Carlos Güelfo se levanta a las 5:30 a.m. Despacio, cuidando de no despertar a Carmen, se coloca las pantuflas y se dirige al baño. Allí lleva a cabo sus abluciones diarias con una parsimonia aprendida a lo largo de los años; recorre su cuerpo limpiándolo con esmero, recorriendo sus recovecos, deleitándose en el proceso. Luego, se coloca ropa de deporte y se va a hacer 30 minutos de jogging. Llueva, nieve o luzca un sol rotundo, este en casa o destinado fuera de la ciudad, Carlos Güelfo siempre sale a correr por las mañanas. Nada mas volver, se sienta a desayunar con sus hijos, de cinco y seis años, y con su mujer. Este proceso es invariable desde hace mucho tiempo y le proporcionan la energía necesaria para afrontar el día. La convivencia con sus hijos, hablar con ellos, comentar lo que paso el día anterior y como afrontan un nuevo día en el colegio, así recarga sus pilas y le confiere un aura de padre comprometido. Y de marido amantísimo, pues raro es el día en que Carmen no encuentra junto a su taza un florido regalo que su marido ha traído de su ejercicio mañanero.
Hoy, al hijo menor, Adolfo, se le ve preocupado y tenso. Tiene el primer examen de su vida. Estuvo junto al padre haciendo cuentas todo la tarde de ayer, aún así no confía demasiado en sus posibilidades y esta inseguridad se refleja en una inquietante falta de apetito y una incapacidad de comunicarse que envuelve a sus progenitores y los enternece. Saben que el chiquillo es brillante a sus 5 años y que no tendrá ningún problema. Intentan calmar al niño y no le presionan, dejándole que abandone la casa sin acabar su desayuno. El otro hermano, Benito, se queja de los privilegios paternos aunque sabe que él también conseguirá beneficios de todo ello, pues sus padres no permiten desigualdades e injusticias caseras.
Cuando salen, el día ya esta en plena ebullición. El cielo azul trasmite una paz universal envidiable y la temperatura, para ser otoño, es perfecta para pasar en el día en el parque.
Carlos Güelfo piensa en llevarse a toda la familia al parque, llamar al trabajo y decir que hoy no puede ir, que tiene pensado pasar el día con sus vástagos, pero luego recuerda el examen de Adolfito y se resigna. Despide a sus hijos, que le responden el saludo desde la ventana del autobús escolar. Este se aleja despacio hasta convertirse en un objeto que solo existe en su memoria, aún así, él sigue con la mano levantada despidiendo a los niños. Unos minutos después, suspira mientras se va acercando a su casa. Ultima el café mientras se pone al día con Carmen. Posibles compras, la visita de su suegra y la cena del viernes son los temas de la mañana. Quedan en que Carlos intentará estar en casa un poco antes para poder ir a comprar, que su suegra siempre es bien recibida y, por ultimo, se decide aceptar la invitación de las fuerzas vivas de la ciudad para asistir a la cena del viernes. Lo que lleva a un nuevo tema: Carmen tendrá que comprarse un vestido. Carlos asiente. Le gusta darle a su mujer esos caprichos; actos así le otorgan una seguridad plena en su matrimonio. Sabe que su mujer no tiene queja alguna y su intención es persistir para que todo continúe de la misma manera.
Se coloca el uniforme y sale de casa, no sin antes darle un beso en la mejilla a Carmen. En ese mismo momento aparece el coche oficial, que para delante de su casa. Del asiento del conductor sale un muchacho uniformado, que abre la puerta de atrás y se queda allí de pie, haciendo el saludo militar al paso de Carlos.
Este sonríe, pues el chico lleva un botón desabrochado. Le indica con la mano, y el chico enseguida se percata de su error lo corrige y se disculpa. Carlos Güelfo hace un gesto con la mano buscando la despreocupación del joven y le indica que hoy tiene prisa. Ya dentro del coche oficial, saca de su cartera un cuaderno y apunta que debe hablar con el sargento de guardia para informarle de la desconsideración de su chofer hacia las normas. Escribe en su cuaderno con mano firme una letra limpia, sin matices, todas las letras parecen hermanas gemelas; sus palabras se estiran en un cuadro perfecto, sin necesidad de margen.
