Mariela regresa a casa a eso de las 3 de la mañana. Normalmente no trabaja hasta tan tarde; pero no siempre puede decir que no. Aparca el coche y desciende despacio, entre el silencio abrumador de la calle. No hay nadie a la vista. Las farolas, con una luz tenue pero constante, que alumbra pero no molesta el sueño de nadie, iluminan el barrio, estirando la calle que bordea los edificios medio nuevos hasta llegar al puente viejo. A partir de ahí, las luces se convierten en puntitos de luz disueltos y perdidos que se hunden en zonas menos tranquilas y oscuras. Aquí, ahora, tanta luz a Mariela le confiere la tranquilidad de lo evidente. Eso le gusta .Nada puede ocultarse, todo esta a la vista, incluso los rincones oscuros están iluminados.
Arrastra sus pies, calzados con unos tacones negros, picudos y ruidosos, hasta el portal. Deja el bolso en el suelo. Se descalza. Del bolso extrae un llavero rosa, con muchas plumas y cadenitas decorativas que tintinean al girarlas dentro de la cerradura.
Los pies de Mariela patinan por el parquet de la entrada, sus zapatos y el bolso bambolean en su mano. El portal está vacío, y eso es algo con lo que contaba Mariela; a estas horas la gente decente descansa, se dice mientras va pensando en una ducha de agua caliente, en sus sabanas nuevas, en su colchón de plumas.
Una llamada a las 20:00 de su jefe ha roto el momento familiar. Explicaciones y protestas de Carlos. No puedo negarme, le dijo. Se quitó su ropa de andar por casa, una ducha rápida y a trabajar. Dejando todo para mas tarde, para otro día. Se marcha. A trabajar.
A la vuelta, mientras sube en el ascensor, se fija en que el espejo parece empañado. Toca el cristal con sus dedos, que se alargan mediante unas uñas rosas y afiladas. No, no están empañados. Son sus ojos que se cierran, fatigados de vivir noches como esa, entre las sombras, de tantos días sin noche, de tanto acá para allá.. Mariela sonríe y su imagen del cristal la imita. Es una sonrisa profunda, que nace en su memoria, una sonrisa que se otorga como premio, que va mas allá de ese ascensor y de esa noche, que se interna en el pasado, en su trabajo cuando empezó, en calles frías y días calientes, en sus jefes y en los amigos de sus jefes; pero, sobre todo, que bucea en el futuro, un futuro con aspiraciones, con ascensores de cristales relucientes y entradas tranquilas y en silencio y en vecinos que a las 3 de la mañana están durmiendo y descansando en sus amables habitaciones, tapados por gruesos edredones caseros, después de un domingo gris y familiar. A Mariela, los días así le encantan.
Trabajar un domingo noche dejando a Carlos en casa, al cuidado de su madre, poniéndose los tacones y cogiendo el bolso y contestando el mensaje de su jefe, diciéndole que ya estaba en camino y saliendo por la puerta con cuidado sin llamar la atención y bajando por las escaleras de servicio y consiguiendo que la del tercero que sacaba a su perro no la viera y no la hiciera preguntas sin respuesta; trabajar un día así no es lo que mas le gusta. Los extras. Siempre son los extras.
El ascensor de su casa abre sus puertas con un sigilo que todavía le parece imposible, no se acostumbra a que un mecanismo pueda funcionar tan escrupulosamente. Sin chirridos, sin una sola queja mecánica, la puerta se cierra y el ascensor desaparece bajo su mascara de acero y lucecitas parpadeantes.
Entra en casa despacio. Solo se escucha el tintineo de las llaves. Las puertas de su juventud bramaban cuando las abrías y vociferaban al cerrarse. Pisa la moqueta con sus pies descalzos. Se dirige al cuarto de Carlos. Abre la puerta. Duerme con la placidez de los inocentes. Mariela bosteza, cierra la puerta de la habitación de Carlos y se aleja, dejándole descansar; el sueño amodorra sus movimientos. Tranquila, dirige sus pasos al fondo del pasillo. Al pasar junto a la puerta de su madre escucha una radio dando las noticias de las 4; sabe que sonará toda la noche, creando un ambiente donde su madre se sumerge, necesita ese ruido junto a su oído para poder descansar, para no escuchar ruidos que no quiere escuchar, para no saber de peleas donde no tiene nada que hacer; ahora ya nada enturbia sus noches, pero la costumbre persiste. De nuevo, sonríe. Sus labios se estiran, dejando ver el rimel removido. Marca de una noche de trabajo. Una más.
