domingo, 16 de septiembre de 2007

GASOLINA

De cerca nadie es normal.
Me lo decía Felix cada vez que hablábamos de Jaime. Felix y yo somos catedráticos en la facultad de veterinaria. Jaime también lo es, e imparte clases de anatomía animal en segundo y tercero. Aquella tarde de finales de junio, con los exámenes recién terminados, bebiendo una cerveza con Felix en la desierta cafetería de la facultad, vimos entrar a Jaime con su paso flotante, mirándose la punta de los zapatos. Llevaba en una carpeta de tiras los exámenes de los alumnos que se habían presentado aquella tarde a su asignatura. Habían sido pocos los valientes pues Jaime exige a sus alumnos el mismo nivel de precisión que se supone de la materia que imparte. Se sentó en la misma mesa de siempre, desde la que divisaba el servicio de mujeres. Ésa era la única concesión mundana que se le conocía dentro del claustro de profesores, apenas un gesto que le transfería a un terreno sobre el que todos, alguna vez, habíamos tenido algo que decir. No era mucho, la verdad. Sabíamos más cosas de Jaime cuando Luque, uno de los bedeles, aún estaba con nosotros. Era el único con el que Jaime cruzaba un par de palabras y alguna exquisita confidencia. Pero desde la jubilación de Luque, hacía más de tres años, Jaime había pasado a ser el misterio que siempre había sido. Nunca había estado casado, y no se le conocían compañías. Algunos afirmaban que tenía un hijo militar que había ido a Bosnia, mientras que otros, por medio de pintadas en los cuartos de baño de la facultad, aseguraban haberle descubierto en los más afamados burdeles de Madrid, insinuación que, como tantas otras, él ignoraba como si tuviera entre manos una misión tan importante que justificara su mítico silencio.
Yo estaba sumido en mi reciente divorcio. Quería estar solo y con ese fin había alquilado una casa en Guadarrama, pequeña y sombreada, donde convalecer los dos meses de verano. Así que no tenía muchas ganas de recrearme una vez más con Félix sobre Jaime, a pesar de ser uno de nuestros pasatiempos favoritos.
Cuando me despedí de Felix me quedé un rato en el coche, ensimismado, asumiendo mis primeras vacaciones de divorciado. Por el espejo vi a Jaime maniobrar y salir en dirección a Madrid. Abandoné el aparcamiento y recorrí el pequeño tramo de autovía que me separaba de la entrada de la ciudad. Detenido en un semáforo, más allá de la calle Princesa, miré a mi izquierda y vi en paralelo a Jaime, el marciano, esperando el cambio de disco. Me encontraba cerca de mi nuevo domicilio, un luminoso apartamento situado en un bloque que se enfrentaba al Parque del Oeste. Me animé a destapar la máscara de Jaime, imperturbable durante tantos años, indagar en la seguridad de quien parece tener un plan inamovible, un milagroso salvoconducto que le cobija de las insidias y comentarios de los demás en los pasillos de la facultad. No estaba mal para empezar, una pequeña aventura, un calambre inusual a mi soporífera existencia. Cada vez más interesado por aquel asunto, resolví que los primeros días de mis vacaciones, antes de habitar la casa de Guadarrama, los dedicaría a investigar a Jaime. Le seguiría allí donde fuera y en Septiembre contaría a mis compañeros lo que hubiera descubierto.
Al cabo de unos minutos de persecución se introdujo en un garaje a tan sólo dos manzanas de mi edificio. Me supo a poco y a la mañana siguiente esperé frente a su portal a que saliera e hiciera algo sorprendente, como si lo que fuera a suceder tuviera que serlo a la fuerza. Aguanté bajo un sol que quemaba como un caramelo de fuego hasta que, harto de que no sucediera nada, decidí marcharme. Subí hasta mi apartamento y contemplé desganado las vistas de toda la Casa de Campo. Me pregunté cómo pasaría sus vacaciones, solo o en compañía, si viajaría a algún extraño país lleno de insectos o se conformaría con una playa mediterránea. A mí mismo en los últimos meses me podían haber juzgado como a él, un sujeto distante y sonámbulo. Desde el divorcio me hallaba sumergido en un torbellino de preguntas que no cesaba de formularme.
