
Para el inspector Honch la música murió cuando Grateful Dead desaparecieron. Este detalle insignificante se convirtió en fundamental para entender los hechos que sucedieron en Unionville ese caluroso verano. Honch no era un tipo muy simpático pero esto era una ventaja en su trabajo. Era un policía de raza, de los de gabardina y sombrero, uno de esos que uno siempre imagina cuando de pequeño lee novelas policíacas. Ya había empezado a echar tripa y a perder algo de pelo pero todavía podía correr detrás de un criminal y partirle el brazo con una sola mano. Bueno lo de la gabardina y el sombrero ese verano lo había dejado aparcado; ese verano cualquiera se paseaba por ahí vestido de Philip Marlowe, parece ser que habían alcanzado las temperaturas más altas del siglo. Pero el calor no le había hecho abandonar el traje de chaqueta ni la corbata, aunque su imagen no era lo que se dice elegante, porque bajo la chaqueta lucía unos enormes cercos de sudor en la camisa.
De todas formas este verano el inspector Honch estaba contento porque el único acontecimiento destacado en Unionville, además del calor, era la llegada del Gran Circo, que había montado una carpa en las afueras de la ciudad, junto al campo de heno del viejo Tom. Allí acudían los ciudadanos dispuestos a pasar un buen rato y olvidarse del calor. Había otro acontecimiento, pero este más que local era estatal, o mejor dicho planetario, o así les parecía a los habitantes de Unionville. Este acontecimiento era Robin Cole, un cantante melódico con un leve toque de soul, pero de soul malo. Por alguna razón ese verano Robin Cole con su falsete y su canción “I’ve been missing you” se había convertido en un éxito increíble. Todas las radios incluían esa canción en sus repertorios y todos los vecinos de Unionville la tarareaban continuamente, si dos personas se cruzaban en la calle uno contagiaba al otro la melodía y al final todos iban por la calle con esa melodía en la cabeza. Honch no, la única música que rondaba en su cabeza era la de Jerry Garcia, Dylan o Tom Petty.
De pronto, en este apacible verano de Unionville, un jueves que Honch nunca olvidará las cosas empezaron a torcerse. Esa mañana la comisaría recibió tres denuncias de desaparición, por la tarde otras tres y en los días siguientes ya había cincuenta denuncias acumuladas. A este ritmo el pueblo habría desaparecido entero en menos de un mes. Honch digería estas denuncias a base de limonada aunque bien a gusto se hubiera tomado unos vasos de bourbon, pero el médico le había prohibido beber; en su fuero interno deseaba que el doctor también desapareciera. Tenía que hacer algo, no podía permitir que el pueblo entero se esfumara. Pasó los días siguientes interrogando a los que venían a denunciar a la comisaría. Libreta en mano escuchaba relatos de vidas normales en un pueblo normal. Con tanta normalidad no pudo conseguir una sola pista, la gente desaparecía sin ninguna razón.
Empezaba a ponerse nervioso y a dormir mal. Siempre había dormido profunda y ruidosamente por mucho que tuviera complicadas investigaciones en la cabeza, pero esta vez era distinto, no conseguía ver el camino para llegar al final del caso. Normalmente encontraba una pista, un pequeño rastro, alguna señal; eso que él llamaba el ángulo ciego del criminal, ese momento de despiste, ese descuido. Esta vez no, nada, por mucho que repitiera las mismas preguntas una y otra vez a todos los que pasaban por la comisaría. Estaba claro que esto estaba organizado y perpetrado por una banda, pero no sabía nada más, ni los objetivos, ni los métodos, nada.
