Vale. Una mañana cualquiera. Suena el despertador, y te sobresaltas, indignado por la interrupción, y te acuerdas de la decisión de ver la película hasta el fin y lo lamentas con rencor; estúpido, te dices, mientras tus ojos sufren el despegarse de las legañas al despegarse los ojos; ojos que siguen entumecidos por el sueño y el cansancio que no recuperas, noche tras noche acumulándose en algún lugar, en alguna esquina de tus huesos, entre los constreñidos músculos. De ahí no se va a mover; y lo sabes.
Tu primer pensamiento fluye y maldices al despertador por sacarte del sueño justo cuando ibas a meter ese gol soñado en maracaná, o ibas a meterle otra cosa a esa rubia impresionante con la que te cruzas solo en sueños, jamás llegara a tocarte ese premio especial que te aleje de las madrugadas. Pides, una vez más, 5 minutos extras para acabar de saborear la felicidad del éxito supremo. En sueños, claro. Porque nunca son concedidos; las concesiones se terminaron anoche, con la infecta peli yanki de cada día...
Regresas a la noche anterior y te prometes a ti mismo que hoy te acostaras temprano, que no habrá película que lo evite; aunque salga la rubia despampanante de los sueños y te reclame tu atención, aunque la tía lleve a su prima, y a una amiga de su prima y a la vecina de ambas; aunque todas ellas se deleitaran con tu nombre, te prometes acostarte a tu hora y descansar. Decentemente.
Te estiras con violencia, descoyuntando tus miembros y aparcando el dolor que salen de ellos, pones los pies en el suelo, sobre la alfombra que has colocado para evitar que el frío del parquet te amargue un poco más la mañana; es lo bueno de todo esto, uno va aprendiendo poco a poco a llevar las cosas. No hay mas solución; porque la primitiva siempre le toca a un tío de Manresa que era un vecino estupendo pero que ha desaparecido camino de Rió de Janeiro en cuanto se ha enterado de la noticia.
Mientras te afeitas vuelves a redactar mentalmente lo que harías si te tocaran los 24 millones de euros del premio. Viajarías, follarías, comerías, dormirías; te pondrías al día con todos los lugares del mundo que no conoces, irías a esos restaurantes de los que tanto has escuchado hablar, donde los camareros van con librea y el tío de la entrada te llama señor y te da la mejor mesa solo porque eres tú, un lugar donde saben quien eres y no preguntas cuantos sois, siempre sois dos: tú y una rubia. Te acompañan hasta la mesa y no te atiende un camarero tuerto y con mala hostia, tan cabreado como tú, con el olor de la fritanga incorporado a su alma; no, de eso nada, te atiende el propio chef y te explica que vas a comer y mientras lo haces tú puedes empezar a saborear las maravillas que solo están reservadas para gente como tú. Deleitas el poder olvidarte de la hipoteca, no pensar en facturas, ni en pagos atrasados ni en el limite de la Visa.
Te vistes, con lo primero que tus manos descubren en el armario. Coges una magdalena, la engulles en las escaleras, y sales a la calle, masticando, tragándote la mañana. Saboreas el aire que te golpea la cara. Cuanta esperanza hay en este momento, cuanta capacidad de creer en los milagros, cuanto amor expectante por descubrir una cara a la que entregarse. Te golpea las mejillas el frío madrugador de los días recién paridos y lo agradeces, porque por fin consigues despertarte una hora después de haberte levantado y lo haces con animo, con ganas de seguir adelante, de ver que pasa hoy a tu alrededor. Un nuevo día, una nueva oportunidad en tus manos. Te prometes no desaprovecharlo, no dejarlo ir como tantas veces. Vamos para allá, farfullas. Y encaras tus pasos hacia el metro. Tu camino se une al de otros mañaneros que han vaciado sus caras de legañas y entran en el suburbano, despacio, sabedores de lo inevitable de su destino. Compartes espacios con extraños que con el paso de los meses han dejado de serlo; reconoces s muchos de ellos y eso te gusta, te proporciona una familiaridad que disfrutas. Viajas con tus gentes, personas con las que te identificas, no estas solo. Y eso te reconforta. El vagón os lleva como siempre. O sea, con incidencias. Para, inicia el camino otra vez vuelve a detenerse, renueva su andadura.
Sin información que explique tanto movimiento, la sensación de no poseer control sobre tus tiempos, te incomoda; respiras y llevas tus ideas lejos, sabedor de que solo se puede esperar, de que mientras sigas respirando cada mañana en un vagón del metro solo queda eso.
Algunos, los más impacientes, los que no se acostumbran, los que aun creen que la rebeldía es algo útil, relamen su enfado, que al mismo tiempo rezuma sueño y cansancio. Ellos también odian al puñetero despertador. Se les ve en las caras, preferirían no estar ahí, sueñan con otros lugares, otros vecinos, otras miradas.
