Tomás coge la raqueta de su padre antes de salir a la parcela, una vieja Dunlop de madera cuajada, y arma el brazo imaginando un golpeo a la pelota potente y colocado, fuera del alcance de su adversario, aunque en realidad prefiere golpes suaves, trasladados con sutileza invisible, esos que acompañan a la pelota sin hacer ruido. Sabe que tiene talento, un talento verdadero. Todo su mérito está en la cabeza, al margen de la técnica, depurada durante años viendo partidos grabados de McEnroe que luego rememoraba practicando contra un muro, empuñando la raqueta de su padre, la misma que ahora sostiene en sus manos. Tomás no pierde porque no le importa perder; sale a la pista con cierto cansancio mental, considerando que en el fondo nada importa de verdad. Le gusta leer y lo hace a escondidas. Esas lecturas le provocan un verdadero estado de tranquilidad que le despoja de toda presión. Por eso espera que nunca se quede ciego, sería mucho peor que dejar de jugar al tenis.
Tomás abandona esos pensamientos cuando escucha la voz grave y tranquila de su padre desde la puerta.
- Tomás, hijo, coge la bolsa de las raquetas.
Él obedece y la levanta con una sola mano y la deposita en el
maletero del todoterreno, un espacio amplio y profundo en el que una vez el caniche de la familia fue aplastado sin consecuencias por un fardo de periódicos viejos.
Tomás aguarda a su padre montado en el coche. Mira al cielo. Está moteado de nubes oscuras que avanzan hacia el oeste. Estará a salvo si llueve. Jugará el fin de semana en pista cubierta, y si lo hace bien y pasa la fase previa, disputará el campeonato de España ante la televisión y unos cuentos miles de personas. Baja del coche y revisa que haya introducido los libros en uno de los bolsillos, los cuenta a ciegas, pasando el dedo de tapa en tapa, y se queda satisfecho. Está todo en orden. Su padre tarda más de la cuenta. Estará llamando al hotel de Zaragoza, no quiere que ocurra como el campeonato anterior, cuando por un malentendido no pudieron alojarse en el hotel y tuvieron que marchar a otro, mucho peor y alejado de Sevilla.
Tomás no ha perdido un solo partido oficial y nadie espera que lo haga en los próximos meses. No piensa mucho en ello, simplemente ha ocurrido así. Cogió una raqueta porque una vez vio en video la final de Wimbledon de 1980, en la que jugó McEnroe.
Al fin su padre se encamina hacia el vehículo y como de costumbre abre el equipaje para comprobar que no olvidan nada. Tomás puede ver a su hermana pequeña asomada a la ventana de la segunda planta, y a su madre, alta y delgada como una diosa, apoyada en su hombro, observando cómo el vehículo avanza hacia la puerta de la finca que los separa de la carretera principal que bordea la urbanización, y que enlaza con la autovía de Barcelona. Piensa en un momento que podría jugar más con ella. Tomás se recuesta en su plaza y por un momento cierra los ojos. Quiere estar en otro mundo. Desea estar en otro lugar.
- He hablado con un periodista de El País y quiere tener una entrevista contigo esta tarde. Está haciendo un reportaje sobre jóvenes promesas y tú estás entre los elegidos. No quiere que dure mucho. Además, siempre dices cosas que nadie entiende.
En las entrevistas Tomás se aburre y suele contestar cosas que nada tienen que ver con el tenis, e incluso en los agradecimientos como vencedor tras la entrega de premios dice que aunque le entusiasme jugar partidos, no le gusta lo que rodea al tenis. Delante de todos cuenta anécdotas que le han ocurrido durante el torneo, cuando no ha estado jugando, y se extiende tanto que a veces han tenido que interrumpirle amablemente. A menudo ha tenido que pedir disculpas y por eso los patrocinadores se resisten ante Tomás, los premios llegan, pero sin patrocinios no hay dinero, y sin dinero no puedes jugar a alto nivel en el circuito. Tomás piensa en lo que ocurriría si dijera lo que realmente piensa de los patrocinadores y de lo que rodea a los campeonatos. A él le interesan las pistas de tenis y las líneas que conforman las reglas del juego, sobre las que tiene que depositar toda su concentración. Siente que las bolas deben entrar a toda costa y si lo hacen representa la manifestación de un equilibrio perfecto, entonces todo irá bien. El arte en el tenis no depende de la velocidad del golpeo, sino de la colocación y de los ángulos que seas capaz de abrir, por eso siempre juega forzando todo lo que puede su asombrosa muñeca de volcánico talento. Es su manera de cumplir con lo que se espera de él, entrenando lo mínimo y dando lo máximo. No tiene en cuenta a su adversario. A veces ha intentado conocerlo más a fondo, intercambiar unas palabras con él antes del partido, más allá de lo acostumbrado, pero nunca le ha sido posible. Su padre se lo ha desaconsejado y Tomás ha acabado en el fondo de un vestuario, solo, abriendo un libro y leyendo. A pesar de las advertencias de su padre, Tomás lo sigue haciendo, no puede evitarlo; consigue resultados y nadie puede impedirle ocupar su propio espacio, adentrarse en las mil historias y sensaciones que poco a poco se van apilando en su memoria. En esos momentos, solamente interrumpido por el rumor lejano de los altavoces de la pista, Tomás siente que va a participar en una acontecimiento formidable y desea, por encima de la victoria, que le ocurra algo en el partido que le haga abandonar la práctica del tenis, o todo lo contrario, confirmar que debe continuar a toda costa con el bombardeo de pelotazos, el devenir de las contradejadas y los restos suaves y cruzados, ajustados a las líneas blancas que para Tomás se han convertido en brillantes reductos de su propia existencia. En Bilbao se fijó en una persona de la grada que escribía en un cuaderno. Tomás le entreveía entre punto y punto y lo observaba directamente mientras bebía agua o comía plátanos en los descansos; cada cierto tiempo alzaba la cabeza y miraba al cielo o bien a la pista, pero nunca miraba el desarrollo del partido, abstraído en su escritura. En el tercer set, el decisivo, desapareció de su asiento, como si hubiera concluido su labor. Tomás perdió el partido, fue su última derrota. No podía dejar de pensar en él, en lo que significaba que hubiera alguien haciendo algo que no estaba previsto, y se vio así mismo huyendo de allí, saltando por encima de los sueños de los demás, que no eran los suyos, tratando de alcanzarlos, sin saber muy bien en qué consistían…
Sus pensamientos se esfumaron cuando su padre se dirigió a él.
- Tus rivales son asequibles, aunque con Morales debes estar atento a sus restos.
No estaban en el vestuario, momentos antes del partido, pero por su sugerencia parecía que se hallaban allí, rodeados de mármol alicatado y ventanas ciegas. A veces se comportaba así y a Tomás le molestaban esos comentarios que no conducían a nada. Eran pensamientos de deseo que nunca tenía en cuenta porque cada partido era distinto. Tampoco atendía los consejos que le daban en los pasillos de los hoteles, ni las sugerencias de los preparadores de otros jugadores que se acercaban ofreciéndole discretamente sus servicios a cambio de palabras doradas y promesas de futuro.
- Morales tiene más talento que yo, es más joven y pega más fuerte. No será tan fácil como lo estás diciendo, papá.
- No puedes pensar así. Quiero que estés convencido de que puedes ganarle, y lo vas a hacer. Es importante para todos.
Tomás siente que no juega para él sino para los demás, y esa apreciación va ganando altura con el paso del tiempo. Piensa en McEnroe. Para él es un dios menor porque no era como los demás tenistas. En su cabeza bullía un universo distinto que nadie sabía interpretar, más allá de los insultos a los árbitros o los gestos provocadores. John tenía alma, no se dejaba conducir y hacía lo que le daba la gana. También perdía, pero lo hacía a su manera, sin dejar de lado sus voleas sedosas, mientras restaba con sublime elegancia servicios imposibles. Transmitía una intensa honestidad cuando abandonaba la pista derrotado; había hecho su trabajo y había sido fiel a su estilo. Había perdido y no ocurría nada. Entonces dejaba de estar atormentado y miraba al cielo como si de alguna manera hubiera sido consolado. Para él John es una inspiración compleja, depositada en algún lugar de su cabeza.
Circulan por la provincia de Guadalajara, en medio de nubes bajas que no acaban de despejarse. Tomás se fija en la alianza de su padre. Está oxidada y merece un lavado lustroso. Sabe que en su interior se esconde grabada la fecha de la boda con su madre. No hubiera sido posible que él, su hijo, estuviera sentado a su lado si ese acontecimiento no se hubiera producido. Suele rumiar ese tipo de pensamientos y le gusta imaginar qué hubiera pasado si las personas que se conocieron nunca lo hubieran hecho; hila esas suposiciones hasta que se convierten en un revoltijo imposible de ordenar.
- El entrenamiento de la tarde lo haremos en unas pistas accesorias a la central. – Paran en una gasolinera desierta. Tomás abre la puerta mientras su padre desaparece en la caseta. Le despierta el aire frío. En el horizonte ondulaciones de escasa vegetación se encuadran bajo un luminoso sol de invierno. Escucha el efecto del viento sobre un vaso de plástico que alguien ha abandonado al lado de un surtidor. Su padre regresa con un par de refrescos y los deposita en un espacio habilitado junto a la caja de cambios.
- Qué lees ahora, Tomás. – Su padre le hace este tipo de preguntas no porque tenga un interés especial en lo que lee, sino porque intuye que eso afecta a su hijo, y quiere controlar cualquier cosa que se interponga entre su hijo y el tenis.
- Lo que me pasa mamá y la abuela, y otras cosas que compro según lo que dicen las tapas. Pero no te preocupes papá, ahora estoy concentrado en lo que tengo entre manos.
La pregunta que su padre le ha hecho es decisiva porque sabrá si su hijo está alterado o no. No es, piensa su padre, una afectación profunda, pero sí que le puede mantener distante y abstraído, como si estuviera preocupado por algo que no sabe muy bien explicar. A Tomás le gustan los poetas de la generación del 27, Salinas especialmente, se ha leído a Whitman y se sabe de memoria algunos pasajes del Libro del Desasosiego de Pessoa: Me cuesta un plomo de los sentidos moverme con los pies por donde vivo. La caricia del apagamiento, la flor gratuita de lo inútil, mi nombre nunca pronunciado, mi desasosiego entre las orillas… Palabras hermosas, efímeras, constantes en su pensamiento, palabras repletas de significado que no sirven para nada. Tomás las encuentra estimulantes y aunque no se lo ha dicho a nadie piensa que con ellas, y no con otra cosa, será capaz de vivir tranquilo. La pasada temporada, para desterrar la lectura de su pensamiento y contrarrestar su distraído carácter, su padre le regaló una consola de videojuegos. Tomás se pasó de la raya y se dedicó a jugar compulsivamente, mirándolo todo a través de la pantalla refulgente y vivaz. Le distraía, naturalmente, pero no le gustaba del todo, y procuraba jugar horas y horas delante de su padre. Tomás fingió exaltación frente a la consola. Su padre se convenció del todo cuando pasó una noche entera jugando a escondidas, antes de disputar la final del torneo de Burdeos. Su rival, un ruso afincado en Barcelona, se lesionó en la espalda cuando llevaba el partido encauzado y enfilaba la última tanda de juegos. Tomás, hasta el momento del abandono, se había limitado a mostrar su cansancio en el desplazamiento de sus movimientos laterales, más lentos de lo normal, que hacían que no pudiera llegar a las profundas bolas de su rival.