Harto de no poder dormir y después de asegurarse de que el doctor si había desaparecido salió una noche a la terraza con una botella de bourbon y un paquete de cigarrillos dispuesto a pasar la noche al fresco. Cuando ya se había instalado en la terraza comenzó a oír un zumbido lejano que le llamó la atención, entonces se dio cuenta de que había mucha gente en la calle, demasiada para esa hora de la noche. Todos se dirigían al mismo lugar con cierta prisa. Decidió bajar a la calle y seguir la riada humana para ver donde desembocaba. Situado discretamente tras un grupito de chicas y vio que se dirigían a las afueras, directos a la carpa del Gran Circo. El zumbido se transformaba a medida que avanzaban y se convertía en una musiquilla desconocida para Honch y que parecía tener su origen en la carpa del circo. Al llegar allí comprobó que había un recital de música, según podía leer en los carteles se trataba de Robin Cole, una atracción mundial, y la entrada era gratuita. Estuvo cinco minutos escuchando aquella música que le desagradaba y regresó a su casa un poco asombrado por el éxito que este tipo parecía tener a pesar de que su música era irremediablemente sosa. El paseo al menos le ayudo a coger el sueño y cuando llegó a su casa se durmió enseguida.
A la mañana siguiente los interrogatorios continuaron sin resultados. Mientras, el inspector seguía pensando en el concierto de la noche anterior y cuando pasó por la comisaría Peggy Thornton, a la que había visto en la carpa la noche anterior, le preguntó qué tal lo había pasado y le hizo una pequeña broma sobre esa música tan flojucha pero ella asombrada le respondió que la noche anterior no había salido de casa, que no sabía que Robin Cole había actuado en el pueblo y que ella era muy aficionada y no se lo hubiera perdido. Honch habría jurado que la había visto la noche anterior así que se quedó muy extrañado. Estuvo todo el día rumiando para sus adentros algo parecido a “estoy seguro de que era ella” y perdido en sus pensamientos.
Volvió la noche y con ella el insomnio del inspector, así que se preparó de nuevo para su plan de bourbon y cigarrillos al fresco de la noche; pero en la calle se encontró el mismo panorama de la noche anterior. Decidió adaptarse y acompañó una noche más a la gente a la carpa donde el tal Cole estaba otra vez dando un recital. Pero esta noche optó por fijarse bien en todos los que allí estaban y anotó mentalmente a toda la gente conocida que veía, el episodio de Peggy le había inquietado. Además decidió quedarse hasta el final del concierto a pesar del esfuerzo de aguante musical que eso le suponía. El concierto terminó y los allí congregados desalojaron la carpa y volvieron a sus casa. El inspector volvió con ellos y antes de dormir anotó en su libreta todos los nombres que tenía en su cabeza.
Al día siguiente se dirigía a la comisaría con la sensación de que tenía que estar alerta, que algo le iba a dar la clave que andaba buscando. Así que se puso a recibir personalmente todas las denuncias que llegaron. El primero en llegar fue Johnny Crestwood que quería denunciar la desaparición de su Mary Ellen. Bingo, el inspector les había visto la noche anterior en el concierto y los tenía apuntados en su libreta.
“Anoche os vi juntos en el concierto de ese Cole”
“Que dice inspector, anoche estábamos en casa, esta mañana cuando me he despertado Mary había desaparecido”.
La cabeza de Honch dio un vuelco y un esquema claro se dibujó en su cabeza. Esta noche no se iría de allí hasta encontrar el secreto que quería esquivarle.
No pudo hacer nada en todo el día pensando en la noche y se preparó para salir como si fuera a un baile, pero en lugar de ramo cogió su revolver bien cargado con todas sus balas.
Una vez más se repitió la ceremonia de las noches anteriores. El río de gente, la carpa y el cantante malo. Pero el inspector esta vez salió de la carpa nada más comenzar el concierto y se puso a husmear alrededor de la carpa. En la parte de atrás había un camión grande, o algo parecido y una luz brillaba dentro. Se acercó lentamente y saco le revolver por si acaso.