Si hay que estar, pues se esta, pero que encima otros decidan ordenar el uso de tu tiempo, eso les altera. Los veteranos, porque eso es lo que eres, conocéis la verdad; tener razón, saber que se esta cometiendo una tropelía no importa. Cada segundo del viaje es especial, único, pues después, durante todo el día, ya no serás el propietario de los segundos, ni de los minutos. Enfadarte no lleva a ningún lugar Ahora es cuando puedes manejar tu mente, vivir tus sueños, controlar tus miedos. Luego, el propietario de todo esto es otro; el que te paga, compra tu tiempo, tus esfuerzos, tus deficiencias y tus temores; pensar que solo paga tu esfuerzo laboral es demasiado sencillo e inocente. Así que te esfuerzas por no perder ese tiempo que todavía te pertenece, aunque sean las 7 de la mañana, y te concentras en esos momentos, que no volverás a poseer hasta dentro de 10 horas. 10 horas vacías, lo sabes, lo recuerdas. Ya has estado ahí.
Cuando llegas a tu destino te arrimas a la puerta. La impaciencia por salir de allí se agolpa sobre esos entes arrimados uno sobre el otro. Nada mas abrirse las puertas, los cuerpos saltan al andén, como si dieran un premio a los ganadores y los últimos fueran a recibir un castigo, una pena, humillándoles.
Distraídamente, tu mente busca, nada en concreto, solo ordena a tus ojos que se muevan, que se despeguen del suelo y se abran ante el espectáculo que surge ante ellos. Esconderse no sirve más que para seguir recordando que existe el despertador, y la noche anterior y la posterior, y que todavía es martes. Y así no se puede. Así que mueves la vista y descubres tesoros por descubrir, y rubias que no te miran, y morenas que se alejan y señores acorbatados con alma de corbata y anuncios positivos y tristes, y otros vacíos; buscas señales que te orienten, que te indiquen tu camino, pero no hay nada, así que deduces que no hay nada que señalar. Tu camino es el mismo, día tras día, esa es la única señal que descubres; mañana tras mañana.
Sales del metro. Y entonces te das cuenta de que en esta ciudad también hay gente que va en coche y que son muchos y que tampoco les gusta estar ahí, pues hacen sonar sus claxon, ruidos enfadados, humos ofendidos y que ofenden y se empujan como si fueran en el metro. Las gentes que van dentro de esas maquinas de acero tienen la misma cara de cansancio que los seres con los que acabas de agolparte bajo tierra, sus ojos se salen de sus órbitas igual que el resto, sus caras, tan pálidas, tan dormidas, también son una mascara que ocultan vidas, penas, alegrías, lagrimas y recuerdos olvidados.
Pasas frente al kiosco y no te detienes, sigues recto, saludando al vendedor de refilón. Has decidido que las maldades del mundo no se pueden digerir si no te tomas antes un café cargadito. Y todavía no es el momento. Así que enfilas hacia una puerta acristalada coronada por el nombre de tu empresa. Un nombre brillante, casi refulgente. Es un brillo lleno de nada más que de dinero, beneficios, regalos de empresa y vacaciones pagadas, un brillo nada brillante, un resplandor oscuro, una limpieza manchada.
Subes en el ascensor con una sensación de soledad profunda, la vida se te escapa a medida que la maquina asciende pisos. En ese momento no eres dueño de nada, todo esta en venta y todo ha sido alquilado. Tu conciencia se difumina, realizando un acto de autodefensa importante. Empiezas a darte razones que justifiquen tu estancia, un día mas, en ese lugar que no te dice nada; solo habla de costumbres aprendidas, de movimientos mecánicos, de palabras conciliadoras con lo oculto. Lo demás lo metes en lugar muy dentro, casi a oscuras, apartado de la realidad. Tan real.
No penetrar en esas sensaciones es algo que te permite respirar, andar, vivir esas diez horas.
Y cuando ya has vuelto a revivir cada una de estas verdades, coges una ficha con tu nombre, con tus horarios, con tu libertad encerrada y la introduces en una maquina. Una maquina que marca el inicio de una nueva aventura. 10 horas. Nada más que 10 horas. Y volverás a sentirte lleno, ansioso, abarrotado de vida. Y el mundo volverá a brillar, y las nubes te parecerán hermosas, y el ruido será música y los gritos cánticos, los empujones caricias que te trasladan a lugares nuevos, sin conquistar. Sin colonizar. Sin inventar.
2 comentarios:
Muy mala follá colgar esto en un lunes post puente. Pero que muy mala.
Si, Mr Pita, es cierto. Pero ha sido accidental, sin segundas intenciones. Problemas tecnicos. De todos modos parece que esta bastante cerca de la realidad si le ha sentado tan mal. No??
Como siempre su aportacion es bienvenida y es considerda de forma exquisita.
Lucindo
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