
Los muchachos habíamos estado limpiando la zona.
¿Limpiando?
Si, hombre. El general no deja de avanzar y avanzar, rompiendo líneas y dándoles en los morros; sus columnas tienen orden de no mirar atrás, jamás se detienen a ver que han dejado a sus espaldas. Para eso ya estamos nosotros, limpiamos lo que ellos han ensuciado; nos encargamos de no dejar ninguna molestia a su espalda. Ya sabe, los hospitales y las cárceles pueden ser un incordio. Así que nosotros seguimos al gran soldado y recogemos sus restos para que las fotografías salgan claras y diáfanas.
¿Fotografías?
Claro, para que si no íbamos a limpiar; se quita lo sucio para que las visitas no estén incomodas ni nadie les moleste. El servicio de marketing del puesto de mando se ocupa de que siempre haya una cámara en el lugar preciso; por supuesto, también de que nunca las haya cuando nosotros andamos por los alrededores. Nada puede estropear una buena instantánea. Y menos un tipo implorando piedad mientras otro, vestido con el mismo uniforme que el general, le mete una bayoneta hasta destrozarle el alma.
El alma es inmortal. Nada puede con ella. Nuestro señor dijo….
Perdón que le interrumpa, vera, yo no se como será aquí en la retaguardia, pero en donde yo trabajo se aprende enseguida que el alma es lo primero que muere.; lo primero que se pierde, la única forma de ser inmortal es dejarte el alma en casa o llevarla escondida al fondo del macuto, bien mullidita con los calcetines y la ropa interior usada Mas te vale metértelo en la cabeza y no olvidarlo. Las balas y los cuchillos no creen en ningún Dios.
Esto, perdón señor,¿hay algún problema? Sucede algo que yo deba saber.
Alrededor del muchacho un gran chorro de luz lo inunda todo; es una luz que no molesta a los ojos, opaca, sin principio ni fin. El orden parece manejar cada rincón de aquel lugar, no hay nada fuera de su sitio, y la sensación que se trasmite es que nada puede estar fuera de su sitio .Desde el principio siente esa luz de una forma aséptica, lejana Como si fuera algo impensable; en realidad, si lo miras bien, no hay nada. No hay paredes, ni ventanas, ni escaleras ni puertas. Y, a pesar de eso, él siente que esta allí esperando; que ese espacio es la antesala de algo y que antes de seguir alguien ha de darle permiso. Nadie se lo ha contado, es algo que sabe de pronto, como un susurro que le llega a los oídos, como si la luz le susurrara secretos.
Bien, sigamos. Ya se le informara cuando sea preciso. No se preocupe, ellos no tienen prisa. Ahora necesito que me cuente todo lo que recuerde. Tranquilo, no se ponga nervioso. Seria importante que se centrara. ¿Recuerda qué pasó el viernes?
El viernes. Bueno, llevábamos toda la semana limpiando la zona norte. La sexta había pasado por allí dirección a la capital. Se estaba preparando el gran ataque y los chicos tenían prisa por cumplir con las órdenes. Se notaba porque no se anduvieron con chiquitas, ¿sabe a lo que me refiero?
Explíquemelo
Qué tipo de oficial era aquel. Y desde cuando un oficial iba con traje oscuro y camisa blanca. Desde cuando un oficial le pedía explicaciones a un soldado. Podía ser un oficial medico. Pero, entonces, eso era un hospital. ¿Y las enfermeras? ¿Y los demás heridos? ¿Estaba él herido? Su mente tenía zonas oscuras donde no podía penetrar. Se palpo el cuerpo con disimulo. No le dolía nada; es mas, se sentía bien, sin dolores, pleno y completo.
Pues que habían dejado un montón de bultos a sus espaldas, civiles y de los otros. Todos mezclados, habían entrado a cañonazos y habían salido igual, sin preguntar si aquello era una bandera blanca o un tío con un fusil apuntando a sus cabezas. Si el general dice que hay que estar en un punto de encuentro a las 16:00 p.m., mas te vale estar a las 15:55 p.m.