En la autovía apenas hay tráfico, sólo algunos camiones de transporte y turismos provenientes de Francia que descienden desde Barcelona para llegar antes del anochecer a Algeciras. Sus coches están atestados de objetos y de ropa que desborda los fardos y las maletas. Los hombres se sientan al volante y las mujeres son relegadas a la parte trasera. Cuando se cruzan con ellos, Tomás piensa en lo distintas que son sus vidas y se siente por un instante afortunado. Paran a tomar un café a unos cien kilómetros de Zaragoza. Apenas hablan. Tomás observa a su padre ensimismado. Está preocupado ante el campeonato, mucho más que él.
- Si pierdo no ocurrirá nada. Todavía soy joven. Hay otros torneos, otros campeonatos, otras oportunidades. – le anima su hijo.
Sin embargo su padre tiene razón, es importante para todos. Tomás sabe que por su edad, éste es un torneo en el que no debe fallar. Lograr un buen resultado significaría tomar una decisión en la que no habría vuelta atrás: una preparación cualificada, la posibilidad de entrar en el circuito profesional, la presión ante los resultados, la mirada de los demás, los juicios de los periodistas, capaces de hundir con un par de líneas la autoestima de un joven tenista.
- Lo sé, hijo. - dice su padre.
A la altura de Calatayud les pasan a izquierda y derecha una nube de motoristas amparados en gafas de lunas negras, imbuidos en algo más que un viaje, portadores de una misión que Tomás no se atreve a adivinar. Cuando los ven en la distancia, como pequeñas naves espaciales, Tomás piensa si ése es su modo de vida, recorrer las carreteras del país una y otra vez, despojándose de horas responsables a favor de la velocidad de la luz. Otras veces su padre hubiera avisado a la guardia civil, exaltado ante la imprudencia, pero en esta ocasión no dice nada y mantiene la vista fija en las líneas de la carretera hasta llegar a Zaragoza.
Entran en la ciudad por el margen derecho del río y se dejan guiar por la efigie de la basílica, adentrándose por las calles aledañas en busca del hotel.
Dejan las cosas en la habitación, toman un plato de pasta en el restaurante y se encaminan hacia el pabellón, a las afueras de Zaragoza, donde se disputarán las fases previas antes de entrar en la semana grande del campeonato.
- No quiero que estés con el periodista más de media hora. Luego iremos al hotel a descansar, a no hacer nada.
Tomás juega contra Morales a las doce de la mañana del día siguiente. Los días previos a los partidos su padre impone un régimen de vida aburrido y rutinario. Lo bueno es que se pueden permitir dos habitaciones dobles y Tomás permanece en la suya durante horas, ejerciendo la soledad como bien le viene en gana, a pesar de que cada cierto tiempo recibe la visita de su padre para supervisar que no esté haciendo nada que no deba. Todo puede ser susceptible de ser prohibido, y en cada torneo surgen nuevas ocupaciones reprobadas. No le permite a Tomás comer en la habitación, y llama a recepción para vaciar la nevera a cambio de bebidas isotónicas; tampoco puede estar todo el rato tumbado, y le obliga a hacer estiramientos cada cierto tiempo. Le marca tablas con la postura y el tiempo de cada ejercicio que Tomás debe ir completando y apuntando en una hoja de control que su padre guarda después en un cuaderno. La lectura, naturalmente, es controlada, salvo periódicos, en los que no hay restricciones. Su padre se lee los tomos y algunas páginas sueltas de los libros que le descubre, exhibiendo una censura arbitraria que se corresponde normalmente con aquello que puede enfrentar la sensibilidad de su hijo con la máxima concentración de un partido de tenis. La regla general es prohibir la poesía, porque es poesía, y el resto es capaz de valorarlo caso por caso. Hasta tiene problemas para que le permita leer los libros obligados en las asignaturas de Lengua Española y Literatura. Su padre entiende lo que un libro puede afectar a su hijo. Importa la realidad, no la resonancia de la apariencia o la imaginación, le suele decir a Tomás muchas veces. Tomás se acuerda entonces de su abuela, que aún vive en Carrizo, en una modesta casa de una sola planta, que da a la calle por donde pasan los pastores con sus ovejas, y a las que suele poner cuencos de leche caliente cuando aprieta el oscuro invierno. Ella ha sido bibliotecaria del pueblo, vividora de libros y viuda prematura, y ha conseguido reunir una suerte de fortaleza silenciosa que le ha protegido frente a la soledad. Hace poco consiguió para su nieto algunos valiosos ejemplares que nadie quería, entre los que destacan primeras ediciones autografiadas por el mismo Baroja.
El tenis es más rápido, es inmediato y competitivo y a su manera depredador porque elimina por selección natural a los que se quedan retrasados. Sólo quedan los elegidos para la gloria, y Tomás está preparado para el lanzamiento. Nadie lo duda.
Las pistas de entrenamiento están en un complejo deportivo recién inaugurado por el alcalde de la ciudad. Aparcan el coche y caminan a través de un terreno minado de pistas de tenis, que atraviesan a través de un sendero asfaltado que las divide por la mitad. Se advierte al final la cúpula del pabellón cubierto en el que se celebrará el campeonato de España. A medida que avanzan silenciosos, Tomás reconoce algunos rivales que entrenan ya desde hace horas; Morales está entre ellos. Es un muchacho espigado y silencioso, que siempre va a todas partes escuchando música, oculto tras unas gafas de sol. Nunca ha cruzado más de dos palabras con él, a pesar de entrenar en el mismo club y haber estado alojados en los mismos hoteles. Tomás no siente esa distancia solemne con sus rivales que a algunos atemoriza. Se queda unos minutos mirando su entrenamiento; zancada amplia, saque potente y profundo, buen revés a dos manos, pero Morales tiene una mente quebradiza, de mantequilla, cuando arriba la presión de los puntos cruciales. A Tomás no le ocurre, simplemente porque piensa a largo plazo y visualiza el futuro, dentro de muchos años, cuando nada importe y sea un viejo venerable que vea partidos de tenis en la televisión, si el tenis como tal sigue existiendo. Eso, de una manera profunda, le libera de la tensión. Su padre le hace una seña para que prosigan, deben llegar hasta el vestuario y pedir las acreditaciones. Max, su padre, le ha prometido que vendrán personas de la familia, pero no le ha querido explicar mucho más. Tomás piensa en su abuela, a quien no ve desde hace tiempo. Se la puede imaginar preparando una pequeña bolsa de viaje con la ilusión de ver a su nieto jugar al tenis por primera vez. Cuando llegan a la puerta del vestuario su padre se entretiene en la inscripción de Tomás.
- Hola Tomás, soy Juanjo Cruz, de El País. Hable con tu padre y me comentó que podríamos hablar esta tarde después del entreno. – El periodista escruta a Tomás, y con la mirada desea que acabe el entrenamiento cuanto antes.
- Si quieres nos podemos ver ahora, tengo un rato hasta que me cambie.
- Bien como quieras, buscamos asiento en el pabellón. No hay nadie y se está tranquilo.
Los dos dan la espalda a Max, quien no ha atendido la conversación entre ambos, pendiente de las acreditaciones. Se adentran en un largo pasillo y acceden al fondo sur del pabellón. Algunos operarios levantan telones aludiendo al campeonato. Los anuncios de los patrocinadores están desplegados por todas partes. La pista permanece en penumbra, y la red aguarda enroscada junto a uno de los marcadores de pie. Se sientan cómodamente en dos asientos de primera fila, y se apoyan en la barandilla. El periodista prepara la grabadora. Tomás siente el silencio como si estuviera en el vientre de un monstruo a punto de despertar; tiene delante un acontecimiento insuperable, no hecho a su medida. Por ahora no ha tomado forma como un estímulo consistente.
- Parece que por fin llega el momento de confirmar en este campeonato todas las esperanzas depositadas en usted, la gran esperanza del tenis español.
- Me gustaría que me explicaran qué es eso de ser una esperanza, no siento que represente nada, tan solo a mí mismo, y eso ya es suficiente.
Tomás está relajado, sin ganas de entrenarse, dispuesto para concederle a ese periodista de rostro angosto y alargado todo el tiempo que quiera. El primer comentario que le ha dicho ha sido demasiado franco, pero no se arrepiente.
- Cómo afronta en estos momentos el campeonato, cuando si quisiera podía haber estado aquí sin la necesidad de pasar por la fase previa.
- Con tranquilidad
- Pudiendo haber pasado al profesionalismo hace tiempo, con previsión de haber logrado buenos resultados, la gente se pregunta por qué usted es remiso a dar ese salto.
- El tenis está bien, pero no lo es todo. No quiero parecer un inadaptado ni alguien retorcido, pero lo cierto es que solamente me importa jugar al tenis y no lo que lo rodea, y parece que eso me perjudica.
- A qué se refiere
- No siento la presión de integrarme por completo en el circuito y ser devorado por el mismo.
- Eso es precisamente lo que puede resultar atractivo de usted y…
- Eso no es atractivo. Soy como soy, nada más, deseo hacer las cosas de un modo simple, natural, y si me apetece hacer otras cosas y coincide con un partido, es posible que opte por no jugar ese partido.
- Y sin embargo dicen que nadie desde McEnroe utiliza la muñeca como usted
En ese momento Tomás ve la silueta encorvada de su padre caminando por la pista de tenis. Busca a su hijo y cuando los divisa en un extremo de la grada se dirige a ellos a tanta velocidad como puede, subiendo a trompicones por las escaleras y saltando entre distintos niveles con riesgo de tener una mala caída. Al fin llega hasta su hijo, que al ver a su padre acercándose hacia él no ha querido continuar la entrevista.
- Deberías estar entrenando. Quedamos en que haríamos la entrevista después del entreno, pero no antes. – Está contrariado, y si no estuviera el periodista delante gritaría.
El periodista se da cuenta de que la entrevista ha terminado, apaga la grabadora, le deja discretamente un número de teléfono a Tomás y se aleja con su mochila colgada del hombro, repasando las notas de una libreta.
- Iba a ser solo media hora, y tenía que enviarla antes de que cerrara la edición de hoy. – se excusa Tomás.
