Kramer, un judío neoyorquino de modales suaves y aguda ironía, que desestructura el universo mental de sus contemporáneos. En ´Escuchando al Prozac´, Kramer descubrió que esa droga que convertía a los tímidos en los reyes de la fiesta ponía en evidencia cómo sobrevaloramos la confianza y la fe ciega sobre la duda, aunque los humanos debamos mucho más a las preguntas que a los dogmas. Ahora, en ´Contra la depresión´ (S. Barral), Kramer se enfrenta al destructivo cliché del artista siempre triste para proponer una sociedad posmelancólica donde la distancia lúcida y generosa pueda más que el ego depresivo
Doctor: deme un consejito para ser menos desgraciado.
- La felicidad tiene que ver con la capacidad de relativizar: la distancia que somos capaces de poner entre lo que nos sucede y lo que nos afecta. Distancia es la palabra. No puedes controlar lo que te sucede, pero sí que puedes decidir lo que te afecta.
Más fácil decirlo que conseguirlo.
- Lo consigues cuando sabes usar la inteligencia de la humildad para poner tus valores por encima de lo contingente. Y, desde esa distancia crítica, aprendes a gozar la satisfacción intelectual de dominar tus emociones y contemplar con lucidez tu paso por la vida.
¿La religión ayuda?
- Le aseguro que algunos de los depresivos más tremebundos que he tratado tenían fuertes convicciones morales y religiosas. En su caso el sufrimiento era terrible, ya que, además de estar deprimidos, se sentían culpables porque al ser creyentes deberían ser felices y sin embargo no lo eran.
Hay culturas que te hacen desgraciado
- Una escuela alemana considera la depresión como el reverso de la utopía. Las sociedades muy abiertas y libres creen que sufrirían menos depresiones si fueran más cerradas y ordenancistas, y las muy rígidas, en cambio, suelen pensar que serían más felices con más libertad y menos normas.
Durkheim demostró que la anomia, la falta de reglas, conduce al suicidio.
- Lo que yo he aprendido es que una sociedad equilibrada entre la exigencia del cumplimiento de la norma y el apoyo de la comunidad a cada uno de sus miembros es la menos desgraciada. No puede ser ni muy represiva ni muy laxa, y debe cuidar de sus miembros y dejarlos, al tiempo, ser libres.
¿Somos más felices cuanto más aceptados por los demás o cuanto más libres de ellos?
- Creo que la continuidad de valores en una comunidad que apoye a todos sus miembros es mejor que el individualismo feroz y la entropía social.
¿Y usted cómo intenta ser feliz?
- El absurdo ha dado mucho sentido a mi vida. Hoy sé que hay que contar con el absurdo para tratar de encontrar algún sentido a todo esto.
¿?
- Vivimos en una especie de ruido constante, de cháchara ridícula para impedirnos pensar: mirar el rostro de la realidad y aceptarlo.
No nos deprima.
- Se deprimirá si no es capaz de hacer ese ejercicio. Sólo si sabe enfrentarse al vacío, y asumirlo, podrá vivir plenamente.
Existencialismo.
- Sentido común. En algún momento hay que mirar a nuestro destino a la cara...
Todos sabemos cómo acaba esto, doctor.
- Hay que aprender a mirarlo y, de nuevo, ganarnos la distancia: debemos descubrir que sólo somos un ser humano más de los que son y han sido, un congénere más de los que se han asomado al vacío. Sólo la contemplación del vacío llena la contemplación de la vida. Si no has estado allí, no estás acá.
¿Qué sugiere?
- Yo llevo toda la vida paseándome entre tumbas. Cuando era joven, paseaba por los cementerios y me reprochaba lo poco que había conseguido a mi edad. ¡Y tenía 20 años!
Acabó usted siendo psiquiatra.
- La psiquiatría es mi terapia ocupacional. En realidad, donde sufro es como escritor.
¿Por qué escribe?
- Me ayuda a poner esa distancia de la que hablamos. El escritor, aunque crea que anticipa, sólo reescribe. Cuando usted se pregunta si es feliz, sólo será capaz de descubrir que fue feliz. Juzgue su propia vida y verá que lo que le pareció sufrimiento enamorado cuando su primer amor le dejó tirado, en realidad, era pura felicidad.
Siempre lo descubres demasiado tarde.
- Ahí puede usted obtener esa satisfacción intelectual de la que hablamos. La contemplación de lo vivido, si es lúcida, objetiva, distante y generosa, depara momentos de genuina felicidad. Feliz sólo se es en el recuerdo.
¿Usted lo ha sido?
- Me psicoanalicé durante años.
¿Su conclusión?
- No soy hombre de grandes conclusiones. Lo que me sorprendió del Prozac es que reafirmaba la confianza en uno mismo y eso me llevó a intentar averiguar por qué nuestra sociedad valora mucho más la autoconfianza y la fe que la duda razonable. Hoy el psicoanálisis se ha quedado sin base teórica. Antes la gente creía en Freud y en Edipo y la envidia de pene. Hoy es un saber difuso.
¿A usted le sirvió?
- Me ayudó a poner distancia entre mi juicio y mi existencia. Una persona inteligente supo escucharme y aprendí a confiar en ella para poder confiar en mí mismo.
¿No tenía miedo de revelarle secretos terribles de sus debilidades?
- Por eso hay que psicoanalizarse joven, para no tener tantos pecados que revelar. No sé si ahora repetiría.
Celebro su sentido del humor.
- Es terapéutico, créame. La distancia irónica ayuda a mirar más allá del propio ombligo y tal vez con su ayuda puedas ver también el de los demás: "Eres tan feliz como tu hijo menos desgraciado". Ahí tiene usted otra enorme pista: alcanzará su bien en el que pueda usted hacer a los demás.
Tomo cumplida nota.
- Dese prisa, el final siempre está a la vuelta de la esquina. Y nunca sabes de qué esquina. Mis padres huyeron de Hitler con lo puesto cuando todo parecía tan seguro y próspero. Tal vez por eso he intentado invertir en valores que duren más que mi ego.

martes, 1 de mayo de 2007

Armad a los artistas porque están desarmados. Sacadles de los edificios donde trabajan porque se han vuelto locos. Armadles a ellos, y que todos se contagien hasta conseguir agotar las existencias del tiempo. Qué es lo que pensais en cada segundo de vuestra vida, ¿hacéis algo que merezca la pena? Aquí estamos, hemos llegado. Nos hemos armado en soledad, y nos disponemos a suicidarnos de rodillas, delante de los días a los que no estamos acostumbrados. Nos hemos soltado y vagamos sin esperar nada de nadie. Nos hemos armado, tened cuidado, sujetamos resignados pequeños utensilios de jardinería, como antiguos campesinos delante de una vasta tierra sin horadar. Dejadnos trabajar en paz, en el aire, sin ninguna pantalla que nos moleste.

Eugenio Ampudia es nuestro primer artista. Es conocido por sus sorprendentes acciones e intervenciones, tratando de interactuar con los espectadores en la mayoría de sus trabajos. Ejemplos claros de ello son su participación en Arco’95, para esta ocasión ideó una obra compuesta por 6.340 chupa-chups. El público tenía que ir comiéndoselos para encontrar el mensaje secreto que había detrás de los mismos. Nadie supo nunca cuál era el mensaje, por eso nos ha gustado tanto.

Roberto es nuestro segundo artista. Trabaja en una imprenta. Tiene 35 años y espera un hijo. Pasa mucho tiempo de pie, más del que debiera. Y es feliz. Y por eso es nuestro segundo artista. En el momento en que pierda la fe en sí mismo dejará de serlo.

Bienvenidos todos, artistas