
Todo empezó un sábado apacible y luminoso de julio; uno mas, sin acontecimientos extraordinarios en la residencia; debería haber sido uno mas en nuestras ancianas vidas, cuya única preocupación debería ser controlar los esfínteres y así evitar alguna situación desagradable y maloliente. Los enormes ventanales dejaban entrar una luz plena, mientras nos mostraban un mundo exterior vivo, desbordado por la actividad humana. Chavales corriendo en bici, gentes paseando a sus perros. Todos ellos disfrutando del fin de semana, despreocupados de su día a día. En los pasillos de la residencia, en cambio, había una inquietud que casi se palpaba. El desayuno había sido ingerido con inusual rapidez, sin quejas y comentarios sobre sus escasez, color, olor, etc.; los internos corrían hacia sus pastillas nada mas terminar. Nos había entrado una especie de locura extraña. A pesar de que las enfermeras nos decían que no corriéramos, nosotros andábamos por los pasillos empujándonos, sin contemplación con nuestras debilidades. Me cuesta admitirlo, pero esta sangrienta revolución se debió a una telenovela.
A las 13:00 horas en punto empezaba el ultimo capitulo de “La viuda blanca”. A nuestra edad y recluidos en una residencia, el mundo real pierde peso; nos alejamos de los problemas diarios, los tenemos todos resueltos. Nos dan de comer, nos acompañar a mear y nos lavan si no hemos llegado a tiempo. Por otro lado, nuestras charlas se reducen a esos mismos aspectos inanes o a la vida lejana de nuestros extraños seres queridos. Así que un programa que nos mantenga en vilo durante siete días, es un verdadero tesoro. La semana que habíamos dejado atrás había sido satisfactoria en este aspecto. Grupos de debate se habían ido formando de forma aleatoria durante los días anteriores a la llegada del ultimo capitulo, conversaciones en la sala de espera, en las colas para el medico, incluso el grupo de teatro había previsto hacer una versión corta de este acontecimiento. Los nervios y el ansia inundaban los pasillos de la residencia. Tertulias interminables habían agotado nuestro cuerpos. No nos atraía nada el mundo exterior, tan luminoso, tan bello. Se acababa la serie. El día había llegado finalmente, y era en lo único en que podíamos pensar Estábamos nerviosos, tensos; aunque eso no es excusa para lo que paso después, tal vez lo explique. Pero no lo excusa, claro que no.
Los primeros en llegar fuimos los chicos del coronel. Nos llaman así porque todas las tardes echamos unas manitas de mus con Antonio de Rodríguez, coronel retirado que disfruta aquí de sus últimas batallas, como dice él. El bastón del coronel no es mas que una muestra de coquetería, pues físicamente esta perfecto. Por lo tanto, no le resultó muy complicado llegar antes que nadie a la sala y reservar los mejores sitios. Allí estábamos, y no eran mas de las 11 de la mañana, perfectamente acomodados y comentando las posibles cuitas de la viuda, sus hijos, la odiosa Merche, etc., etc. Pronto, la sala empezó a llenarse de ancianos ansiosos que revoloteaban, armando una bulla impresionante. Cuando los sillones y las sillas fueron ocupados, los que seguían de pie deambulaban buscando un espacio donde aposentar sus traseros. No cabía mucha mas gente, los enfermeros andaban entre tanto bastón y muleta con cara de preocupación, colocaban a los mas débiles en sitios apacibles, donde no los empujaran, los infelices querían controlar un guirigay imprevisible. La impaciencia nos animaba a hablar más y más alto, todos los residentes estaban allí dentro y el aire se enrarecía. Viejos babosos, con una higiene corporal tan anciana como sus cuerpos, chillando y gritando; demasiado para la dirección, a la que no le gustaba el descontrol, ni el desorden.
- Señores, o se tranquilizan o se apaga la televisión.
Y estas palabras, tan fútiles, tan insustanciales, fueron el origen de todo. Un silencio atronador recorrió la sala de esquina a esquina, nadie se movía, nadie respiraba. La directora estaba entre la marabunta y el aparato de televisor. Las manos en jarra. Enfadada, conocíamos su cara y sabíamos que la amenaza era real. El miedo a perder lo que nos había motivado durante los últimos 7 días de nuestra vida nos tenia aterrados, paralizados; no se podía permitir una amenaza así. El silencio dejo paso a un murmullo, primero leve que la indignación aumento cada vez más y más, y más. En ese preciso momento el coronel se levanto. Sin hacer movimientos bruscos, levemente, se coloco frente a la directora. Esta le miro sonriente. Entonces, el coronel, relajado, levanto el bastón y lo descargo sobre la cabeza de la directora. El primer golpe fue mudo, no produjo ningún ruido. Al mismo tiempo, los chicos del mus nos levantamos y cerramos las puertas de la sala de TV, bajamos las persianas, y nos sumamos al levantamiento.
