miércoles, 7 de noviembre de 2007

Y LOS PERROS MUERDEN



Concha había pillado a Benito esa misma tarde. No resultó complicado localizar a un yonki amante de las putas con dinero fresco; iba dejando un rastro tan claro que hasta un niño de teta le habría encontrado. Con un par de llamadas la búsqueda había terminado.

Así que ahí tenía al perro faldero de Jaime, atado a una silla, amordazado y llorando sin parar. Concha piensa que debería callarse, debería saber que llorar no le esta ayudando. El aspecto del chico empieza a ser lamentable; la entrevista se había iniciado sin prisas, pero después de un rato los resultados ya eran evidentes. El ojo derecho esta cerrado y sangra copiosamente, manchando la camisa floreada del pobre Benito, las cejas han sido arrancadas y una de sus orejas se bambolea como si estuviera cogiendo carrerilla para saltar al vació. Los labios del chaval han sido claramente golpeados y comunicarse le cuesta; habla con balbuceos, llenos de saliva y sangre mezclados con el miedo.

-Benito, como me manches me cabreo.

Al escuchar esas palabras, reinicia el lloriqueo. Casi puede verse como le sale el pánico por los poros. Concha sabe que Benito la teme y usa esa baza para localizar al verdadero objetivo; Jaime. Este mindundi no es más que un intermediario, no tiene ninguna importancia. Manolo no le ha puesto límites, así que Concha esta haciendo el trabajo sin ninguna consideración, no va a imponerse límites que nadie le obliga a tener. Sus jefes saben que ella conseguirá toda la información que aquella fuente pueda aportar; lo saben ellos y lo sabe ella, y la fuente empieza a entenderlo.

- Vamos a seguir 10 minutos más. Y luego voy a hacerte un par de preguntas. Si las respuestas no son satisfactorias, reiniciaremos el juego. ¿De acuerdo?

El chaval quiere hablar, eso está claro. Nada más escuchar las últimas palabras ha empezado a agitarse, de su boca sale un murmullo difuminado por las heridas y la mordaza. Si le soltara, cantaría como un tenor, sin parar. Pero aun es pronto, debe estar segura de que el chaval tiene claro a qué se arriesga si la cabrea más de la cuenta.

Concha hace un gesto, de las sombras salen dos cuerpos enormes que hasta ese momento solo habían sido puñetazos y patadas para Benito. Son los ayudantes de Concha; muy buenos en su trabajo, obedientes y eficaces. Concha esta encantada con ellos.

-Dadle un poco más, pero que luego pueda decirme lo que quiero escuchar.

Concha se queda pensativa durante unos instantes.

-Trabajadle las rodillas.

Benito solloza, gimotea, mientras los esbirros le golpean las rodillas con unas barras de hierro, primero se mueve con violencia, lucha con las ataduras, sus labios quieren sacarse la mordaza pero, a medida que las bestias hacen su trabajo, se va quedando paralizado, limitando sus movimientos a un estertor doloroso. Cada golpe saca un pequeño ruido de su boca. Una disculpa brilla en sus ojos, sabe lo que hay, empieza a saberlo claramente.

- Mira chico, vamos a dejar las cosas claras. Para Manolo no eres nada. El busca a Jaime, y tú eres una de las formas de encontrarlo. Cuando yo le llame y le diga lo que me tu me vas a contar, Manolo se pondrá en marcha. Si no hay resultados, me llamará muy enfadado y me dirá que has pasado de ser una fuente de información a ser un mentiroso, y a partir de ahí yo tendré vía libre para trabajar. Si, hombre si, no creas que hasta ahora la cosa ha ido mal. ¿ Como se os ocurre robarle a Manolo? Y, sobre todo, como se os ocurre robarle y luego no largaros al puto culo del mundo y quedaros ahí escondidos, bien calentitos bajo una piedra. Como las putas lagartijas.

