Luciano McCullough llevaba veinte años siendo el gerente de los almacenes Ambletts y la navidad era su época favorita. Ponía todo su esmero en estas fechas para que los almacenes lucieran con toda la decoración de estas fechas. Convertía el almacén en una selva de guirnaldas brillantes y luces; y hacía vestir de pajes de Santa Claus a todos los empleados de Ambletts. Qué gran labor era mantener el espíritu navideño para Luciano McCullough. Y por eso también ponía mucho empeño en elegir en persona al Santa Claus de los almacenes, debía elegir al mejor representante de el gran Papa Noel para dar lustre al establecimiento.
Y este año había encontrado al Santa perfecto; Joey Williamson era su nombre. Era un hombre discreto de mediana edad que parecía disfrutar con los niños y la navidad como el propio Luciano McCullogh. Williamson había llegado a la ciudad huyendo de un fracaso matrimonial y de un trabajo de conserje en una casa de vecinos. Pero el gerente pensaba que irradiaba bondad y nada más entrevistarle le contrató.
La semana antes de navidad el nuevo Santa Claus de los almacenes Ambletts ocupó su puesto justo al lado de la sección de juguetes y empezó a recibir a los niños y sus interminables peticiones. Luciano McCullough estuvo observándole los primeros dos días y quedó muy satisfecho con el trato de Santa con los niños y con la alegría que los niños demostraban en la cuarta planta de los almacenes. Y porque no decirlo,las ventas de juguetes iban mucho mejor que el año anterior.
Como esta navidad todo parecía ir sobre ruedas el gerente decidió el día antes de Navidad concederse un capricho en pago a su satisfacción y dejando a sus subordinados a cargo de los almacenes a mediodía se escapó un par de horas para comer en su restaurante favorito; Gianetta, un restaurante italiano que estaba muy cerca de Ambletts. No esperaba que hubiera problemas hasta la hora de cerrar y si los había le llamarían.
Tenía en la cabeza lo bien que había salido todo y también le daba vueltas a la cena de la nochebuena y a la reunión familiar que su mujer ya estaría preparando. Por fin empezaba a disfrutar con la satisfacción del deber cumplido. Pidió su plato de pasta favorito, los tagliatelle con la salsa de tomate especial de Doña Angela que dirigía el restaurante y la cocina tan bien como el sus almacenes. Lo regó con generoso chianti que le fue sumiendo en sopor complaciente y ciertamente feliz.
Y cuando casí sucumbía al sopor,Antonio, el camarero le trajo el teléfono y le indico que había una llamada para él. Lo que le relataron logró despertarle.
Santa Claus había sacado un fusil recortado de dos cañones y se había abierto paso a tiros por toda la sección de juguetes; por suerte su puntería no era muy buena y no había herido a nadie, sólo había arrasado gran parte de la decoración. Ahora estaba según le decían atrincherado en los probadores de señoras de la segunda planta.
Allí quedaron los tagliatelle y Luciano McCullough corrió hasta la tienda y cuando ya alcanzaba las puertas cromadas del lado oeste tuvo que alzar la vista porque una enorme explosión reventó una pared entera de los almacenes lanzando ropa y maniquíes a la calle.
Joey Williamson llevaba una bomba escondida en la tripa de Santa Claus y acababa de volar la Navidad por los aires.
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