- Puedes quedar mañana después del partido, pero antes debes estar concentrado y entrenar. Mañana es un día importante. Quiero que pases la previa y te clasifiques para el campeonato.
Abandonan en silencio el pabellón.
Tomás se cambia con desgana. Su padre le espera en la pista seis, la que les han asignado. Cuando llegan hay una decena de personas esperándoles, muchas más que en el resto de las pistas. Saluda de nuevo a Juanjo Cruz. Tomás hace algunos estiramientos y luego juega con el campeón junior de Aragón, un muchacho nervioso y despistado que le pega bien con la derecha. Tomás reconoce a Morales, que lo observa cabizbajo, con los brazos cruzados, todavía con pantalón corto. De vez en cuando bota una pelota en el suelo y adelanta un pie, como queriendo saltar a la pista cuanto antes. Tomás nunca ha estado más tranquilo, y tras media hora en la que apenas le cuesta hacer ocho juegos seguidos al muchacho, decide abandonar la pista, contando con un gesto de aprobación de su padre. El público se disipa con rapidez. Tomás siente que le apetece escuchar una canción para concentrarse en su melodía, tal vez una de los Beatles, que le conduzca al placer momentáneo de la euforia por la vida. Regresan a los vestuarios. Algunas personas le saludan y un representante de la federación conversa unos minutos con su padre, mientras Tomás aguarda unos metros por delante. El sol de invierno se ha convertido en un artefacto azulado que pende del cielo, casi difuminado, atrapado por la oscuridad que pronto los cubrirá.
- ¿Van a venir mamá o Susana? – pregunta Tomás a su padre, otra vez solos, cuando están a punto de alcanzar los vestuarios.
- Tu madre y tu hermana vendrán la semana que viene.
- Eso significa que dan por hecho que ganaré la fase previa
Max deja que las últimas palabras de Tomás se pierdan en el espacio y le deja entrar solo en el vestuario. Se toma su tiempo y deja que el agua caliente resbale por su cuerpo. Cuando sale tiene las yemas de los dedos arrugadas. Con la toalla en la mano se sienta en la banqueta, rodeado de penumbra. El sonido del goteo de la ducha resuena y le recuerda que algo ha concluido. Su padre continúa fuera, aguardando a su hijo. Comienza a visualizar el partido de mañana y está seguro que si no hay contratiempos se decidirá en menos de una hora a favor de Tomás. Cree que está en buena forma y no hay ninguna señal de alarma que pueda preocuparle. Suena su teléfono y Max se aparta de la puerta del vestuario y sale al exterior para hablar. Todo está en orden y se verán esta noche, en la barra del hotel. Se despiden con un afecto poco disimulado. Su hijo sale con el pelo mojado, justo antes de que Max haya depositado el teléfono en el bolsillo. La tarde ha caído y las farolas del sendero hacia el aparcamiento se encienden de súbito, como si solo lo hicieran para ellos mientras caminan hacia el coche. Max conduce con precaución para no saltarse en la carretera de circunvalación la salida que los llevará de vuelta al hotel. En la radio, al azar, suena música electrónica, angustiosa y repetitiva. Max la apaga pero Tomás consigue recuperarla sin que su padre vuelva a preferir silenciarlos. Cuando penetran en la ciudad, Tomás observa con una extraña distancia a los transeúntes que cruzan los semáforos. Avanzan con movimientos mecánicos y se deslizan impasibles por las calles. Tomás los puede ver como si estuviera subido a una gran torre; según avanza la noche irá viendo cómo desparecen en sus refugios hasta convertir a la ciudad en una maqueta polvorienta. En el vestíbulo del hotel cree ver a dos de los motoristas que se han juntado con ellos unos instantes en la carretera. Están sentados y beben un líquido transparente. Visten de negro y los clientes congregados a su alrededor les observan y parecen rogarles que salgan del hotel para no alterar el pacífico y moderado estilo que reina en el lugar. Max se queda en la barra más próxima a los ascensores, y Tomás puede verle antes de desaparecer, sentado, con los brazos desplegados en el respaldo, mirando a derecha e izquierda. Cuando llega a su planta Tomás avanza por el pasillo y por las ventanas las luces burbujeantes de la noche crecen a su alrededor. Al llegar a su habitación deja transcurrir unos minutos tumbado en la cama, sin encender la luz. Levanta su alma en busca de los libros que ha traído consigo. Tomás ilumina la estancia y abre la cremallera de la bolsa. Repasa con la mano la oquedad del espacio que nada le ofrece y revisa otros compartimentos de la bolsa que uno de sus patrocinadores tuvo la gentileza de regalarle. Solo encuentra raquetas, camisetas, videos con partidos grabados del Grand Slam y bebidas isotónicas, además del cuaderno en el que su padre programa con pulcritud sus actividades. No tiene la tarjeta de la habitación de su padre y se consuela pensando que no tardará en recuperarlos, siempre y cuando los libros hayan viajado con ellos. Es posible que su padre al descubrirlos antes de partir los sacara de la bolsa. Llama a su casa. Está su hermana y conversa unos minutos con ella. Resulta que está estudiando una asignatura llamada Ciencia y Sociedad que Tomás no está seguro de entender. Quiere hablar con su madre, pero no está en esos momentos, ha salido un momento a tirar la basura. Es verdad porque puede escuchar los ladridos de los perros. Siempre lo hacen cuando alguien va o viene por la verja del jardín. Tomás le dice que llamara en un rato. Coge el cuaderno de la bolsa y escribe lo primero que se le pasa por la imaginación, dejando que el cerebro inocule el papel con la suficiente elocuencia como para escribir repetidas veces hacer algo. Su padre está tardando demasiado y decide bajar a ver qué es lo que ocurre. Se ha acostumbrado a que los acontecimientos cumplan una estricta rutina, y está tenso e incómodo cuando los días son desordenados y nada parece mostrarse a su debido tiempo. Otra vez en el vestíbulo saluda a su padre y pide una bebida con gas.
- Dónde has puesto mis libros, papá. – Tomás no le mira a la cara cuando se lo pregunta.
- No he tocado ningún libro de los tuyos
- Los he guardado en mi bolsa antes de salir y ahora no están
- Sabes que no me gusta que leas durante los torneos.
Una mujer, que se acercaba hasta su padre a la vez que Tomás llegaba hasta él, ha retrocedido y está en un lateral de la barra, observándolos a raudales. No bebe nada y no se ha despojado del abrigo. Max está esquivo con su hijo, ni tan siquiera le ha comentado nada de la cena.
- Me gustaría que me los devolvieras, si no lo haces mañana no saldré a la pista. – Tomás se muestra entero y su voz por una vez es firme y rotunda. Nunca le ha dicho eso. Ha dejado de sentir miedo. Ahora mantiene la mirada a su padre, es capaz de hacerlo, no como en las calles de las ciudades, donde nadie aguanta la mirada de los demás.
- Quiero que subas a tu habitación y descanses.
Tomás obedece porque quiere estar solo, tan solo como uno pueda estar consigo mismo.
La mujer no deja de estar ahí; Tomás visualiza dos golpes de derecha y antes de llegar a su habitación su prodigiosa muñeca acaricia una dejada que Morales nunca podrá devolver en el partido de mañana.
Al cabo de media hora baja al aparcamiento del hotel para ver si encuentra sus libros. Los necesita de verdad. Atraviesa el hall y observa la ausencia de su padre, su copa sin retirar, a medio beber. Baja en el ascensor con una pareja de homosexuales que entrelazan la mano por debajo de sus abrigos. Lo puede notar porque están demasiado juntos y se nota el arco que describe en las telas la unión de sus manos. Los deja atrás en la penumbra del subterráneo. Cuando está a unos treinta metros del todoterreno se da cuenta de que hay gente dentro y se asusta; puede divisar desde una distancia prudencial dos sombras que se mueven, contrayéndose en mitad de la noche, medio iluminados por los focos distantes que iluminan algunas columnas. Cuando se acerca agachado por la parte trasera reconoce a su padre yaciendo con una mujer, ambos abrazados, mirándose complacidos frente a frente. Max fuma un cigarro cuyo brillo parpadea con la pulsión de un corazón enfermo. Ambos están introducidos en una vitrina fúnebre que contiene un mundo que siente haber dejado atrás. Hasta bien entrada la muerte uno no ha de fiarse de las personas. Se da la vuelta y acorta el paso hacia la luz de los ascensores. Se ha olvidado de los libros y sólo piensa en sí mismo y en lo que hará a partir de ahora. No puede controlar lo que está sucediendo pero puede decidir lo que le afecta, y aunque su noble espíritu se haya visto sacudido, se convence de que su padre no le pertenece, e invoca una traición para justificar lo que hará a continuación, auque no tiene claro de qué se trata. Se acuerda de su madre y de su hermana, se alimenta de ellas mientras sube por las escaleras y se sacia de su presencia y estilo. No quiere por nada del mundo volver a separarse de ellas, aunque las horas de entrenamiento y los viajes desde los doce años hayan provocado que apenas las conozca. Hace la maleta y en el último momento decide coger la bolsa de las raquetas. En el exterior las calles ya se hayan medio vacías y una bruma de invierno cubre la ciudad. Naturalmente no conoce Zaragoza y tiene la agobiante sensación de que volverá derrotado al hotel al cabo de unas horas; Tomás no está seguro de su dirección, pero tiene claro que lo que desea es caminar y sentir las bocanadas de aire frío desentumecer su cuerpo. Avanza por una avenida ancha, y deja atrás algunos bares donde se exhiben clientes ruidosos. Mueven los labios, con ademanes exaltados y se amparan detrás de vitrinas para mostrarse como animales. Se introduce por unas calles estrechas, que ascienden en ligera pendiente hasta desembocar en una plaza con cinco salidas distintas. En medio se hunde una entrada peatonal a un aparcamiento y en uno de los vértices hay tres personas que apilan cartones y un colchón contra un muro. Si no fuera por ese estrépito Tomás sentiría el abrigo del silencio y la imperturbable quietud de la ciudad dormida. Hasta tenía pensado recostarse unos minutos en un lugar recogido, quizá hubiera elegido hacerlo bajo uno de los arcos de la plaza. Pero le llama súbitamente la atención que una de esas tres personas abandone a las otras y se dirija hacia él. Tomás observa que mueve sus manos pero sólo cuando está a una treintena de metros comprueba que golpea el aire con una raqueta imaginaria, llevando el brazo hasta la espalda y soltándolo hasta completar el movimiento final. Tomás se estremece y deja caer su bolsa al suelo, haciendo que el hombre interrumpa su paso, reanudándolo después con el mismo brío. Viste un abrigo largo y unas botas negras, con los cordones desatados. El brillo de su piel es opaco y los ojos están hundidos y entregados a la falta de sueño.
