Me duermo. El sopor me vence y conquista mi cuerpo. Son momentos difíciles de aprovechar, laboralmente hablando son un suplicio; los informes que antes habías estudiado con detenimiento se convierten en algo parecido a un papiro lleno de escritura jeroglífica. En situaciones así lo mejor es activarte, intentar salir de allí. Porque si te quedas frente al ordenador o intentas escribir algo, la tortura puede ser aun peor. Los parpados arrasaran con tu conciencia.
Enfrente mía, Juan lucha mirando el correo que le he ido enviando durante la mañana y lo comenta con Mónica, que ríe ostensivamente disfrutando de cada instante, sacándole provecho A cada respiración, como si estuviera obligada a ser vitalista cada nanosegundo de su vida, como si su vida dependiera de ese minuto exacto, como si no hubiera otro momento mas importante, como si el camino solo durara lo que dura ese instante, y si lo pierdes o lo guardas para luego tu existencia se diluyera en la nada, en lo absurdo. Personalmente, puede llegar a agobiante, porque yo ya se que me he dejado algo en el camino, pero me he acostumbrado a vivir así y no me duele, al menos ya no lo siento. Pero ella me lo recuerda cada día, y tampoco es plan de recordar lo que soñamos con ser y jamás viviremos; hace tiempo que puedo vivir con ello pues la vida te aporta otros alimentos que te engordan y te satisfacen, seguramente de una forma diferente, pero mucho mas real, pues lo que no pudo ser jamás lo masticaras así que no sabes como sabe, como suda, como respira; pero tampoco le apetece a uno que le recuerden cada día que el llegar hasta aquí ha tenido un precio, que la vida deja marcas, a veces gozosas, otras no tanto. Ella creo que todavía no sabe que las reservas se agotan y gasta como si la espuma de la botella de champagne con la que celebra cada respiración fuera eterna; le deseo que tarde mucho en enterarse, no es agradable descubrir ciertas cosas.
Evidentemente, a estas horas de la tarde, mirar un correo es un ejercicio que a mi ya no me sirve, todo el correo ha sido revisado esta mañana, nada mas llegar a la oficina. Es mi forma de combatir el suplicio de las 8 de la mañana. Evidentemente, cuando ejerces en un trabajo que no te llena y que solo te aporta un mísero sueldo y días eternos rodeado de hormigones, placas de carga, aceros y otros estudios técnicos de materiales de construcción, el día esta lleno de socavones que has de superar, de momentos somnolientos que te invitan a meterte en el baño, cerrar el postigo y dormir. Lo malo es que, como decimos por aquí, “han sacado al cadáver de nuevo”, o sea, que los responsables de mantenimiento se han olvidado de los devor-olor, y en el baño no se puede estar más del tiempo necesario para descansar cuerpo y alma. La angustia te recorrerá el cuerpo si no eres rápido, amigo mió. Veinte olores te atacaran al mismo tiempo, te pondrán contra la pared y te obligaran a convivir con ellos aunque tú no quieras, aunque desees correr ya será tarde, ya estarás perdido. Puede ser una buena forma de despertar, pensaran algunos, pero creo que se trataría de algo indecoroso y realmente no me apetece dormir y levantarme oliendo a mierda; no gracias. Todo esto puede parecer demasiado pestilente, pero es que las cosas son como son, y no tengo intención de quedar bien con los que huelen siempre bien; un tipo que nunca huele a podrido es un tipo que esconde algo, que oculta parte de su ser, que no permite a alguna de sus caras la existencia ser visible; no son gente de fiar, nunca lo han sido.
Así que al final la solución es levantarte y recorrer los pasillos de la oficina, meterte en el laboratorio y tener alguna charla con los laborantes.
Decido hacerlo. Entrar en este mundo es un ejercicio de dignidad, que te baja de la nube y te envía al mundo real, te saca de tus ensoñaciones victimistas; me explico. De pronto te encuentras con gentes que no se duermen porque andan limpiando probetas, que son unos cubos de hierros donde se recoge el hormigón, que se dejan secar para luego hacer diversas pruebas físicas con ellos, hay cientos, y los limpian doblando sus espaldas y metiendo sus manos en el hormigón, o se dedican a esparcir muestras de suelo con una azada para luego pasarse horas machacando las piedras hasta convertirla en arenilla; todo ello en un ambiente frió, poco higiénico, bajo el control de un tipo al que el mas educado no duda en llamar bastardo.