Concha no suele decir palabras soeces, pero este idiota la impacienta. De todos modos, parece que ha dado en el clavo, pues Benito nada mas escuchar la última parte de la frase ha abierto los ojos con violencia y de su mordaza salen ruidos sacados del estomago, del instinto de supervivencia más atávico que posee el ser humano.

Concha percibe enseguida lo que Benito quiere.

- Benito, me estas diciendo que Jaime esta fuera de la ciudad. Porque si es así tienes un problema muy gordo.

Benito asiente con la cabeza, el estomago, el alma. A un gesto suyo, los ayudantes le quitan la mordaza.

- Dime, Benito, ¿Dónde esta Jaime?

Mientras le dice estas cosas se va acercando a una mesa, sobre la que hay una maleta enorme, negra.

- Espero de verdad no tener que abrir la maleta Benito. Yo me voy a cansar mucho, y tú no volverás a cansarte nunca.

Benito asiente, despacio, con el pánico supurándole la mirada

- Concha, por favor, te lo prometo. Jaime coge un vuelo a las 20:00 destino Cancún.

Alza su muñeca izquierda, las 17:50. Todavía hay tiempo.

- Y porque he de creerte. Benito?

- Mira en mi chaqueta, yo me iba con él.

Un esbirro saca de la chaqueta un billete de avión. Destino: Cancún. Hora de salida: 21:55

Concha saca su móvil. Lo abre y marca.

-¿Manolo? Si, apunta. La T-4, a las 21:55. Si, los idiotas se iban a Cancún. Si, si, este tenía un billete para ese mismo vuelo. No lo sé. Hombre, no han demostrado ser muy listos, pero de Jaime me puedo esperar cualquier cosa. Si quieres le pregunto más, pero este no creo que nos sirva para mucho. Es una fuente extinguida. Si, vale, espero.

Diez minutos después su móvil irrumpe el silencio. Benito da un respingo, sabe que esa llamada es importante. Muy importante.

-Hola, jefe. Aja, si. ¿Peluca? Si, idiota, idiota. Bueno, tu dirás. Te espero, vale. Y con Benito, ¿Qué?

Benito respira profusamente, la baba y la sangre, resecas, han formado una costra sobre la mordaza que se extiende por toda la cara; donde antes había cejas, ahora hay un reguero rojo que le oculta parte de los ojos, sus orejas han empezado a tomar un color violáceo extraño. Mueve los ojos de un lado para el otro de la habitación, implorando piedad, perdón, compasión.

Concha abre la maleta, saca una pistola, coloca el silenciador y le pega un tiro entre ceja y ceja. Lo hace suavemente, con cuidado de estropearse la manicura; le encantaba su nueva manicura. El cuerpo cae junto a la silla, provocando un ruido sordo, de fardo en un muelle.

-Quitadme eso de en medio, limpiadlo todo. Manolo estará aquí en 20 minutos. Me ha dicho que se encargara personalmente de sacarle a Jaime donde esta su dinero. Joder, que cabreo tenía. Vamos chicos, no juguemos son fuego, limpiemos esto.

Todo lo que Concha sabia lo había aprendido de Manolo. Así que sabia perfectamente lo que le esperaba a Jaime. Además, Concha jamás había metido sus asuntos personales en el trabajo; pero a Manolo le habían robado su dinero y eso era un tema personal y eso ponía a Jaime en una situación peligrosa.

Cuando aparecieron, Jaime ya iba calentito. Su jefe estaba enfadado, muy enfadado y eso era evidente. Para todos. Tres maromos llevaban al ladrón cogido de los brazos y los pies arrastrando por el suelo, de su cara ya salían regueros de sangre y las rodillas estaban claramente golpeadas, además, varios dedos tenían una dirección poco natural y le faltaban varias uñas en ambas manos.

- Hola Concha. ¿Donde le ponemos?

Concha señaló la silla recién lavada por sus chicos. Nadie diría que hace un momento Benito aposentaba su culo en esa silla

- Huele fuerte Concha, ¿a que huele?