- Buenos noches compañero – Parece un hombre entusiasta. Tomas responde al saludo y se cuelga al hombro la cinta de la bolsa con las raquetas.
- No tendrás un cigarrillo.
Tomás no lo tiene pero mira en la bolsa haciéndole ver que lo busca. Saca las raquetas y el cuaderno de su padre. En ese momento las raquetas no le sirven para nada.
- No los veo, lo siento.- se disculpa Tomas – Pero si quieres buscamos un bar y te los compro.
- Tengo dinero para eso
- Era un ofrecimiento, la verdad es que no tengo ninguno a mano
- Tú no fumas. Tienes pinta de deportista, tantas raquetas y todas juntas…¿me dejas coger una?
- Claro, toma, quédatela si quieres.
Se quita los guantes y agarra la raqueta con las dos manos. La levanta al aire y la contempla con orgullo, como si sujetara a un cachorro inerte.
- Yo era bueno al tenis, incluso llegue a jugar algún partido en el Club de La Salle. Me gustaba ver partidos en la televisión, sobre todo de McEnroe. – El hombre levanta la cabeza y mira fijamente a los ojos de Tomás – Porque tú sabrás quién es McEnroe, ¿no?
- Sí. – responde Tomás, evacuado hacia un estado de emergencia.
- ¿Cómo te llamas?
- Rodrigo
- Yo Tomás.
Rodrigo tiene la raqueta apretada contra el pecho.
- ¿Y si nos damos una vuelta y comemos algo?
- No quiero dejar a los colegas – Rodrigo señala el bulto levantado del suelo que forman sus compañeros, acostados en un extremo de la plaza.
- Volverás con ellos, es solo un rato. Compraremos cigarrillos, si quieres.
- Podemos ir a jugar un partido de tenis, tú tienes raquetas y pelotas en esa bolsa, y yo tengo talento, todo el talento acumulado que este jodido mundo todavía no ha logrado quitarme- dice Rodrigo, alterado por su súbita idea
- Dime una cosa, ¿por qué mientras venías ibas simulando jugar un partido de tenis?
- Ja, ja … nada de eso. A veces se me bloquea el hombro, se me queda agarrotado, y muevo así el brazo para soltármelo.
Dejan atrás la plaza sin darse cuenta, imbuidos en la conversación. Ambos parecen hombres con cierta esperanza interior, apresados por la novedad del encuentro.
- Bueno, qué, aceptas ese partido. Conozco unas canchas aquí al lado con un buen muro.
- Precisamente es algo que no quiero hacer esta noche
Rodrigo le mira desconcertado
- Y qué quieres hacer entonces, ¿acaso se puede hacer algo mejor?
- No quiero hacer nada especial.
- Pues yo quiero jugar con esas raquetas.
Tomás huele el aliento alcoholizado y procura ladear la cabeza cada vez que Rodrigo abre la boca. Ni tan siquiera el frío es capaz de congelarlo. Mientras están juntos siente el hedor en todo momento.
- A qué te dedicas – pregunta Tomás
- Vendo monedas antiguas, tengo un fabuloso tesoro que me voy administrando.
- ¿Monedas?
- Eso es, monedas. Mi padre fue un gran coleccionista, viajó como marino mercante por todo el mundo y juntó unos buenos ejemplares. ¿Entiendes de numismática?
- No
- Primera regla: cuanta más antigua es la moneda más valor tiene.
- Supongo
- Segunda regla: nunca te fíes de la primera regla.
- Y con eso te ganas la vida
- Sí, a veces apuesto las monedas en partidas de cartas. Juego aquí al lado, en el Lujam, todos los miércoles. Algunas veces vienen japos a por mis monedas, pero como no saben jugar al mus, acaban jodidos, ja ja - Rodrigo ríe con estrépito, y tiene los ojos enrojecidos. - También vivo de las mujeres, estar con alguna alimenta el espíritu y me hace sentir bien. No paso hambre si estoy con una.
Rodrigo se da la vuelta y se aleja. Tomás le sigue, pleno de vida y optimismo; nada puede contaminar el efecto de haber conocido a Rodrigo. Por fin arriban a una verja que rodea una pista de baloncesto, en cuyo extremo se eleva un frontón que tiene las líneas de juego medio borradas. Tan pronto como llegan Rodrigo se pone a correr, dando traspiés porque todavía no se ha atado los cordones. Está eufórico y grita como un animal, ululando, moviéndose como un helicóptero enloquecido.
- Vamos, a qué esperas, vamos a jugar de una vez. Mira las estrellas, esta es una jodida noche de invierno en la que nos pueden ocurrir las mejores cosas de nuestra vida.
Tomás mira a su alrededor, preocupado por el alboroto que pueden causar. Los bloques de pisos están lejos, separados por un parque que queda detrás del muro, cuyos farolillos encendidos apenas iluminan la cancha. Abre la bolsa y busca un bote. Cuando lo encuentra tira de la anilla y las pelotas salen todas juntas, temerosas, a destiempo, como escapadas de una madriguera. Tomás no reacciona, no sabe qué hacer. Por un momento cree que todo esto ha llegado demasiado lejos y piensa en dejarle la raqueta y las pelotas a Rodrigo y seguir su camino. Piensa, naturalmente, que está siendo sometido a un juego macabro, y por un momento le observa como si fuera un personaje cuyo único fin es causarle algún daño, situarle en la justa medida de las cosas. Rodrigo, mientras tanto, prosigue su danza, aunque ahora mismo está parado, moviendo los pies. Ha conseguido atarse los cordones. Está de espaldas a Tomás, pero sigue gritando e insistiendo en comenzar a jugar. Tomás se aproxima hasta él y le dice que apenas hay luz, pero que estaría bien probar a tirar algunos pelotazos contra el muro. Espera que así se tranquilice, pero con Rodrigo formando una silueta delante del frontón cree estar viendo a su padre, como hace muchos años, empuñando la misma Dunlop que aún conserva, cuando era un niño que soñaba con ser una figura del tenis. Rodrigo coge una pelota, la deja botar y la golpea con la raqueta, pero no controla el movimiento, demasiado alargado, que acaba hiriendo su rostro, sobre el que se dibuja al instante una raya de sangre.
- Todas las cosas me salen mal, siempre que intento algo se jode – dice para sí mismo, con un hilo de voz. Rodrigo se ha convertido en alguien frágil, y toda la actividad que bullía se ha reducido a la suave cadencia de la sangre. En ese momento se apagan todas las luces del parque y se quedan completamente a oscuras. Hay una media luna que apenas deja reconocer el contorno de los objetos. Tomás vuelve a la bolsa y coge una toalla y una botella con agua.
- Tengo frío – dice Rodrigo, que se aleja hasta recostarse en una canasta, derrotado.
Tomás se acerca y le obliga a dejar de tocarse la cara. Está sangrando en abundancia; Tomás vacía en la toalla la botella y le limpia, intuye el corte en la ceja, y le pide que sostenga la toalla y la apriete contra la herida. Rodrigo obedece pero no ha vuelto a decir nada.
- Es una lástima, porque lo habías hecho muy bien. Tienes estilo a esto del tenis.
Rodrigo se aparta la toalla de la cara y la mira incrédulo. Tiene las manos manchadas y se las limpia con ella. No dice nada.
- Pide un deseo, seguro que se cumple.- Tomás no sabe como ahuyentar la imposición del accidente, la repentina interrupción de lo que iban a hacer dos hombres, ahora desprevenidos. Quiere estar solo, pero no puede abandonar a Rodrigo en ese estado. Le mira la ceja. La hemorragia ha cesado y alrededor de la herida hay sangre reseca.
- Me gustaría hacer fuego, que se haga la luz de una vez, eso es lo que quiero.
- Eso está hecho – dice Tomás.
Tomás también ha estado pensando en lo mismo, aunque él nunca lo ha sabido hasta aquel momento. Coge la bolsa de las raquetas y la coloca en mitad de la cancha. Le pide a Rodrigo algo para prender y éste explora en su abrigo, de donde extrae un puñado de monedas antes de darle a Tomás un mechero que tiene el logotipo de las olimpiadas de Barcelona.
- Me gustaría que me dieras una de esas monedas
- Hay que ganárselas, muchacho
- Te la cambio por todas mis raquetas.
Rodrigo se reincorpora a duras penas, y selecciona dos raquetas de todas las que Tomás tiene en la bolsa. Una vez de pie se dirige al parque y trae consigo una papelera que ha conseguido desmontar de su soporte. Vuelca su contenido y vuelve a ir a por otra, aunque a medio camino decide coger un carrito de bebé abandonado. Despedaza con una navaja la tela y la arroja a la pila. Luego hace un tercer trayecto, y esta vez tarda más tiempo, tanto que Tomás está a punto de ir a su encuentro. Pero Rodrigo finalmente se asoma a la verja arrastrando un montón de cartones. En una mano sujeta una lata.
- Es gasolina. Con esto será suficiente – dice, resoplando por el esfuerzo.
- Cómo la has conseguido
- Hay coches que tienen latas en el maletero.
Rodrigo coge su bolsa de monedas y rebusca hasta encontrar una que tiende a Tomás. Siente curiosidad y la mira, pero está demasiado oscuro para que pueda reconocer nada. Una vez que Rodrigo ha vaciado la lata Tomás no tarda en agacharse y prender la pila por su base, donde ha agrupado todos los papeles y envoltorios blandos que ha traído Rodrigo. Un leve fulgor los conmueve y en cuestión de segundos un trono de fuego se eleva grandioso y hace que ambos tengan que apartarse una decena de metros.
Mientras observan el resplandor Tomás acaricia dentro del bolsillo la moneda que le ha dado Rodrigo. Algunas luces se encienden a lo lejos, y se dan cuenta de que una persona los observa desde el parque. No lo distinguen con claridad, pero su silueta está inmóvil junto a un banco, en el sendero que conduce a la hilera de coches que están aparcados frente a los primeros portales.
- Me recuerda a las noches de fallas – dice al fin Rodrigo – Allí solía quedándome al lado del fuego durante horas, sin que nada me molestara.
Un coche de policía aparece al otro lado del parque. Tomás le abandona sin decirle nada. Sabe que él también ha visto la sirena pero ha decidido mantenerse quieto delante del fuego, que cada vez es más ancho y elevado; no tiene nada que perder. Tomás desciende por una calle adyacente, una vez que ha salido de la pequeña hondonada que ocupaba el parque y la cancha de baloncesto. Jadea porque ha acelerado el paso. No lo sigue nadie, aunque puede observar tras los edificios que el cielo ha enrojecido levemente. Se deja llevar por las indicaciones hasta la estación de autobuses. Un reloj marca las tres de la mañana. Mira la vitrina con los horarios. Tendrá que esperar cuatro horas para coger el primero que llega a Oviedo. Desde allí, de algún modo, piensa llegar a Carrizo. Entra dentro de la estación. Saca del bolsillo la moneda y la observa. Está desgastada y le pesa en la mano. Es romana, un denario de la República. Tiene el color dorado, oscurecido, y representa un busto diademado de la libertad, según le ha confiado Rodrigo. Tomás se acurruca entre las máquinas expendedoras de bebidas y piensa en sí mismo, en el tiempo que ha pasado; está convencido de que a partir de ahora le puede suceder todo cuanto él sea capaz de imaginar, basta con cerrar los ojos y dejarse llevar.