Tuvo que mirar dos veces y aguantar la respiración para digerir lo que vio. Alrededor de una especie de cinta transportadora unas langostas de unos dos metros de altura troceaban con sus pinzas a unos cuantos vecinos de Unionville, después empaquetaban los trozos con plástico de embalar y ponían los paquetes en la cinta que los transportaba fuera de la escena. Y paralizado como estaba ante lo que estaba viendo de pronto sintió un cosquilleo en la oreja. Se dio la vuelta lentamente mirando de reojo y se encontró cara a cara con una de ellas, una de esas enormes langostas que le observaba fijamente a menos de un metro de su cara. Un recuerdo comenzó a aflorar en su cerebro, la imagen de aquella langosta a la parrilla que se había zampado en Maine no hacía ni un mes. Como si la criatura que tenía delante hubiera leído su pensamiento reaccionó emitiendo un chirrido casi peor que el falsete del cantante y descargó una de sus pinzas contra el inspector. Él consiguió esquivar el golpe que le hubiera arrancado la cabeza pero al agacharse perdió el equilibrio y cayó rodando hacia delante unos metros, la langosta quedó a su espalada y cuando miró hacía atrás las compañeras langostas ya se acercaban a por él. No estaba dispuesto a convertirse en carne de hamburguesa, en ese momento no podía pensar y salió corriendo sin saber adonde iba y cuando ya no podía correr más empezó a recuperar el control de si mismo y volvió a su casa. Entonces telefoneó a su amigo Tim Griffin del FBI porque no sabía que hacer, ni que había visto, ni sabía nada.
Efectivamente eran extraterrestres que habían venido a proveerse de comida, Unionville se había convertido en un supermercado. El ejército se hizo cargo de la acción que se desarrollo en el pueblo y el relato de esa acción está en un archivo clasificado secreto. Los vecinos supervivientes siguieron un programa de reeducación por cortesía del ejército para que no recordaran jamás lo sucedido. Cuenta la leyenda que en alguna base secreta tienen oculto un ejemplar de langosta extraterrestre y que la estudian y analizan.
El inspector Honch subió el volumen de la radio y al ritmo de Jerry Garcia aceleró buscando algún lugar donde vivir y olvidar.
De todas formas este verano el inspector Honch estaba contento porque el único acontecimiento destacado en Unionville, además del calor, era la llegada del Gran Circo, que había montado una carpa en las afueras de la ciudad, junto al campo de heno del viejo Tom. Allí acudían los ciudadanos dispuestos a pasar un buen rato y olvidarse del calor. Había otro acontecimiento, pero este más que local era estatal, o mejor dicho planetario, o así les parecía a los habitantes de Unionville. Este acontecimiento era Robin Cole, un cantante melódico con un leve toque de soul, pero de soul malo. Por alguna razón ese verano Robin Cole con su falsete y su canción “I’ve been missing you” se había convertido en un éxito increíble. Todas las radios incluían esa canción en sus repertorios y todos los vecinos de Unionville la tarareaban continuamente, si dos personas se cruzaban en la calle uno contagiaba al otro la melodía y al final todos iban por la calle con esa melodía en la cabeza. Honch no, la única música que rondaba en su cabeza era la de Jerry Garcia, Dylan o Tom Petty.
De pronto, en este apacible verano de Unionville, un jueves que Honch nunca olvidará las cosas empezaron a torcerse. Esa mañana la comisaría recibió tres denuncias de desaparición, por la tarde otras tres y en los días siguientes ya había cincuenta denuncias acumuladas. A este ritmo el pueblo habría desaparecido entero en menos de un mes. Honch digería estas denuncias a base de limonada aunque bien a gusto se hubiera tomado unos vasos de bourbon, pero el médico le había prohibido beber; en su fuero interno deseaba que el doctor también desapareciera. Tenía que hacer algo, no podía permitir que el pueblo entero se esfumara. Pasó los días siguientes interrogando a los que venían a denunciar a la comisaría. Libreta en mano escuchaba relatos de vidas normales en un pueblo normal. Con tanta normalidad no pudo conseguir una sola pista, la gente desaparecía sin ninguna razón.