Un domingo noche se paga mejor que cualquier otro día. Así que encamina el coche a la dirección que su jefe le ha dado por teléfono e intenta olvidar la noche perdida con Carlos. Un hotel de 4 estrellas, luminoso, con unos empleados educadísimos, uniformados, que sonríen a todo el mundo. Incluida ella
Subir de nivel. Olvidarse de cómo tiritaba junto a la lumbre, agarrada a colillas que mantenían sus dedos activos, nicotina y un buen jersey era su forma de combatir el frío que se colaba entre los huesos. Ahora visita hoteles con música clásica de fondo, porteros con librea, sin chillidos ni gente arrinconada en las escaleras, sin vecinos violentos ni amenazas ni promesas por cumplir.
Mas tarde, cierra las puertas de su cuarto, disfruta de ese silencio nocturno en su habitación, a solas consigo misma y con sus ideas constantes, sus idas y venidas sin salir de allí, de su reino; vacía los bolsillos sobre la mesilla de noche que esta junto a su cama nueva, el bolso acaba tirado sobre una de las sillas, hecho un remolino con la blusa de seda y los pantalones a juego. Se quita las braguitas y las coloca sobre el montón; y entonces, lo que antes era un mogollón de ropa negra, triste, testigo de mercadeos y falsedades, se convierte en un armonioso espacio, un recuerdo decorado con una bella rosa de tela delicada.
El agua de la ducha recorre los vericuetos sudados y los limpia, echando de su piel los empujones, los gritos, los mordiscos; llevándose consigo la falta de pudor y las palabras obscenas, Mariela se siente bien, sin macula, saboreando cierta paz física paz., cierto relajo mental, abotargado por el sueño y el cansancio.
Los pasillos del hotel están decorados con espejos donde mirarse a gusto, de cuerpo entero. Mariela se observa. Pantalones negros, una blusa amplia a juego. Zapatos de tacón de aguja. Se retoca antes de llamar al timbre. Sus ojos ya no le juzgan, solo estudia alguna imperfección, algún dobladillo mal colocado, alguna pestaña fuera de sitio. Los clientes de ahora se fijan.
Al salir de su baño, embutida en un albornoz de aspecto esponjoso, tan confortable, tan nuevo, ve un dibujo que Carlos ha dejado sobre la mesilla. Se sorprende, antes no se había percatado, el abotargamiento le cegaba y pasó de largo un detalle que no le gusta. Esparcidos sobre el dibujo de su hijo se pueden ver los preservativos, el lubricante, un pequeño juguete erótico y el dinero con el que el cliente ha pagado el servicio. Los recoge y vuelve al baño. Coloca esos utensilios en un cajón del armarito que hay dentro de la ducha, guarda el dinero en el bolso y se mete en la cama. En su cama nueva de plumas. Tan apacible, tan cómoda, tan calentita
El timbre suena fuerte y alto, pero sin estridencias. Le abre un tipo de unos cuarenta años, posiblemente fornido en su juventud, aunque ahora tiene una tripa que empieza a ser prominente, un pelo recortado con precisión y unos ojos negros, que parecen tristes aunque es posible que solo estén cansados. Sobre sus labios serpentea un bigotito mínimo, que cuesta adivinar, pero que una vez descubierto se e peinado con esmero y aseado pulcramente Aun va vestido con traje y corbata; Mariela adivina que sus ropas son caras así que la propina puede ser interesante; asume que no llegara para la cena.
El cliente le hace pasar, le pregunta si quiere algo de beber. Mariela niega y agradece con el mismo gesto..
Entonces él se baja los pantalones y se coloca sobre el borde de la cama con los pies en el suelo. Ella le hace un gesto con los dedos, mientras los ojos preguntan por el dinero. El señala la mesilla. Mariela mete el dinero en el bolso y se agacha frente al hombre, hundiendo la cabeza en sus piernas. El cliente enciende un cigarrillo que disfruta despacio, sin prisas, absorbiendo cada voluta de humo, paladeando cada bocanada.
-Me han hablado muy bien de ti. Te llamas Mariela, ¿verdad?.
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