Tomás abandona esos pensamientos cuando escucha la voz grave y tranquila de su padre desde la puerta.
- Tomás, hijo, coge la bolsa de las raquetas.
Él obedece y la levanta con una sola mano y la deposita en el
maletero del todoterreno, un espacio amplio y profundo en el que una vez el caniche de la familia fue aplastado sin consecuencias por un fardo de periódicos viejos.
Tomás aguarda a su padre montado en el coche. Mira al cielo. Está moteado de nubes oscuras que avanzan hacia el oeste. Estará a salvo si llueve. Jugará el fin de semana en pista cubierta, y si lo hace bien y pasa la fase previa, disputará el campeonato de España ante la televisión y unos cuentos miles de personas. Baja del coche y revisa que haya introducido los libros en uno de los bolsillos, los cuenta a ciegas, pasando el dedo de tapa en tapa, y se queda satisfecho. Está todo en orden. Su padre tarda más de la cuenta. Estará llamando al hotel de Zaragoza, no quiere que ocurra como el campeonato anterior, cuando por un malentendido no pudieron alojarse en el hotel y tuvieron que marchar a otro, mucho peor y alejado de Sevilla.
Tomás no ha perdido un solo partido oficial y nadie espera que lo haga en los próximos meses. No piensa mucho en ello, simplemente ha ocurrido así. Cogió una raqueta porque una vez vio en video la final de Wimbledon de 1980, en la que jugó McEnroe.
Al fin su padre se encamina hacia el vehículo y como de costumbre abre el equipaje para comprobar que no olvidan nada. Tomás puede ver a su hermana pequeña asomada a la ventana de la segunda planta, y a su madre, alta y delgada como una diosa, apoyada en su hombro, observando cómo el vehículo avanza hacia la puerta de la finca que los separa de la carretera principal que bordea la urbanización, y que enlaza con la autovía de Barcelona. Piensa en un momento que podría jugar más con ella. Tomás se recuesta en su plaza y por un momento cierra los ojos. Quiere estar en otro mundo. Desea estar en otro lugar.
- He hablado con un periodista de El País y quiere tener una entrevista contigo esta tarde. Está haciendo un reportaje sobre jóvenes promesas y tú estás entre los elegidos. No quiere que dure mucho. Además, siempre dices cosas que nadie entiende.
En las entrevistas Tomás se aburre y suele contestar cosas que nada tienen que ver con el tenis, e incluso en los agradecimientos como vencedor tras la entrega de premios dice que aunque le entusiasme jugar partidos, no le gusta lo que rodea al tenis. Delante de todos cuenta anécdotas que le han ocurrido durante el torneo, cuando no ha estado jugando, y se extiende tanto que a veces han tenido que interrumpirle amablemente. A menudo ha tenido que pedir disculpas y por eso los patrocinadores se resisten ante Tomás, los premios llegan, pero sin patrocinios no hay dinero, y sin dinero no puedes jugar a alto nivel en el circuito. Tomás piensa en lo que ocurriría si dijera lo que realmente piensa de los patrocinadores y de lo que rodea a los campeonatos. A él le interesan las pistas de tenis y las líneas que conforman las reglas del juego, sobre las que tiene que depositar toda su concentración. Siente que las bolas deben entrar a toda costa y si lo hacen representa la manifestación de un equilibrio perfecto, entonces todo irá bien. El arte en el tenis no depende de la velocidad del golpeo, sino de la colocación y de los ángulos que seas capaz de abrir, por eso siempre juega forzando todo lo que puede su asombrosa muñeca de volcánico talento. Es su manera de cumplir con lo que se espera de él, entrenando lo mínimo y dando lo máximo. No tiene en cuenta a su adversario. A veces ha intentado conocerlo más a fondo, intercambiar unas palabras con él antes del partido, más allá de lo acostumbrado, pero nunca le ha sido posible. Su padre se lo ha desaconsejado y Tomás ha acabado en el fondo de un vestuario, solo, abriendo un libro y leyendo. A pesar de las advertencias de su padre, Tomás lo sigue haciendo, no puede evitarlo; consigue resultados y nadie puede impedirle ocupar su propio espacio, adentrarse en las mil historias y sensaciones que poco a poco se van apilando en su memoria. En esos momentos, solamente interrumpido por el rumor lejano de los altavoces de la pista, Tomás siente que va a participar en una acontecimiento formidable y desea, por encima de la victoria, que le ocurra algo en el partido que le haga abandonar la práctica del tenis, o todo lo contrario, confirmar que debe continuar a toda costa con el bombardeo de pelotazos, el devenir de las contradejadas y los restos suaves y cruzados, ajustados a las líneas blancas que para Tomás se han convertido en brillantes reductos de su propia existencia. En Bilbao se fijó en una persona de la grada que escribía en un cuaderno. Tomás le entreveía entre punto y punto y lo observaba directamente mientras bebía agua o comía plátanos en los descansos; cada cierto tiempo alzaba la cabeza y miraba al cielo o bien a la pista, pero nunca miraba el desarrollo del partido, abstraído en su escritura. En el tercer set, el decisivo, desapareció de su asiento, como si hubiera concluido su labor. Tomás perdió el partido, fue su última derrota. No podía dejar de pensar en él, en lo que significaba que hubiera alguien haciendo algo que no estaba previsto, y se vio así mismo huyendo de allí, saltando por encima de los sueños de los demás, que no eran los suyos, tratando de alcanzarlos, sin saber muy bien en qué consistían…
Sus pensamientos se esfumaron cuando su padre se dirigió a él.
- Tus rivales son asequibles, aunque con Morales debes estar atento a sus restos.
No estaban en el vestuario, momentos antes del partido, pero por su sugerencia parecía que se hallaban allí, rodeados de mármol alicatado y ventanas ciegas. A veces se comportaba así y a Tomás le molestaban esos comentarios que no conducían a nada. Eran pensamientos de deseo que nunca tenía en cuenta porque cada partido era distinto. Tampoco atendía los consejos que le daban en los pasillos de los hoteles, ni las sugerencias de los preparadores de otros jugadores que se acercaban ofreciéndole discretamente sus servicios a cambio de palabras doradas y promesas de futuro.
- Morales tiene más talento que yo, es más joven y pega más fuerte. No será tan fácil como lo estás diciendo, papá.
- No puedes pensar así. Quiero que estés convencido de que puedes ganarle, y lo vas a hacer. Es importante para todos.
Tomás siente que no juega para él sino para los demás, y esa apreciación va ganando altura con el paso del tiempo. Piensa en McEnroe. Para él es un dios menor porque no era como los demás tenistas. En su cabeza bullía un universo distinto que nadie sabía interpretar, más allá de los insultos a los árbitros o los gestos provocadores. John tenía alma, no se dejaba conducir y hacía lo que le daba la gana. También perdía, pero lo hacía a su manera, sin dejar de lado sus voleas sedosas, mientras restaba con sublime elegancia servicios imposibles. Transmitía una intensa honestidad cuando abandonaba la pista derrotado; había hecho su trabajo y había sido fiel a su estilo. Había perdido y no ocurría nada. Entonces dejaba de estar atormentado y miraba al cielo como si de alguna manera hubiera sido consolado. Para él John es una inspiración compleja, depositada en algún lugar de su cabeza.
Circulan por la provincia de Guadalajara, en medio de nubes bajas que no acaban de despejarse. Tomás se fija en la alianza de su padre. Está oxidada y merece un lavado lustroso. Sabe que en su interior se esconde grabada la fecha de la boda con su madre. No hubiera sido posible que él, su hijo, estuviera sentado a su lado si ese acontecimiento no se hubiera producido. Suele rumiar ese tipo de pensamientos y le gusta imaginar qué hubiera pasado si las personas que se conocieron nunca lo hubieran hecho; hila esas suposiciones hasta que se convierten en un revoltijo imposible de ordenar.
- El entrenamiento de la tarde lo haremos en unas pistas accesorias a la central. – Paran en una gasolinera desierta. Tomás abre la puerta mientras su padre desaparece en la caseta. Le despierta el aire frío. En el horizonte ondulaciones de escasa vegetación se encuadran bajo un luminoso sol de invierno. Escucha el efecto del viento sobre un vaso de plástico que alguien ha abandonado al lado de un surtidor. Su padre regresa con un par de refrescos y los deposita en un espacio habilitado junto a la caja de cambios.
- Qué lees ahora, Tomás. – Su padre le hace este tipo de preguntas no porque tenga un interés especial en lo que lee, sino porque intuye que eso afecta a su hijo, y quiere controlar cualquier cosa que se interponga entre su hijo y el tenis.
- Lo que me pasa mamá y la abuela, y otras cosas que compro según lo que dicen las tapas. Pero no te preocupes papá, ahora estoy concentrado en lo que tengo entre manos.
La pregunta que su padre le ha hecho es decisiva porque sabrá si su hijo está alterado o no. No es, piensa su padre, una afectación profunda, pero sí que le puede mantener distante y abstraído, como si estuviera preocupado por algo que no sabe muy bien explicar. A Tomás le gustan los poetas de la generación del 27, Salinas especialmente, se ha leído a Whitman y se sabe de memoria algunos pasajes del Libro del Desasosiego de Pessoa: Me cuesta un plomo de los sentidos moverme con los pies por donde vivo. La caricia del apagamiento, la flor gratuita de lo inútil, mi nombre nunca pronunciado, mi desasosiego entre las orillas… Palabras hermosas, efímeras, constantes en su pensamiento, palabras repletas de significado que no sirven para nada. Tomás las encuentra estimulantes y aunque no se lo ha dicho a nadie piensa que con ellas, y no con otra cosa, será capaz de vivir tranquilo. La pasada temporada, para desterrar la lectura de su pensamiento y contrarrestar su distraído carácter, su padre le regaló una consola de videojuegos. Tomás se pasó de la raya y se dedicó a jugar compulsivamente, mirándolo todo a través de la pantalla refulgente y vivaz. Le distraía, naturalmente, pero no le gustaba del todo, y procuraba jugar horas y horas delante de su padre. Tomás fingió exaltación frente a la consola. Su padre se convenció del todo cuando pasó una noche entera jugando a escondidas, antes de disputar la final del torneo de Burdeos. Su rival, un ruso afincado en Barcelona, se lesionó en la espalda cuando llevaba el partido encauzado y enfilaba la última tanda de juegos. Tomás, hasta el momento del abandono, se había limitado a mostrar su cansancio en el desplazamiento de sus movimientos laterales, más lentos de lo normal, que hacían que no pudiera llegar a las profundas bolas de su rival.
