
Para Santi, por encender la mecha de la idea.
La pequeña tienda de Mildred Hudson quedó vacía cuando ella por fin decidió jubilarse y cambiar de aires. Se trasladó a la montaña, donde se dispuso a pasar sus años de retiro pescando y tomando el sol en verano y haciendo jerséis junto a la chimenea en invierno.
Al cabo de dos meses una pareja de forasteros ocupó la tienda. Llegaron en una furgoneta , pagaron la fianza establecida y en seguida se pusieron manos a la obra. Trajeron un equipo de trabajo de una decena de hombres también forasteros y reconvirtieron la mercería en una pastelería. Cambiaron el mostrador y vaciaron el almacén trasero y metieron dentro hornos y bandejas cromadas para instalar el obrador.
Como siempre el pueblo observaba con curiosidad todas estas maniobras, parecían aprobar la presencia de los forasteros pasteleros. La gente, inquieta, esperaba la apertura para probar los productos del establecimiento. Tampoco tenían tantas novedades en el pueblo como para dejar pasar este acontecimiento.
Y en escasas dos semanas el negocio ya estaba listo para la apertura y apareció en el Herald un anuncio indicando que habría precio especial y regalos durante la primera semana de apertura para celebrar el acontecimiento. Por fin un jueves de septiembre la nueva pastelería abrió, casi todo el pueblo estaba en la puerta esperando para probar las especialidades de la casa. Había pasteles de todos los tamaños y colores pero con una unidad temática en torno al chocolate; todos los pasteles allí expuestos tenían como base a ese producto y en todos aparecía el color marrón en combinación con otros muchos colores.
Y mientras todo el pueblo se agolpaba frente a la tienda, Honch fumaba en su despacho enfrente y les observaba con gesto de desprecio. Detestaba los pasteles y especialmente el chocolate y toda la excitación que se desplegaban sus convecinos le parecía exagerada y boba. Pues no tenía el cosas mejores en que pensar; pues no, la verdad y eso le cabreaba más todavía, su único acto de servicio esta semana había sido encerrar a Jim el borracho por orinar contra una farola de la Calle Mayor. Pero ahora Jim dormía la mona en el calabozo y él sólo podía dedicarse a observar a sus paisanos zumbando alrededor del chocolate.
Desde el despacho podía ver a Joe y Josephine, el matrimonio de forasteros a cargo de la pastelería con sus permanentes sonrisas como si fueran autómatas de un parque de atracciones o figuras de cera con la mueca congelada para siempre. Veía a los del pueblo muy alborozados, parece que les gustaba lo que allí les vendían y los que salían de la tienda volvían a ponerse a la cola para entrar de nuevo a por más.
Y aquella tarde para desesperación de Honch transcurrió así hasta que cayó la noche y la pastelería cerró. Entonces todos se dispersaron y vaciaron la calle mientras el inspector rumiaba pensativo y amargado una serie de maldiciones dedicadas al chocolate y los pasteles.
Esa noche soñó con un enorme pastel de chocolate que le perseguía por las calles del pueblo, el corría pero cuando ya no podía más el pastel lo atrapaba y se lo comía. Entonces despertó temblando, horrorizado y fue al baño a remojarse la cara para quitarse la imagen del pastel gigante de la cabeza.
Al día siguiente el mal humor de Honch estaba en el máximo anual pero la agitación del pueblo también y durante todo el día la cola ante la pastelería no cedió ni un momento. La gente no hablaba más que de los pasteles; lo buenos que estaban, que no habían probado nada mejor en su vida y cosas semejantes. El inspector no podía aguantarlo así que se encerró en su despacho, puso unos discos a buen volumen y trató de olvidar lo que ocurría a su alrededor.
Por la noche, metido de lleno en el sueño, se encontró en un lugar blando y oscuro sumergido en un líquido viscoso hasta las rodillas. De repente vio una luz al fondo y el líquido empezó a fluir arrastrándole a él también. La luz resultó ser un agujero por el que pasó arrastrado por el fluido y cayó al vacío golpeándose contra el suelo. Miró hacía arriba para ver de donde había caído y vio de nuevo al pastel gigante pero esta vez no le había engullido sino que le había expulsado. Entonces despertó.
Así las cosas a la mañana siguiente decidió largarse a pescar. El pueblo podría seguir comiendo pasteles sin él y a Jim no le vendría mal pasar otro día a la sombra. A primera hora tomó su caña y enfiló hacía el río, directo a la zona donde suele ir cuando no quiere que le encuentren.
