Nada mejor que en una mañana en Bangkok, entre el templo del buda esmeralda y el Grand Palace, haya un cartel que te indica todo lo que necesitas para seguir el camino turístico; bebidas, los baños, algún recuerdo que comprar y, el adivino. Mucho más tranquilo, sabiendo que en cualquier momento podía consultar a los astros enfile hacia el Buda Recostado y después nos dejamos llevar por un taxista con el que habíamos concertado el transporte de los dos días en Bangkok. Este taxista tenía un nombre irreproducible, pero insistió en que le llamaramos Lan; aunque para nosotros fue y será siempre Klander. Estaba empeñado en llevarnos a un “ping-pong show” y se quedó un poco decepcionado cuando al final no fuimos. A cambio vivimos una tormenta dentro de la casa de Jim Thompson (six houses, six rooms) y dimos un paseo por el Night Bazaar cerca de Lumpini Park.
Bangkok, la ciudad de los atascos permanentes. Tailandia la tierra de las sonrisas.
La mentira maniquea nos ofrece un país de prostitutas adolescentes; espectáculos pornográficos y despedidas de soltero Yankees. La realidad nos ofrece un país amable, donde la gente realmente sonríe cuando te saluda, un país donde se come muy bien y donde vivir parece muy agradable.
Sólo en Bangkok, y según dicen en Phuket puedes ver la supuesta industria del vicio con la que siempre asocian al país.
Yo lo que ví fueron muchos templos; un gran fervor budista y un fervor aún mayor por la familia real, a la que se eleva a la categoría de dioses.
Y después de volar a Chiang Mai subimos en un elefante. Yo sólo había visto elefantes en el zoo y en Cabárceno y he acabado subiendo en el lomo de uno; bueno de una elefanta de veinte años llamada Yuri. El cuidador cantaba el “Aserejé” y la canción rumana que se hizo más conocida como “Marica tú, marica yo” gracias a los Morancos. La escena parecía salida de un sueño alucinógeno: la lluvia, los elefantes, el “Aserejé” y la selva.
Y para rematar los poblados de los Mo o pobladores de
Y del agreste norte directos al sur. A las playas de Samui. Nada que hacer, sólo contemplar el mar; comer Phad Thai y Red Snnaper, beber Chang Large y Cuba Libres en el Eagle; a medio camino entre chiringuito y rock-bar y cuyo dueño estuvo tocando los tambores en un festival de música en Mallorca según nos contó.
Y en la playa, en pleno trópico, nunca había más de veinte personas. Y era un playa de un kilometro, de arena blanca y agua transparente. Un lugar donde podría vivir.
Y de vuelta a casa, una frase retumbaba en mi cabeza. La que gritaba el conductor de un tuk-tuk en Chiang Mai cuando le preguntamos el precio de la carrera: “It’s up to you!”