Esto no nació para ser publicado. Era un juego, una forma de tonta y utópica de hacer justicia, como si fuera tan fácil. Después he pensado, ¿porqué no?, y aquí está.
Adolfito aprobó el examen. Por eso ese fin de semana era tan feliz, lleno de celebraciones. Carlos se tomó libres los dos días y no pasó por el cuartel. El sábado fueron a comer al restaurante más caro de la ciudad. Carlos estaba muy contento, orgulloso de su hijo y seguro de que con chicos como Adolfito la patria estaría a salvo. El chico reía y reía, sabía que al final de la comida le esperaba un regalo, todavía no sabía que el regalo era un nuevo computador, último modelo. Carlos creía que Adolfito debía estar a la última si iba a ser un líder el día de mañana. Carmen sonreía un poco absorta, le gustaba ver a su familia feliz y daba gracias a Dios por tener una familia normal y un marido ejemplar; sabía que por eso luchaba Carlos cada día, para que la gente decente y normal pudiera vivir a salvo y en paz. Hasta Benito había dejado sus celos fraternales y disfrutaba del día y de la comida y bromeaba alegre con su hermano. Días así hacían que la familia se uniera más si cabe.
Y después de comer, cine. Pero no una de esas películas yanquis con sus degradantes desviaciones, no. Irían a ver una película nacional, de esas que exaltan los valores de lso héroes de la patria; una buena formación para los chicos.
Así terminó el día, con Carlos Güelfo satisfecho esa noche sentado en su sofá fumando un cigarro del país viendo en la televisión con Carmen la última telenovela; un poco frívola para su gusto pero entretenida. Mañana irán a misa y mientras su mujer y los chicos participen en las actividades de la parroquia él aprovechará para visitar la Casa, eso será un buen remate para este fin de semana tan feliz.
Domingo, un día luminoso y tibio en la ciudad. Un día perfecto para honrar a Dios. Toda la familia unida acude a la Iglesia con fe y fervor. Carlos, Carmen y los niños se sientan en primera fila y participan con entusiasmo de los cánticos y ritos. Carlos asiste perfectamente uniformado, por supuesto y atrae las miradas de reojo de todos los feligreses que admiran el porte marcial de ese héroe que les protege; todos le temen y respetan.
Termina la misa y Carmen y los niños se mezclan con el resto de los fieles. Hoy hay actividades de catequesis y oración. Carlos deja el grupo y se dirige a la Casa. Como ya esperan su llegada, Aurora misma le abre la puerta. Como de costumbre allí se encuentra con varios conocidos; el periodista al que le gusta vestirse de mujer, que le orinen encima para después recibir tratamiento anal con vibradores y enemas; el ideólogo charlatán al que le gusta ponerse correajes de cuero y que le azoten. También está el ministro coprófago. Carlos como siempre no les hace mucho caso y se encierra con Aurora en la habitación de arriba. A Carlos, por deformación profesional, le gustan las descargas eléctricas de baja intensidad y el ritual es siempre el mismo. Aurora le ata a la cama, le enchufa los cables del artilugio y cuando la corriente empieza a pasar ella comienza a lamer su miembro.
Ese domingo justo cuando Carlos derramaba la información genética que engendró a Adolfito sobre la cara de Aurora, la Democracia se le cayó encima.
Un grupo de soldados entró súbitamente en la habitación. Les mandaba un comandante que ya no reconocía las ordenes de Carlos. Una parte del ejército harta de los excesos del Régimen había tomado el poder con la intención de que hubiera elecciones y un futuro democrático.
Y, a Carlos Güelfo, atado en aquella cama, le adelantó la Historia.
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1 comentario:
A cuantos Carlos Güelfos deberia la historia poner contra las cuerdas....si al menos podemos hacer justicia en nuestra republica, pues es nuestro deber hacerlo. Lo demas son pamplinas
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