- Creo que es miedo, jefe, uno de los olores más intensos que puede emitir el ser humano.

Manolo la mira. Sabe que su empleada tuvo ciertas relaciones de amistad con Jaime, jamás supo hasta donde llegaban, pero si que las había habido. También sabía que eso no sería impedimento para que hiciera su trabajo, hasta las últimas consecuencias.

- Colocad ahí el paquete. Dejadle bien atadito y largaos chicos, esto es personal.

Los maromos de Manolo atan a Jaime y salen de la estancia; Concha hace un gesto a sus chicos, que también salen.

- Me parece Jaimito que esta vez la jodiste. Concha, díselo tu. Dile hasta donde la ha cagado.
- Jaime, la has cagado mucho; lo tienes mal amigo mió, lo tienes muy mal.

Jaime no hizo ningún gesto que demostrara haber escuchado esas palabras. Había sido su amigo, su compañero de trabajo, un colega que le caía simpático aunque hacia tiempo que percibía que se estaba alejando de la realidad; que todo aquello le había sobrepasado. Robarle al jefe la recaudación de una semana fue la gota que colmo el vaso. Jaime había pasado la raya tanto que ya ni la veia. Por desgracia, pronto descubriría que la muerte no es lo peor que le puede pasar a un hombre.

- Concha, imagino que has traído tu maleta.

Ella le señala la mesa. Su jefe se dirige hacia allí, abre la maleta y saca unas tenazas negras, de un tamaño mediano; en ese contexto, las herramientas tenían un significado terrorífico. Aunque Jaime seguía sin inmutarse, Concha era consciente de que sabia perfectamente por donde iban a empezar.

- Bien chico, quiero mi dinero, y lo quiero ahora. No mañana, ni esta noche, ahora. Como no sé si lo entiendes bien, voy a repetírtelo durante un rato, después dejaré que me respondas. Para que no te confundas, Jaimito y vayas a pensar que tienes alguna oportunidad, te lo voy a decir muy clarito: estas muerto, y bien muerto; lo que estamos decidiendo es cuando te mueres, cómo te mueres y cuantas partes de tu cuerpo habrá que juntar para el entierro. Quiero saber que me has entendido. ¿Me has entendido, Jaimito?

Jaime no mueve ni un milímetro de su cara; los ojos se han posado en el suelo desde que llegó y de ahí no se han movido. Sus ojos se han vaciado, perdidos en la nada, en lo que podía haber sido y en lo que nunca tuvo que ser.

-Muy bien, por las malas.

Manolo, da la vuelta y coloca la herramienta metálica sobre uno de los dedos de Jaime. Cuando aprieta las tenazas, este suelta un chillido estridente. La mordaza no es nada mas que un atenuante, nada capaz de frenar el dolor que sale de esa garganta, un sonido que desgarraría los tímpanos de cualquier humano que hubiera cerca., aquello no era un grito, aquello era un adiós, una despedida, un hasta siempre.
Concha, sentada sobre la mesa, junto a su maleta de trabajo, coge el paquete de tabaco. Se dispone a fumarse un cigarro, cuando Manolo, que la ha visto de reojo, le dice.

- Concha, por favor, si vas a fumar, sal. Lo estoy dejando y no quiero ver fumar a nadie.

Concha admite con la mirada y sale de la sala. Pobre Jaime, ni un último cigarro va a tener.
Fuera, el sol ilumina el mundo con esa fuerza positiva, alimentadora de ilusiones y sueños que tanto le gustaba a Concha. A escasos metros están sus chicos conversando con los maromos de Manolo. Se dirige a ellos con el cigarro entre los dientes. Se ha olvidado el mechero. No le gusta depender de los demás, pero a veces es imprescindible pedir ayuda. Por suerte, no es lo normal. Sino, aquel trabajo seria inaguantable. Y ella tendría que buscarse otra salida profesional, y a estas alturas, ¿Quién tiene ganas de dejar un trabajo tan divertido, tan pleno, tan sencillo?

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