Con una mirada les indica que se sienten en la barra. A estas horas las mesas todavía no están listas, les dice con una sonrisa amplia, honesta, que parece estar dispuesta a entregar sin reparos a todo el que cruza la puerta de la cafetería. David, mientras devuelve los amables gestos, empuja a su hermano, adormilado aun por el viaje, hacia unas sillas de patas estiradas, donde ambos se sientan, quedando sus piernas colgando en la nada. Poco a poco, el calor va entrando en unos huesos que han sufrido el golpear del viento gélido de la mañana, una incomodidad que se les ha instalado en los pocos metros de distancia entre su furgoneta y el local. Ahora se cabrea por los minutos perdidos contemplando el único coche con el que comparten espacio en el parking. Habían tuneado unas lenguas de fuego sobre el capó y los laterales del vehiculo vecino. Un trabajo de primera, comentaba el chico mientras, temblando de frío, daba por inspeccionaba la obra de arte de cuatro ruedas y se maldecía por no haber traído la cámara. A él, a pesar de ser un neófito, también le habían gustado aquellas lenguas rojas y naranjas que se abrían sobre un fondo negro que recibía, con agrado y violencia al mismo tiempo, el calor del fuego pintado.
Al retomar el control de sus sentidos, David comprueba que la camarera no solo es amable; su pelo rubio, sus inabarcables piernas que se mueven con rapidez pero sin perder cierto encanto, sus ojos verdes que sonríen a la par que la boca, sus pechos que, ocultos bajo una blusa negra y una rebeca sin abotonar del mismo color, parecen querer salir del escondrijo y contemplar el mundo exterior, todo ello hacia que resultara muy atractiva; embobado, no puede dejar de observar a aquella mujer inquieta, de bella sonrisa y atractivos movimientos.
“Piensa en Marga”, le dice su hermano, que también admira a la chica desde que han cruzado la puerta, y deja los dulces a los solteros, ambos se ríen de forma lasciva, aunque inocente; no entran en sus planes más intenciones que la de disfrutar del espectáculo con el primer café de la mañana. Así que sigue recorriendo unas formas bien delineadas, que acaban en una sonrisa que cada vez le parece más sana y abierta.
Le saca del ensimismamiento una voz grave, profunda; una ronquera de fumador con años de experiencia; su hermano también se ha vuelto hacia el extraño, que les ha sacado a los dos del sopor en el que se habían dejado reposar.
Cariño, ponme otro anisete. Al fondo de la barra un hombre, rechoncho, de una obesidad molesta, se inclina sobre la barra mientras juguetea con una copa de licor vacía. A David, desde el principio, su aspecto le perturba: su cara sin afeitar, con marcas de viruela, coronada por unos ojos que miran atravesados, de perfil, le incomodan; no le gusta ese hombre pero no puede dejar de mirarle, de fijarse en sus extrañas carnes que redondean su figura y la deforman de manera abrupta, irregular, incomodo de observar pero con cierta atracción justamente por esa misma incomodidad. Advierte que su rechazo nace de algún lugar oscuro de su estomago, un lugar que no conoce muy bien, pero del que es consciente poco a poco y que ese hombre ha despertado. Decide que el cansancio del viaje y el estrés por llegar a casa cuanto antes son responsables de ese desprecio En ese momento de angustia, decide concentrarse en la camarera que les esta poniendo el café a ellos antes de rellenar el vaso del hombre. La camarera les pregunta si quieren algo de comer, Yo una tostada, ambos esperan la respuesta del menor de los dos hermanos, pero el chico no se ha enterado de la pregunta: sus sentidos están fijos en el mechero del hombre: un zippo decorado con unas lenguas de fuego anaranjadas iguales al del coche de fuera. Eh, chaval, que te están hablando. Sonriente, la camarera le pregunta de nuevo...