Estas gentes no se comen la cabeza con temas como la felicidad, el bienestar, o la sabiduría; su dignidad no depende de coger una escoba y barrer un suelo, ni de tirarse 3 horas fregando cacerolas de hierro donde hacer pruebas técnicas. No le dan vueltas a la vida, sino que la viven; mientras los demás estamos intentando encontrar sentido a todo esto, ellos se beben veinte cervezas y encuentran la felicidad. Alguien dirá que encuentran una felicidad efímera, poco duradera, y yo le preguntaría al lumbrera que se piensa él que es la felicidad, sino algún momento efímero entre tanta mierda. ¿Incultos? ¿Ignorantes? Es posible que no tengan los estudios que algún listo necesita para dignificar a las personas, pero no creo que haya en este mundo nadie que tenga mas claro porque están aquí, cuales son sus deberes y sus derechos; no he escuchado en dos años a ningún laborante hablar de su mujer sin mostrar un respeto y un amor a prueba de bombas, todos ellos hablan de sus hijos, la mayoría universitarios, con devoción y trasmiten una fidelidad a la familia que ya me gustaría a mi haber vivido alguna vez en mi entorno; cuando me junto con ellos me doy cuenta de lo poco importantes que son mis libros, mis carreras, mis ideas técnicas y superficiales para encontrar eso que los pedantes llamamos sabiduría. Y que nadie piense que estoy hablando de semi-dioses que nos visitan en vida , cuidado, estos hombres no son mas que eso, hombres, y por lo tanto imperfectos, llenos de defectos y de cualidades humanas que nadie desea conocer ni sufrir; pueden ser brutales en sus juicios, y sus bromas y comentarios entran de lleno en lugares donde no suele mas que entrar la conciencia de uno mismo, pero con el tiempo te das cuenta que esas bromas son bestiales justamente porque no hay malicia, porque saben que eres tan carnal como ellos, porque eso que para ti es un secreto que esconder bajo siete llaves, para ellos no es mas que una característica humana, nada que esconder, nada que temer. No se pondrán colonia, y cuando lo hacen pierden la mesura, ni llevaran corbatas y sus camisas son de un gusto que repudia mi sentido de lo estético, pero son mas de fiar que cualquiera de los ejecutivos que deciden desde sus despachos apartados que es lo que hay que hacer, pensar, crear, expulsar o maniatar. Trabajan a diez metros de nosotros, pero viven en otro mundo, y nosotros, ciegos del todo, pensamos que la nuestra es la verdad que salvara el mundo; no somos más que unos necios, y encima ellos se beben las cervezas.
Al final, lo mejor para despertarse de esta soñolencia es tener una discusión con un atlético. Me encantan los atléticos, son los últimos utópicos, los últimos robinsones de nuestra edad. Cuando ellos desaparezcan, desaparecerá la utopía y nuestro mundo se convertirá en un lugar donde la vida se trasformara en algo aburrido, frió, oscuro. Su ilusión es inamovible y la fe en su equipo roza lo divino. Da igual que lleven 13 años de frustraciones, cada año, cada septiembre, ves en sus ojos esa luz que solo ellos tienen; como si conocieran un secreto que los demás ignoramos, como si conocieran donde se esconde el santo grial y hubieran decidido que el mundo no tiene derecho a compartir esa información. Carpintero es uno de ellos, esta convencido que la vida solo es tal si llevas al atleti en el corazón y en fondo no creo que este muy alejado de la verdad.
Vuelvo a mi puesto de trabajo, ultimo unos trabajos de Word, paso a limpio unas cartas y hablo con un ingeniero del pobre gallardon, de la condesa y de los vampiros que se mueven en el ambiente; tonterías, la verdad. Cuando el día se acaba, recojo las cosas y salgo por la puerta con la sensación de que no he aprendido demasiado, que las cosas se han repetido demasiado y que mañana, que será otro día, debería estar mas atento, no vaya a ser que pase mi tren de largo; y yo ni me entere, perdido en nubes lejanas, algodonosas y lejanas.
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