Nada más salir del pueblo empezó a encontrase mejor y a olvidarse de lo que dejaba atrás; ese maldito pueblo desquiciado.
Llegó hasta la poza Henry, el lugar donde vuelca el colector del pueblo y extrañamente el agua estaba limpia y no olía tan mal como de costumbre, aún así remontó un poco más el río como siempre antes de tirar la caña.
Intentó alargar la jornada hasta última hora y cuando el sol ya caía recogió la caña y volvió al pueblo. A esa hora ya habría cerrado la pastelería del demonio y podría respirar tranquilo.
Era cierto, no quedaba nadie en la calle, ni un alma, seguramente estaban todos en sus casas comiendo pasteles. Fue directamente al calabozo donde Jim dormía placidamente la mona, después se fue a casa. Al llegar a la esquina de su calle unos operarios estaban cavando una zanja junto a la pared de su casa. Se acercó a ellos y enseñándoles su placa les preguntó qué ocurría allí. Ellos agitados le respondieron que habían tenido una fuga en las tuberías del saneamiento pero que ya la habían resuelto.
La actitud nerviosa de los hombres hizo sospechar a Honch, que no necesita mucho impulso para urdir complicadas tramas en su cabeza. Además la cara de uno de los hombres, que no eran del pueblo, le resultaba conocida. Les dio las buenas noches y pensativo entró en su casa.
Se desvistió, puso un disco y se puso a pensar tratando de recordar de que conocía a aquel hombre. Tras unos minutos se dio cuenta de que era uno de los que vinieron semanas atrás a montar la nueva pastelería. Esto le hizo sospechar aún más. ¿Qué tramaban estos forasteros que rondaban por allí?, ¿qué pretendían con sus pasteles y sus chocolates?, ¿qué buscaban bajo la tierra del pueblo?
Decidió investigar y armado con una pala salió dispuesto a cavar. Su olfato le decía que algo encontraría siguiendo la pista de estos operarios que parecían estar en el ajo.
A la mañana siguiente el pueblo bullía de animación desde muy temprano y la pastelería estaba rodeada ya de gente haciendo cola. Honch se acercó hasta allí con cara de pocos amigos y la camisa manchada de tierra. Se abrío paso entre la gente y, pese a las protestas de algunos, entró en la tienda donde Joe y Josephine seguían con su sonrisa de cera en la cara. Honch sacó la pistola y dijo:
“Vengo a cerrar la tienda y ya sabéis porqué”.
Joe dijo:
“Agente, en que podemos ayudarle; no comprendo, ¿qué ocurre? Todos los papeles están en regla.”
“He estado cavando por ahí, he descubierto de donde sacáis el chocolate de vuestros pasteles. He visto el trabajo de las tuberías que traen directamente aquí todas las aguas fecales del pueblo… el secreto de vuestros pasteles, este es el secreto de vuestros pasteles… se están comiendo su propia mierda”.
Fue Josephine la que se hundió y empezó a llorar, confesó todo y dijo que la idea había sido de Joe e incluso confesó cuanto habían ganado con la jugada.
Honch fríamente les llevó al calabozo y después fueron condenados a unos años de cárcel.
El pueblo tardó en olvidar su experiencia de reciclaje.
5 comentarios:
Enorme, que voy a decir... todos tenemos un poquito de caca en nuestro interior. Me ha encantado.
Sabía que te iba a gustar.Me gustó tu sugerencia. Gracias a ti siempre.
Dedicado especialmente para uno de nuestros fans mas fiel. Santi, no es que tengas nada que ver con el texto. Pero coincidimos en dedicartelo, sabiamos que te molaria.
Por cierto, Lucinda, al pobre Honch hayq ue seguir dandole "sustos"
Lucindo
Desde siempre todos los cuentos de "culo & caca" me han gustado. sí que enhorabuena. Lo mejor el nombre de "Mildred Hudson" (muy a lo Agatha Christie). ¿Es ella tal vez la artífice de esos pastelillos y tartas que anunciaban en la tele "Tartas de la Tía Mildred"?
Lo escatológico no pierde desde la infancia, tierna o no, y el reciclaje es muy buena cosa. Lástima que por mi condición sobrenatural apenas expulse detritus corporales.
Me pasa lo mismo que a Elena Anaya. Dudo mucho que esa nena utilice el tigre, fundamentalmente porque se me hace muy cuesta arriba (de septiembre) imaginarla en según qué situaciones.
Salud
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