Así pues transitaba por el primer día de vacaciones, más bien la primera tarde, y ya andaba enredado en un sentimiento turbio que no presagiaba nada bueno. Lo mejor, pensé, es bajar al Parque del Oeste. Me vestí con una bermuda y un polo verde y bajé a la calle con el ánimo encogido. Pasé por delante de una farmacia y tuve que contenerme para no proveerme de pastillas que me anestesiaran y me dejaran como un lagarto al sol. Me adentré en el parque y me senté en el mismo banco de siempre, detrás del Templo de Debod.
Y entonces apareció allí mismo. Lo reconocí al instante. Jaime sobresalía por detrás de unos setos, un poco más abajo del teleférico. No se comportaba de un modo normal, porque no paseaba ni se encaminaba firme hacia una dirección. Más bien deambulaba arriba y abajo sin rumbo, vigilante, mirando la actividad del parque desplegada a su alrededor. Reconozco que a esas alturas del día ya me había olvidado de Jaime. Mis pensamientos rumiaban la decisión de contratar a una empresa de mudanzas que me llevara algunas cosas a Guadarrama. Mi cama, por ejemplo. No soporto dormir en otra. Padezco de la espalda y cuando alguna vez me han invitado a algún congreso en el extranjero he evitado acudir sólo por este motivo.
Jaime se dirigió hacia el templo y me pasó muy cerca. Oculté mi rostro. Creo que no se dio cuenta, y si me reconoció me pareció normal que no me saludara. Jaime había actuado así durante mucho tiempo y no había motivos para alterar unas reglas ya asentadas. Se apoyó en la balaustrada que separaba los dos desniveles del parque. Permaneció allí media hora y luego se perdió en dirección a Ferraz. Me levanté del banco y le seguí desde la distancia. Se introdujo en su portal. Volví a mi apartamento y me preparé un combinado.
No había muchas más cosas que hacer. El cielo ya era piel negra. Abrí las ventanas. Llevaba tres meses sin televisión y resistía sin tentaciones. Me había propuesto empezar desde cero y lo estaba consiguiendo. Cené unas lonchas de jamón y un huevo pasado por agua. Comí rápido porque no soporto hacerlo solo. Luego, poco antes de las once, me vestí y volví a bajar. Era viernes y había un ambiente delicioso en las terrazas que bordeaban el parque. Parejas furtivas se cogían las manos y acercaban sus cuerpos y grupos de universitarios festejaban el inicio de las largas vacaciones de verano. Sin haberlo previsto, puede que por sentirme fuera de lugar, me interné en el parque. Nunca lo había hecho a esas horas. Esta vez lo reconocí por su manera de moverse, inconfundible, con zancadas amplias y cuidadosas, y los brazos encogidos. Di un rodeo como si fuera un ejército en busca de la retaguardia del enemigo, pero tropecé con una rama prieta a la tierra y caí de bruces al suelo. Me incorporé sin atender a mi estado y le busqué con la vista. Se alejaba hacia el flanco que quedaba detrás de la Plaza de España. Avancé con presteza. Me daba la espalda y parecía sujetar algo que custodiaba entre sus brazos. Se introdujo en una de las arterias asfaltadas del parque que descendían hacia los colegios mayores de la Ciudad Universitaria. Yo caminaba encorvado junto a la hilera de coches aparcados que me protegían de ser descubierto. Se detuvo frente a su coche, lo reconocí al instante, un viejo Renault blanco con una raya oscura que atravesaba toda la carrocería. Lo que transportaba resultó ser un animal, que depositó en el suelo. En ese momento me pareció un perro, por la fisionomía de las patas, pero no había luz suficiente y sólo aprecié un contorno blando del que sobresalían dos prolongaciones inertes. Jaime iba vestido con un oscuro atuendo deportivo. Calzaba unas zapatillas de baloncesto negras, ridículas para su edad, un hombre de más de cincuenta años. Después de abrir el maletero depositó con delicadeza el animal en su interior y se subió al coche. No debía perder tiempo y me dirigí hacia Rosales en busca de un taxi. Lo encontré sin dificultades. Ya en marcha me di cuenta de que habíamos sobrepasado el giro que nos permitiría situarnos en la misma senda que él había tomado.