Vera, en el primer pueblo por el que pasamos nos recibieron con un jaleo tremendo.
Allí cayeron un par de los nuestros, hasta que el sargento decidió que usar los lanzallamas era lo más limpio. Esos cabrones se escondían en los sótanos y nos daban cera desde los bajos cuando pasábamos de largo; mezclados con los pocos civiles que quedaban en pie no había forma de acabar con ellos y nos estaban jodiendo. Hasta que el sargento le ordeno a los chicos de las cerillas que se adelantaran. Había que verlo.
Chillaban como cerdos. Salían de sus agujeros implorando que les apagáramos, alguno gritaba pidiendo que le pegáramos un tiro. Otros, simplemente aparecían de pronto, daban un par de vueltas y caían al rato. Plof
¿Y ustedes que hacían?
Vamos señor, no se gastan balas en un tipo que ya esta muerto. Aunque pataleé y chille como los gorrinos.
Va a tener que hacer un esfuerzo muchacho, así no conseguimos nada
Ahora se da cuenta de que esta apuntando sus respuestas. Aquel hombre esta en un escritorio blanco, sentado en un gran butacón del mismo color escribiendo cada vez que él habla. Es un examen, alguien les investigan. Pero no puede ser, no habían hecho nada que no se hiciera antes. Nada nuevo. El sargento les tenía prohibido tocar a las mujeres. Nada de mezclarse. No sentía dolor, pero la cabeza retenía información. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Dónde estaba? ¿Que había sucedido con su columna?
No entiendo señor que pretendemos conseguir. Si me lo explicara tal vez le podría ayudar mejor.
Por ejemplo, me ha dicho usted que había civiles.
Si. No muchos claro. Pero salen de las madrigueras, hambrientos, enfermos y muertos de miedo. Nos piden comida, nos imploran que les demos algo que llevarse a la boca. Es bestial, les he visto comerse un mendrugo de pan verde como si fuera una verdadera exquisitez. Les he visto trocear un caballo mientras este aun respiraba, un horror señor. Pero ya se sabe, es la guerra. No podemos hacer más
Ya, ya. Pero me refería, ha dicho usted que los otros se mezclaban con los civiles…
Ah, bueno, en ese caso no se puede hacer mucho. Se les avisa, se les dice que se quiten de en medio, se cuenta hasta diez y luego….luego la barbacoa. Por supuesto, una vez que la cosa ha empezado no se sabe si lo que chilla iba armado o no. Repito, no se puede hacer más.
El oficial cabecea, niega ostensiblemente con la cabeza y apunta, no para de escribir en su carpeta. No esta enfadado…su rostro no dibuja ira, ni odio. Si fuera un oficial del enemigo podría deducir que ha sido hecho prisionero. Pero no, esos ojos describen…pena, tristeza. Aquel hombre estaba llorando.
Y la piedad, muchacho, ¿Dónde queda la piedad?
La piedad señor? No entiendo la pregunta, si no lo hacemos nosotros lo hacen ellos. Aquí nadie pregunta, no hay tiempo. Ellos ya lo hicieron antes. Nosotros no lo hacemos por placer, mi sargento me dice ve y yo voy. Si él me dice quieto, no tires. Pues me siento, enciendo un cigarro y espero que acabe el espectáculo.
Ya, bueno, siga.
Continuamos nuestro camino. Nos montamos en el transporte y tiramos hacia el siguiente punto de limpieza. Los chicos de los pájaros nos marcan los lugares y nosotros no hacemos más que ir allí y asegurarnos de que no hay nadie con ganas de incordiar.
Nada mas llegar, el transporte de cabeza voló por los aires al asomar el morro por la primera esquina del pueblo. Yo estaba hablando con el sargento y de pronto, bum, una bola de fuego se comió a los 10 chicos que iban allí dentro. Conocía a varios, buena gente. Ya no iban a ir a casa por Navidad, ni volverían a poder pasear con sus chicas por los parking de noche, ni tomarse un buen chuletón. Maldita guerra señor. Ningún hombre debería morir con el estomago vacio… Si señor, ya sigo.