En la autovía apenas hay tráfico, sólo algunos camiones de transporte y turismos provenientes de Francia que descienden desde Barcelona para llegar antes del anochecer a Algeciras. Sus coches están atestados de objetos y de ropa que desborda los fardos y las maletas. Los hombres se sientan al volante y las mujeres son relegadas a la parte trasera. Cuando se cruzan con ellos, Tomás piensa en lo distintas que son sus vidas y se siente por un instante afortunado. Paran a tomar un café a unos cien kilómetros de Zaragoza. Apenas hablan. Tomás observa a su padre ensimismado. Está preocupado ante el campeonato, mucho más que él.
- Si pierdo no ocurrirá nada. Todavía soy joven. Hay otros torneos, otros campeonatos, otras oportunidades. – le anima su hijo.
Sin embargo su padre tiene razón, es importante para todos. Tomás sabe que por su edad, éste es un torneo en el que no debe fallar. Lograr un buen resultado significaría tomar una decisión en la que no habría vuelta atrás: una preparación cualificada, la posibilidad de entrar en el circuito profesional, la presión ante los resultados, la mirada de los demás, los juicios de los periodistas, capaces de hundir con un par de líneas la autoestima de un joven tenista.
- Lo sé, hijo. - dice su padre.
A la altura de Calatayud les pasan a izquierda y derecha una nube de motoristas amparados en gafas de lunas negras, imbuidos en algo más que un viaje, portadores de una misión que Tomás no se atreve a adivinar. Cuando los ven en la distancia, como pequeñas naves espaciales, Tomás piensa si ése es su modo de vida, recorrer las carreteras del país una y otra vez, despojándose de horas responsables a favor de la velocidad de la luz. Otras veces su padre hubiera avisado a la guardia civil, exaltado ante la imprudencia, pero en esta ocasión no dice nada y mantiene la vista fija en las líneas de la carretera hasta llegar a Zaragoza.
Entran en la ciudad por el margen derecho del río y se dejan guiar por la efigie de la basílica, adentrándose por las calles aledañas en busca del hotel.
Dejan las cosas en la habitación, toman un plato de pasta en el restaurante y se encaminan hacia el pabellón, a las afueras de Zaragoza, donde se disputarán las fases previas antes de entrar en la semana grande del campeonato.
- No quiero que estés con el periodista más de media hora. Luego iremos al hotel a descansar, a no hacer nada.
Tomás juega contra Morales a las doce de la mañana del día siguiente. Los días previos a los partidos su padre impone un régimen de vida aburrido y rutinario. Lo bueno es que se pueden permitir dos habitaciones dobles y Tomás permanece en la suya durante horas, ejerciendo la soledad como bien le viene en gana, a pesar de que cada cierto tiempo recibe la visita de su padre para supervisar que no esté haciendo nada que no deba. Todo puede ser susceptible de ser prohibido, y en cada torneo surgen nuevas ocupaciones reprobadas. No le permite a Tomás comer en la habitación, y llama a recepción para vaciar la nevera a cambio de bebidas isotónicas; tampoco puede estar todo el rato tumbado, y le obliga a hacer estiramientos cada cierto tiempo. Le marca tablas con la postura y el tiempo de cada ejercicio que Tomás debe ir completando y apuntando en una hoja de control que su padre guarda después en un cuaderno. La lectura, naturalmente, es controlada, salvo periódicos, en los que no hay restricciones. Su padre se lee los tomos y algunas páginas sueltas de los libros que le descubre, exhibiendo una censura arbitraria que se corresponde normalmente con aquello que puede enfrentar la sensibilidad de su hijo con la máxima concentración de un partido de tenis. La regla general es prohibir la poesía, porque es poesía, y el resto es capaz de valorarlo caso por caso. Hasta tiene problemas para que le permita leer los libros obligados en las asignaturas de Lengua Española y Literatura. Su padre entiende lo que un libro puede afectar a su hijo. Importa la realidad, no la resonancia de la apariencia o la imaginación, le suele decir a Tomás muchas veces. Tomás se acuerda entonces de su abuela, que aún vive en Carrizo, en una modesta casa de una sola planta, que da a la calle por donde pasan los pastores con sus ovejas, y a las que suele poner cuencos de leche caliente cuando aprieta el oscuro invierno. Ella ha sido bibliotecaria del pueblo, vividora de libros y viuda prematura, y ha conseguido reunir una suerte de fortaleza silenciosa que le ha protegido frente a la soledad. Hace poco consiguió para su nieto algunos valiosos ejemplares que nadie quería, entre los que destacan primeras ediciones autografiadas por el mismo Baroja.
El tenis es más rápido, es inmediato y competitivo y a su manera depredador porque elimina por selección natural a los que se quedan retrasados. Sólo quedan los elegidos para la gloria, y Tomás está preparado para el lanzamiento. Nadie lo duda.
Las pistas de entrenamiento están en un complejo deportivo recién inaugurado por el alcalde de la ciudad. Aparcan el coche y caminan a través de un terreno minado de pistas de tenis, que atraviesan a través de un sendero asfaltado que las divide por la mitad. Se advierte al final la cúpula del pabellón cubierto en el que se celebrará el campeonato de España. A medida que avanzan silenciosos, Tomás reconoce algunos rivales que entrenan ya desde hace horas; Morales está entre ellos. Es un muchacho espigado y silencioso, que siempre va a todas partes escuchando música, oculto tras unas gafas de sol. Nunca ha cruzado más de dos palabras con él, a pesar de entrenar en el mismo club y haber estado alojados en los mismos hoteles. Tomás no siente esa distancia solemne con sus rivales que a algunos atemoriza. Se queda unos minutos mirando su entrenamiento; zancada amplia, saque potente y profundo, buen revés a dos manos, pero Morales tiene una mente quebradiza, de mantequilla, cuando arriba la presión de los puntos cruciales. A Tomás no le ocurre, simplemente porque piensa a largo plazo y visualiza el futuro, dentro de muchos años, cuando nada importe y sea un viejo venerable que vea partidos de tenis en la televisión, si el tenis como tal sigue existiendo. Eso, de una manera profunda, le libera de la tensión. Su padre le hace una seña para que prosigan, deben llegar hasta el vestuario y pedir las acreditaciones. Max, su padre, le ha prometido que vendrán personas de la familia, pero no le ha querido explicar mucho más. Tomás piensa en su abuela, a quien no ve desde hace tiempo. Se la puede imaginar preparando una pequeña bolsa de viaje con la ilusión de ver a su nieto jugar al tenis por primera vez. Cuando llegan a la puerta del vestuario su padre se entretiene en la inscripción de Tomás.
- Hola Tomás, soy Juanjo Cruz, de El País. Hable con tu padre y me comentó que podríamos hablar esta tarde después del entreno. – El periodista escruta a Tomás, y con la mirada desea que acabe el entrenamiento cuanto antes.
- Si quieres nos podemos ver ahora, tengo un rato hasta que me cambie.
- Bien como quieras, buscamos asiento en el pabellón. No hay nadie y se está tranquilo.
Los dos dan la espalda a Max, quien no ha atendido la conversación entre ambos, pendiente de las acreditaciones. Se adentran en un largo pasillo y acceden al fondo sur del pabellón. Algunos operarios levantan telones aludiendo al campeonato. Los anuncios de los patrocinadores están desplegados por todas partes. La pista permanece en penumbra, y la red aguarda enroscada junto a uno de los marcadores de pie. Se sientan cómodamente en dos asientos de primera fila, y se apoyan en la barandilla. El periodista prepara la grabadora. Tomás siente el silencio como si estuviera en el vientre de un monstruo a punto de despertar; tiene delante un acontecimiento insuperable, no hecho a su medida. Por ahora no ha tomado forma como un estímulo consistente.
- Parece que por fin llega el momento de confirmar en este campeonato todas las esperanzas depositadas en usted, la gran esperanza del tenis español.
- Me gustaría que me explicaran qué es eso de ser una esperanza, no siento que represente nada, tan solo a mí mismo, y eso ya es suficiente.
Tomás está relajado, sin ganas de entrenarse, dispuesto para concederle a ese periodista de rostro angosto y alargado todo el tiempo que quiera. El primer comentario que le ha dicho ha sido demasiado franco, pero no se arrepiente.
- Cómo afronta en estos momentos el campeonato, cuando si quisiera podía haber estado aquí sin la necesidad de pasar por la fase previa.
- Con tranquilidad
- Pudiendo haber pasado al profesionalismo hace tiempo, con previsión de haber logrado buenos resultados, la gente se pregunta por qué usted es remiso a dar ese salto.
- El tenis está bien, pero no lo es todo. No quiero parecer un inadaptado ni alguien retorcido, pero lo cierto es que solamente me importa jugar al tenis y no lo que lo rodea, y parece que eso me perjudica.
- A qué se refiere
- No siento la presión de integrarme por completo en el circuito y ser devorado por el mismo.
- Eso es precisamente lo que puede resultar atractivo de usted y…
- Eso no es atractivo. Soy como soy, nada más, deseo hacer las cosas de un modo simple, natural, y si me apetece hacer otras cosas y coincide con un partido, es posible que opte por no jugar ese partido.
- Y sin embargo dicen que nadie desde McEnroe utiliza la muñeca como usted
En ese momento Tomás ve la silueta encorvada de su padre caminando por la pista de tenis. Busca a su hijo y cuando los divisa en un extremo de la grada se dirige a ellos a tanta velocidad como puede, subiendo a trompicones por las escaleras y saltando entre distintos niveles con riesgo de tener una mala caída. Al fin llega hasta su hijo, que al ver a su padre acercándose hacia él no ha querido continuar la entrevista.
- Deberías estar entrenando. Quedamos en que haríamos la entrevista después del entreno, pero no antes. – Está contrariado, y si no estuviera el periodista delante gritaría.
El periodista se da cuenta de que la entrevista ha terminado, apaga la grabadora, le deja discretamente un número de teléfono a Tomás y se aleja con su mochila colgada del hombro, repasando las notas de una libreta.
- Iba a ser solo media hora, y tenía que enviarla antes de que cerrara la edición de hoy. – se excusa Tomás.
- Puedes quedar mañana después del partido, pero antes debes estar concentrado y entrenar. Mañana es un día importante. Quiero que pases la previa y te clasifiques para el campeonato.
Abandonan en silencio el pabellón.