- Te duplico la carrera si das marcha atrás para seguir al coche que te voy a indicar – dije desbocado.
El muchacho se volvió y me miró desconcertado.
- Escúchame, esto es de vida o muerte, puedes creerme – grité, sin encontrarme ya ningún rastro del estilo de hombre que solía ser.
- Se trata de un Renault blanco, matrícula de Madrid. – Le indiqué la matrícula de memoria - No hace ni dos minutos que estaba aquí mismo. El tipo que conduce es lento, le asustan los coches. Seguro que lo alcanzamos. Confío en ti.
Aceleramos. Por la ventanilla descubrí furtivas parejas enredadas detrás de los árboles de la parte baja del parque, iluminados fugazmente por los faros de los coches. El muchacho, excitado, incorporado sobre el volante, circulaba a toda velocidad en dirección a la Carretera de Castilla. Adelantamos a un autobús vacío y a una furgoneta de unos feriantes que se dirigían a una de las primeras fiestas de la sierra. Por fin, parado en el último semáforo antes de enfilar la M-30, descubrimos el Renault de Jaime.
- Ése es – le indiqué aliviado. - Quiero que le sigas una distancia prudencial. Tómatelo con calma. Es probable que vayamos a poca velocidad.
Cuando se abrió el semáforo nos dirigimos a la Carretera de La Coruña. Llevábamos unos veinte minutos conduciendo cuando Jaime tomó el desvío de Navacerrada. No puso el intermitente, así que nos asustamos cuando no le localizamos en la lejanía, pero Roberto, el taxista, quien me había descubierto su nombre nada más aceptar mi proposición, se dio cuenta y pudimos proseguir la persecución, rehabilitados a tiempo.
Fuimos ganando altura a medida que nos emboscábamos en la sierra. Vislumbramos las luces de las urbanizaciones a nuestros pies, y las estrellas que titilaban en el cielo. Habíamos dejado Becerril de la Sierra y sólo lo perdíamos de vista cuando sus luces de cruce desaparecían en una curva o en un esporádico descenso del terreno. Entonces Roberto, involucrado de lleno, soltó una mano del volante y señaló el Renault, que en ese momento entraba en una gasolinera de dos surtidores. El empleado se encaminó a recibirle. Parecían conocerse.
- Bien. Para aquí mismo. Cóbrate estas cinco mil. – Acerqué el billete a su mano.
- Si quieres te puedo esperar un rato. No creo que haga más carreras esta noche.
Roberto parecía comprometido.
- Y que lo digas, ésta ha sido muy especial ¿eh?, pero no me hace falta. Ya me las arreglaré. Gracias.
- Como quieras.
Vi a Roberto dar media vuelta y desaparecer en la oscuridad de la carretera.
Jaime había abierto el maletero y hurgaba dentro. A mi alrededor había una colonia de casas que bordeaban la carretera, todas apagadas; el resto era un macizo de monte tenebroso. En línea recta se adivinaba una urbanización porque el reflejo de las farolas encendía el horizonte.
Jaime era imprudente y fumaba un cigarro, recostado en su coche, conversando con el empleado. Me había apostado en el vértice del muro de una de las casas. Jaime removió el maletero, abrazó al perro, lo besó en la cabeza, y desapareció en el prado situado detrás de la caseta. El empleado atendió a un coche para repostar. Era el momento de decidir si seguía adelante o no. Si me acercaba me expondría a que me descubriera, siendo difícil entonces diagnosticar nuestro encuentro como una sorprendente casualidad. Anticipé el momento de verme abocado a conversar con él, a darle una explicación: “Jaime, creo que tienes problemas, te he seguido porque quiero ayudarte, no puedes continuar así, tan solitario.” No servía, quién era yo para ayudar a alguien o para juzgar en los demás la existencia de asuntos tan elevados que requirieran mi servicio, como si fuera un sacerdote o un maldito salvador de almas.