Estaba claro quien había hecho eso. Un tío con un lanzacohetes y otro que le ayuda a recargar. Nos bajamos y nos dividimos. Buscar y limpiar. Ese es nuestro trabajo, y somos bueno en eso señor. Les localizamos a unos
Vamos bien de tiempo, siga muchacho siga recordando.
Tiempo, tiempo para qué. Y quien tenia tiempo. La luz intensificaba su belleza, su neutralidad le envuelve y le relaja; pero en su mente aun hay lugares donde no puede entrar, que hacia allí y como había llegado. Solo se acordaba de aquel pueblo, de aquel maldito pueblo.
Nos dividimos. Mientras unos tiran, otros dan la vuelta y les silencian. Todo empieza a estar confuso, creo que fui de los que se acercaron señor. Bayoneta calada y ni un soplido de mas. Los cabrones no tenían lugar a donde huir, ni esperanzas de salir de allí.
¿Y la piedad?
Habían podido salir y rendirse; les hubiéramos dado de comer y les habría visitado un medico. Saldrían de allí desinfectados, limpitos. En vez de eso, mataron a 10 de los nuestros. La piedad, señor, perdóneme, pero la piedad es cosa de Dios, no es cosa mía.
Cuidado chico. Vaya con cuidado.
Si señor, no quería ofender a nadie. Vera señor, creo que fui de los que saltaron allí primero. No lo recuerdo muy bien. Ya le digo que no recuerdo muy bien toda esa parte. Esta confusa, como si no pudiera llegar a esos recuerdos.
Su mente se cierra, se cierra del todo. Recuerda los paseos en barco con su padre los fines de semana, recuerda su colegio y sus amigos. A su madre haciendo pasteles por su décimo cumpleaños y a su abuelo regalándole su primera bicicleta. Sabe quien su chica y lo que le gustaría estar con ella en ese momento, sabe que se alisto para terminar una guerra que no empezó. Pero aquel momento, aquel momento se le ha ido de la cabeza. Su dolor se intensifica, le duele el costado, el pecho.
Siga chico, siga. Estamos llegando
A donde señor, no entiendo señor. Me duele el pecho…
No pare, no pare ahora.
Saltamos allí dentro, eso creo, y…bueno, los cabrones nos esperaban. Al cabo, al cabo que venia conmigo le clavaron una bayoneta en el cuello….y a mi…a mi, creo, no lo se señor, pero…mierda, creo que me dispararon….Si, me dispararon en el costado nada mas caer en su agujero. Podíamos haber tirado de cerilla pero estábamos hartos de tanto grito y quisimos hacerlo mas….agfgg me dispararon, y nosotros no teníamos que estar ahí, maldito agujero
En el costado le surge una gran mancha de sangre. Duele, duele mucho. No gotea, no fluye. Es una gran mancha de sangre reseca. Su mente se abre, se abre a la luz, que la acoge y le habla. Son palabras relajantes, como un masaje que alguien le diera en el cerebro.
Palabras de Dios.
Y que, muchacho, dígamelo. Si quiere seguir me lo tiene que decir…
No lo se, pero, creo que
Si, muchacho, dígalo
Mierda señor, estoy muerto.
Desfallecido, respira, el cansancio que siente no es agotador, al contrario, renueva cada poro de su cuerpo.
Y entonces, aquel hombre se levanta. Abre un cajón, del que saca una cajita mitad blanca, mitad negra. La abre. Dentro hay un tampón, también negro y blanco. Sella los papeles donde había estado apuntando su historia.
Toma muchacho, entrega esto cuando te llamen. Suerte.
Se los da y le señala una puerta que ha aparecido de la nada; en la puerta puede ver, en relieve, una balanza, un platillo es negro y el otro blanco. Las hojas de la puerta se van abriendo. El muchacho se levanta y se dirige hacia ella; que se cierra tras él con cuidado, sin prisas, con todo el tiempo del mundo.
1 comentario:
Muy bueno Lucinda!!
Publicar un comentario