Tomás se cambia con desgana. Su padre le espera en la pista seis, la que les han asignado. Cuando llegan hay una decena de personas esperándoles, muchas más que en el resto de las pistas. Saluda de nuevo a Juanjo Cruz. Tomás hace algunos estiramientos y luego juega con el campeón junior de Aragón, un muchacho nervioso y despistado que le pega bien con la derecha. Tomás reconoce a Morales, que lo observa cabizbajo, con los brazos cruzados, todavía con pantalón corto. De vez en cuando bota una pelota en el suelo y adelanta un pie, como queriendo saltar a la pista cuanto antes. Tomás nunca ha estado más tranquilo, y tras media hora en la que apenas le cuesta hacer ocho juegos seguidos al muchacho, decide abandonar la pista, contando con un gesto de aprobación de su padre. El público se disipa con rapidez. Tomás siente que le apetece escuchar una canción para concentrarse en su melodía, tal vez una de los Beatles, que le conduzca al placer momentáneo de la euforia por la vida. Regresan a los vestuarios. Algunas personas le saludan y un representante de la federación conversa unos minutos con su padre, mientras Tomás aguarda unos metros por delante. El sol de invierno se ha convertido en un artefacto azulado que pende del cielo, casi difuminado, atrapado por la oscuridad que pronto los cubrirá.
- ¿Van a venir mamá o Susana? – pregunta Tomás a su padre, otra vez solos, cuando están a punto de alcanzar los vestuarios.
- Tu madre y tu hermana vendrán la semana que viene.
- Eso significa que dan por hecho que ganaré la fase previa
Max deja que las últimas palabras de Tomás se pierdan en el espacio y le deja entrar solo en el vestuario. Se toma su tiempo y deja que el agua caliente resbale por su cuerpo. Cuando sale tiene las yemas de los dedos arrugadas. Con la toalla en la mano se sienta en la banqueta, rodeado de penumbra. El sonido del goteo de la ducha resuena y le recuerda que algo ha concluido. Su padre continúa fuera, aguardando a su hijo. Comienza a visualizar el partido de mañana y está seguro que si no hay contratiempos se decidirá en menos de una hora a favor de Tomás. Cree que está en buena forma y no hay ninguna señal de alarma que pueda preocuparle. Suena su teléfono y Max se aparta de la puerta del vestuario y sale al exterior para hablar. Todo está en orden y se verán esta noche, en la barra del hotel. Se despiden con un afecto poco disimulado. Su hijo sale con el pelo mojado, justo antes de que Max haya depositado el teléfono en el bolsillo. La tarde ha caído y las farolas del sendero hacia el aparcamiento se encienden de súbito, como si solo lo hicieran para ellos mientras caminan hacia el coche. Max conduce con precaución para no saltarse en la carretera de circunvalación la salida que los llevará de vuelta al hotel. En la radio, al azar, suena música electrónica, angustiosa y repetitiva. Max la apaga pero Tomás consigue recuperarla sin que su padre vuelva a preferir silenciarlos. Cuando penetran en la ciudad, Tomás observa con una extraña distancia a los transeúntes que cruzan los semáforos. Avanzan con movimientos mecánicos y se deslizan impasibles por las calles. Tomás los puede ver como si estuviera subido a una gran torre; según avanza la noche irá viendo cómo desparecen en sus refugios hasta convertir a la ciudad en una maqueta polvorienta. En el vestíbulo del hotel cree ver a dos de los motoristas que se han juntado con ellos unos instantes en la carretera. Están sentados y beben un líquido transparente. Visten de negro y los clientes congregados a su alrededor les observan y parecen rogarles que salgan del hotel para no alterar el pacífico y moderado estilo que reina en el lugar. Max se queda en la barra más próxima a los ascensores, y Tomás puede verle antes de desaparecer, sentado, con los brazos desplegados en el respaldo, mirando a derecha e izquierda. Cuando llega a su planta Tomás avanza por el pasillo y por las ventanas las luces burbujeantes de la noche crecen a su alrededor. Al llegar a su habitación deja transcurrir unos minutos tumbado en la cama, sin encender la luz. Levanta su alma en busca de los libros que ha traído consigo. Tomás ilumina la estancia y abre la cremallera de la bolsa. Repasa con la mano la oquedad del espacio que nada le ofrece y revisa otros compartimentos de la bolsa que uno de sus patrocinadores tuvo la gentileza de regalarle. Solo encuentra raquetas, camisetas, videos con partidos grabados del Grand Slam y bebidas isotónicas, además del cuaderno en el que su padre programa con pulcritud sus actividades. No tiene la tarjeta de la habitación de su padre y se consuela pensando que no tardará en recuperarlos, siempre y cuando los libros hayan viajado con ellos. Es posible que su padre al descubrirlos antes de partir los sacara de la bolsa. Llama a su casa. Está su hermana y conversa unos minutos con ella. Resulta que está estudiando una asignatura llamada Ciencia y Sociedad que Tomás no está seguro de entender. Quiere hablar con su madre, pero no está en esos momentos, ha salido un momento a tirar la basura. Es verdad porque puede escuchar los ladridos de los perros. Siempre lo hacen cuando alguien va o viene por la verja del jardín. Tomás le dice que llamara en un rato. Coge el cuaderno de la bolsa y escribe lo primero que se le pasa por la imaginación, dejando que el cerebro inocule el papel con la suficiente elocuencia como para escribir repetidas veces hacer algo. Su padre está tardando demasiado y decide bajar a ver qué es lo que ocurre. Se ha acostumbrado a que los acontecimientos cumplan una estricta rutina, y está tenso e incómodo cuando los días son desordenados y nada parece mostrarse a su debido tiempo. Otra vez en el vestíbulo saluda a su padre y pide una bebida con gas.
- Dónde has puesto mis libros, papá. – Tomás no le mira a la cara cuando se lo pregunta.
- No he tocado ningún libro de los tuyos
- Los he guardado en mi bolsa antes de salir y ahora no están
- Sabes que no me gusta que leas durante los torneos.
Una mujer, que se acercaba hasta su padre a la vez que Tomás llegaba hasta él, ha retrocedido y está en un lateral de la barra, observándolos a raudales. No bebe nada y no se ha despojado del abrigo. Max está esquivo con su hijo, ni tan siquiera le ha comentado nada de la cena.
- Me gustaría que me los devolvieras, si no lo haces mañana no saldré a la pista. – Tomás se muestra entero y su voz por una vez es firme y rotunda. Nunca le ha dicho eso. Ha dejado de sentir miedo. Ahora mantiene la mirada a su padre, es capaz de hacerlo, no como en las calles de las ciudades, donde nadie aguanta la mirada de los demás.
- Quiero que subas a tu habitación y descanses.
Tomás obedece porque quiere estar solo, tan solo como uno pueda estar consigo mismo.
La mujer no deja de estar ahí; Tomás visualiza dos golpes de derecha y antes de llegar a su habitación su prodigiosa muñeca acaricia una dejada que Morales nunca podrá devolver en el partido de mañana.
Al cabo de media hora baja al aparcamiento del hotel para ver si encuentra sus libros. Los necesita de verdad. Atraviesa el hall y observa la ausencia de su padre, su copa sin retirar, a medio beber. Baja en el ascensor con una pareja de homosexuales que entrelazan la mano por debajo de sus abrigos. Lo puede notar porque están demasiado juntos y se nota el arco que describe en las telas la unión de sus manos. Los deja atrás en la penumbra del subterráneo. Cuando está a unos treinta metros del todoterreno se da cuenta de que hay gente dentro y se asusta; puede divisar desde una distancia prudencial dos sombras que se mueven, contrayéndose en mitad de la noche, medio iluminados por los focos distantes que iluminan algunas columnas. Cuando se acerca agachado por la parte trasera reconoce a su padre yaciendo con una mujer, ambos abrazados, mirándose complacidos frente a frente. Max fuma un cigarro cuyo brillo parpadea con la pulsión de un corazón enfermo. Ambos están introducidos en una vitrina fúnebre que contiene un mundo que siente haber dejado atrás. Hasta bien entrada la muerte uno no ha de fiarse de las personas. Se da la vuelta y acorta el paso hacia la luz de los ascensores. Se ha olvidado de los libros y sólo piensa en sí mismo y en lo que hará a partir de ahora. No puede controlar lo que está sucediendo pero puede decidir lo que le afecta, y aunque su noble espíritu se haya visto sacudido, se convence de que su padre no le pertenece, e invoca una traición para justificar lo que hará a continuación, auque no tiene claro de qué se trata. Se acuerda de su madre y de su hermana, se alimenta de ellas mientras sube por las escaleras y se sacia de su presencia y estilo. No quiere por nada del mundo volver a separarse de ellas, aunque las horas de entrenamiento y los viajes desde los doce años hayan provocado que apenas las conozca. Hace la maleta y en el último momento decide coger la bolsa de las raquetas. En el exterior las calles ya se hayan medio vacías y una bruma de invierno cubre la ciudad. Naturalmente no conoce Zaragoza y tiene la agobiante sensación de que volverá derrotado al hotel al cabo de unas horas; Tomás no está seguro de su dirección, pero tiene claro que lo que desea es caminar y sentir las bocanadas de aire frío desentumecer su cuerpo. Avanza por una avenida ancha, y deja atrás algunos bares donde se exhiben clientes ruidosos. Mueven los labios, con ademanes exaltados y se amparan detrás de vitrinas para mostrarse como animales. Se introduce por unas calles estrechas, que ascienden en ligera pendiente hasta desembocar en una plaza con cinco salidas distintas. En medio se hunde una entrada peatonal a un aparcamiento y en uno de los vértices hay tres personas que apilan cartones y un colchón contra un muro. Si no fuera por ese estrépito Tomás sentiría el abrigo del silencio y la imperturbable quietud de la ciudad dormida. Hasta tenía pensado recostarse unos minutos en un lugar recogido, quizá hubiera elegido hacerlo bajo uno de los arcos de la plaza. Pero le llama súbitamente la atención que una de esas tres personas abandone a las otras y se dirija hacia él. Tomás observa que mueve sus manos pero sólo cuando está a una treintena de metros comprueba que golpea el aire con una raqueta imaginaria, llevando el brazo hasta la espalda y soltándolo hasta completar el movimiento final. Tomás se estremece y deja caer su bolsa al suelo, haciendo que el hombre interrumpa su paso, reanudándolo después con el mismo brío. Viste un abrigo largo y unas botas negras, con los cordones desatados. El brillo de su piel es opaco y los ojos están hundidos y entregados a la falta de sueño.
- Buenos noches compañero – Parece un hombre entusiasta. Tomas responde al saludo y se cuelga al hombro la cinta de la bolsa con las raquetas.
- No tendrás un cigarrillo.
Tomás no lo tiene pero mira en la bolsa haciéndole ver que lo busca. Saca las raquetas y el cuaderno de su padre. En ese momento las raquetas no le sirven para nada.
- No los veo, lo siento.- se disculpa Tomas – Pero si quieres buscamos un bar y te los compro.