Empezaba a ponerse nervioso y a dormir mal. Siempre había dormido profunda y ruidosamente por mucho que tuviera complicadas investigaciones en la cabeza, pero esta vez era distinto, no conseguía ver el camino para llegar al final del caso. Normalmente encontraba una pista, un pequeño rastro, alguna señal; eso que él llamaba el ángulo ciego del criminal, ese momento de despiste, ese descuido. Esta vez no, nada, por mucho que repitiera las mismas preguntas una y otra vez a todos los que pasaban por la comisaría. Estaba claro que esto estaba organizado y perpetrado por una banda, pero no sabía nada más, ni los objetivos, ni los métodos, nada.
Harto de no poder dormir y después de asegurarse de que el doctor si había desaparecido salió una noche a la terraza con una botella de bourbon y un paquete de cigarrillos dispuesto a pasar la noche al fresco. Cuando ya se había instalado en la terraza comenzó a oír un zumbido lejano que le llamó la atención, entonces se dio cuenta de que había mucha gente en la calle, demasiada para esa hora de la noche. Todos se dirigían al mismo lugar con cierta prisa. Decidió bajar a la calle y seguir la riada humana para ver donde desembocaba. Situado discretamente tras un grupito de chicas y vio que se dirigían a las afueras, directos a la carpa del Gran Circo. El zumbido se transformaba a medida que avanzaban y se convertía en una musiquilla desconocida para Honch y que parecía tener su origen en la carpa del circo. Al llegar allí comprobó que había un recital de música, según podía leer en los carteles se trataba de Robin Cole, una atracción mundial, y la entrada era gratuita. Estuvo cinco minutos escuchando aquella música que le desagradaba y regresó a su casa un poco asombrado por el éxito que este tipo parecía tener a pesar de que su música era irremediablemente sosa. El paseo al menos le ayudo a coger el sueño y cuando llegó a su casa se durmió enseguida.
A la mañana siguiente los interrogatorios continuaron sin resultados. Mientras, el inspector seguía pensando en el concierto de la noche anterior y cuando pasó por la comisaría Peggy Thornton, a la que había visto en la carpa la noche anterior, le preguntó qué tal lo había pasado y le hizo una pequeña broma sobre esa música tan flojucha pero ella asombrada le respondió que la noche anterior no había salido de casa, que no sabía que Robin Cole había actuado en el pueblo y que ella era muy aficionada y no se lo hubiera perdido. Honch habría jurado que la había visto la noche anterior así que se quedó muy extrañado. Estuvo todo el día rumiando para sus adentros algo parecido a “estoy seguro de que era ella” y perdido en sus pensamientos.
Volvió la noche y con ella el insomnio del inspector, así que se preparó de nuevo para su plan de bourbon y cigarrillos al fresco de la noche; pero en la calle se encontró el mismo panorama de la noche anterior. Decidió adaptarse y acompañó una noche más a la gente a la carpa donde el tal Cole estaba otra vez dando un recital. Pero esta noche optó por fijarse bien en todos los que allí estaban y anotó mentalmente a toda la gente conocida que veía, el episodio de Peggy le había inquietado. Además decidió quedarse hasta el final del concierto a pesar del esfuerzo de aguante musical que eso le suponía. El concierto terminó y los allí congregados desalojaron la carpa y volvieron a sus casa. El inspector volvió con ellos y antes de dormir anotó en su libreta todos los nombres que tenía en su cabeza.
Al día siguiente se dirigía a la comisaría con la sensación de que tenía que estar alerta, que algo le iba a dar la clave que andaba buscando. Así que se puso a recibir personalmente todas las denuncias que llegaron. El primero en llegar fue Johnny Crestwood que quería denunciar la desaparición de su Mary Ellen. Bingo, el inspector les había visto la noche anterior en el concierto y los tenía apuntados en su libreta.