Pero había llegado muy lejos y me encontraba demasiado involucrado para abandonar, así que caminé hacia la gasolinera a ciegas, sin planes, guiado por el voraz deseo de encararme con Jaime. Mis alpargatas, ya deshilachadas, no eran el mejor material para adaptase a las ondulaciones del terreno, que hacía que mis tobillos se doblaran como si fueran de alambre. Atravesé una hondonada y entré en el territorio asfaltado de la gasolinera, avanzando hacia el empleado, que en ese momento contaba un fajo de billetes que había extraído de un bolsón. Sintió mi presencia y levantó la cabeza. Era menudo y tenía la tez morena y la cara cuadrada. Sus ojos oscuros me miraron con severa intensidad.
- Qué desea – preguntó.
No quería que pensara que era alguien con malas intenciones sólo por haber llegado a pie.
- Nada en particular. Paseando me he alejado mucho de mi casa y he venido a parar aquí. Debo regresar, mi mujer e hijos me esperan.
Por ahora no había ningún rastro de Jaime, aunque podía regresar en cualquier momento del prado.
Notaba la humedad del sudor de mi camiseta pegada a la piel.
- Si quiere descansar antes de regresar le puedo dar un vaso de agua. Tiene también un teléfono, por si le quieren venir a recoger - Tenía un acento llano y cordial y calzaba unas botas de agua verdes y una gorra americana.
- Me llama la atención su amabilidad. No parece estar usted en guardia. Podría atacarle o algo parecido. He venido a pie, y no creo que lo haga mucha gente a estas horas, en una sofocante noche de verano. Ésta es una gasolinera solitaria.
El empleado emitió una sonrisa recóndita. Escondió una mano en su espalda y al traerla de vuelta me enseñó una navaja cuya hoja desplegó delante de mí.
- Estoy preparado, no se preocupe. – La plegó y se dirigió a mí con franqueza.
- Si permite que se lo diga, creo adivinar que usted trabaja con su cabeza. Siempre me fijo en las manos de las personas. Fíjese en las suyas, no han trabajado la tierra, ni han golpeado a nadie, y tampoco han trepado por cuerdas o han recogido cosechas. – Con atrevimiento me había cogido la mano izquierda y había situado su palma en paralelo a la mía. Su piel estaba surcada por pequeñas cicatrices y hendiduras rugosas. Su aliento propagaba un hedor a alcohol acartonado y barato.
Me encogí de hombros ante la insolencia de un viejo sabio y alcoholizado. Una columna de luz irrumpió en el ambiente y resplandeció en la oscuridad. Detrás de la caseta el hombre que buscaba había encendido una hoguera.
- Hay fuego ahí detrás. – comenté.
Me aparté de los surtidores y rodeé la caseta para tener una buena visión,
Me quedé en una zona de seguridad pintada de amarillo que se extendía alrededor del territorio más próximo de la gasolinera. Veía a Jaime en la distancia, con las manos en los bolsillos. De vez en cuando se agachaba y removía las brasas o colocaba más piedras alrededor del fuego. El empleado había seguido mis pasos y se había situado detrás de mí.
- Es peligroso hacer fuego a tan poca distancia de una gasolinera. – insinué.
- No se preocupe, es de confianza. Viene aquí con todo preparado.
- Parece que usted le conoce.
- Sí.
- Y qué es lo que hace.
El empleado me estudió unos instantes y se encaminó hacia los surtidores sin contestar a mi pregunta. Le seguí. Verificó que estaban bien encajados y puso los contadores a cero.
A continuación me preguntó quién era.