Joder, cuantas veces te lo tengo que pedir. Otra vez esa voz que parece salida de algún pozo oscuro y profundo, esa incomodidad en el estomago, esa violencia nacida no sabe de donde, ese disgusto por saber que de nuevo tendrá que escucharla, no quiere oírla mas, le molesta, hace que su vida sea peor... David mira hacia el fondo de la barra, el tío del zippo ha encendido el cigarro y ha depositado el encendedor junto a los restos del desayuno. Ya voy, ya voy, la chica, ágil, agarra la botella del mono y llena el vaso hasta que una parte del liquido se desborda y cae sobre las mangas del hombre, este gruñe y le lanza una mirada aviesa, maligna. a David el estomago vuelve a molestarle... el otro bebe con delectación, eructa y se acaba los restos del licor mientras aspira de su cigarro. el hermano de David, algo cortado por la actuación del ogro, no aparta los ojos del zippo... el otro, que se ha vuelto un instante, sorprende la mira del chico y se guarda el zippo en el bolsillo... por si acaso dice... incomodo, el hermano de David se levanta... voy a mear... bajando las escaleras a la derecha cariño... gracias... y baja las escaleras... el tipo del zippo mira a la chica, que le esta regañando con la mirada por haberse guardado el zippo... qué, dice el otro, con estos jóvenes nunca se sabe... y entonces David comprende que su estomago ya no aguanta mas y que la violencia que ha germinado va a dar unos frutos violentos, irracionales, primitivos, y que no a va a poder sujetar ese sentimiento, nacido de no sabe dónde pero muy real, tanto que casi puede palparlo, sentirlo respirar, echando bocanadas de odio. Y entonces, su conciencia asume que esa mañana le perseguirá el resto de su existencia, y que será un recuerdo sangriento, desgarrador, inexplicable.
Insensible a lo racional que le chilla, que le pide por favor, que se arrodilla, David se levanta y coge lo primero que su mano encuentra. La camarera ha depositado una cafetera de metal sobre la barra mientras limpiaba unos platos en la pila. El siente el metal caliente en su mano, salta de la silla y, sin emitir sonido alguno durante el proceso, comienza a golpear la cabeza del hombre del fondo de la barra. Una vez, y otra, y otra, solo busca aplacar a su estomago, pero este no deja de pedir mas y más, y de nuevo la mano de David golpea. Su ritmo es firme, continuo, cada movimiento es igual al anterior y la única muestra interior de cansancio que se permite son unas gotas de sudor que resbalan y caen sobre el cuerpo del tipo del zippo. Este hace rato que esta en el suelo, aunque eso no impide que siga golpeándole. Poco a poco, el estomago parece relajarse, la violencia ha fluido a lo largo del brazo y ahora descansa sobre un cuerpo inerme, irreconocible, sangrante, sus sensaciones se aplacan y el cerebro toma el control de nuevo, recuperando la serenidad y el calculo.
Nadie ha emitido un solo sonido, ni siquiera el muerto, que se ha ido en silencio, rompe la armonía que, en ese instante, David se refugia. Cierra los ojos, esta cansado, sus músculos, tensos hasta hace un momento, se han distendido, vacíos de furia, David saborea el instante, se regocija en el silencio...
¿David?...¿David, que has hecho?...sus ojos se vuelven hacia las palabras, y detecta la congoja en la cara de su hermano que, pálido, le mira desde las escaleras. Esta aparición hace que David regrese al mundo, a lo físico, a lo temporal que le rodea y, entonces, recuerda a la camarera.
La chica se mantiene en silencio, sus ojos van del cuerpo del gordo a las manos de David, que todavía no ha soltado el arma criminal; la cara expresa pánico, terror... despacio, mira al chico... Ayúdame, le dice.
El chaval no parece saber que hacer, mira a su hermano como si esperase que aquello resultara ser una broma cruel. David se ha vuelto hacia la chica. Recorre el cuerpo que antes ha disfrutado, va desde los pies, despacio, hasta los pechos, y luego se para en los ojos. En ese momento, entiende que el segundo crimen no nacerá del estomago, sino del miedo a perder su vida, su futuro, su familia, del calculo que su cerebro ha efectuado, y sabe que su conciencia será honesta y que de este crimen jamás podrá prescindir. Ahora sabe que este segundo crimen le perseguirá, pues de este segundo crimen no podrá responsabilizar a su estomago, ni a la violencia irracional del momento, de este solo él será responsable. También sabe que no puede prescindir de él, de la misma manera que no puede prescindir del aire que respira, pues ambos son necesarios para que continue con su vida, con su otra vida, esa en la que no hay hombres moribundos por sus manos, ni chicas asustadas que le miran como si tuviera en su presencia al mal, al miedo personificado, como si fuera el monstruo que nunca fue.
Decidido, se vuelve de nuevo a su hermano...Ve a la furgoneta, tráeme el bidón de gasolina y espérame... oyes, espérame con el coche arrancado.
El chico obedece. Los dos se quedan solos, victima y verdugo, tan conscientes ambos de su papel que no hay nada mas que decir, nada que explicar, nada que implorar.
Instantes después, los dos hermanos salen del parking en una furgoneta con una cafetera en el asiento trasero mientras que unas llamas reales, de un color anarajando y violento, se reflejan en el capó del único coche que queda en el parking de la cafetería.
No hay comentarios:
Publicar un comentario