Introduce el cuaderno en la cartera; en ese mismo instante le viene el primer recuerdo de su hijo pequeño. Está nervioso y hasta que no llegue a casa esa noche no podrá respirar tranquilo; es un día importante para la familia, todos están implicados en ese examen y esperan que el resultado les de la razón. Ambos padres están de acuerdo en que su hijo tiene un futuro prometedor y llega el momento en que esas aspiraciones se conviertan en realidad.
El coche oficial recorre las calles tranquilas de la capital. El sol ilumina el bienestar que les rodea. Las gentes se dirigen a sus quehaceres tranquilos, sabedores de que todo esta bien, que todo esta controlado. Carlos Güelfo admira el paisaje. Los jóvenes, obedientes, encaminan sus pasos al colegio, donde admirables profesores les darán a conocer las buenas nuevas y les llevarán por el recto camino. Mientras, las amas de casa realizan su trabajo diario en un mundo sencillo para ellas, sin complicaciones pues, como tiene que ser, los hombres están ya trabajando, levantando la moral del país, contribuyendo a la economía del gran estado que todos aman. Con devoción.
Atraviesan la puerta del cuartel. La guardia se cuadra y saluda al comandante de la fuerza especial. Todos le conocen, saben cual es su trabajo, y le respetan con admiración.
Dejan el coche en su parking privado. El chofer baja y le abre la puerta. Carlos Güelfo sale y de nuevo el sol le atraviesa el cuerpo. Se para un segundo. Un instante para asumir esa fuerza que nos concede dios. Paladea cada rayo que le toca, disfruta esa energía. Instantes después reinicia su marcha. Entra en su barracón. Los soldados y suboficiales se cuadran. Dentro la luz es tenue y los murmullos resuenan en el vació constante. Recorre los 20 metros de pasillo hasta llegar a las escaleras. Baja los peldaños. A medida que va bajando la oscuridad es mayor y los murmullos se acrecientan hasta convertirse en chillidos. Dolor y pánico.
Nada más bajar se encuentra con una mesa donde hay dos soldados apuntando nombres de una lista que un teniente les esta recitando. Los 3 miran a Carlos Güelfo y le saludan con familiaridad, sin cuadrarse. Allí abajo no hay jefes, sino leales compañeros de un trabajo arduo que hacen por el bien del país, por el bien los individuos buenos, por el bien de la gente decente. Ellos lo saben, y están orgullosos de ello.
Pregunta que tiene para hoy. Y le dan una hoja con 6 femeninos y 7 masculinos. Pregunta por las mujeres, los compañeros, entre risotadas le comentan que deje a la 5 para el final, que vale la pena. Carlos Güelfo asiente mientras se agarra los huevos con fuerza y grita “Señor, si señor”, lo que provoca otro ataque de risas entre los presentes. A ambos lados hay celdas de donde salen ruidos que parecen humanos. Carlos Güelfo se dirige a la celda numero ocho. Toca con los nudillos la celda, enseguida la abre un soldado con todos los botones desabrochados y con un cigarro en la mano. Saluda al recién llegado y le muestra el interior. En un camastro de hierro se puede ver a un hombre medio desnudo, famélico, atado de pies y manos a la estructura metálica; junto a él otro soldado le esta aplicando descargas eléctricas con unas pinzas de batería de coche conectadas a un generador controlado por otro soldado.
En ese instante Carlos Güelfo mira el reloj. Justo a esa hora su hijo Adolfito está empezando el primer examen que va a realizar en su vida. El padre esta nervioso. Inquieto. Cuanto antes acabe, antes podrá irse a casa y saber de boca de su propio vástago los resultados obtenidos. Se dirige al camastro y pregunta. Un subversivo, es la respuesta a su pregunta. Piensa que antes de irse a casa, pasará por el obrador y comprará unos pasteles; tan seguro está de su hijo y de sus capacidades, como buen padre, que da por hecho que habrá algo que celebrar. Sonríe y piensa que no debe olvidar llevarle algo también a su hijo mayor, no vaya a sentirse discrimando. Con cierto distanciamiento, pues no puede dejar de pensar en sus niños, Carlos le pide las pinzas al soldado que esta junto al camastro mientras se dirige al que controla el generador diciéndole:
-Un poco mas de fuerza, por favor.
2 comentarios:
Me gusta mucho luciernaga
Y a nosotros nos gusta que te guste, estimada luciernaga
Los lucindos
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