
-“Hola guapa, ¿puedo invitarte a una copa?”.
-“Como no, a todas las que quieras”.
El anzuelo y el pez. Ahí está él, blando y sonriente, con ese tono de piel marrón verdoso, con esa voz silbante que se aloja en el fondo de los tímpanos. Y ahí está ella, alta y rubia, con esa mirada vacía y cruel de siempre. Siempre vestida como una vulgar furcia, pero alerta bajo esa fachada estucada.
Sabe bien lo que debe hacer, es la costumbre. El método es siempre el mismo. Puede aguantar horas y beber hasta reventar sin dejar de estar alerta, sin perder el control. Juega con ventaja.
Ya no podrá escapar, la red ya está tendida. Unas copas y habrá que irse; ya queda menos.
Risas, copas y baile. Que más da, es lo de siempre, el territorio tantas veces recorrido.
Él mete su mano bajo la falda mientras derrama palabras en su oreja. Él habla muy alto y su cháchara resulta incoherente. Habla de su familia; su mujer, sus hijos y su dinero mientras con el dedo índice toca sus labios bajo la falda. Ella no siente nada, ni siquiera asco. Y sigue babeando y bebiendo.
Van al baño, cocaína, espejos y lametazos. Él baja su bragueta y saca su pene apenas morcillón; ella lo agarra y lo sacude, le pega dos lametones y lo engulle prácticamente entero; no pasan diez segundos y un chorro golpea su garganta, se incorpora, escupe en el suelo y saca un cigarrillo. Él parece un poco azorado, balbucea excusas, dice que a él nunca le pasan esas cosas. Ella no le escucha, no le interesa, no siente nada, ni siquiera asco. Ella va hacia la puerta
El tiempo se derrama , más copas, más música y baile. La conversación continúa por senderos de estulticia. Él ha olvidado ya su vergüenza y la agarra por la cintura mientras la frota obscenamente. Ella no siente nada, ni siquiera asco.
Se acabó, no aguanta más su mano amasando su culo todo este tiempo; no aguanta más ese discurso babeante y bobalicón.
-“Cariño, vámonos ya, llévame a casa. Vamos a pasarlo bien”.
El callejón está bien iluminado, eso podría ser un inconveniente, pero no, un par de golpes secos y sordos y acaba. El sonido de unos tacones y el chasquido de un mechero son los sonidos que quedan flotando en el aire.
-“Toda la vida haciendo lo mismo, no es difícil. Podría decir que no se hacer otra cosa, podría inventar que vengo de un entorno familiar difícil, una infancia desgraciada; pero no es cierto, lo cierto es que esto se me da bien y me gusta. Los que pagan son los que mandan. Yo sólo cumplo sus deseos a cambio de dinero, sólo soy su instrumento. Me resulta indiferente si hay algo detrás, no me interesan los motivos, no me importa si son nobles o innobles, no es asunto mío”.
La puerta se abre a una sala de reuniones con una gran mesa. Todo está decorado con un estilo moderno y minimalista. Ella entra vestida entera de negro, con unas gafas de sol opacas y se planta ante los que allí se reúnen y sin sentarse enciende un cigarrillo.
-“El trabajo está hecho”.
Uno de los reunidos empuja un maletín en su dirección, ella lo recoge lentamente y dando media vuelta se dirige a la puerta.
-“Muchas gracias por todo, señorita…”
-“Killer, Anita Killer. Ha sido un placer”.
-“Como no, a todas las que quieras”.
El anzuelo y el pez. Ahí está él, blando y sonriente, con ese tono de piel marrón verdoso, con esa voz silbante que se aloja en el fondo de los tímpanos. Y ahí está ella, alta y rubia, con esa mirada vacía y cruel de siempre. Siempre vestida como una vulgar furcia, pero alerta bajo esa fachada estucada.
Sabe bien lo que debe hacer, es la costumbre. El método es siempre el mismo. Puede aguantar horas y beber hasta reventar sin dejar de estar alerta, sin perder el control. Juega con ventaja.
Ya no podrá escapar, la red ya está tendida. Unas copas y habrá que irse; ya queda menos.
Risas, copas y baile. Que más da, es lo de siempre, el territorio tantas veces recorrido.
Él mete su mano bajo la falda mientras derrama palabras en su oreja. Él habla muy alto y su cháchara resulta incoherente. Habla de su familia; su mujer, sus hijos y su dinero mientras con el dedo índice toca sus labios bajo la falda. Ella no siente nada, ni siquiera asco. Y sigue babeando y bebiendo.
Van al baño, cocaína, espejos y lametazos. Él baja su bragueta y saca su pene apenas morcillón; ella lo agarra y lo sacude, le pega dos lametones y lo engulle prácticamente entero; no pasan diez segundos y un chorro golpea su garganta, se incorpora, escupe en el suelo y saca un cigarrillo. Él parece un poco azorado, balbucea excusas, dice que a él nunca le pasan esas cosas. Ella no le escucha, no le interesa, no siente nada, ni siquiera asco. Ella va hacia la puerta
El tiempo se derrama , más copas, más música y baile. La conversación continúa por senderos de estulticia. Él ha olvidado ya su vergüenza y la agarra por la cintura mientras la frota obscenamente. Ella no siente nada, ni siquiera asco.
Se acabó, no aguanta más su mano amasando su culo todo este tiempo; no aguanta más ese discurso babeante y bobalicón.
-“Cariño, vámonos ya, llévame a casa. Vamos a pasarlo bien”.
El callejón está bien iluminado, eso podría ser un inconveniente, pero no, un par de golpes secos y sordos y acaba. El sonido de unos tacones y el chasquido de un mechero son los sonidos que quedan flotando en el aire.
-“Toda la vida haciendo lo mismo, no es difícil. Podría decir que no se hacer otra cosa, podría inventar que vengo de un entorno familiar difícil, una infancia desgraciada; pero no es cierto, lo cierto es que esto se me da bien y me gusta. Los que pagan son los que mandan. Yo sólo cumplo sus deseos a cambio de dinero, sólo soy su instrumento. Me resulta indiferente si hay algo detrás, no me interesan los motivos, no me importa si son nobles o innobles, no es asunto mío”.
La puerta se abre a una sala de reuniones con una gran mesa. Todo está decorado con un estilo moderno y minimalista. Ella entra vestida entera de negro, con unas gafas de sol opacas y se planta ante los que allí se reúnen y sin sentarse enciende un cigarrillo.
-“El trabajo está hecho”.
Uno de los reunidos empuja un maletín en su dirección, ella lo recoge lentamente y dando media vuelta se dirige a la puerta.
-“Muchas gracias por todo, señorita…”
-“Killer, Anita Killer. Ha sido un placer”.
2 comentarios:
Mmmmh una Rosario Tijeras Cañí. Tías buenas y pistolas, Lucinda me tienes más que ganado... ¿te puedo invitar a una copa?
Nos puedes invitar a lo que quieras cielo, menos invitarnos que te acompañemos al baño. No vaya a ser que acabemos en un callejon oscuro.
Lucinda agradece tus opiniones favorables y te conmina a que propagues esta revelación.
Gracias amiguete
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