En la calle la gente caminaba hablando a través de sus teléfonos móviles; o quizá portátiles. Cada vez más palabras eran lanzadas al aire sin control.
Y ocurrió un día, y yo lo vi. Dos personas se cruzaron en plena calle y dos de sus palabras quedaron enredadas. Las palabras fueron madre y mañana. Supongo que por afinidad de “ma”.
Lo que yo vi fue sólo el principio. Al cabo de poco tiempo las palabras enredadas formaban hilos que surcaban las calles de la ciudad a lo largo de las aceras. “¡Qué espectáculo!” decía la gente y disfrutaban todos de las bonitas cadenas de palabras.
Más tarde empezaron a enredarse entre ellas palabras de idiomas distintos y los hilos se hicieron ovillos y cubrieron la ciudad y todas las ciudades, y todos los lugares del mundo acabaron envueltos en una tela de araña de palabras.
Convocaron a los más grandes científicos e ingenieros de telecomunicaciones para que encontraran un remedio a la situación.
No lo lograron.
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