jueves, 13 de diciembre de 2007

ROSA



No pensaba en la rosa pero la agarraba como si formara parte de su propio cuerpo. Ella esa noche flotaba, no sentía el frío ni esa terrible humedad que esa noche se clavaba en los huesos como siempre en los inviernos de la ciudad. Sólo podía sonreír, y sonriendo entró en el café donde hacía su turno Doris. Al entrar no se fijó en el grupo que se sentaba en la mesa del fondo.
En esa mesa Nicholas Hagan bebía vino blanco y fumaba despacio rodeado de sus matones. Nick Hagan era el dueño de la ciudad que fluía por debajo de la ciudad; esa ciudad subterránea que casi nadie veía y estaba bañada en dinero y sangre. Habían parado allí porque el café abría toda la noche y el jefe se había empeñado en tomar un vino blanco al salir de la ópera. Ellos no se dieron cuenta de que ella había entrado en el café.
Después de todo ella tampoco les había mirado; se dirigió directa a Doris ,que estaba en la barra, para contarle todo lo que había pasado esa noche, lo que había sentido, que estaba enamorada, todo lo que habían hablado. Quería contarle cómo él callado y duro en apariencia, sabía ser cálido con pequeños gestos que hacían que ella ardiese por dentro como nunca le había ocurrido. Por eso había parado en el café antes de subir a casa. Necesitaba contarle todo a su compañera de piso, su mejor amiga. Tampoco iba a poder dormir ahora y podía esperar a que Doris terminara el turno y subirían juntas a casa.
Doris podía escucharla, no tenía mucho trabajo esa noche, en el café sólo estaba el grupo de Nick Hagan y Bob el vagabundo, que pasaba las noches de invierno en las mesas del local bebiendo café caliente con las monedas que había conseguido durante el día en la calle. Ella podía hablar, nada iba a interrumpirlas.

“ Chica, y tú bombón, ¿dónde lo has dejado?” preguntó Doris.
“ Ha tenido que ir a trabajar, le llamaron”
“¡Ay chica!, trabajar, ¿en una noche como esta?.Esta noche sólo trabajan las pobres desgraciadas como yo”.
“Dijo algo de la oficina, y unas acciones”.

Ellos escuchaban en silencio. Ellos no hacen preguntas. Honch les transmitía la información que necesitaban. Ellos sentados en aquellas viejas sillas en la oscura sala estaban preparados para actuar. Otra vez estaban sin calefacción en la comisaría pero ellos no sentían frío; tampoco sentían miedo aunque esta vez iban a ir a por el gran jefe, a por el pez más gordo de la charca, y habrá jaleo, seguro.
Él pensaba en ella, le fastidiaba que le hubieran llamado, pero tenía que cumplir con su deber, siempre cumplía con su deber. Pero precisamente esta noche, esta noche él bajo su máscara de poli duro y sin sentimientos era el tipo más feliz de la ciudad.
Las últimas consignas, dónde está el objetivo, los retoques del plan, correr a los coches. No hay que hacer ruido, que no se escape la presa.

Las chicas hablaban pegadas a la barra; Bob dormitaba en una mesa y el grupo seguía sentado en la mesa del fondo. Se oyó un golpe seco en la puerta y ella se volvió a mirar, vio como llegaban y sacaban las armas, y como los del fondo sacaban las suyas. Y le vio. Él no la vio al entrar pero cuando las armas ya hablaban miró hacía la barra y la vio; inmóvil, con un hilo de sangre que caía por su frente, había soltado la rosa que caía al suelo y ella iba derrumbándose detrás. Una bala perdida.
Él intentó ir hacía ella y en ese momento sintió un calor repentino en el cuello. Cayó.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que grandes que sois con esos destacados en el margen derecho!