

Para Cañi
Siempre había tenido ese don, al menos a él así le parecía. Realmente había descubierto su habilidad con catorce años, hace ya veinte y desde entonces había ido desarrollándola con el tiempo. Al principio sólo conseguía vencer las voluntades de aquellas personas que tenía cerca, y sólo cuando estaban cerca, pero el radio de alcance se amplió muy rápidamente y hará ya unos diecinueve años que las vidas de todo el barrio se movían a su antojo, las vidas y por supuesto, las muertes. Como si fuera un niño jugando con figurillas de plomo movía los personajes de su entorno en el tablero del barrio como un perfecto demiurgo. Nadie podría decir porque poseía ese don, porqué ocurría ese fenómeno, nadie había sospechado nunca nada; sin voluntad no hay vía para la sospecha. Durante todo este tiempo había manejado las mentes y los cuerpos de sus vecinos y de todos los que a lo largo de los años habían venido a instalarse al barrio; ha decidido quien enfermaba y quien no, quien sobrevivía y quien moría, quien se casaba o se divorciaba e incluso quien tenía hijos y quien permanecía estéril.
Eso si, nunca había extendido sus redes más allá del barrio y por tanto nunca se había atrevido a salir de allí. Para evitar problemas sentimentales había sometido la voluntad de sus padres y hermana y desde hace ya más de quince años vivían, no ya en otro barrio, sino en otra ciudad. Y de esta forma había conseguido que ese barrio se convirtiera en su reino, en su creación, su juguete a escala real.
Nunca había trabajado pues la voluntad de sus súbditos le proporcionaba cuantiosos ingresos; era el más rico del barrio y como tal gustaba de una cierta ostentación. En un barrio como aquel, de clase media, se paseaba en un gran coche con chofer, estaba siempre rodeado de personas de servicio, criados y criadas o diversos mayordomos y por supuesto había hecho que le construyeran una gran casa. No tenía que temer a la envidia y si que disfrutaba permitiendo a sus criaturas sentir admiración hacía él.
Pero desde hace seis meses una inquietud se había instalado en su interior, en la boca de su estómago. Esa inquietud tenía la forma de un chico de veinte años del barrio al que deseaba pero por alguna razón parecía ser inmune a su poder. Bien es verdad que a el esa posibilidad de resistencia le gustaba y por las noches esa inquietud se tornaba excitación y humedad entre las sabanas. Él había mantenido relaciones con hombres y mujeres con bastante asiduidad pero desde hace seis meses había cedido para centrarse en esta nueva obsesión. Por un lado se sentía tentado a mantener esta angustia por un tiempo indefinido, pero por otra deseaba dirigirse al chico para someter su voluntad por fin y poseer ese nuevo juguete.
Finalmente una noche decidió que el día había llegado, a la mañana siguiente le hablaría y probaría si realmente el chico era capaz de resistirse. Esa noche se confesó a si mismo que creía que se había enamorado.
Y así fue, le abordó en plena calle y como esperaba, el chico accedió a acompañarle y acudió a cenar a la mansión. Él lo había preparado todo y había ordenado al servicio que se tomaran el día libre, la casa estaba vacía preparada para el gran encuentro. No podía disimular su nerviosismo, se sentía como un chiquillo, sentía cosas que nunca había sentido. Y le costó esperar al final de la cena pues su inquietud corría tras las agujas del reloj. Nada más terminar la cena se abalanzó sobre el chico y este respondió dejándose hacer e incluso tomando parte activa en la agitada velada que siguió.
A la mañana siguiente al despertarse, el chico todavía dormía. Se levantó lentamente y observó al chico con ojos que dejaban ver un cierto poso de ternura y con una sonrisa se dirigió a la ventana desde donde se veía como el sol comenzaba a iluminar el jardín trasero.
Entonces vio el reflejo en el cristal, y cuando dio media vuelta la cuchilla ya había cruzado su cuello y mientras caía oyó al chico decir:
-“ Cabrón, esto sólo lo he hecho por tu dinero”.
2 comentarios:
Un polvo de muerte, sin duda. Me gusta la frase "Armad a los artistas" (con una Stratocaster). Muy épica, sí señora.
Ya puestos en guitarras que sea una Gibson Les Paul no?
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