“Anoche os vi juntos en el concierto de ese Cole”
“Que dice inspector, anoche estábamos en casa, esta mañana cuando me he despertado Mary había desaparecido”.
La cabeza de Honch dio un vuelco y un esquema claro se dibujó en su cabeza. Esta noche no se iría de allí hasta encontrar el secreto que quería esquivarle.
No pudo hacer nada en todo el día pensando en la noche y se preparó para salir como si fuera a un baile, pero en lugar de ramo cogió su revolver bien cargado con todas sus balas.
Una vez más se repitió la ceremonia de las noches anteriores. El río de gente, la carpa y el cantante malo. Pero el inspector esta vez salió de la carpa nada más comenzar el concierto y se puso a husmear alrededor de la carpa. En la parte de atrás había un camión grande, o algo parecido y una luz brillaba dentro. Se acercó lentamente y saco le revolver por si acaso.
Tuvo que mirar dos veces y aguantar la respiración para digerir lo que vio. Alrededor de una especie de cinta transportadora unas langostas de unos dos metros de altura troceaban con sus pinzas a unos cuantos vecinos de Unionville, después empaquetaban los trozos con plástico de embalar y ponían los paquetes en la cinta que los transportaba fuera de la escena. Y paralizado como estaba ante lo que estaba viendo de pronto sintió un cosquilleo en la oreja. Se dio la vuelta lentamente mirando de reojo y se encontró cara a cara con una de ellas, una de esas enormes langostas que le observaba fijamente a menos de un metro de su cara. Un recuerdo comenzó a aflorar en su cerebro, la imagen de aquella langosta a la parrilla que se había zampado en Maine no hacía ni un mes. Como si la criatura que tenía delante hubiera leído su pensamiento reaccionó emitiendo un chirrido casi peor que el falsete del cantante y descargó una de sus pinzas contra el inspector. Él consiguió esquivar el golpe que le hubiera arrancado la cabeza pero al agacharse perdió el equilibrio y cayó rodando hacia delante unos metros, la langosta quedó a su espalada y cuando miró hacía atrás las compañeras langostas ya se acercaban a por él. No estaba dispuesto a convertirse en carne de hamburguesa, en ese momento no podía pensar y salió corriendo sin saber adonde iba y cuando ya no podía correr más empezó a recuperar el control de si mismo y volvió a su casa. Entonces telefoneó a su amigo Tim Griffin del FBI porque no sabía que hacer, ni que había visto, ni sabía nada.
Efectivamente eran extraterrestres que habían venido a proveerse de comida, Unionville se había convertido en un supermercado. El ejército se hizo cargo de la acción que se desarrollo en el pueblo y el relato de esa acción está en un archivo clasificado secreto. Los vecinos supervivientes siguieron un programa de reeducación por cortesía del ejército para que no recordaran jamás lo sucedido. Cuenta la leyenda que en alguna base secreta tienen oculto un ejemplar de langosta extraterrestre y que la estudian y analizan.
El inspector Honch subió el volumen de la radio y al ritmo de Jerry Garcia aceleró buscando algún lugar donde vivir y olvidar.
5 comentarios:
Ya me habéis jodido las cigalitas este verano
De eso se trataba, de evitar las intoxicaciones alimentarias este verano. Un servicio de salud pública al fin y al cabo.De todas formas disfruta tus vacaciones y no te preocupes que no se esperan invasiones de cigalas extraterrestres este verano. Lo de los cantantes melódicos malos creo que es irremediable, tendremos que sobrevivir como podamos. Un abrazo amigo
Creo que a Honch le quedaba grande el caso de las langostas asesinas. Otro gallo habría cantado si la autoridad local hubiese sido Termidor.
Por cieto, Pita, mucha oficina, mucha oficina, pero llevas toda la mañana perdiendo el tiempo. Ji, ji, me brilla el colmillo.
Pues Santi el marisco es buenísimo para adelgazar, así que para mantener la linea este verano...
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