- Tengo dinero para eso
- Era un ofrecimiento, la verdad es que no tengo ninguno a mano
- Tú no fumas. Tienes pinta de deportista, tantas raquetas y todas juntas…¿me dejas coger una?
- Claro, toma, quédatela si quieres.
Se quita los guantes y agarra la raqueta con las dos manos. La levanta al aire y la contempla con orgullo, como si sujetara a un cachorro inerte.
- Yo era bueno al tenis, incluso llegue a jugar algún partido en el Club de La Salle. Me gustaba ver partidos en la televisión, sobre todo de McEnroe. – El hombre levanta la cabeza y mira fijamente a los ojos de Tomás – Porque tú sabrás quién es McEnroe, ¿no?
- Sí. – responde Tomás, evacuado hacia un estado de emergencia.
- ¿Cómo te llamas?
- Rodrigo
- Yo Tomás.
Rodrigo tiene la raqueta apretada contra el pecho.
- ¿Y si nos damos una vuelta y comemos algo?
- No quiero dejar a los colegas – Rodrigo señala el bulto levantado del suelo que forman sus compañeros, acostados en un extremo de la plaza.
- Volverás con ellos, es solo un rato. Compraremos cigarrillos, si quieres.
- Podemos ir a jugar un partido de tenis, tú tienes raquetas y pelotas en esa bolsa, y yo tengo talento, todo el talento acumulado que este jodido mundo todavía no ha logrado quitarme- dice Rodrigo, alterado por su súbita idea
- Dime una cosa, ¿por qué mientras venías ibas simulando jugar un partido de tenis?
- Ja, ja … nada de eso. A veces se me bloquea el hombro, se me queda agarrotado, y muevo así el brazo para soltármelo.
Dejan atrás la plaza sin darse cuenta, imbuidos en la conversación. Ambos parecen hombres con cierta esperanza interior, apresados por la novedad del encuentro.
- Bueno, qué, aceptas ese partido. Conozco unas canchas aquí al lado con un buen muro.
- Precisamente es algo que no quiero hacer esta noche
Rodrigo le mira desconcertado
- Y qué quieres hacer entonces, ¿acaso se puede hacer algo mejor?
- No quiero hacer nada especial.
- Pues yo quiero jugar con esas raquetas.
Tomás huele el aliento alcoholizado y procura ladear la cabeza cada vez que Rodrigo abre la boca. Ni tan siquiera el frío es capaz de congelarlo. Mientras están juntos siente el hedor en todo momento.
- A qué te dedicas – pregunta Tomás
- Vendo monedas antiguas, tengo un fabuloso tesoro que me voy administrando.
- ¿Monedas?
- Eso es, monedas. Mi padre fue un gran coleccionista, viajó como marino mercante por todo el mundo y juntó unos buenos ejemplares. ¿Entiendes de numismática?
- No
- Primera regla: cuanta más antigua es la moneda más valor tiene.
- Supongo
- Segunda regla: nunca te fíes de la primera regla.
- Y con eso te ganas la vida
- Sí, a veces apuesto las monedas en partidas de cartas. Juego aquí al lado, en el Lujam, todos los miércoles. Algunas veces vienen japos a por mis monedas, pero como no saben jugar al mus, acaban jodidos, ja ja - Rodrigo ríe con estrépito, y tiene los ojos enrojecidos. - También vivo de las mujeres, estar con alguna alimenta el espíritu y me hace sentir bien. No paso hambre si estoy con una.
Rodrigo se da la vuelta y se aleja. Tomás le sigue, pleno de vida y optimismo; nada puede contaminar el efecto de haber conocido a Rodrigo. Por fin arriban a una verja que rodea una pista de baloncesto, en cuyo extremo se eleva un frontón que tiene las líneas de juego medio borradas. Tan pronto como llegan Rodrigo se pone a correr, dando traspiés porque todavía no se ha atado los cordones. Está eufórico y grita como un animal, ululando, moviéndose como un helicóptero enloquecido.
- Vamos, a qué esperas, vamos a jugar de una vez. Mira las estrellas, esta es una jodida noche de invierno en la que nos pueden ocurrir las mejores cosas de nuestra vida.
Tomás mira a su alrededor, preocupado por el alboroto que pueden causar. Los bloques de pisos están lejos, separados por un parque que queda detrás del muro, cuyos farolillos encendidos apenas iluminan la cancha. Abre la bolsa y busca un bote. Cuando lo encuentra tira de la anilla y las pelotas salen todas juntas, temerosas, a destiempo, como escapadas de una madriguera. Tomás no reacciona, no sabe qué hacer. Por un momento cree que todo esto ha llegado demasiado lejos y piensa en dejarle la raqueta y las pelotas a Rodrigo y seguir su camino. Piensa, naturalmente, que está siendo sometido a un juego macabro, y por un momento le observa como si fuera un personaje cuyo único fin es causarle algún daño, situarle en la justa medida de las cosas. Rodrigo, mientras tanto, prosigue su danza, aunque ahora mismo está parado, moviendo los pies. Ha conseguido atarse los cordones. Está de espaldas a Tomás, pero sigue gritando e insistiendo en comenzar a jugar. Tomás se aproxima hasta él y le dice que apenas hay luz, pero que estaría bien probar a tirar algunos pelotazos contra el muro. Espera que así se tranquilice, pero con Rodrigo formando una silueta delante del frontón cree estar viendo a su padre, como hace muchos años, empuñando la misma Dunlop que aún conserva, cuando era un niño que soñaba con ser una figura del tenis. Rodrigo coge una pelota, la deja botar y la golpea con la raqueta, pero no controla el movimiento, demasiado alargado, que acaba hiriendo su rostro, sobre el que se dibuja al instante una raya de sangre.
- Todas las cosas me salen mal, siempre que intento algo se jode – dice para sí mismo, con un hilo de voz. Rodrigo se ha convertido en alguien frágil, y toda la actividad que bullía se ha reducido a la suave cadencia de la sangre. En ese momento se apagan todas las luces del parque y se quedan completamente a oscuras. Hay una media luna que apenas deja reconocer el contorno de los objetos. Tomás vuelve a la bolsa y coge una toalla y una botella con agua.
- Tengo frío – dice Rodrigo, que se aleja hasta recostarse en una canasta, derrotado.
Tomás se acerca y le obliga a dejar de tocarse la cara. Está sangrando en abundancia; Tomás vacía en la toalla la botella y le limpia, intuye el corte en la ceja, y le pide que sostenga la toalla y la apriete contra la herida. Rodrigo obedece pero no ha vuelto a decir nada.
- Es una lástima, porque lo habías hecho muy bien. Tienes estilo a esto del tenis.
Rodrigo se aparta la toalla de la cara y la mira incrédulo. Tiene las manos manchadas y se las limpia con ella. No dice nada.
- Pide un deseo, seguro que se cumple.- Tomás no sabe como ahuyentar la imposición del accidente, la repentina interrupción de lo que iban a hacer dos hombres, ahora desprevenidos. Quiere estar solo, pero no puede abandonar a Rodrigo en ese estado. Le mira la ceja. La hemorragia ha cesado y alrededor de la herida hay sangre reseca.
- Me gustaría hacer fuego, que se haga la luz de una vez, eso es lo que quiero.
- Eso está hecho – dice Tomás.
Tomás también ha estado pensando en lo mismo, aunque él nunca lo ha sabido hasta aquel momento. Coge la bolsa de las raquetas y la coloca en mitad de la cancha. Le pide a Rodrigo algo para prender y éste explora en su abrigo, de donde extrae un puñado de monedas antes de darle a Tomás un mechero que tiene el logotipo de las olimpiadas de Barcelona.
- Me gustaría que me dieras una de esas monedas
- Hay que ganárselas, muchacho
- Te la cambio por todas mis raquetas.
Rodrigo se reincorpora a duras penas, y selecciona dos raquetas de todas las que Tomás tiene en la bolsa. Una vez de pie se dirige al parque y trae consigo una papelera que ha conseguido desmontar de su soporte. Vuelca su contenido y vuelve a ir a por otra, aunque a medio camino decide coger un carrito de bebé abandonado. Despedaza con una navaja la tela y la arroja a la pila. Luego hace un tercer trayecto, y esta vez tarda más tiempo, tanto que Tomás está a punto de ir a su encuentro. Pero Rodrigo finalmente se asoma a la verja arrastrando un montón de cartones. En una mano sujeta una lata.
- Es gasolina. Con esto será suficiente – dice, resoplando por el esfuerzo.
- Cómo la has conseguido
- Hay coches que tienen latas en el maletero.
Rodrigo coge su bolsa de monedas y rebusca hasta encontrar una que tiende a Tomás. Siente curiosidad y la mira, pero está demasiado oscuro para que pueda reconocer nada. Una vez que Rodrigo ha vaciado la lata Tomás no tarda en agacharse y prender la pila por su base, donde ha agrupado todos los papeles y envoltorios blandos que ha traído Rodrigo. Un leve fulgor los conmueve y en cuestión de segundos un trono de fuego se eleva grandioso y hace que ambos tengan que apartarse una decena de metros.
Mientras observan el resplandor Tomás acaricia dentro del bolsillo la moneda que le ha dado Rodrigo. Algunas luces se encienden a lo lejos, y se dan cuenta de que una persona los observa desde el parque. No lo distinguen con claridad, pero su silueta está inmóvil junto a un banco, en el sendero que conduce a la hilera de coches que están aparcados frente a los primeros portales.
- Me recuerda a las noches de fallas – dice al fin Rodrigo – Allí solía quedándome al lado del fuego durante horas, sin que nada me molestara.
Un coche de policía aparece al otro lado del parque. Tomás le abandona sin decirle nada. Sabe que él también ha visto la sirena pero ha decidido mantenerse quieto delante del fuego, que cada vez es más ancho y elevado; no tiene nada que perder. Tomás desciende por una calle adyacente, una vez que ha salido de la pequeña hondonada que ocupaba el parque y la cancha de baloncesto. Jadea porque ha acelerado el paso. No lo sigue nadie, aunque puede observar tras los edificios que el cielo ha enrojecido levemente. Se deja llevar por las indicaciones hasta la estación de autobuses. Un reloj marca las tres de la mañana. Mira la vitrina con los horarios. Tendrá que esperar cuatro horas para coger el primero que llega a Oviedo. Desde allí, de algún modo, piensa llegar a Carrizo. Entra dentro de la estación. Saca del bolsillo la moneda y la observa. Está desgastada y le pesa en la mano. Es romana, un denario de la República. Tiene el color dorado, oscurecido, y representa un busto diademado de la libertad, según le ha confiado Rodrigo. Tomás se acurruca entre las máquinas expendedoras de bebidas y piensa en sí mismo, en el tiempo que ha pasado; está convencido de que a partir de ahora le puede suceder todo cuanto él sea capaz de imaginar, basta con cerrar los ojos y dejarse llevar.
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