- Ya se lo he dicho. Vivo por aquí. Trabajo duro todo el año y en mis vacaciones me gusta caminar, eso es todo. Pensándolo mejor, creo que utilizaré su teléfono para que vengan a recogerme.
Se restregó las manos con el mono de trabajo.
Nos volvimos a reconocer mutuamente, mirándonos con fugaz intensidad, buscándonos algún gesto de confianza.
- Entre y a su izquierda, encima de la mesa, encontrará un teléfono. Puede llamar.
Me introduje en la caseta y me dispuse a simular una llamada, o por lo menos a que desde la distancia él pudiera observar que sujetaba el auricular y movía los labios. Pero el empleado avanzó hacia la caseta. Se situó a mi lado, frente a la caja registradora. No tenía más remedio que llamar a alguien para que el contador se activara y viera que tenía un interlocutor real.
Mis dedos, o tal vez fue el deseo inconsciente el que me descubrió, me guiaron a marcar el teléfono de Concha. No tenía otro número al que llamar. Escuché los timbres. Miré el reloj, era más de la una de la madrugada, y al momento
supe que había tomado una decisión equivocada. Escuché su voz asustada. No podía
dar explicaciones y solté el mensaje oportuno para que resultara verosímil delante del empleado, que disimulaba rebuscando en unos cajones de la mesa, pendiente de lo que decía. La voz de Concha no seguía mi conversación sino que me increpaba sin ninguna lógica respecto a las instrucciones que le estaba dictando.
Colgué sin despedirme. Estaba enojado. Lo había estropeado todo, si es que todavía mantenía alguna esperanza de recuperarla. La llamaría a la mañana siguiente para disculparme.
Salimos y me asomé por detrás de la caseta. Jaime echaba puñados de tierra a la hoguera. Las llamas daban sus últimos estertores. Me quedaba poco tiempo. Su regreso era inminente. El empleado se acercó y me dio la noticia por detrás.
- Quema a los perros, eso es lo que hace. Aprovecha los restos de gasolina de las paredes interiores de las latas vacías que yo le doy. Todavía están impregnadas y prenden con facilidad.
Estaba cansado y un poco aturdido, mis pies los notaba entumecidos, como rellenos de plomo.
- ¿Quiere usted decir que los quema vivos o qué? – pregunté.
- Claro que no. Para matarlos les inyecta algo, antes de venir. No sufren. Luego los echa al fuego. Solamente lo hace con los que están abandonados, antes de que mueran atropellados. Viene un par de veces al mes. Luego nos quedamos charlando un rato. El terreno donde lo hace no pertenece a nadie y es muy cuidadoso con el fuego. Solo tengo que estar alerta por si vienen los de medio ambiente.
- ¿Y por qué lo hace?
- Aprecia a los animales, supongo. Yo le dejo hacer, menos cuando hay viento y sopla en dirección a los surtidores, entonces es peligroso.
Me alejé de allí, y atravesé a buen paso la explanada de la gasolinera.
- ¿No van a pasar a buscarle?, ¿Cómo se llama? No será un inspector de medio ambiente.
- No, no se preocupé por mí. Siga a lo suyo y olvídeme. – grité sin volverme.
Y comencé a correr, sintiéndome mucho más viejo de lo que era en realidad.
Corrí avergonzado. Cuando noté los pulmones congestionados y el aliento jadeante, me introduje por un sendero abierto que ascendía hacia el macizo oscurecido de la montaña y me dejé caer rendido. Apoyé la cabeza en una suave ondulación de brezo. El cielo aparecía enmarañado de puntos blancos que parecían tocarse en los confines de otros mundos. Quise elegir una de ellas, pero mis ojos bailaban y no acerté a concretar ninguna. Todas me parecían iguales y, al mismo tiempo, distintas. Me quedé dormido y no volví a despertar hasta muchas horas después, desorientado.












1 comentario:

Anónimo dijo...

Habria que investigar la vida de este extraño samaritano. La verdad es que es bastante perturbador el texto. Nos ha gustado mucho..

Lucindo