El coronel seguía golpeando a la directora; ahora cada golpe emitía un chasquido sordo, acompañado de un murmullo implorante. Los enfermeros, que hasta un momento intentaban ordenar todo aquello, sorprendidos, caían bajo las garras de los residentes, que los pateaban, como se patea algo odiado durante años de resignación. Usábamos las muletas, los bastones, todo lo que teníamos a mano. Nadie chillaba, eso si lo recuerdo, no se oía una mosca, solo a la directora implorar bajo los bastonazos del coronel.. Este, impertérrito, movía el brazo de arriba abajo, una y otra vez, violentamente, vaciándose en cada golpe; de pronto, se paró. Ya no se oían imploraciones, solo silencio y la respiración, serena, del militar retirado.
Todos a una, nos pusimos en marcha. El objetivo era claro: tomar el control de la residencia antes de la 13:00. La marabunta se movía como si hubiera actuado militarmente desde hacia años. La cocina, la enfermería, la recepción, todos ellos eran objetivos a controlar, y así lo hicimos. Sin grietas, sin fisuras. Evidentemente, todo aquel que se resistió fue reducido. Por los pasillos se podían ver a las enfermeras, con sus batas, antes impunemente blancas, tiradas por el suelo, en silencio. Las pobres ya no ordenaban ni mandaban nada Unos cuantos, nos dirigimos hacia la centralita. Era el punto de interés más lejano de todos. Cuando llegamos, vimos que era tarde. Uno de los empleados estaba hablando por teléfono.
El coronel uso su poder, de nuevo. La lluvia de bastonazos solo descansaba para preguntar a donde había llamado. Un lacónico, “policía”, nos puso en marcha. Arrancamos los teléfonos, en el cuarto de mantenimiento encontramos unas cadenas y unos candados, que usamos para cegar las puertas. Bajamos las persianas y apagamos todas la luces excepto las de la sala de TV. Al llegar a esta, vimos como varios residentes dejaban los cuerpos de la dirección y sus secuaces en el pasillo, amontonados unos encima de los otros.
Eran las 12:45, y ya casi no quedaba tiempo. Nos colocamos en los mismo lugares que antes del levantamiento, nadie le quito el sitio a nadie; por supuesto, el coronel y sus chicos nos pusimos en primera fila. Dispuestos a disfrutar, nada nos lo iba a impedir. Ni la policía, con sus megáfonos y sus gases lacrimógenos, y sus prisas por arreglar aquello; nadie iba a salir antes de tiempo, ya podían chillar, amenazar, etc. A las 13:00 en punto, todos los residentes estaban frente al televisor, pacientes, satisfechos, orgullosos, dispuestos a disfrutar de un rato ameno, sin amenazas, ni ordenes; solo un descaso merecido después de tanto trabajo y sacrificio. Ya saldríamos, ya, solo había que esperar un rato a que la pobre viuda blanca dejara de llorar. Para siempre. Eternamente, como diría la directora.
La pobre.
PREGUNTA: Con posterioridad a la publicación de este artefacto me ha surgido una duda. El título en un principio era "Revolución Senil" pero en un momento de ofuscación y de manera intuitiva he puesto el título que aquí figura. Y os pregunto: ¿Cúal de los dos os parece mejor?. Podéis votar en los comentarios. Gracias por todo.

6 comentarios:
He olvidado deciros que me han comentado que debería indicar de quién es la cita de encabezamiento de este blog. Pues bien es de Shakespeare y podéis encontrarla en "Measure for Measure" Acto II escena segunda en boca de Isabella.
Joder, que pedantes somos. Y como nos gusta....y que grande es LUCINDA.
Lucindo
¡Qué diferencia tan pequeña hay entre el orden y el caos!
Esta historia es el claro ejemplo de que, en ocasiones, es peor el remedio que la enfermedad. La directora puso la mecha para que explotara la dinamita.
Gran personaje el del coronel, librando la última batalla en el asilo. "Dame una causa por la que luchar y una trinchera en la que combatir", podría ser su lema.
ANGEL, amigo, se te paso responder a la pregunta. REVOLUCION o REVOLUCION SENIL????
Gracias por leernos y por aportar tus comentarios
Lucindo
RESPUESTA: Creo que Revolución a secas, que algunas cosas no tienen edad, ¿no?
soy una nueva comentarista, desde la noticia de la existencia de este blog.
la verdad revolución me ha parecido impactante, como la "supuesta tercera edad" toma el control de todo por saber el final de una simple telenovela, pero que para ellos es esperanza...
estoy de acuerdo con angel, sobre el comenartario del coronel, yo no lo podria haber exoresado mejor.
y sobre el titulo el que hay me parece adecuado, pero yo hubiera puesto "Revolucion, ¿Senil?"
En plan pregunta retorica, y con el entendimiento del titulo al final de la lectura...
en definitiva que me ha gustado mucho... espero mas textos ...
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